Publicado en: 11 diciembre, 2018

No se dice “políticos presos”, se dice “presos políticos”

Por Arjuna

Los papagayos del sistema no hacen más que repetir la expresión de “políticos presos”, tras someterse alegremente a un lavado de cerebro y dejando al lado el “espíritu crítico” que nos permite salir del rebaño. Guste o no guste “al amo”, se dice “presos políticos”.

Por Arjuna

En la obra “George Orwell, 1984”, El Gran Hermano nos decía a través de una pantalla gigante “cómo teníamos que pensar”, qué cosas debíamos de borrar de nuestra mente, y cómo había que actuar en pro del bien común. Para ello se utilizaban dos herramientas imprescindibles: “La Policía del Pensamiento” y el Ministerio de la Verdad, instituciones que ya están instaladas en nuestra sociedad.

La insistencia del poder de que en España “no hay presos políticos, sino políticos presos”, repetida hasta la saciedad por los papagayos a sueldo del “Hermano Mayor”, ha logrado sus objetivos y ahora, muchos periodistas que se consideraban independientes, han sufrido una especie de ablación intelectual, y, sin introspección alguna para dar luz a “su oscuridad óntica”, revientan placidez siendo el “eco de la voz del amo”.

Independientemente de lo que diga la Ley de Moisés, el Parlamento de los leones y la Constitución, independientemente del significado que quieran dar “los ulemas” (sabios) a las palabras, el hombre y la mujer del siglo XXI saben, cuando no están obligados a pensar con los patrones del rebaño, llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Un preso político es aquella persona que lucha por un ideal, por cambiar la sociedad, por llevar a buen puerto su proyecto, su sueño, que pelea, cual Quijote, por “un imposible”, y va hasta el final con sus creencias a pesar de las consecuencias, a pesar de que “los guardianes del sistema” hayan recibido la orden de meterles tras las rejas si pisan los límites establecidos por leyes “cuasi sagradas”.

El error de los catalanes fue ondear la bandera de la independencia de forma amenazante, insolente, provocando gran revuelo en el resto del gallinero estatal. Pudieron haber desencadenado un terremoto político, pero no lo hicieron: En vez de hacer un guiño a Iberia y ganarse adeptos a su causa, echaron más leña al fuego, y los vecinos se sintieron injuriados.

Desde un principio tuvieron que haber apostado, con altavoces y razones, por “La creación de la República Catalana”, olvidándose incluso de pronunciar la palabra “independencia”, que tantos cabreos ha producido y tanto eleva el espíritu guerrero de los cuarteles.

Después de “presentar como es debido” el boceto de la República Catalana, cual esbozo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, tenían que haber hecho un llamamiento al resto del país a unirse a ese movimiento de cambio de régimen, pero escogiendo una música y letra estimulante, ya que a muchos millones de españoles les gustaría pasar de súbditos a ciudadanos y, si se lo explicas bien, dejar de subvencionar con impuestos una monarquía medieval que quizás tenga su edición rosa en los cuentos de hadas.

Si el 50% de los catalanes, cifra nada despreciable, quiere fundar una República, hay que tomarse el asunto con la máxima seriedad. Si Madrid y “los solucionadores de problemas” -expresión que utiliza Hannah Arendt  –son incapaces de “ganarse a los descontentos” y a los que dudan entre irse o quedarse, pronto o tarde tendrán que verse las caras en “el desagradable espejo” de la realidad.

Con la fuerza, con la represión, se puede atar un tiempo con cadenas “a los rebeldes” que quieren romper “la patria”. Pero pronto o tarde, todo lo que tiene más peso acaba cayendo por la ley de la gravedad. Si los Hunos y los Otros son incapaces de fumar La Pipa de la Paz y sólo entienden de puños o asedios, llegará un día en el que sonarán las campanas y no habrá más remedio que convocar un referendo tipo Escocia.

A mi me gustaría que España siguiera unida, pero por deseo de los pueblos que la integran.  Por encima de “la unidad nacional”, lo que más me preocupa es una justa distribución de la riqueza, que de verdad haya una igualdad de oportunidades para todos, que los Derechos Humanos dejen de ser papel mojado y que vivamos, realmente, en Libertad.

Que cada uno pasee con su bandera o con su dios por la calle, sin que la Policía del Pensamiento “le ponga en la lista negra” o un monigote en la espalda. Que llueva café, pero también que llueva justicia social y tolerancia. Que en las escuelas haya una educación de alto nivel y que “en vez de ser adoctrinados a todas horas”, que la nueva filosofía esté enfocada en desarrollar el enorme potencial de cada individuo.

Quizás la utopía de John Lennon algún día levante el vuelo y nos atrevamos a luchar, sin los enormes abismos que ahora nos separan, por “un mundo sin fronteras y sin religiones”. Sólo es cuestión de ¡Imagine!

 

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