Nos hunden si nos dejamos…

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Por Prudenci  Vidal

En 1974 el ecologista y filósofo norteamericano Garrett Hardin introdujo la metáfora de la Tierra como bote salvavidas: “Digamos que estamos en un bote salvavidas en plena mar con capacidad para 50 personas. Pongamos que aún caben 10 personas más, en total 60. Ahora supongamos que avistamos a 100 personas que nadando piden nuestra ayuda e imploran que les dejemos subir a nuestro bote como pidiendo limosna…”

Evidentemente tenemos varias opciones, tantas como principios éticos queramos aplicar, ya sea el ideal cristiano o el ideal marxista, ya la ética del amor incondicional, ya la ética utilitarista. Por supuesto que las necesidades de todos nosotros en medio del agua son las mismas; si ofrecemos nuestro bote a todos, con lo cual sumaríamos 150 en un bote cuya capacidad es de 60, el bote se hunde y todos perecen ahogados; perece todo el mundo: una injusticia completa y un catástrofe de dimensiones absolutas. Pero como el bote tiene capacidad para diez más, podríamos admitir sólo a 10 personas dejando a los 90 restantes que perezcan ahogados. Podríamos dejar subir a 10, pero ¿a cuáles? Supongamos que no dejamos subir a nadie: deberíamos estar permanentemente vigilando a los que quieren abordar el bote para salvar su vida.

Hardin, azote de las teorías liberales que “se largarían haciendo la vista gorda con lo que  la amenaza de la estabilidad del bote quedaría garantizada y se eliminarían los remordimientos”.

Ahora cabe preguntarse cómo se ha llegado al bote, al confort, a la propiedad y a la destrucción; no vale la pena realizar el análisis porque no podemos deshacer el pasado; sólo cabe aceptar la dureza de sus consecuencias y postularse de cómo y a quiénes hemos de salvar para el futuro.

La relación entre clases sociales ricas y pobres es realmente horrible: los ricos se encuentran confortablemente sentados en su lugar del bote y aplastan la cabeza en  dos utilizando los remos si cabe para negarles la subida a bordo. Pero debemos preguntarnos y cuestionarnos: ¿cómo y cuándo se construyó el bote? ¿Acaso hay peligro de que se hunda el llamado bote salvavidas? ¿No se trata más bien de que las hinchadas bestias confortables se aprieten un poco y se reduzca el espacio y se racione la comida y garantice la supervivencia de todos? La actuación liberal es puro maquillaje porque acentúa el egoísmo, la autocomplacencia y la absoluta falta de compasión.

Si consideramos la ética liberal diríamos que un ocupante del bote no intentaría jamás aporrear la cabeza de un compañero de viaje, ni partirle el remo en la espalda, pero puede regocijarse viendo cómo otro lo hace con los desafortunados que están alrededor del bote. Tienen tanto hábito de espacio y de recursos que, ignorando su deber, no ayudaría a salir del agua, subirles a bordo y compartir las raciones de la subsistencia en el viaje.

Uno de los requisitos más elementales de la justicia social es el trato imparcial para todos los individuos: no debería permitirse que las cosas que están más allá de nuestro control ( factores accidentales como el lugar de nacimiento, color de la piel , el género, etc..) determinen cómo es tratada y juzgada moralmente una persona. Y es evidente que existen factores – el lugar y la lengua que uno pueda hablar y que es herramienta de desunión- que parecen jugar un papel demasiado importante en nuestras concepciones morales no sólo para los ecologistas a los que defiende Hardin, sino incluso, y con mucho más peso, para aquellos que se autoproclaman liberales. Porque cabe preguntarse y meditar profundamente: ¿Cómo puede tener tanto peso moral – tal vez ninguno- algo tan arbitrario como las fronteras nacionales?

“La ruina es el destino hacia el que la humanidad se apresura, pues cada uno persigue su propio interés en una sociedad convencida de la libertad para los recursos comunes. La libertad en los recursos comunes conduce a la ruina de todos”

Esta reflexión de Hardin podemos aplicarla a la situación actual en los países de UE. La tendencia a desproteger lo común para apropiárselo, en aras de la libertad de empresa como bien moral más preciado, equivale aún, y utilizando la metáfora, a un propósito más inaceptable moralmente: arrojar del bote a quienes lo ocupaban. Sabemos que queda espacio en el bote, que los recursos se han utilizado para la subsistencia de todos. Pretender en aras a la libertad arrojar del bote a quienes han trabajado toda su vida en la construcción del bote, en dotarlo de los remos y de las vituallas necesarias es un crimen tan grande como impedir que suban al bote a los migrantes que buscan en el bote el salvavidas de sus familias y la suya propia.

Las pensiones públicas dignas y suficientes constituyen en campo de la justicia social actual y futura. Le haremos un flaco favor a la posteridad si se obra de diferente manera al considerar que los recursos comunes son de todos y nadie puede ni debe apropiarse de ellos en aras de la libertad de empresa, de comercio y de desarrollo individual. Y esta sociedad nuestra creció dotándose como bienes comunes para todos de una sanidad universal, de unas pensiones que garanticen la supervivencia, de una educación que ofrezca a los jóvenes una igualdad de oportunidades y una dependencia que palie las deficiencias de la vida. Defenderlas – votando a quien así lo proponga- es garantizar lo común, o en palabras de Hardin, hacer que todos quepamos dentro del bote.

 

Prudenci Vidal es miembro de Marea Pensionista

 

 

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