No hay engaño

Los vendedores de ilusiones políticas siguen a lo suyo, el negocio marcha y cuentan con una nutrida clientela.

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Las masas no aprenden del pasado, pero mucho menos los votantes. Los vendedores de ilusiones políticas siguen a lo suyo, el negocio marcha y cuentan con una nutrida clientela. Sin embargo, la mayoría de las personas no acaba de entender lo del fin de la historia de Fukuyama y que después del capitalismo ya no queda nada que contar —al menos de momento—.

Pese a la situación, siempre hay alguien que trata de reinventarse. Aparece en escena un vendedor de utopías, que en realidad son una ensalada de majaderías apropiadas para la ocasión, y una parte del auditorio se lo cree, cuando resulta que el que menos se lo cree es el promotor. Lo que viene a demostrarse con el avance de este tipo de creencias, con apariencia progresista, es que el personal se aburre soberanamente y ni el internet ni las redes ni las cosas del smartphone le llenan plenamente y hay que buscar fuentes alternativas de entretenimiento.

Entendido todo esto, en un caso, como negocio para el vendedor político e ilusiones increíbles, para los seguidores, cuando llega la hora de la verdad y el bendecido por los votos se coloca en el sitial de la autoridad y naturalmente se olvida de lo que un día fueron enérgicas promesas, el público se cabrea. Pero no hay motivo racional para enfadarse. Cuando se actúa de forma irresponsable, luego solo cabe apechar con las consecuencias y aparcar las lamentaciones. No cabe gritar que se les ha engañado, porque el engaño estaba dentro del guión. De lo que se trataba con eso de hacer política era de ascender al lugar que ocupan las minorías dirigentes con la finalidad de medrar en poder y riqueza, porque atrás quedaron las ideologías de otros tiempos. Por otro lado, hay que tener en cuenta que el voto en la democracia al uso permite hacer de las masas elites. Superado con éxito el trámite no se puede exigir a quien ya es elite que se comporte como uno de las masas, porque situado allí, se está a lo que se está.

Aparte de ideologías para pasar el rato, el caso es que siempre permanece al acecho la realidad para decir por donde van las cosas. El mundo es capitalista y el ciudadano común percibe la idea como sinónimo de alcanzar el bien-vivir y cada uno, en su profesión, trata de garantizar su particular vivir de la mejor manera posible. Por tanto, no se puede echar en cara a la profesión política que, cuando se ha ascendido desde la mierda al cielo perfumado, cada uno vaya a lo suyo. Cuando se está allá arriba hay que olvidar tiempos pasados. Entonces de lo que se trata es de aplicar un poco de maquillaje por aquí y otro tanto por allá para tratar de justificarse y decir que se hace algo. Incluso declararse antisistema de palabra, mientras se va amasando un fondo de reserva. Lo que está claro es cualquiera de sus críticos, en su lugar haría lo mismo.

Si se pasara a preguntar por el origen del hipotético problema de prometer y luego no dar, probablemente estaría en el mercado, porque mientras haya algo que vender y alguien dispuesto a comprar el negocio continuará. Y la política no puede eludir el efecto mercado, al menos mientras se siga hablando de democracia representativa. En el caso de los votantes, de lo que se trata es de tener confianza, de seguir creyendo en las bondades que oferta el mercado y, como buenos fieles, seguir votando.

Antonio Lorca Siero

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