No mientas más, dirigente concertacionista. El pueblo ya te identificó

 

¿CUÁL PODRÁ SER el verdadero objetivo (¿o se trata de un propósito?) de la permanente engañifa que la Nueva Mayoría realiza con respecto -y sin respeto- al  electorado que la privilegió llevándola de regreso a La Moneda? Buena pregunta, sin duda, pero su respuesta amenaza ser tan falaz como la engañifa misma.

En política, y en Chile (que es el caso que nos preocupa), la derecha nunca ha engañado a sus electores; por el contrario, sus dirigentes carecen de empacho para decir qué desean y qué detestan. Ya lo sabemos bien; en ese sector de la política nacional sus miembros desean casi con ‘araruira’ -como decía Firulete, un ya jubilado humorista de ese mismo sector- privilegiar exclusivamente las ganancias económicas, el lucro y los costos de producción más bajos posibles; así como detestan todo lo que huela a Estado, a fisco, a pueblo y a nación demasiado independiente de la banca internacional.

Entonces, como simple oposición a lo anterior, era dable suponer que el otro bloque del duopolio, la ex Concerta, procuraba una mayor justicia social y mejor fórmula para redistribuir la riqueza nacional, asuntos que atravesaban necesariamente por profundas reformas en lo tributario, educacional, previsional, salud y recursos estratégicos. Era lo obvio… tan obvio que sólo se requería echar una rápida lectura a las demandas explicitadas durante los últimos 10 años por los cada vez más indignados movimientos sociales para, de esa lectura, estructurar un programa de gobierno.

Sin embargo, luego de un inicio ‘prometedor’ en cuanto a esas reformas, no bien el gobierno concertacionista avanzó algunos metros en su novel recorrido, los tintineos  del dinero extranjero y el perfume de las bendiciones bolicheras empresariales le fueron envolviendo a tal grado que, finalmente, cedió gustoso al embrujo de las presiones y ofertas  promesas derechistas que le prometían un  orgasmo compartido, genial y bien gozado. Y en eso está ahora la Nueva Mayoría… esperando aquel orgasmo que posee además las bendiciones de la sacrosanta iglesia vaticana, parte interesada en todo lo que sea lucro y ganancias económicas.

“Este gobierno ya no me interpreta”, dijo muy suelta de cuerpo (y de lengua) la infumable ex ministra de educación Mariana Aylwin, una vivaracha que utilizó a la política como trampolín para afianzar sus negocios en la educación ‘con subvención compartida”. Esa hija del ex presidente de la república está señalando, sin méritos para duda alguna, que el lucro fue, es y debería seguir siendo el principal objetivo de quienes invierten dinero en materias educacionales. Su inefable comentario certificó lo que muchos en Chile suponían: aquellos dueños de establecimientos educacionales que poseen subvención compartida y aseguran que los cerrarán si la reforma prospera, están señalando inequívocamente que su interés nunca fue lo educacional, sino el lucro.

¿Para qué, entonces, los dirigentes concertacionistas prometieron lo que sabían que jamás iban a cumplir si no les interesaba ni les resultaba conveniente a sus propios intereses particulares? Ah… ¿lo hicieron motivados únicamente por la obtención del voto popular, aquel voto que sí desea reformas sustantivas y está más que harto de traiciones, desigualdades y corruptelas?  “Eso no es engaño ni traición”, aseguran hoy en La Moneda, “sólo es el arte de lo posible y ello se llama política”.  

La Historia ha demostrado hasta la saciedad que el oficio de la política posee reglas, valores y méritos propios. En ella no tienen cabida privilegiada los doctorados ni las maestrías, los títulos universitarios ni los conocimientos de física cuántica, historia moderna ni química orgánica. Menos aún los de la filosofía post socrática. Tan cierto es esto, que se han visto iletrados (incluso analfabetos) gobernando naciones… y no lo han hecho tan mal, después de todo. También se ha visto a algunos militares haciéndose cargo de un país, lo que demuestra a las claras que la política posee ritmo propio y no obedece reglas de profesión ninguna. Por ello es tan impredecible… y atractiva a la vez.

Sin embargo, mentirle a la gente es un desagradable delito, aquí y en la quebrada aquella llamada ‘del ají’. La verdad siempre debe ser bienvenida y destacada, aunque duela y ofenda. Nunca estuve de acuerdo, por ejemplo, con lo explicitado el año 1990 por el entonces mandatario Patricio Aylwin cuando aseguró: ‘se hará justicia en la medida de lo posible’… pero fue franco el caballero, y yo no podría achacarle que mintió en esa materia. ¿Ven? La derecha siempre dice cara a cara lo que piensa y lo que quiere. No hay sorpresas con ella, salvo la que experimentan aquellos hijos de la estulticia y la desinformación (que son quienes siguen creyendo cierto sólo lo que se dice en la TV), favoritos de los corruptos a la hora de contar con sufragios permanentes para su reelección.

“¿Para qué escribes sobre esto?”, me preguntó  un politicastro local. ¿Y qué debo hacer entonces? ¿Callar? ¿Aceptar y cobijar el engaño?  ¿Ser cómplice gratuito de las traiciones y corruptelas? Lo siento, pero mi curriculum, mi back ground cultural, social  y existencial me obligan a manifestar sólo mi verdadera opinión. Jamás  callaré si, por ejemplo, algunos parlamentarios (especialmente los que se dicen ‘progresistas’, como Ricardo Rincón, Juan Pablo Letelier, y otros) usan a destajo y prepotentemente su calidad de “representantes del pueblo” para intentar acallar a quienes usan la libertad de expresión y de prensa, tal cual sucedió hace algún tiempo con personas que trabajan en  radios comunitarias de comunas rurales como Las Cabras y Coltauco (ambas pertenecientes a la provincia de Cachapoal, región de O’Higgins).

Es entonces cuando regreso a plantear la pregunta que da inicio a este artículo. ¿Mentir, señores parlamentarios? ¿Para qué? Ustedes saben que tarde o temprano (generalmente siempre será ‘más temprano que tarde’) millones de chilenos se enterarán –vía redes sociales y diarios electrónicos (que ya están pauteando a la prensa de papel)- de la verdad desnuda. 

Por tal motivo, es preferible que se despojen del disfraz ‘izquierdista’ y se muestren tal como realmente son: mayordomos de la derecha económica y dóciles obsecuentes del imperialismo de las transnacionales, vale decir, esperpentos dispuestos a seguir trozan do Chile para venderlo y regalarlo a intereses megaempresariales, los mismos que les entregan migajas en euros y dólares para que, una vez arrasado este país, puedan avecindarse –siempre en calidad de ‘sudacas’, claro está- en territorios menos deplorables, como los del hemisferio norte donde se encuentran vuestros verdaderos mandantes… pero, por favor, no sigan abusando del lenguaje de la falacia y el engaño para obnubilar a una población que a pesar de los pesares ya comienza a despertar.

Miren que, parafraseando al genocida y ladrón Pinochet Ugarte, a ustedes, amigos parlamentarios y políticos de las actuales cofradías partidistas, “ya los tenemos plenamente identificados”.  Por ello, muchachada ex concerta, es oportuno que se hinquen, se golpeen el pecho, pidan el perdón de sus pecados y juren renegar para siempre de sus mañas yanaconas…porque al parecer “vienen los rotos” y esta película va a cambiar… tarde o temprano, va a cambiar.

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