No tiene sentido ser anticapitalista si no se es también antipatriarcal

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Nos contaba hace poco Vicenç Navarro en Público y en Kaosenlared que “si España tuviera la tasa de participación de la mujer en el mercado de trabajo que tiene Suecia, habría tres millones más de trabajadoras pagando impuestos y cotizando a la Seguridad Social. De ahí que invertir en escuelas de infancia y servicios domiciliarios que ayuden a la integración de la mujer al mercado de trabajo es una inversión pública de gran calado que los economistas del Gobierno español (la mayoría hombres de clase alta) no habían captado hasta hace poco”.

Se podría derivar del comentario de Navarro, y de hecho yo he hecho esta reivindicación en algún otro espacio, que aparte de fortalecer el erario público, más necesario que nunca en los tiempos de crisis en los que nos encontramos, crear puestos de trabajo en el ámbito del cuidado es positivo para favorecer la integración de miles de mujeres en el mercado laboral y el fin de su reclusión en el ámbito privado del hogar y de su (siempre) trabajo no remunerado ni valorado.

En el momento económico y social en el que nos encontramos tiene mucho sentido invertir en la creación de empleo que responda a las necesidades de las personas y que ponga en el centro de nuestra sociedad el cuidado de la vida y de los más vulnerables. En ese sentido, más le valdría al gobierno de Zapatero destinar recursos a desarrollar seriamente de una vez por todas la Ley de Dependencia que destinar millones de euros a obras faraónicas insostenibles que a menudo responden más a los intereses de empresarios o élites políticas locales que a las necesidades de los ciudadanos. Invertir contundentemente en la aplicación de la Ley de la Dependencia podría derivar no sólo en un crecimiento importante de los recursos económicos y humanos destinados a cuidar de aquéllas personas más vulnerables ante el avance de la (siempre sistémica) crisis sino también en la creación de miles de puestos de trabajo que ayudarían a atenuar la escalofriante subida del índice del paro durante los últimos meses.

Sin embargo, si queremos evitar plantear simples parches, es necesario que, ante tal propuesta, avancemos de manera coherente algunas preguntas críticas. Apostar por situar el cuidado y el bienestar en el centro de las medidas anticrisis y de la sociedad que queremos construir va más allá de una mera transferencia del trabajo de cuidado de las mujeres al estado. ¿Cómo se hace esta transferencia? ¿Cómo se financia? ¿Cómo se asegura que se aplique en todos los territorios? ¿Cómo se garantiza que no derive en un proceso de subcontratación del cuidado del sector público al privado? ¿Cómo se garantiza y agiliza el proceso de aprovisionamiento del cuidado? ¿Cómo se asegura que éste llegue a todas las personas que lo necesiten? ¿Qué criterios se utilizan para que sea un cuidado de calidad? ¿Qué medidas se adoptan para evitar una eventual mercantilización y deshumanización del cuidado? ¿Cómo se garantiza que los puestos de trabajo que se creen no presenten la precariedad, infrarregulación e invisibilización que han caracterizado históricamente el trabajo reproductivo remunerado?

Por otro lado, la afirmación de Navarro cae en el mismo error de premisa que la Ley de Dependencia. ¿Por qué se da por hecho que los trabajos de cuidado han de ser efectuados por mujeres? ¿Cuándo vamos a cuestionar la esencialización de las mujeres como cuidadoras natas? Una mera transferencia del trabajo del cuidado del ámbito de la familia a la administración o al mercado, sin cuestionar su función y su lógica, no hará sino substituir una opresión privada por una pública. ¿Cómo conseguimos asignarle al cuidado el (merecido) valor, prestigio y reconocimiento como actividad imprescindible en una sociedad justa e igualitaria? ¿Cómo conseguimos que tanto los hombres como las mujeres apuesten por participar en su desarrollo, en su aplicación y en su mantenimiento? ¿Cómo conseguimos que el cuidado, más allá de ser ubicado en el ámbito público, sea socializado, sea compartido, sea celebrado?

El mundo por el que yo lucho y apuesto cada día es uno en el que la lógica del beneficio ha de ser substituida por la lógica de la cooperación y de la solidaridad. Ello pasa por derrumbar la idea de que la explotación, cuando es reconocida, es un mal menor necesario para el avance de la Historia. También pasa por reivindicar de una vez por todas que la sociedad no puede funcionar gracias al trabajo invisible y silencioso, sea remunerado o no, de muchas mujeres.

Las mujeres, a partir de nuestras propias vivencias, somos conscientes de que la explotación y marginación resultantes del sistema capitalista tienen múltiples facetas y se ciernen sobre nosotras de forma específica y particularmente severa. &nbsp Es por ello que aspiramos a mucho más que a una simple regulación o institucionalización del trabajo reproductivo que, durante siglos hemos estado “predestinadas” a realizar. En un momento especialmente importante de cuestionamiento del sistema capitalista y de denuncia de sus efectos sobre los sectores más vulnerables, es más necesario que nunca seguir reivindicando un cambio radical de lógica. Más allá de la creación de derechos meramente formales, hace falta generalizar y socializar de manera genuina el mantenimiento y la reproducción de la vida y el bienestar de las personas. Éstos no han de ser vistos como factores necesarios para la perpetuación del sistema económico y su mercado laboral sino como bienes absolutos en sí mismos, como nuestra principal aspiración. Aspiración suficientemente importante, y siempre política, como para que todas las personas se responsabilicen de ella. En estos momentos de crisis, de cambio, de lucha y de ilusión, no tiene sentido ser anticapitalista si no se es también antipatriarcal.

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