No es un virus, son dos y el otro es la ultraderecha

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“Si ayudas a quien te desprecia, te despreciará el doble

No es un virus mortal, son dos: el covid-19 y la ultraderecha. Los dos son una infección, un veneno que se mete en nuestro organismo y nos devora. Los dos son parásitos, uno se alimenta de nuestro cuerpo y el otro de nuestra democracia, cuyas ventajas y leyes utilizan para intentar corromperla, derribarla o, como mínimo, someterla a su dominio. Los dos atacan por la espalda, son casi invisibles y actúan desde las sombras, escondidos en los ángulos muertos, en el caso del segundo y sus transmisores con el fin de mover en secreto los hilos de la política y del dinero. Llevan banderas para distraer la atención y como señuelo, y queriendo apropiarse de ellas igual que si no fuesen de todos.

No respetan nada, como puede verse en estos instantes en los que, mientras otros luchan por salvarnos la vida, ellos alientan manifestaciones callejeras que se saltan el Estado de alarma y ponen en riesgo a la población, tal vez porque las únicas cifras que les convienen son las que empeoran, las que alimentan la tragedia, con lo que eso significa en estos instantes. Y a quien no sigue el ritmo bárbaro de sus caceroladas y bates de golf –los vamos a llamar así para distinguirlos de los palos que se utilizan para hacer deporte– usados para martillear, respectivamente, los oídos y las señales de tráfico. Eso sí, ahora que hay mascarillas, van a faltar ollas, porque no dejan de aparecerles enemigos: el último, la presidenta conservadora de la Comisión Europea, que ha manifestado que la «transparencia» de Italia y España «ayudó a otros a prepararse para el impacto». Otra comunista, otra antisistema. Le van a tocar la percusión del Cara al sol con la sartén.

Otra presidenta, la de la Comunidad de Madrid que su partido gobierna desde hace veinticinco años siendo, en consecuencia, responsable de su Sanidad, se lava las manos y no asume la más diminuta responsabilidad ni en el desmantelamiento de los hospitales de la región, ni en la reducción de la plantilla médica, ni en el cierre de camas, ni en la falta de material, ni en el drama de las residencias geriátricas que ellos pusieron en manos de fondos buitre. Su táctica, si se la puede definir así, es insistir una y otra vez en que Madrid tiene que pasar de fase, aunque sea contra el criterio de los científicos; aunque el Colegio de Médicos de Madrid considere «arriesgado» pasar a la fase 1 y le recuerde que «en Atención Primaria aún falta personal, ni siquiera todos los centros de salud están abiertos y no estamos preparados para un rebrote»; aunque falten recursos y no haya pruebas diagnósticas suficientes para atender casos sospechosos, ni equipos bastantes para rastrear contactos del posible infectado, dos condiciones que los especialistas consideran fundamentales; y aunque ni siquiera el resto de presidentes de su partido la imiten: en Castilla y León han pactado con el PSOE y en Galicia queda claro que Nuñez Feijóo no es Núñez de Balboa y se va a dedicar a ganar las elecciones que ha convocado.

Ayuso está sola con Vox, que es quien le ha dado el cargo, y con su jefe, Pablo Casado, que la ampara, la justifica y la pone de ejemplo. Quién sabe si, tal vez, estemos ante un problema de perspectiva y lo que ocurre es que a Ayuso la catástrofe le parece más pequeña al verla desde las alturas del sospechoso apartahotel donde vive. Veremos si ella es la siguiente en la lista interminable de dimisiones forzadas por el escándalo que acumula el PP de la capital. Ya saben, la fábula de la charca y las ranas.

A esa gente no le importa nada. Ni España ni los españoles, ni la salud, ni el bienestar, ni la salvación y cura de los enfermos, ni la recuperación económica, ni el progreso; son contrarios a la justicia y la igualdad, creen en las oligarquías y en la sociedad de clases, y en el fondo odian la democracia porque no les permite convertir el país en una finca de su propiedad, por eso tratan de lograrlo poco a poco con las privatizaciones o concertaciones de la Sanidad o la Educación. Lo único que les interesa es el poder y el dinero, ostentarlos por las buenas o por las malas. Algunos llegan a un nivel de miseria tan inaudito que han fomentado, con esa mezcla de bulo, engaño y amenaza que suelen contener todas sus acciones, que cesen los aplausos espontáneos desde los balcones dedicados a quienes nos salvan la vida y se juegan la suya por nosotros, para que así se oiga mejor la algarabía de las nueve, la hora en que dan sus golpes haciendo ver que son muchos más de los que están, cuatro gatos, porque a golpistas no los gana nadie.

El PP de la Comunidad de Madrid también se ha sumado a ese intento de silenciar la gratitud, firmando este domingo su acta de defunción: «Hoy es el último día de aplausos a las 20:00 h. Los sanitarios han estado en primera línea de esta batalla. Los ciudadanos nunca estaremos lo suficientemente agradecidos por el esfuerzo, la dedicación y el sacrificio de todos y cada uno de ellos. Eternamente, gracias».  Si la hipocresía fuese deporte olímpico, tendrían el salón lleno de medallas.

Los continuos vaivenes, las contradicciones, las extravagancias, los disparates sin fin y la retahíla de imprudencias que caracterizan a Ayuso han convertido su gestión en un circo. La última rectificación tiene que ver con su estrafalaria justificación de la pizza como base de la comida de los niños, y se ha vuelto a un menú sano y lógico, que si pasta que si mandarina. Eso sí, en diez minutos está diciendo que ella siempre promovió la dieta mediterránea igual que Esperanza Aguirre sacó a la luz la trama Gürtel. No hay astilla peor que la de la misma estaca. Ciudadanos, mientras tanto, disimula. Será que son lo mismo, pintado de diferentes colores.

 

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