No maten más a Sócrates

NO MATEN MÁS A SÓCRATES

¿Ha  probado alguna vez a dejar de pensar? ¿Ha contado alguna vez el tiempo que es capaz de mantener su mente alejada de algún pensamiento, sea el que sea?…Los seres humanos apenas si somos capaces de dejar de pensar a no ser que estemos entrenados,  y en cuanto abrimos los ojos cada mañana acude a nuestro encuentro  un tropel  de pensamientos que reclaman nuestra atención.¿ De dónde proceden? ¿Proceden del consciente, del subconsciente o de otras fuentes que no identificamos? ¿Qué nos quieren decir estos  pensamientos y las imágenes que suelen acompañarlos? Es bueno detenerse sobre esto pues cada nuevo día nos trae su propia energía para que podamos dar respuesta a esas preguntas y tomar las medidas oportunas .O sea: adoptar soluciones  positivas a nuestro favor sin perjudicar a nadie.

El primer pensamiento nos empuja, pero ¿somos sus dueños?

El primer pensamiento de la mañana, nada más despertar, es una buena pista que nos indicará si tenemos un asunto pendiente u otra cosa. Es bueno prestarle atención, porque es un buen indicador del día,  pero no es bueno dejarse arrastrar por todos los que vienen sin que se les llame y acuden ansiosos por ocupar su sitio en la cabeza de uno, porque en apariencia pensamos libremente y  somos dueños de nuestros pensamientos, pero ¿es verdad todo eso? ¿Somos verdaderamente dueños de nuestros pensamientos?   Muchas  personas contestarán que sí, que por supuesto. Y eso tiene bastante sentido porque al fin y al cabo el pensamiento es algo que no se ve, que parece manejable por nosotros  y además  está fuera de toda crítica ajena. Sin embargo, la pregunta va más allá. Pretende averiguar el origen, el por qué pensamos esto o lo otro, y qué esconde eso que pensamos. Porque el quid de la cuestión es el contenido de lo que pensamos, su carga emocional, su energía interna. ¿Estamos a favor o en contra de nuestros semejantes y de la Naturaleza?  Si somos creyentes ¿intentamos cumplir con las leyes divinas? Pues sin ello, nuestros pensamientos serían como huevos huecos. Y no tenemos pensamientos huecos, todos tienen un núcleo interno. Y ese núcleo interno es un núcleo “caliente”. A veces es simplemente el corazón del ego.

Ante   un pensamiento negativo- un pensamiento contra alguien o contra nuestra conciencia- inmediatamente sentimos algo en el plexo solar, un pinchazo de desazón,  una advertencia de que ese es un camino erróneo. Así que los pensamientos expresan contenidos de conciencia. El corazón de  los pensamientos late con  el nuestro. Y esa es su fuerza.

Los programadores de mentes

Pero no somos usted  y yo los únicos que sabemos esto: lo saben muy bien ciertas personas relacionadas con el poder cuyo trabajo consiste en orientarnos para que pensemos unas cosas u otras; para que prestemos atención- por ejemplo- a un crimen cometido por un inmigrante, un marginado, una persona de otro color o de otra religión el mismo día en que se promulga una ley que recorta derechos sociales. Todos los informativos destacarán lo primero e insistirán en ello cuantas veces sea necesario  para empequeñecer lo segundo. Se  busca crear desconfianza y sentimientos de  rechazo a las personas señaladas- con lo cual, división y miedo-  y a la vez evitar que pensemos en que esa ley  empeora nuestras condiciones de vida.

Propiciar la división y la desconfianza entre nosotros, la gente sencilla, forma parte de un programa muy bien estudiado. Si no ¿de qué tanto crimen, tantas imágenes de violencia y terror como nos muestran a diario los informativos de todo el mundo? ¿Por qué esa profusión de asuntos estremecedores que se nos ofrecen en las horas de las comidas sin más finalidad que esta: “”Ved lo mal que está el mundo. Cuídate de tus vecinos: alguno puede darte  una sorpresa”.

Vivimos en un mundo cuyas informaciones se dirigen a crear estados de opinión basados en varios  elementos fundamentales entre los que destacan el miedo en muchas variantes,  la admiración a los ricos y poderosos, y el hacernos creer que en sus privilegiadas  manos estamos en buenas manos, ya  sean las de un político corrupto, un empresario explotador o un obispo pederasta. Todos ellos disponen de infinitos canales de información-deformación-manipulación- públicos y privados para crear en  millones de personas estados de opinión y de conciencia que favorezcan su imagen y sus intereses de casta, minimizar sus fechorías e impedir que pensemos críticamente.

Con tales condiciones,  la famosa “opinión pública” tiene poco de verdad, porque la  mente colectiva está siendo dirigida cada día hacia pensamientos que no tienen nada que ver con lo auténtico: el amor a Dios, nuestro Creador,  y a nuestros semejantes, el amor a  la libertad y los sentimientos positivos.

Una inmensa nube de negatividad rodea este mundo artificial y falso que  hemos contribuido a crear entre todos a base de ideas contrarias a la Naturaleza y a las leyes divinas y que agoniza por días como un enfermo falto de energía vital. Y es que la mayoría de  gente no suele pensar por su cuenta, sino que es pensada a cuenta de otros; no suele sentir por su cuenta, sino que sus sentimientos han sido teledirigidos hacia el político, el deportista, el cantante,  el consumo de esto o lo  otro; a esta o aquella religión; a esta o aquella moda.

Hoy en día,  la mente colectiva tiende a homologarse tanto como la cultura y los edificios y ciudades en todas partes del Planeta. ¿Dónde queda la creatividad y  el libre pensar con una mente condicionada desde la escuela y la Iglesia  hasta el último anuncio y el último  telediario del día?  ¿A quién pertenecen  nuestras ideas y deseos? ¿Quién manipula nuestras conciencias y emociones  desde ámbitos a los que no tenemos acceso?

Y cuando  aquellos que no caen en la trampa se muestran públicamente y denuncian cosas semejantes a estas,  suelen ser incomprendidos,  tachados de locos, excéntricos, y hasta de enemigos de unos u otros.  El caso es que con el correr del tiempo, los organizadores de la mente colectiva los ponen siempre  como ejemplo para la humanidad, pero antes se aseguran de que han pasado los años suficientes para que sus ideas parezcan pasadas de moda, asimiladas, y  no constituyan un peligro. Me vienen inmediatamente  a la memoria nombres como Jesús de Nazaret, Orígenes, Sócrates, Copérnico, Galileo, y tantos otros que también están en la memoria del lector. Obsérvese cuántos de ellos fueron asesinados. Este fatalismo histórico se repite de múltiples maneras en nuestros días con el asesinato de periodistas honestos y de sindicalistas o defensores de derechos humanos. Este  querer dominar a otros, este oponerse a la verdad hasta llegar  al asesinato de quien la defienda cuando perjudica al asesino,  solo evidencia una cosa: primitivismo moral, conciencia de cavernícola. Y sus hechos deleznables  los presenciamos  a diario en todas partes, y a menudo amparados por los gobiernos. Todos ellos  han desfigurado al Planeta y a la mente de tantos de sus habitantes. Pero si queremos defendernos solo podemos hacer dos cosas: seguir el ejemplo de los que dicen la verdad y viven en ella y elevar nuestro nivel de conciencia para estar a su altura cuando menos. La verdad es revolucionaria porque nos hace libres.

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