No abandona la razón

A veces recibo respuestas a mis artículos señalándome que fueron desechados en la carpeta de los pesimismos. Yo busco reconfortarme con Gramsci. Él afirmaba poseer el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón… Creo tener la voluntad para ir a donde la revolución obliga, y aunque no pretenda que sea mi razonamiento el que determine el rumbo de ella, sé darme cuenta cuando el rumbo es equivocado. Detallemos esto.

Es incongruente hacer retumbar la voz señalando a quien es el principal enemigo, responsable de todas las guerras y trampas que nos acogotan y, a continuación, decir muy contento que Nos hemos comprometido (con él)  en construir una agenda positiva y pronto vendrá Thomas Shannon… Atención con las palabras, no critico que la diplomacia procure mejorar aquello que sea posible, pero vaya, debería ser ese enemigo el que muestre compromiso en construir una relación positiva, y nosotros, atentamente recelosos.

Otro dislate: la ausencia de reciedumbre que vemos en cualquier acto político cerrado, donde el asunto que convoca es la defensa de la revolución. Los presentes, rigurosamente escogidos de la primera fila de combatientes, parecen estar bien lejos del apresto de combate, brincan de alegría al ser enfocados por las cámaras de televisión y mandan joviales saludos a familiares, vecinos y allegados. No pido ser norcoreanos, quedémonos con los sandinistas en la plaza de La Revolución donde todo el mundo está sentado y atento a lo que se habla sin pararle a cámaras o selfies.

Pero, el mejor indicio de lo equivocado del rumbo es cuando, entre chistes y ofuscamientos, se desconoce la voluntad popular suponiéndola igual a la de la cúpula dirigente. Me refiero a los diversos cálculos que hace esa cúpula obviando el descontento de millones de revolucionarios anónimos. También hablo de cómo se deja de lado las potencialidades organizativas y productivas de las comunas para imponer el tutelaje del Estado en operativos de distribución de bienes no producidos por la revolución. La soberanía alimenticia, última trinchera defensiva de la sociedad, la limitaron a canteros familiares.

JM. Rodríguez

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