No al método

El tiempo que vivimos está caracterizado por la fe inquebrantable en las súper estructuras: el estado-nación, la moral colectiva, el mercado o la clase. Toda actividad, creencia o identidad; todo ser o estar social ha de estar condicionado por las directrices de entidades superiores en formato comunal. El propio capitalismo, más específicamente la moral que predica, actúa necesariamente a través de férreos lazos de cesión de voluntad y de continuos intercambios materiales. No hay individualidad aquí, como no la ha habido en ninguno de los sistemas de gobierno puestos en práctica en ningún nivel más allá de las teorías que los han sustentado.

La búsqueda de la “autenticidad” individual; llámese libertad, llámese auto-realización; ha pasado año tras año por completar unas tareas entregadas por un colectivo superior. El individuo aquí ha jugado un papel de mero espectador.

Es por esto que reacciono contra la ola de crítica hacia el presunto “individualismo” que hace de nuestro mundo inhabitable. No, no es el individualismo el germen de la corrupción moral que muchos observan, es más bien achacable a unos códigos abstractos, consecuencia de procesos complejos a nivel social, económico, político y religioso (en el sentido de creencia en un abstracto colectivo) que en todo caso parten de la aceptación e imposición por parte de colectivos humanos que, a nivel individual, poco o nada han tenido que ver con la creación de estos principios más allá de la instrumentalización que el sistema derivado haya hecho de ellos. La corrupción moral es, en esencia, la contradicción de unos códigos morales frente a otros en función de quién lo evalúe.

Y aquí quiero culpar a todo lo que haya supuesto usurpación y abuso, todo lo que suponga la enajenación más mínima de la integridad y soberanía del individuo, desde el método que nos deforma la percepción hasta el mercado capitalista que supone la más refinada de las aberraciones que la colectividad como dogma ha parido. También quiero culpar, sobre todo a ellos, a los mártires del robo, a los que glorifican el fin del individuo para entregarle los destinos de todos ellos, juntos, a una abstracción artificial que veneran y a la que entregan poderes místicos.

Terminemos con el método. ¡Autodidactísmo! ¡Crítica! ¡Individuo!

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