¡No pasarán!

Así empieza el artículo de un periódico suizo escrito en Noviembre del año 2011[1] y que nos recuerda cómo las Brigadas Internacionales defendieron la capital de la República española del ataque al que se vio sometida por las tropas franquistas desde el  7 de Noviembre de 1936. Con la conquista de Madrid el golpe de Estado habría triunfado y se hubiera puesto fin a la joven democracia española. Pero milagrosamente la ciudad resistió el asedio al grito de ¡No pasarán! Y las tropas de Franco, a pesar de recibir los apoyos de Hitler y Mussolini, no pudieron vencer al bando republicano, teniendo así que esperar tres años más hasta llegar al poder por la fuerza.

Lo que motivó a tantos voluntarios a participar de esta guerra fue su simpatía por la República. Ya que esta representaba, sobre todo, un intento por corregir las desigualdades sociales y por reconocer las libertades fundamentales de todo ciudadano, cosa que empezaba a ponerse en cuestión por parte de diversos regímenes totalitarios en Europa. De este modo el mundo de la izquierda se solidarizó como nunca antes para conseguir un objetivó muy claro: parar el avance del fascismo. Las Brigadas Internacionales surgieron en Octubre de 1936 y gracias a la red de partidos comunistas creada tras la III Internacional (1919) cientos de voluntarios lograron alcanzar España a través de Paris y Lyon. Se estima que junto a las milicias españolas llegaron a luchar entre 35.000 y 60.000 brigadistas, cuya cooperación demostró la importancia que tiene la resistencia popular.

Personas de hasta 50 nacionalidades distintas participaron en el bando republicano. La propaganda franquista dijo de ellos que eran soldados al servicio de Stalin. Y con el miedo de ver convertida España en un nuevo Estado satélite de la URSS, el resto de democracias europeas decidieron mantenerse al margen del conflicto, lo que para muchos fue considerado como un abandono y una traición a los principios democráticos.

Finalmente el bando republicano fue vencido, pero eso no impidió que las Brigadas Internacionales dejaran su huella en la historia. Una historia que hoy hay que recuperar, puesto que, como ya ocurriera en el pasado, el fascismo vuelve a manifestarse con fuerza en toda Europa. En esta ocasión  no viene de la mano de militares, sino del poder financiero, cuyos dictados, además de poner en cuestión muchos de los derechos conquistados hasta ahora, están refortaleciendo movimientos reaccionarios y ultranacionalistas.

En España, sin ir más lejos, la oligarquía empresarial no se avergüenza ya de reclamar públicamente que la jornada de trabajo se alargue y que los sueldos se reduzcan[2]. Al mismo tiempo se multiplican los contratos laborales en los que los trabajadores no están asegurados. El sistema educativo vuelve a apostar por que no todos los estudiantes puedan ir a la universidad y la sanidad pública se ve amenazada por un proceso de privatización encubierto.

En el terreno de la moral vuelven a imponerse doctrinas reaccionarias contra el aborto, se cuestiona el matrimonio homosexual y dentro de poco el divorcio será imposible, dado que los costes de cambiar de casa y comenzar una nueva vida en solitario serán prácticamente inasumibles para la mayoría de ciudadanos. Da la impresión de que toda esta clase de derechos sociales fueran simplemente caprichos que hoy no podemos permitirnos.  De leyes como la de la muerte digna ya ni se habla y no digamos de establecer un nuevo marco de relaciones entre el Estado y la Iglesia.

Y no soy yo el único que dice que se está produciendo esto. Fue el mismo Jorge Fernández Díaz, actual Ministro del Interior, el que escribió lo siguiente en 2010: “La Ley de Salud sexual y Reproductiva y del Aborto –dos leyes en una, no se olvide–, la Ley del llamado Matrimonio Homosexual, el «divorcio exprés», la Educación para la Ciudadanía, la carencia de límites éticos en la investigación con embriones, etc., componen un corpus legislativo que, ciertamente, ofende a cualquier persona con un mínimo de conciencia de lo que significa el respeto a la dignidad del ser humano o de la función social de la familia.”[3] Sin duda, esta es su opinión y no se le tiene por qué censurar.

El problema viene cuando cree que ese modo de ver la vida se puede imponer a los demás una vez llegado el momento oportuno: “lo que con mayoría y sin consenso se aprobó y se derogó, otra mayoría opuesta lo puede cambiar, y tengo la firme convicción de que lo hará”. Pero lo que no dice es que leyes como las anteriores no obligan a nadie a abortar ni a casarse con personas del mismo sexo ni a divorciarse. En cambio su modificación puede llegar a impedir que los ciudadanos tengan la opción de elegir libremente y con garantías qué hacer con su vida.

Los hechos actuales son la materialización de esta declaración de intenciones y a lo que nos está conduciendo nuevamente es al modelo de sociedad que ya existía antes del franquismo y que se alargó tras la guerra civil: empresarios que pueden hacer lo que les da la gana, gente pudiente con queridas, práctica del aborto en secreto, trabajadores con más de una ocupación y sin tiempo libre, personas desesperadas por ver si pueden o no operarse, analfabetismo generalizado, etc.

Se me puede reprochar  que mi visión sobre la realidad sea catastrofista, pero fue por cambiar todo este tipo de cosas por lo que muchos republicanos y brigadistas lucharon y arriesgaron su vida en la guerra civil española. Es decir, ese mundo gris que acabo de describir existió y negar que pueda volver a suceder todo eso a la luz de lo que está ocurriendo es de ingenuos. Más ejemplos que muestran que los fantasmas del pasado vuelven a manifestarse en la actualidad son la usurpación del poder y el expolio que se está volviendo a producir en Grecia o el resultado de las elecciones en Italia, que reflejan cómo personas de carácter autoritario como Silvio Berlusconi o Beppe Grillo tienen gran aceptación social. 

Frente a este avance del fascismo se hace necesario un proyecto político alternativo que genere entusiasmo en toda Europa. No se trata de enfrentar a griegos, italianos, españoles y portugueses con alemanes; ya que en Alemania, como Oskar Lafontaine, coordinador del partido Die Linke, reconoce, hay muchas personas que también sufren las consecuencias del sistema neoliberal. Él plantea el problema no como una lucha entre distintas naciones, sino como una disputa entre el interés general y los intereses particulares: “también en Alemania sufren los jubilados, los pensionistas y los perceptores de rentas sociales; por eso Die Linke, La Izquierda, siempre dice que el conflicto no es entre España y Alemania o Francia y Alemania, sino entre los intereses de la mayoría y los de la minoría, la industria financiera, pugna que se da en todos los países.”[4]

Y contra esa clase privilegiada es frente a la que se están produciendo tantas manifestaciones en España, Francia, Grecia, Portugal o Italia. Pero con eso no basta. Es el momento de organizarse para hacer un bloque común semejante al emprendido por la izquierda radical griega, que sea lo suficientemente fuerte a nivel europeo como para frenar el avance del odio entre los distintos países. Es el momento de inspirarse en el mito de las Brigadas Internacionales y reaccionar, pero en esta ocasión antes, pues si de los gobiernos actuales depende será demasiado tarde como para evitar que los cabezas rapados de Amanecer Dorado se hagan más fuertes en Grecia o que los seguidores de Beppe Grillo, cegados por la idolatría, cometan alguna locura en Italia.

Ahora bien, hay que tener en cuenta algo muy importante. En esta lucha se mezclan dos grandes enemigos a los que combatir, cada uno de los cuales tienes sus peculiaridades. Por un lado están los poderes financieros, que desean que se gobierne según sus intereses económicos. Y por otro lado están los movimientos reaccionarios, cuyo objetivo es el de imponer sus doctrinas morales al conjunto de la sociedad y alimentar el nacionalismo más irracional. No son lo mismo, pero vienen de la mano. Y a pesar de que los sectores reaccionarios también se manifiestan contra los poderes financieros, la prueba de que su proyecto no busca una Europa solidaria y de ciudadanos libres es su discurso político. Ejemplos de ello son el Frente Nacional en Francia, el Partido Demócrata de Suecia, los Auténticos Finlandeses o el Partido de la Libertad en Holanda. Como se puede comprobar, no son pocos los países en los que la ciudadanía se ha dejado seducir por discursos xenófobos y antieuropeístas. Es por ello que pienso que las personas que nos consideramos de izquierdas debemos reorganizarnos a nivel internacional para lograr objetivos comunes.

Por un lado, frente a los poderes financieros se deben defender, entre otras cosas, los siguientes puntos: renegociar las deudas pendientes, reformar el Banco Central Europeo para que financie a los Estados y la inversión pública, renacionalizar las fuentes de riqueza y del sector servicios, elaborar una nueva ley laboral que reduzca las horas de trabajo y evite que las empresas con beneficios puedan despedir arbitrariamente a sus trabajadores, penalizar a las multinacionales que no respeten ni los derechos humanos ni los bienes naturales dentro y fuera de nuestras fronteras, garantizar la atención sanitaria a todos los ciudadanos y crear un fondo de pensiones al que no sólo contribuyan los trabajadores sino también las empresas que tengan muchas ganancias. Tiene que quedar claro que debemos contribuir todos, los que más y los que menos poseen.  

Por otro lado, frente a los movimientos reaccionarios es necesario, sobre todo, recuperar la raíz liberal de nuestras democracias y explicar por qué son importantes las libertades individuales. No es un capricho que una mujer tenga la opción de abortar o que alguien pueda poner fin a su dolor decidiendo acabar con su vida. Son preguntas que tenemos el derecho a hacernos y cuya respuesta no está establecida por ninguna ley natural, pues de otro modo tendríamos que renunciar a nuestra capacidad de elegir y no seríamos libres.

Así pues, del mismo modo que las Brigadas Internacionales lucharon junto al bando republicano por una serie de derechos y libertades que el fascismo y la oligarquía de aquella época no reconocía, hoy es necesario despertar la solidaridad internacional para combatir los abusos y el odio que la actual crisis económica ha desencadenado en Europa. Y esa solidaridad sólo puede surgir si hay un proyecto político con el que se identifique una amplia mayoría de ciudadanos, no sólo de Europa, sino también del resto del mundo. El tiempo apremia y nuestros pasos se han de dar con la convicción de que en esta ocasión ¡No pasarán!



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