No hay guerras legítimas

 

Es preciso decirlo alto y claro:.No hay guerras legítimas, no existen guerras justas, aunque tengan todas las bendiciones legales de todos los comités, gobiernos, iglesias, y un largo etc. No existen guerras justas ni, mucho menos, guerras “santas”. Toda guerra es  injusta, contraria al orden divino (no tiene “letra pequeña” el Quinto Mandamiento) y contraria al orden natural. Toda guerra es un asesinato premeditado, aunque se haga con uniforme, invocando todo aquello que previamente ha sido inventado como excusa  que quiere ser razonable, como el patriotismo, la defensa, los  intereses humanitarios, la ayuda a la instauración de la democracia o lo que convenga decir en cada momento invocando un bien predicado a los pueblos  como  “superior” para justificar por medio de la fuerza los asesinatos de las poblaciones desde principios –los que fueren- siempre al servicio de los enemigos de Dios. Invocar las ideas convencionales que llevan a la guerra, como practicar el culto oficial  a una  bandera nacional a estas alturas en que se está en otra cosa, en  la conciencia de pertenecer a un mundo estrechamente relacionado a todos los niveles, y donde cualquier suceso afecta al conjunto, no sólo es  una mala excusa, sino un  pensamiento cínico y  retrógrado.

El concepto de “nación”, como el concepto de “patria” pertenecen  ya al archivo histórico del siglo XIX, donde tuvieron su función social, económica y política en función de la burguesía triunfante, una burguesía ya muy disminuida y sin poder decisorio, que ha sido sustituida por otro tipo de clase dominante multinacional y multirracial cuyos centros de poder – que son los centros del poder financiero-  en muchos casos no tienen siquiera una ubicación geográfica fija, y sí muchas ventanas para ser contemplados: las Bolsa, los grandes bancos, los bancos centrales,  el FMI ,el Banco Mundial, los grandes monopolios, y las poderosas multinacionales de “Esto y Aquello” cuya influencia  trasciende fronteras  superando  los estrechos límites de los estados nacionales y su P.I.B., y son capaces de bloquear y acabar con cualquier gobierno disidente a sus intereses. Y si es necesario “montan” una guerra con la excusa más convincente o la mentira más indecente para  arrastrar a la barbarie  a la población del país que interese, y lavar el cráneo de todos con sus poderosos medios de formación de masas (Tv. en  especial) para que la maldad, caso de ser descubierta, aparezca como un mal necesario en el presente con la promesas  de un bien que jamás habrá de llegar. Y  arrastrados  por sus dirigentes, muchos acuden al combate o apoyan incondicionalmente  a los soldados…

Quien  apoya las guerras, a cualquiera nivel,  demuestra que  interiormente  está en guerra con alguien y con él mismo en primer lugar. Quien se calla  ante la crueldad, está siendo cómplice con la suya propia. Quien  hace como que no sabe está siendo cómplice. Quien es violento en sus manifestaciones verbales, en sus pensamientos o en sus actos, está siendo ya un  cómplice, porque la raíz venenosa de la guerra se nutre de  los pensamientos contrarios a uno mismo y al prójimo. En definitiva, la falta de amor, comprensión y tolerancia; el deseo de tener, “de ser algo” o “alguien”, de poseer más y más; el egocentrismo, que exige su reconocimiento y busca su propio poder sobre los egos de los otros,- que también reclaman sus derechos egocéntricos,- todo eso es la esencia de la guerra, el tronco principal del que brotan otras venenosas ramas. Y de toda su  savia se vienen aprovechando los peores de entre los  humanos que han sido capaces de alcanzar poder y privilegios.

 Dicho esto, repetido tantas y tantas  veces por los pacifistas espirituales desde Cristo( el mayor pacifista de la Historia) hasta Gandhi,  pasando por Tolstoi, Herman Hesse,  y tantos y tantos  otros, sabemos que toda guerra  no es más que una excusa  torpe para  la manifestación  de lo más negativo y lo más abyecto de todos los que encuentran en el batallar contra sus semejantes el terreno apropiado para  manifestar su maldad, bajo no importa qué argumentos,  ni con qué  banderas de no importa qué países. Pero siempre sucede de la misma manera: los ricos desean enriquecerse  y los pobres (previa manipulación mental) se matan  entre sí dirigidos por los ricos o sus lacayos, lleven uniforme o vistan de sotana o frac.

Semejante situación mundial  deja al descubierto también  algo  que  ya sospechábamos, pero que se hace manifiesto con una claridad brutal: las gentes  son fácilmente conducidas a  la guerra. (No podemos olvidar nunca  la lección de la “civilizada”, rica, culta, y europea Yugoslavia ni lo que sucede en la actualidad en la europea y “civilizada”Ucrania). Y  eso a pesar de las enormes cantidades  de   energía en forma de dinero  y de  recursos humanos  que esos países y cada país – occidental o no – emplea en la educación de  esos mismos ciudadanos que un día aceptan  combatir cuando se les propone, y  tienen definido perfectamente quién es “El Malo” contra quien hay que combatir…

Hacen más unas cuantas imágenes y una buena campaña  pedagógica-bélica  que toda la pedagogía pacifista y todas las enseñanzas cívicas que se han intentado inculcar a las  diferentes generaciones desde la segunda Gran Guerra, con sus correspondientes celebraciones anuales del Día Internacional de la Paz. En cuanto  los que dirigen una nación  mandan tocar a rebato los clarines bélicos, la  gente se alborota, pierde  su capa de barniz civilizado adquirido tras largo y penoso pasar por las aulas y por  todas las celebraciones  de todos los “días de la paz” eclesiásticos y civiles y se nos muestra partidaria de este o aquel bando y  dispuesta al enfrentamiento.

El Vaticano y la guerra justa

Incluso el Vaticano, tiene dos lenguas  para hablar de la guerra y de la paz, nunca se declara pacifista y defiende lo que llama “guerra justa”. Después de todo, la Iglesia es una organización cuya  historia está manchada de  sangre por las guerras de religión, La Inquisición, el exterminio sin piedad de los cristianos disidentes, la evangelización forzosa de los pueblos colonizados, y la cooperación con el genocidio indígena que denunciara el padre Las Casas… Y en España, la colaboración incondicional “bajo palio” del Papado al violento y anticristiano régimen franquista y de otros con dictadores sin conciencia alguna.

En caso de revueltas o revoluciones de fondo, nacionales o internacionales, el Vaticano en particular tiene mucho que perder, y se comprende cuando se sabe que es uno de los principales terratenientes mundiales y una de las instituciones más ricas e imbricadas con el sistema económico  del  mundo. Y  tiene miedo. El miedo es una de las razones que convencen para ir a las guerras. Especialmente el miedo a perder lo que se tiene: poder, privilegios, renombre, posesiones, bienestar, y todas las cosas que se nos hicieron  deseables; el miedo a perder todo eso, hace a los que las organizan  superar el miedo a la propia  guerra,- aun sabiendo lo terribles que siempre son – ,a sus  traumas físicos y psíquicos y a la pobreza  de todas las post-guerras que sufren las poblaciones, pues  tales cosas casi  nunca  alcanzan a aquellos que las provocan. Los instigadores han hecho antes muchos cálculos y  salen  de ellas con beneficios acrecentados. Después de todo, los pueblos corren con los gastos.

Para la gente sencilla, el miedo también las justifica, pues siempre tiene algo que perder, aunque sea la propia seguridad, aunque sea la propia  vida, así que  las minimiza o simplemente -si no son de casa- las ve lejanas y hasta las olvida fácilmente, a pesar de tantas  como existen en el mundo diariamente. De nuevo, el egocentrismo hace su trabajo

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