Ni Flick ni flock: VOX

Por Rafael Cid

Cosas más peregrinas hemos visto. El dinero no tiene patria, y un partido político es por definición un bulímico ente crematístico. Además, de casta le viene al galgo. Si la desmemoria institucionalizada no hubiera anulado la experiencia racional, medios, analistas y ciudadanía en general habrían recordado que el régimen vigente se fundó sobre esa falla tectónica.

Por Rafael Cid

La lucha por el derecho es poesía del carácter”

(Rudolf Von Ihering)

El País, que junto La Vanguardia es uno de los pocos medios que aún se pueden seguir sin bostezar (descontando su rol como vocero del PSOE y de la Monarquía del 18 de Julio), acaba de revelar que Vox se ha financiado con dinero del exilio iraní. En concreto un crowdfunding del Consejo Nacional de Resistencia de Irán (CNRI), “grupo de raíces islamo-marxistas al que durante años la UE y Estados Unidos consideraron terrorista”. Un aparente oxímoron ideológico, salvo para los adictos a la teoría de la conspiración como avatar indubitable. EL icono de extrema derecha que quiso trasladar el Día de Andalucía al 2 de enero para conmemorar la reconquista de Granada por los Reyes Católicos, acunado por una franquicia político-teológica del Corán y El Capital. Chocante, ¿no?

Lo que ocurre es que la información suministrada por el autodenominado “periódico global” tiene truco. Su imprecisa criminalización del donante hace sospechosa esa confluencia islamo-marxista/católico-ultranacionalista. La cuestión es que ya en el lejano 2008, el 11 de noviembre exactamente, el parlamento europeo recibía oficialmente en su sede de Bruselas a Maryam Rajavi, la presidenta del CNRI. ¿La Unión Europea poniendo alfombra roja a una dirigente terrorista? Va a ser que no. Aunque la inyección económica que señala el rotativo sucediera en el tracto constituyente de Vox. Cuando el entonces eurodiputado del PP Alejo Vidal-Quadras, con sus altruistas patrocinadores incluidos, optó por la marca de Santiago Abascal para concurrir a las elecciones europeas de 2014. También Nicolás Maduro entregó medio millón de dólares para la investidura de Donald Trump a través de la filial estadounidense de la petrolera estatal PDVSA.

Cosas más peregrinas hemos visto. El dinero no tiene patria, y un partido político es por definición un bulímico ente crematístico. Además, de casta le viene al galgo. Si la desmemoria institucionalizada no hubiera anulado la experiencia racional, medios, analistas y ciudadanía en general habrían recordado que el régimen vigente se fundó sobre esa falla tectónica. A diestra y siniestra. Primero con Unión de Centro Democrático (UCD), el partido liderado por Adolfo Suarez, el último secretario general del Movimiento Nacional. Cuando el 1977, solo dos años después de haber colgado los hábitos en el partido único franquista, el dirigente centrista ganaba las “primeras elecciones libres”, pocos conocían quiénes eran realmente sus mecenas. La clave vino de la difusión años después de una carta del jefe de Estado designado por el dictador, el Rey Juan Carlos de Borbón, dirigida al sha de Persia Reza Pahlevi (“mi querido hermano”). En la misiva real se solicitaba una contribución de diez millones de dólares para frenar el avance de los “partidos marxistas”. O sea, de la cruz a la raya, el dinero de Irán ha estado sufragando la democracia a la española y de paso los bolsillos de sus estandartes. Unas veces ayudando a los tardofranquistas (caso UCD) para contener al comunismo y otras en alianza con los rojos para apoyar a los postfranquistas (caso Vox). Al Tierno Galván (PSP) de las primeras elecciones democráticas le financió la Libia de Gadafi.

Pero en la orilla izquierda la filigrana resulta igualmente lasciva. Allí nos topamos con inversionistas nazis detrás del primer PSOE para desplazar al flanco republicano en favor de Felipe González y su restauración monárquica. Lo reveló en 1990 la revista alemana Der Spiegel tras saberse que el consorcio militar de Friedrich Karl Flick, que había sido el principal suministrador de armamento de Hitler, había tejido una red de sobornos a políticos y partidos con representación en el Bundestag. Tirando de ese hilo, la publicación avanzó que los servicios secretos de aquel país utilizaron varias fundaciones para entregar ingentes mordidas a nivel internacional sin levantar sospechas. Una de estas instituciones, la Friedrich Ebert ligada a la socialdemocracia germana, fue la encargada de hacer llegar varios millones de marcos a sus camaradas en el sur de Europa. Resultado, un empresario cuyo padre había sido condenado a siete años de cárcel por el Tribunal de Núremberg que juzgaba los crímenes nazis aparecía apostando a fondo perdido por los socialistas españoles, algo que tampoco figura en la nómina de lo políticamente correcto. Pero los hechos son tozudos. En su comparecencia ante la comisión de investigación habilitada en el Congreso de los Diputados, Von Brauchitsch, el representante de Flick en el affaire, lo dejó muy claro: “Tratábamos de cerrar el paso al comunismo y el partido mejor situado para hacerlo era el PSOE”. Lo que, según cuentan las crónicas, sería contrastado por el propio González al afirmar que el dinero recibido de Alemania “era para una causa noble”. Ni Flick ni flock.

Los casos de financiación descritos pertenecen a la categoría de corrupciones ex ante, porque sirvieron para consolidar partidos políticos emergentes, pero no entrañaban concesiones por los favores recibidos. Distinto fue con las corrupciones ex post, las que se produjeron cuando estas formaciones alcanzaron el poder, que tuvieron contrapartidas constantes y sonantes. Aquí la lista es contundente y no deja títere con cabeza. Reduciendo la nómina solo a los dos partidos que se han alternado en el gobierno desde el inicio de la transición, tenemos entre los casos más sonados: por el PP (Gürtel, Lezo, Púnica, más lo que tienen denominación de origen: Rato, Bárcenas, Cotino, etc.) y por el PSOE (Filesa, Malesa, Time-Export, Fondos Reservado, ERE, aparte de Roldán, Fernández Villa, Narcís Serra, etc.).

Incluso en la actualidad, cuando el hedor de la corrupción les ha pasado factura reduciendo su representación política a mínimos históricos, si se observa con perspicacia pueden descubrirse nuevas e inquietantes vetas de su cleptocracia. Solo que ahora la técnica es más depurada y frente a la simpleza de cartas pedigüeñas y fundaciones pret a porter se ha impuesto la tangentópolis, una confabulación de vientres de alquiler entre clase política, financiera, mediática y las cloacas del Estado. El espionaje masivo del ex comisario Villarejo para el BBVA vino precedido por un extenso y elogioso reportaje sobre su presidente, Francisco González, por el dominical del diario El País, ahora presidido por Javier Monzón, que también ostenta idéntico cargo en Openbank, la banca online del Santander. Se da la circunstancia de que Monzón ha sido durante 22 años el hombre fuerte del Grupo Indra, una de las compañías armamentistas más importantes de Europa, y que el BBVA es el mayor inversionista en el sector militar.

Y aquí no hay ideologías que valgan, la derecha y la sedicente izquierda en esto están a partir un piñón. Donde Mariano Rajoy aprueba la exportación de componentes para carros blindados a Venezuela saltándose el veto del Consejo Europeo, su sucesor socialista Pedro Sánchez avala la venta de 400 bombas laser a Arabia Saudita en plena guerra del Yemen, la mayor crisis humanitaria del mundo según la ONU. Con semejantes muestras de ejemplaridad desde lo más alto no es extraño que los trabajadores de estas industrias, en situaciones de riesgo laboral, se escuden en que de algo hay que vivir. Sobre todo si se tiene en cuenta que Unidos Podemos, la opción radical, tampoco alienta el optimismo. Iglesias fichó para su escudería de notables al JEMAD que fuera Director General de Armamento y Material de Defensa en 2006, ahora ferviente “pacifista y antimilitarista”.

El mar siempre devuelve a los ahogados.

(Nota. Este artículo se ha publicado en el Blog de El Salto)

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