Netanyahu quiere ya para Israel casi un tercio de Cisjordania

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¿Se atreverá Benjamín Netanyahu a anexionar unilateralmente el 30% de Cisjordania? A dos días del 1 de julio, fecha anunciada por el primer ministro israelí para el inicio del proceso de incorporación de 132 asentamientos judíos situados en territorio palestino y el Valle del río Jordán, parece que nadie tiene la respuesta a esa pregunta.

“Estas áreas del país son lugares de nacimiento de la nación judía. Es hora de aplicar la ley israelí sobre ellos”, afirmaba Netanyahu ante el parlamento de Israel (Knesset) el pasado 17 de mayo durante la presentación del acuerdo de gobierno con la coalición centrista Kahol Lavan (Azul y Blanca), que sacaba al país de un ciclo electoral marcado por la imposibilidad de formar gobierno.

Ese era el marco elegido por el lider del Likud para presentar su plan de anexión de casi un tercio del territorio de Cisjordania. El plan encajaba en la lógica de la propuesta estadounidense para la paz en Oriente Medio, el llamado acuerdo del siglo, una hoja de ruta, comandada por Jared Kushner, yerno del presidente y su principal consejero para el conflicto palestino-israelí, que introduce términos inaceptables para el lado palestino: la determinación de que Jerusalén es la capital indivisible de Israel, el no derecho a retorno de los refugiados palestinos y la legalización de los asentamientoes en territorio ocupado.

Netanyahu parece querer aprovechar la ventana de oportunidad ofrecida por un socio en la Casa Blanca más favorable que nunca a los intereses israelíes y con pocos remilgos a la hora de aparentar neutralidad, para dar un salto adelante, de difícil reversión, en la disputa por el territorio. La anexión unilateral de los asentamientos no parece sin embargo despertar entusiasmo en el propio país, no cuenta con el apoyo decidido de los líderes del partido socio de gobierno: el ministro de defensa Benny Gantz y el de exteriores Gaby Ashkenazi, y levanta una ola de oposición en la comunidad internacional.

Mientras, Estados Unidos, país en el que el gobierno de coalición ha depositado la última palabra para seguir adelante con el plan, responde con ambigüedad a la pretensión del líder del Likud. La semana pasada, una comisión se encargó de debatir sobre el respaldo a la iniciativa del Netanyahu, sin llegar a una conclusión determinante a pocos días de la materializción del plan. El secretario de Estado, Mike Pompeo, devolvió la pelota al tejado de Tel Aviv, en una afirmación que avalaba sin ambages la unilateralidad del gobierno de Netanyahu: “la anexión es una decisión israelí”, concluía.

Sin embargo, el periódico Times of Israel, desvelaba semanas antes la incomodidad de la Casa Blanca ante los planes de anexión anunciaados para el próximo julio, y la demanda de los principales negociadores, Jared Kushner y el enviado especial de EEUU para Medio Oriente, Avi Berkowitz, de contar con más tiempo para mapear los territorios y discutir los términos de esta decisión.

 

TODAS LAS VOCES EN CONTRA

Como es de esperar, la propuesta de anexión ha provocado el rechazo absoluto de las autoridades y pueblo palestino. Las manifestaciones se han ido sucediendo en los últimos meses de que Netanyahu anunciara sus planes, a los que el primer ministro palestino Mahmud Abbas, ha amenazado con responder con una declaración de independencia por su parte. Hamas ha advertido a Israel de que podría pagar un “precio sin precedentes”, si decide anexionar un tercio de Cisjordania. Para esta formación los planes de Netanyahu son una “declaración de guerra”.

 

 

Los palestinos han instado a la comunidad internacional a impedir el avance de esta propuesta que comprometería la viabilidad de un estado palestino independiente. El plan Trump de hecho, prevé una solución de dos estados, donde aquel bajo bandera palestina esté desmilitarizado y con un territorio salpicado de los asentamientos isrealíes, generando una discontinuidad territorial con enclaves conectados por túneles y puentes.

El secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, por su parte, alertaba en la Asamblea General de que concretar los planes del primer ministro israelí supondría una grave vulneración del derecho internacional.

Desde la Unión Europea, Naciones Unidas y la Liga árabe han sido numerosas las manifestaciones en rechazo a la anexión. En Estados Unidos son 200 los representantes del partido democrático que han interpelado al gobierno israelí para que abandone sus planes. Se apunta a que una eventual victoria de Joe Biden en las elecciones del próximo noviembre provocaría un cambio de dirección en la política estadounidense, con el abandono del plan Trump.

 

Incluso los regímentes de las monarquías árabes vecinas, que en los últimos años han mostrado sin problema el mejoramiento de sus relaciones con Israel —en un tejido de intereses comerciales y coincidencias estratégicas ante el enemigo común iraní—, han manifestado su descontento ante la decisión israelí. Favorables al plan de paz presentado por Trump el pasado enero a pesar de la férrea oposición palestina, ahora Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o Bahréin, observan con inquetud los actos de Trump.

Más vocal ha sido el rey Abdullah de Jordania quien alertó ya el pasado 16 de junio a Netanyahu de que sus planes podrían implicar un conflicto masivo.  Como respuesta a lo que considera una amenaza a la estabilidad en la región, Jordania ha puesto sobre la mesa la posibilidad de reconsiderar el tratado de paz que el país firmó con Israel hace más de 35 años.

Pero la oposición a la estrategia de Netanyahu también se juega dentro de casa: Además de la respuesta en la calle, en Israel son numerosos los mandos militares que señalan que esta decisión puede implicar una escalada de violencia por parte palestina, una reactivación de los ataques a la población israelí o una nueva intifada. Supondría, asimismo, advierten, un espaldarazo hacia las posturas más beligerantes de Hamas frente a la autoridad palestina de al Fatah. A los embajadores israelíes en las capitales extranjeras, les preocupa que ese movimiento implique una ola de sanciones tanto morales como económicas al país.

La oposición abierta tanto de Jordania como de la autoridad palestina, son señaladas como un problema desde el mismo socio de gobierno, el partido Azul y Blanco liderado por el Ministro de Defensa Benny Gantz y el Ministro de exteriores Gabi Ashkenazi, mostrando ambos dirigentes preocupación por los efectos que el plan pueda tener en la relación con los países vecinos.

Pero la posición del partido, y en concreto de Gantz, militar de largo recorrido, abraza las lógicas ambiguas, pues el pasado martes abrió la puerta a un posible respaldo de los planes de su socios, la excusa: la negación de los palestinos de llegar a un acuerdo con Israel.

 

¿POR QUÉ AHORA?

Con una Palestina debilitada y prácticamente abandonada por los países árabes, en un momento de pacificación con los aliados del golfo, y tras años de discreta anexión de facto de los asentamientos, muchos se preguntan cuál es el sentido estratégico del hórdago de Netanyahu.

Los analistas enmarcan su plan en su dependencia de los votos de los asentamientos. Su apuesta por una anexión que tensa su frágil alianza con la coalición Blanco Azul, podría causar una ruptura provocando unas nuevas elecciones —serían las cuartas elecciones en algo más de un año— y, en caso de construir bien el relato de un avance para Israel bloqueado por el partido de Benny Gantz, otorgar al Likud una mayoría suficiente para gobernar esta vez en solitario. El acuerdo de gobierno implica de hecho, que Gantz relevará como primer ministro a Netanyahu el próximo octubre.

La ambigüedad por parte de los actores implicados, la falta de concreción sobre los planes, y en general toda la confusión que rodea al proyecto de Netanyahu han despertado las sospechas de que este acto no sea más que un bluff, una amenaza que pertenece más al plano simbólico, para ganar apoyo electorar, sin un alto coste en términos diplomáticos. Es significativo de la aceleración de la ofensiva de Netanyahu que el comité conjunto de EE UU e Israel que tenía por cometido mapear las zonas cisjordanas que pasarían a mandato israelí, aún no ha acabado su trabajo, siendo este hecho indiferente para los planes del mandatario.

Está por ver si Netanyahu sigue con un proyecto que, a pesar del peligro estratégico puede beneficiarle en términos electorales y alejar la atención mediática de sus causas pendietnes de corrupción, o rebaja la apuesta para hacerla aceptable a ojos de sus aliados. No parece que en las última décadas la condena moral haya suepuesto grandes cosecuencias para los diferentes gobiernos israelíes. Está por ver si la moderación a la que urgen Washington y otros aliados, la resisntencia de una parte del país a cruzar límites que pesen aún más sobre su imagen internacional, o la amplitud de la crítica desde la comunidad internacional sirven esta vez para acotar las ambiciones expansionistas israelíes.

 

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