“No queremos que nos sigan, queremos que nos acompañen”*

 

La tendencia más extendida cuando salimos de casa es comparar la realidad del país que visitamos con la nuestra: pues este pueblo es más sucio que el nuestro, hay más gente pidiendo en las calles, no respetan los semáforos, hay menos librerías y menos cines, mas viejos, menos prensa…

Mi impresión primera fue que el país estaba inmerso en una especie de “posguerra”, con tanto hermoso edificio en ruina, tanto tramo de acera de calles principales y secundarias deteriorado. Las fachadas de los edificios de Montevideo me pareció que estaban pintadas, revestidas de resignación, más que abandonadas a la suerte de la lluvia y del viento de años de abandono ciudadano.

Acudí aquí convocado por Mario Benedetti, buscando en sus barrios a aquel poeta, a aquel, montevideano que nos arrastró a estas calles pobladas de árboles, hasta ese Palacio Salvo, hasta el Mercado de la Abundancia, el Mercado del Puerto, los mercados de artesanos, la Avenida 18 de julio, con sus numerosas librerías, la calle Tristán Narvajas, con sus adoquines desparejos, en domingo con sus decenas de puestos de libros usados, los puestos de fruta, las antigüedades, el numeroso público abarrotando aquella calle libre de tráfico en la hora dominical y husmeando en las estanterías de la Librería Babilonia; los museos, el Café La Brasilera, tantas veces visitado por nuestro poeta y donde contemplamos una excelente fotografía de éste dedicada al lugar, además de lugar de encuentro para Galeano y tanto intelectual de este amado “paísito”, en palabras del poeta, la Plaza Cagancha, Plaza Zabala, Mercedes, Colonia, Constituyente, Tacuarembó, Paysandú, Yaguaró, Cerro Largo, Maldonado, Canelones, Soriano… todas esas calles y plazas que tantas veces habremos transitado de la mano del poeta de Paso de los Toros, acompañando en sus desdichas y en sus amores, en sus anhelos tras el golpe de Estado y en su dura represión a los mil y un personaje de La tregua, Gracias por el fuego, Buzón del tiempo, La borra del café, Con y sin nostalgia, La muerte y otras sorpresas, Andamios, El cumpleaños de Juan Ángel;los dos volúmenes de Inventario, que devoramos como si se tratase de nuestro más amado Miguel Hernández o de Machado. Perdido entre aquella jungla de Montevideo se hallaba en algún lugar, a no dudarlo, el lugar de tortura de Pedro, interrogado hasta la extenuación por un no menos extenuado capitán que no logró arrancarle más allá de su propio nombre.

Entre aquella devastación de sus nobles construcciones del diecinueve, esas aceras mal pavimentadas, autobuses un tanto ruidosos y viejos, esa apariencia de ciudad derrotada tras las crisis económicas y la intervención en la cosa pública de los milicos desde los años de la represión, con la cruel persecución que se prolongaría desde 1973, con el Plan Cóndor, hasta 1985, nos quedamos con aquellas gentes, trabajadores, jóvenes, estudiantes, mujeres y niños, vitoreando gozosos en Dieciocho en la noche al presidente electo, Tabaré Vázquez, nos quedamos con la ilusión de un país que quiere salir de la pesadilla en la que le sumieron otros: militares y financieros sin escrúpulos. Nos quedamos con sus esperanzadores muros cuajados de pintadas reivindicativas, condenando el asesinato en Méjico de 43 estudiantes; nos quedamos con sus gentes afables que, nos comentan, todos tienen un antepasado español, nos quedamos con la imagen de sus gentes disfrutando y leyendo en la paz del Parque Prado, en Parque Batlle, en el sosiego del relevo de la guardia ante el monumento a Artigas, me quedo con la esperanzadora imagen de esa cola de gentes formada ante la ventanilla para sacar boletos ante el emblemático Teatro Galpón para ver una obra de Brecht, de Becket o de cualquier dramaturgo que les afirme en sus ideas democráticas. Me quedo con esa línea que leo en el Aeropuerto Carrasco, esa conquista para este pueblo que no cede en sus apoyos al Frente Amplio: “Internet gratuito para todos los hogares uruguayos”. Me quedo con ese regalo a los ancianos, a los escolares: un ordenador gratuito para que amplíen sus conocimientos y sus horizontes. Entre tanto edificio abandonado y tanta puerta cerrada me quedo con ese 5% de paro alcanzado por este gobierno (en tanto en las Islas Canarias rondamos ya el 37%). Me quedo con ese: “yo también voto al Frente Amplio”, de esa entrañable y solidaria religiosa teresiana. Me quedo con esas calles, esos adoquines mellados por el tiempo, mil veces lavados por la lluvia y oliendo a país libre y a decencia. Me quedo con ese presidente que cultiva su chacra, entre reuniones de gobierno y escapadas a cumbres americanas, sin más escolta que una mujer que lo ama y un barrio marginal que lo cerca con su veneración y que no quiere abandonar; con su viejo y fiel Fusca, que ha pasado a formar parte ya del patrimonio nacional uruguayo, tras negarse el compañero presidente a venderlo a un jeque árabe por un millón de dólares.

Atrás quedaron los shopping de Tres Cruces, con su incipiente prosperidad, el de Punta Carretas, con el amargo recuerdo de saberle centro de detención en un pasado horrible.

Sé que no toda la vida de este hermoso país se resume entre las calles de Plaza Independencia, en el Ateneo, en la Plaza de los Treintaitrés, a la sombra de ese hermoso Palacio Legislativo, al pie del Museo de Artes Decorativas; si no que existen bolsas de pobreza que aquí no afloran, pero me quedo con esta sociedad civil que, lentamente, va devolviéndole el pulso a un país intervenido en el pasado por la más siniestra autoridad militar y financiera, que arrasa el Planeta con sus doctrinas y sus desaparecidos, sus depredadores y sus excluidos.

Me siento más persona sabiendo que por unas horas he dormido bajo el mismo cielo de tanta gente decente que quiere lo mejor para su país. Ese presidente Mujica, que en su lenguaje y en sus costumbres nos recuerda a aquel Gandhi del pasado siglo. Me crezco en mis ideas de progreso al ver a estos jóvenes hacer ondear la bandera de Artigas, que no será el país más poderoso de la Tierra, pero que en la persona de su presidente está dando una lección de humanidad, de solidaridad y amor hacia los más humildes, hacia este planeta.

Me quedo con esas esculturas, esos próceres de bronce cabalgando eternamente sobre sus monturas, mientras en la plaza los enamorados y las familias se fotografían al sol, sonrientes, y en los puestos ambulantes se venden banderas del Frente, garrapiñadas, paraguas contra la lluvia, y poco a poco se va desvaneciendo en el olvido el siniestro recuerdo de aquel Mitrione que llegó hasta estas tierras para adiestrar a los siervos del Imperio en las técnicas de la tortura. Evidentemente, ni este señor ni todos los que representan al FMI, a la OTAN ni al Banco Mundial, están invitados a esta fiesta. Me quedo con el gesto… ¿qué pacto solidario tienen concertado los conductores del colectivo para que la gentes con menos recursos que se ganan la vida vendiendo en éste pañuelos, tiritas…puedan acceder sin previo pago a éstos, sin abonar boleto? Atrás quedan kilómetros y kilómetros de sueños por cumplir, kilómetros de consignas políticas en las fachadas de las facultades, citas para condenar el machismo en Plaza Libertad, el recuerdo de un film homenaje a Fellini en una sala que nos devuelve la emoción de aquellas salas donde veíamos en nuestra más lejana infancia las pelis de Tarzán, de Sabú y Bob Steel; ese Montevideo que tanto nos recuerda a los niños de la posguerra nuestras ciudades de los años cincuenta, nuestro más entrañable Madrid, aunque fuese un Madrid amputado.

Me despido de esta ciudad, pero no sin antes dejar un sobre en la Secretaría Personal de José Mujica. Un libro: El lápiz del carpintero, de nuestro más admirado Manuel Rivas, unas letras:

 

Señor Presidente:

Un comunista español pasó por sus tierras y quiere dejar constancia aquí de su admiración por esta maravillosa nación de Mario Benedetti, de Eduardo Galeano, de Horacio Quiroga, Líber Seregni, Zélmar Michelini, de Viglietti y de Artigas, y, junto a ésta quiere rendirle a usted tributo de admiración y cariño.

Usted hizo su parte, hermano. Espero que sus compatriotas, todos, sepan entenderlo así también.

Un abrazo cordial.

 

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