Ni patriotas ni ciudadanos con banderas; son fascistas

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Los fascistas están en las calles de Madrid, de Barcelona, de Valencia y de Sevilla, tanto como en las de Berlín o Viena, con la diferencia de que aquí cuentan con el colaboracionismo de los medios para disfrazarse con el traje de lo políticamente incorrecto.

El primer acto oficial de los presidentes electos de la república francesa es un homenaje a los caídos en la Segunda Guerra Mundial. En la tumba al soldado desconocido, instalada bajo el Arco del Triunfo de París, el nuevo dignatario entrega una corona de flores mientras por la megafonía suena «Le Chant de Partisians», el himno de la resistencia francesa contra la ocupación nazi. A pesar de que el país vecino parece convaleciente de la peligrosa enfermedad de la desmemoria, la cultura antifascista permanece latente en el ideario popular.

Algo similar sucede en los países del resto de Europa, donde la sombra de la ultraderecha planea de nuevo espoleada por la crisis económica y el discurso anti inmigración como canalizador del enemigo común. Para la esperanza, al otro lado del río, el dique de la resistencia continúa firme y es que, aunque en la ciénaga del posfranquismo pueda resultar sorprendente, hay lugares donde las heridas del fascismo no se olvidan.

Para ser justos no podemos obviar que España es un caso particular, donde en ocasiones es complicado separar el grano de la paja. Al fin y al cabo, uno de los dos grandes partidos es en sí mismo una operación de lavado de cara; un grupo de neofranquistas que tras la muerte del General se reciclaron en demócratas para seguir porfiando en la vida pública. Sería más que necesario que 40 años después hubieran depurado sus rémoras de la dictadura pero debe resultarles difícil limpiar la mala sangre que les corre por las venas.

Mientras Mariano Rajoy no sabía por qué le quitaron una calle a Salvador Moreno, Ministro franquista y responsable del bombardeo de la carretera que unía Málaga y Almería durante “la desbandá” (más de 100.000 civiles huían de las bombas), el holandés Guus Hiddink ordenó a su equipo, en 1992, que no saltara al campo hasta que se retirase de las gradas del estadio del Valencia una pancarta con simbología nazi. El primero es un presidente de Gobierno. El segundo, un mero entrenador de fútbol.

En este nuevo advenimiento de la barbarie, los camisas pardas se visten con pantalones de pinza y se tratan las cabezas rapadas con píldoras contra la alopecia. Más jóvenes y más guapos, se esconden ahora en ese espacio indeterminado llamado «el centro» (o «ni de izquierdas ni de derechas”) y han moderado el lenguaje con el discurso del trilero que le susurra a la Europa deprimida el romancero del Valhalla. Sus líderes, por lo general viejóvenes entrados en la cuarentena, han encontrado acomodo en unos medios de comunicación prostituidos por el temporal de la crisis financiera. Con los tradicionales grupos mediáticos cercanos a la bancarrota, los que no hace mucho se autoeregían como guardianes de las esencias democráticas están ahora dispuestos a dar pábulo a cualquier cosa que apuntale el sistema hegemónico que les permite sobrevivir mamando de la teta del Estado, y ya de paso, alejar de unos ciudadanos precarios, pobres y amordazados las fantasías subversivas y revolucionarias.

Winston Churchill nunca dijo aquello de…”Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas». Lo que sí dijo fue: «Dejad, pues, el pasado a la historia, pues yo tengo la intención de escribirla”. El premier británico es un buen ejemplo de cómo se puede tergiversar el relato de los acontecimientos cuando se tiene al cuarto poder acariciándote el lomo. Ha conseguido ser recordado como uno de los grandes demócratas de la política europea, a pesar de ser un racista confeso, responsable del asesinato de dos millones de personas en Bengala, en los inicios de la década de los años 40.

«Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido”. Ésta tampoco es de Churchill.

El maquillaje sirve para ocultar imperfecciones y resaltar zonas específicas de la piel. En este país, donde los Borbones llevan capa de superhéroe y la Transición fue modélica y ejemplar, nos hemos especializado en los relatos edulcorados, echándole colorete a nuestros pómulos adolescentes y unas cuantas capas de base en las arrugas de la historia. Ahora, con brocha fina y un sutil trabajo de difuminado, la prensa se afana en transformar a la vieja ultraderecha de siempre en un atractivo mancebo de 20 años. Parten para ello de una premisa falsa; en España no ha habido un crecimiento de los partidos de ultraderecha. Es cierto que, a diferencia de lo que sucede en el resto de Europa, ninguna formación propiamente ultraderechista ha conseguido representación parlamentaria, y tan solo en unos pocos ayuntamientos su presencia es residual. Lejos de explicaciones buenistas sobre el excelente pedigrí democrático de los españoles, la realidad es que la ultraderecha se siente cómoda votando al Partido Popular y lo seguirá estando mientras que desde la calle Génova no abandonen la convicción de la indisoluble unidad nacional.

Los fascistas están en las calles de Madrid, de Barcelona, de Valencia y de Sevilla, tanto como en las de Berlín o Viena, con la diferencia de que aquí cuentan con el colaboracionismo de los medios para disfrazarse con el traje de lo políticamente incorrecto. ¿Se imaginan una revista en Alemania donde la nieta de Heinrich Himmler posara junto a una de las propiedades robadas por su abuelo durante el Aryanising?

 

 

Imagínense ahora a un nazi rindiéndole honores a la figura de un judío muerto. Dejando a un lado la estupidez del susodicho, al que no se le presuponen grandes capacidades intelectuales, en 2011, el diario La Gaceta, del grupo Intereconomía, borró la esvástica de un legionario que portaba al crucificado del Cristo de la Buena Muerte en la Semana Santa de Málaga.

 

 

En otra encomiable labor de blanqueamiento, en enero de 2017, la prensa trazó el perfil de una joven indefensa agredida por un grupo de salvajes de extrema izquierda a la salida de un bar en Murcia. Lucía, que así se llama, se convirtió en un icono de esa supuesta ola de Españafobia de la que los medios han hecho bandera, los mismos medios que obviaron que Lucía es también «la intocable», una neonazi con un amplio historial delictivo, miembro del grupo Ultras Murcia, conocidos en la región por organizar «cacerías» contra jóvenes de izquierda, homosexuales e inmigrantes.

Otro caso similar sucedió hace apenas unos meses. El titular del periódico El Español fue impactante: «Han intentado quemarnos, a mí y a mi familia, sólo por colgar la bandera de España en el balcón». Cristina Arias, vecina de Balsereny, en la provincia de Barcelona, denunció ante los medios cómo había estado a punto de morir entre las llamas por hacer alarde público de su españolía. En un directo con Espejo Público, Susana Griso, visiblemente consternada, trasladó sus condolencias a la afectada e incluso Mariano Rajoy se puso en contacto con ella: «Emotiva conversación con Cristina, una mujer con una gran fortaleza. Su familia en Balsareny ha sufrido un terrible golpe, han intentado quemar su vivienda por tener colgada una bandera de España en su balcón. Nos tienen a su disposición para lo que necesiten», escribió el Presidente en su cuenta de Twitter.

 

 

Pocas horas después de que saltara la noticia se descubrió que el incendio se había producido en el portal del bloque (nadie quemó su casa ni su bandera) y que además, Arias pertenece a una organización neonazi llamada Hermandad de los Hermanos Cruzados, que en 2015 llevó a cabo un asalto a un centro de menores en la localidad de Bages con el resultado de tres detenidos acusados de delitos de odio.

El patrón del ultraderechista que se esconde bajo el paraguas del patriota acosado por las hordas antiespañolas también se sucede en el relato de Doris. De nacionalidad austriaca, Doris Burgstaller acudió a los medios de comunicación para denunciar que había tenido que abandonar Mallorca, donde residía desde hace más de 20 años, para que «mis hijos puedan aprender español». En sendas entrevistas con El Español, El Mundo y La Nueva España, Doris, ya a salvo desde su nuevo refugio en Gijón, aseguraba que «es muy difícil vivir con dignidad cuando los nacionalistas imponen su fanatismo».

 

 

Bastó con rascar un poco en la superficie para descubrir que esta supuesta víctima del supremacismo catalanista era la gerente de la Fundación Círculo Balear, un lobby de extrema derecha, similar a la extinta Manos Limpias. El periodista Antonio Maestre publicó en Twitter una foto de Jorge Campos Asensi, presidente de la organización, en el que se le puede ver haciendo un particular homenaje al monolito fascista de Sa Feixina.

 

Ha sido a propósito del auge del soberanismo en Cataluña cuando la extrema derecha ha encontrado pretexto para cruzar la barrera de la clandestinidad y presentarse como garantes de las libertades. Incluso un conocido político que no hace mucho prometía «asaltar los cielos» culpó al independentismo de haber contribuido a «despertar el fantasma del fascismo». Se equivocó Pablo Iglesias porque «el chico del polo azul» no tuvo la culpa de que la Delegación de Gobierno de Valencia autorizase una concentración de «ciudadanos con banderas».

 

En el contexto de la actualidad política en Cataluña, Sociedad Civil Catalana es la formación fetiche que la prensa –y la clase política– utilizan para desautorizar el mensaje independentista. Habituales en las manifestaciones españolistas de Barcelona, donde han desfilado junto a PP y PSOE, sus vínculos con la extrema derecha quedaron al descubierto en el libro Desmuntant Societat Civil Catalana, del periodista Jordi Borràs. Esto no ha sido inconveniente para que sus dirigentes se hayan paseado por platós de televisión y emisoras de radio autoproclamándose como el sentido común entre el dislate soberanista.

La desmemoria también ha sido generosa con otra astilla del mismo palo. Los Ciudadanos de Albert Rivera suben en las encuestas auspiciados por el buen trato que les dispensan algunas de las figuras más relevantes del periodismo. De sobra es conocida la simpatía de Carlos Herrera o Pedro J. Ramírez (éste último llegó a acudir como invitado en primera fila a un mitin del partido) por la formación naranja, de la que parecen haber olvidado que concurrió a las elecciones europeas de 2009 en coalición con Libertas, una formación ultra conservadora y anti inmigración fundada por el multimillonario irlandés Declan Ganley y financiada por contratistas militares estadounidenses, seguro que para hacer cosas buenas.

 

El jugador de fútbol Roman Zozulya, mecenas de la guerrilla fascista ucraniana «Narodna Armiya», Melissa, líder de «Hogar Social», o Serrano Súñer, ministro nazi de Franco al que Telecinco le dedicó una enternecedora serie de amor, son otros de los personajes que han pasado por la lavadora de los medios de comunicación.

El tiempo y la historia nos han enseñado que trivializar el mensaje de la extrema derecha es contribuir a su ascenso y camuflarlos entre la normalidad política y social es legitimar su discurso. Lo contrario también es igual de temerario. Tienen, o mejor dicho, tenemos, la tendencia de calificar de fascista a todo el que piensa diferente, flaco favor para la causa si diluimos hasta el absurdo la sinrazón de la extrema derecha.

No, no son patriotas ni ciudadanos con banderas, pero tampoco es fascista tu vecino del cuarto por querer que salga el sol por Antequera.

 

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