Netflix hablará de nosotras cuando hayamos muerto

En los últimos años, la tecnología ha cambiado por completo la manera en la que consumimos, creamos y disponemos de la cultura.

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“Pienso en los restaurantes japoneses con una cinta que va dando vueltas con comida que no para de pasar, un continuo. Es atroz: la comida tiene que entrarte por los ojos, ha de ser bonita. Se elaboran platos innecesarios, que nadie comerá. Hay un derroche. Por si no fuera poco, llega un punto en que, comidos varios de esos platos, no puedes seguir viéndolos pasar. Te agobias. Te agotas. Estás empachada y quieres vomitar. Yo creo que estamos haciendo un consumo de cultura similar al que hacemos en esos restaurantes”.

Andrea Gumés, periodista cultural en Btv y Radio Primavera Sound, hace este símil sobre la forma del consumo cultural. La cultura, dinámica, adaptable, maleable y porosa, ha provocado algunas de las transformaciones más radicales de la historia. En los últimos años, la tecnología, sin embargo, ha cambiado por completo la manera en la que consumimos, creamos, disponemos de esa cultura. Si bien “consumo cultural” es una construcción arriesgada, en los tiempos que corren, en lo que todo se consume, momentos, amistades o amoríos, el verbo “consumir” se acerca bastante a cómo nos aproximamos a la cultura y su industria.

“No consumimos cultura, la devoramos, nos atragantamos, nos atiborramos, es un consumo, que tal cual entra, sale. Nos empachamos y no nos saciamos. Libros y series se acumulan. Los leemos, las miramos, y en unos meses, que no nos pregunten por la sinopsis, porque no nos acordamos de nada”, lamenta Gumés.

El acceso y el boom de las tecnologías han puesto sobre la mesa la proliferación de productos culturales: todo el mundo produce y sube contenidos a la red. “En un ecosistema en el que es relativamente fácil autoeditar un libro, producir una serie o lanzar un podcast, la diferencia con el competidor es básica; y eso pasa por hacer productos culturales de calidad”. Enric Pardo, escritor, guionista y profesor de narrativa, ve positivo que los costes de producción hayan bajado: “Ahora, quien tiene una historia interesante, la puede explicar a través de diferentes formatos y plataformas, pero cada vez habrá que generar contenido de más calidad”.

No hay que, sin embargo, perder de vista dos asuntos: en primer lugar, como consumidores culturales, habría que preguntarse de dónde proceden los contenidos que nos rodean y con qué intención están allí. Si bien muchos son independientes, la construcción de narrativas continúa estando en manos privadas y sujeta a criterios de mercado. “La conversación está monopolizada por lo que vemos en las plataformas. ¿Quién dicta esa agenda cultural? Solo hace falta ver el fenómeno de Historia de un matrimonio, lanzada en Netflix recientemente. La conversación cultural está en manos de oligopolios y empresas privadas que, juntamente con el capital, dictan los temas de los que se debe hablar”, puntualiza Pardo.

En Catalunya, por ejemplo, Crític sacaba a la luz que La Caixa, Abertis, Coca-Cola, el Banco Sabadell y Damm invertían anualmente 141 millones de euros en patrocinios y acciones de mecenazgo cultural. “Esta cifra representa más de la mitad del presupuesto del Departamento de Cultura de la Generalitat para el año 2017 (…): 261,02 millones de euros, un 0,8% del presupuesto total del Gobierno autonómico (…) La Caixa, de hecho, es la empresa que encabeza el top 5 del mecenazgo cultural en Catalunya, con un total de 121 millones de euros”, escribía Laia Altarriba, la autora del reportaje. Da qué pensar.

En segundo lugar, hay que mirar hacia los pequeños creadores. En esto, Gumés es tajante: “Proporcionamos contenido gratis todo el tiempo. Lo hacemos cuando subimos fotos a Instagram y escribimos reflexiones en Twitter. Grabamos cortos y vídeos para YouTube. Nos ejecutamos a nosotros mismos, porque las plataformas se enriquecen con nosotros”. Gumés mira hacia las ondas: “Los podcasts en Spotify, Ivoox o Apple son gratis: el oyente no paga nada para reproducirlos. ¿Dónde está el dinero para el que crea contenido? (…) La proliferación de productos culturales esconde la precariedad en el sector. Está ahí, y si seguimos generando contenido, los de arriba piensan ¿ah, pero ves? Se pueden hacer cosas con 2 euros. Eso es un problema. ¿Quién paga eso? ¿A quiénes regalamos nuestra creatividad y tiempo?”, se pregunta la periodista. Es probable que esta oferta de contenido se deba a la demanda, causada, a su vez, por el cambio en los hábitos de consumo cultural y la manera en cómo nos relacionamos con la cultura. En esta última década, hemos pasado de un modelo unidireccional a uno multidireccional. La interactividad es una realidad. Solo hace falta ver el capítulo Bandersnatch de Black Mirror, en el que el espectador decide el argumento.

Supuesta democratización de la cultura

Los nuevos patrones de consumo de cultura han dinamitado una era, pero han abierto un mundo de posibilidades. La tecnología ha democratizado la cultura y ha reducido algunas desigualdades. “Las plataformas la ayudan y la minan al mismo tiempo [la democracia en materia cultural]. Nos vigilan, nos compran-venden, nos uniformizan, al tiempo que nos dan herramientas para pensar de un modo más cosmopolita o para entender conflictos y problemas de nuestros propios países y de otros lugares del mundo”, considera Jordi Carrión, escritor y director del máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra- BSM. También para Enric Pardo, esta nueva manera de entender la cultura ha supuesto una mayor democratización. “Ahora cualquier persona de un pueblo de Castellón puede ver películas de autor europeas gracias a Filmin”, asegura.

Andrea Gumés tiene una opinión diferente: “Da la sensación de que se ha producido una democratización de la cultura, pero también es un engaño. Me gustaría ver los números reales del consumo de Netflix. No creo que sean tan altos. Hay un nicho de población que se está beneficiando de esta proliferación de plataformas: quien se puede permitir Netflix, también se compra un Kindle, y se paga Spotify Premium, pero no creo que este consumo sea generalizado. Hay mucha gente que usa la tele como única entrada de información y entretenimiento y que cuando sube al coche pone su FM favorita. ¿por qué Netflix no da datos de usuarios? Porque no es real: saben que es un nicho, solo que los pocos que usamos Netflix lo hacemos de una forma tan exhaustiva que contamos por cinco”.

Cambios de hábitos y resistencias

Tabletas y móviles han copado el mercado. No es difícil ver a grandes y mayores viendo series desde el móvil en la parada del autobús, estudiando en tabletas o leyendo libros digitales (aquellos que estaban destinados a hacer desaparecer el papel, pero cuya industria no ha terminado de arrancar). Escuchamos podcasts y guardamos programas para ver más tarde. La ciudadanía decide cuándo, cómo y dónde consumir los productos culturales.

Hay, sin embargo, un espacio cultural donde esto no sucede: las artes escénicas. La creadora Carla Rovira Pitarch apuesta por ellas como un espacio de resistencia frente a un consumo cultural acelerado. “Las artes escénicas van en contra de todo eso. Puede que el modo en cómo nos acercamos a ellas se vaya a pique, pero mi deseo es que sean ese espacio de resistencia. No se puede rebobinar una obra de teatro o un concierto, porque se trata de la presencia del individuo en un espacio colectivo, en el que hay intervenciones de diferentes agentes. La esencia de las artes escénicas radica en ese tiempo que nos damos los consumidores. Un tiempo en el que no podemos y del que no podemos intervenir porque somos espectadores”.

Otro ámbito cultural que se transforma, aunque se mantiene, es el de la lectura. Si bien el número de lectores en España creció durante 2018 (hasta un 61,8%), aún hay un 38% de población que no lee casi nunca, según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España (2018). En esta década 2010-2020, se han leído más libros y contenidos digitales, pero menos revistas y periódicos. Ellas continúan leyendo más que ellos. “Los jóvenes ya no leen”, se oye por ahí, pero no es cierto: los jóvenes entre 4 y 24 años son los que más leen. Es probable que muchos de estos jóvenes lectores no sepan quién es Margaret Atwood, pero posiblemente hayan visto El cuento de la criada de una sentada. El consumo literario está ahora más presente en lo audiovisual, y parece que es una tendencia que no va a desparecer. “Cada vez habrá más trasvase de la literatura a plataformas audiovisuales, pero la literatura siempre irá un paso por delante porque es más libre: toca temas más complejos y es más vanguardista en la construcción narrativa ylas temáticas”, explica Pardo.

Reinvención de los lenguajes

Lost, Breaking Bad, Juego de Tronos, Narcos o Chernóbil han sido algunas de las series más vistas durante esta última década, pero ¿cómo serán las series del futuro? “Creo que tenderán cada vez más a crear protagonistas complejos, es una tendencia que ha venido para quedarse. Respecto a los géneros, creo que la ciencia ficción, el thriller o la comedia siempre estarán ahí”. Será interesante ver cómo evoluciona esta última. “Habrá problemas con la comedia, ya que hay temas que se trataban hace diez años y ahora ya no”. Si la típica sitcom ha dado lugar a planteamientos de series cómicas más realistas, es probable que el género evolucione y busque las risas en distintos lugares y enfoques. “Es complicado saberlo, ya que el lenguaje cómico está en constante movimiento y se está reformulando, evolucionando; como la sociedad”.

Carla Rovira Pitarch cree que el mundo de la cultura tiente que situarse. “El mundo ha cambiado y ahora tenemos que entenderlo. En el caso del humor, tendremos que preguntarnos quién hace ese humor y quién lo recibe: quién es el sujeto y quién o qué es el objeto. Hasta hace poco ha habido una parte de la sociedad privilegiada que se ha autoproclamado sujeto universal y ha hablado de cualquier cosa”.

Es muy probable que las nuevas plataformas de contenidos culturales hayan venido para quedarse, pero ¿quién hubiera dicho hace 10 años que dejaríamos de descargarnos música? Lo que sí es evidente es que la brecha generacional se hará cada vez más grande, por lo que a consumo cultural representa. “Ya existe un problema de absorción de nuevos paradigmas culturales. Es triste la proliferación de una cultura que, en lugar de acercarnos, nos aleja. Hay conversaciones culturales entre generaciones que no son posibles; pero eso siempre ha pasado: pasó cuando surgieron los Beatles”, indica Enric Pardo.

Posiblemente se produzca una atomización de los productos y se concreten los nichos de mercado. Más targets y más productos a la carta. Habrá cambios en los sujetos y en cómo se miran los objetos, como apuntan Enric Pardo y Carla Rovira Pitarch. O como señalaba Jordi Carrión en un artículo reciente en el New York Times: “Tras un cambio de siglo en que Houellebecq o Vallejo han representado la figura del francotirador, esta ya no es compatible con un lugar de enunciación masculino, burgués y cínico, aunque el discurso sea de gran calidad literaria. (…) La primera persona del plural es clave. Ha quedado atrás el yo absurdamente sólido del francotirador o del intelectual clásico”. Puede que nos empachemos, como dice Andrea Gumés, y acabemos vomitando. O no.

La cultura como medio y finalidad del desarrollo sostenible

En la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, aprobada por las Naciones Unidas en 2015 y que plantea 17 Objetivos con 169 metas económicas, sociales y ambientales, tampoco se han olvidado de la cultura. De ahí que se firmase el Compromiso de la Cultura con la Agenda 2030, en el que diferentes agentes de la industria cultural se comprometen a, a través de las diferentes manifestaciones culturales, sus disciplinas y sus canales de expresión, promover la implantación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en materia de paz, inclusión, educación, crecimiento económico, seguridad alimentaria, protección del medio ambiente y sostenibilidad.

Sin bien es cierto que la cultura es un elemento fundamental para lograr la transformación social que se persigue con la Agenda 2030, ya que no se puede desperdiciar su capacidad para transmitir ideas y modificar comportamientos, sin embargo, también hay quien dice que la Agenda no tiene puntos específicos referentes a la cultura y que esta ha quedado ausente en el planteamiento.

Fuente: La Marea

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