«Ni del ni por ni para el pueblo»

La célebre y repetida máxima de Lincoln ha pasado a la historia sin llegar a estar en ella, como tantas otras frase hermosas pronunciadas por hombres que, de un modo u otro, creían en la libertad. La democracia hoy no es el gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo, sino todo lo contrario, es el dominio de una casta oligárquica, en la que se entremezclan banqueros, grandes empresarios, especuladores financieros, intermediarios y políticos sin escrúpulos, sobre una ciudadanía apática, indolente y egoísta que no es consciente de su poder, de los riesgos que corre por su abulia, ni siquiera de que le han sido robadas muchas de las libertades arrancadas a los poderosos contra su voluntad, libertades que tenía la obligación de transmitir aumentadas a las siguientes generaciones.

Partiendo de la revolución francesa, son muchos los acontecimientos que a lo largo del proceso histórico hicieron pensar que nos acercábamos a algo parecido a la democracia. Las primeras revoluciones liberales, las revoluciones democráticas del siglo XIX, la Tercera República francesa con su programa educativo y sus leyes laicistas, la Revolución rusa, sin la que no es posible comprender las conquistas políticas, económicas y sociales de los trabajadores de “Occidente” ni su posterior degradación tras la caída del famoso muro, son destellos que iluminaron e ilusionaron a millones de ciudadanos que por primera vez en siglos vieron la posibilidad de un mundo más justo, más libre, más educado y más igualitario. Esas luminarias de épocas pasadas, esos sueños que parecían tocarse con las manos, se fueron desvaneciendo conforme el componente utópico que debe acompañar a cada sociedad según su tiempo, mutó en individualismo debido al incremento del bienestar material de las clases medias, conforme la participación activa de los ciudadanos declinó pensando que bastante tenían con sus sueños personales, privatizando, de ese modo, la cosa pública que pasó a ser gestionada casi en exclusividad por personas con vagas referencias ideológicas y muchos intereses personales y corporativos.

El pueblo, concepto difuso en la actualidad, tenía, y tiene la obligación de participar en la vida pública, pero no sólo a participar sino a cambiar el marco legal en el que ésta se desarrolla. Durante décadas y décadas de las dos pasadas centurias, nuestros padres, abuelos y bisabuelos, se jugaron la vida para mejorar la sociedad en que vivían, para acabar con la explotación, para poner los cimientos de un mundo mejor. Ellos hicieron lo que tenían que hacer, pero apenas hoy se &nbsp sabe qué pasó con los catedráticos de la Institución Libre de Enseñanza expulsados de la Universidad española por defender la libertad y el progreso de todos, ni que fue el “Affaire Dreyfus o el “Yo acuso” de Zola, verdadero cañonazo en el corazón del pueblo europeo que, además, supuso la implicación directa de miles de intelectuales, burgueses y obreros de todo el mundo en los asuntos públicos que a todos concernían. Se desconoce quienes fueron Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, por qué lucharon y por qué los asesinaron; quien fue Jules Guesde, por qué mataron a Jean Jaures cuando lideraba a la izquierda francesa y predicaba contra la primera guerra mundial y el colonialismo; por no saber, pese a lo que nos atañe y a los muchos libros escritos, no sabemos siquiera que lo único que pretendía la II República española era acabar con los privilegios de siglos, dar educación al pueblo, disminuir a su mínima expresión los poderes medievales de la iglesia, el ejército y la oligarquía tradicional y crear un Estado social de Derecho al más puro estilo burgués. Nada más, y nada menos.

&nbsp España es caso aparte porque fue sometida a una de las peores y más sangrientas dictaduras que ha sufrido país alguno de Europa y aunque muchos no lo quieran ver, aquellos malditos cuarenta años siguen marcando buena parte de nuestro devenir político, económico y cultural: Muchos de los actuales políticos son hijos de prebostes del franquismo, por tanto incapaces de condenar al régimen en que se alimentaron, de comprender que es la vocación de servicio público y mucho menos saber que es tener una ética personal y pública irreprochable, anteponiendo siempre y en cada momento el medro y el interés personal al de la colectividad; el modelo económico español sigue teniendo la impronta de aquellos años y muchos de los actuales dueños del dinero forjaron entonces sus vergonzosas fortunas acrecentadas al calor de la democracia neoconservadora; no existe, hay raras excepciones, prensa de izquierdas y las televisiones privadas, verdaderas educadoras de nuestros hijos, pertenecen a corporaciones económicas de ultraderecha españolas o extranjeras; la retrógrada, terrenal y paleta iglesia católica, que muchos dicen muerta porque ha perdido clientela directa, sigue inmiscuyéndose en la cosa pública con el mayor descaro, demostrando a cada paso que su reino es de este mundo y sus intereses tienen mucho que ver con los de aquellos que manejan los dineros, no cortándose un pelo en recibir miles de millones de euros de las distintas comunidades autónomas para pervertir a los niños cuyos padres han abdicado de la civilidad y la civilización. La tarea que hay por delante es ingente y difícil, nuestra herencia es pesada y brutal, pero, y en Europa, ¿qué pasa en la Vieja Europa?

Lo primero que tendríamos que valorar es hasta que punto los ciudadanos europeos, incluidos los del sur de los Pirineos, valoran la democracia o saben de lo que están hablando cuando apelan a ella. Después de oír a tiburones financieros, políticos reaccionarios, curas, empresarios y militares de alta graduación o sin ella hablar de democracia con la boca llena, hay algo que falla, pues, por esencia, a ninguno de ellos conviene ese sistema político que consiste en que todos se&nbsp sometan sin rechistar al poder del pueblo, a la soberanía popular para lograr una sociedad progresivamente más justa, incluido el poder real que no es otro que el detentado por quienes tienen y manejan el dinero. En las últimas décadas hemos asistido a un proceso de despolitización de la sociedad que ha permitido que el término democracia haya ido perdiendo contenidos hasta llegar a ser lo contrario que indica etimológicamente. Al pueblo se le permite votar periódicamente, manifestarse ordenadamente y con previo aviso, reclamar sin derecho a contestación, oír a los tertulianos de aquí y de allí y, sobre todo, pagar, pagar por comprar lo que no necesita, por servicios que no le dan, pagar la guerra, pagar las estafas planetarias, pagar los sueldos millonarios de la oligarquía que le roba, pagar las crisis que provocan los descabezados malnacidos que manejan a su antojo la única libertad intocable y verdadera: La del movimiento del dinero. Al pueblo –hay que reconocer que lo han hecho bien- le han matado la utopía y un pueblo sin utopía deja de serlo para pasar a convertirse en aliado de sus enemigos. Sólo de ese modo, podemos comprender que Italia, el país que parió a Leonardo, Palladio, Pico Della Mirandola, Galileo, Gramsci, Sciacia, Visconti o Dario Fo &nbsp tenga como primer dirigente a un cateto millonario que en un mundo civilizado no habría pasado de cabo segundo de Carabineros; que la Francia de la revolución, de Voltaire, Pascal, Rousseau o Renán este presidida por un arribista palurdo que habría sido un estupendo jefe de la sección de calcetines y gayumbos en las galerías Lafayette; que el Reino Unido, dónde vivieron Marx y Engels, Lawrence Sterne, Robert Stevenson o Pinter, sea la cueva de Alí Babá en la que se esconden los paraísos fiscales; que Holanda y Dinamarca, paradigmas otrora de la libertad, lo sean ahora del racismo; que la mayoría de los países del Este estén ahora gobernados por políticos esperpénticos, en fin, que la clase política europea se haya convertido en una casta hermética, cerrada, ajena a los intereses del pueblo; que el pueblo europeo, se haya transformado en una masa apolítica que no sabe ni dónde está su propio norte.

Pero de todo esto, habló hace ya mucho tiempo uno de lo más grandes genios de la literatura mundial del siglo XX, el hoy casi proscrito Bertolt Brecht: «El peor analfabeto –escribió Brecht- es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales». No hay democracia cuando quienes tienen el deber de involucrarse activamente en ella declinan su responsabilidad y presumen de su analfabetismo, dejando el camino libre a logreros, trepas y desaprensivos, permitiendo, de ese modo, que la democracia se convierta en el gobierno de las grandes corporaciones, por las grandes corporaciones y para las grandes corporaciones.

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