Neoliberalismo, trauma transgeneracional y el 15M

El llamado capitalismo neoliberal ha producido cambios en el estado del bienestar y en el mercado laboral de los países ricos que han aumentado la prevalencia y la incidencia de trastornos mentales. Por ejemplo la flexibilidad, la temporalidad y la precariedad en el empleo que han caracterizado este periodo se han asociado con ansiedad, depresión y riesgo de padecer enfermedades psiquiátricas. Por otro lado el aumento de estrés laboral que acompaña a la temporalidad y otras formas de flexibilidad laboral también se relaciona con depresión, ansiedad, consumo de sustancias y alcoholismo.

En los ámbitos laborales, los efectos de la precariedad y el estrés laboral son mayores en las empresas privadas que en las públicas, o el efecto de la flexibilidad del empleo sobre la salud mental, vemos que es menor en los países socialdemócratas.

Los mecanismos psicosociales próximos que subyacen a las nuevas relaciones laborales han sido explorados sobre todo cualitativamente. Algunos han mostrado aspectos que no han sido aún medidos por cuestionarios. Desde la psicología social del mercado laboral neoliberal, cabe destacar la inestabilidad de los lazos entre trabajadores, la distancia social entre puestos seguros y temporales, la reticencia a hacer servir los derechos laborales por miedo a ser despedido, la falta de solidaridad entre compañeros, y el acoso en el lugar de trabajo, también conocido en el mundo anglosajón como “mobbing”.

Sin olvidar las humillaciones que sufre el trabajador precario, el estrés constante del miedo a no poder pagar el alquiler, la comida, el medio de transporte y el enorme esfuerzo que significa buscar trabajo continuamente.
A estos riesgos de las “nuevas” relaciones de empleo como son el trabajo a tiempo parcial, contratos flexibles, temporales, trabajo a cuenta
propia, a destajo, las guardias permanentes y jornaleros entre aquellos trabajadores que previamente tenían un trabajo fijo de 35 a 40 horas a la semana, cabe añadir la pérdida de beneficios (pensión, vacaciones, días de baja por enfermedad), los bajos sueldos y tal vez el factor más determinante de todos ellos: el bajísimo nivel de sindicación. Es cierto que allí donde los niveles de sindicación son altos, incluso los trabajos temporales o a tiempo parcial están protegidos, y sus consecuencias no son tan devastadoras, por ej., en Escandinavia. El primer aldabonazo del neoliberalismo en el mundo del trabajo fueron las luchas en contra de los sindicatos.

En Inglaterra, Thatcher se enfrentó a los mineros y en los EE. UU. Reagan les ganó el pulso a los controladores aéreos. En los países desarrollados el nivel de sindicación durante el periodo neoliberal descendió de forma cuantiosa y lo que queda es gracias sobre todo al nivel de sindicación del sector público.

Y ahora, en este país que destina a la Sanidad uno de los PIB más bajos de la Europa de los 15, abren la puerta para la desaparición de la universalidad de la atención sanitaria, penalizando los recortes a quienes tienen recursos más limitados y con más problemas de salud. Son algunas de las nuevas manipulaciones del concepto “crisis” neoliberal para eliminar derechos sociales cuyo logro supuso muchas energías durante varias décadas.

Como vemos, el daño que el neoliberalismo causa es devastador y destruye salud, vidas, democracia y derechos sociales. ¿Es posible atenuar estos daños? ¿Qué obstáculos impiden canalizar nuestras energías eficazmente contra este poder que nos convierte en seres precarios?

En el Estado español en el que no se han hecho procesos individuales, colectivos, jurídicos ni institucionales de elaboración de lo ocurrido durante la guerra civil, la posguerra y el franquismo, los teóricos del trauma transgeneracional (Volkan, Lebovici y otros) apuntan a que la tarea de elaboración pendiente transmitida de generación en generación marca el desarrollo político e ideológico de la sociedad e interfiere con comportamientos individuales y colectivos como el absolutismo, el miedo y el autoritarismo.

Aun con el paso de los años, más de 70 después de aquella guerra, nadie en el Estado Español estamos libres del impacto de ese trauma colectivo, aunque no nos demos cuenta o no lo aceptemos. Incluso sabiendo que se hicieron desaparecer 100.000 personas (crímenes que
no prescriben), que murieron posiblemente más de 200.000 durante la guerra y 190.000 en las cárceles de la posguerra, que somos el segundo país del mundo con más fosas comunes sin abrir (1.204) después de Camboya, la conexión entre el trauma subconsciente que compartimos nuestra generación ahora y la situación de trauma original se ha perdido del consciente.

Por eso no entendemos los síntomas que emergen, y desarrollamos conclusiones erróneas sobre los mismos.
La guerra civil que ahora está presente como una moda en novelas, películas y en libros de los historiadores, reemplaza la voz de las víctimas con narrativas llenas de documentos que intentan dar un sentido artificial al caos creado por todo el dolor y el miedo guardado en nuestros subconscientes.

La mayoría de los ciudadanos del Estado Español que vivieron aquel horror ya han muerto, pero aún así, nuestra generación, la de los nietos, todavía no sabemos lo que ocurrió, dónde están enterrados nuestros abuelos y aún más grave: cómo nos afectan los miedos y silencios de nuestros abuelos y padres durante tantas décadas.
En la teoría del trauma transgeneracional, nuestra generación, los nietos, es el punto clave donde ocurre “el retorno de lo reprimido”. La generación que vivió la contienda bélica no pudo elaborar el trauma psíquico de sucesos porque su intensidad y sus efectos impidieron al sujeto dar una respuesta adecuada a los mismos.

Los hijos tampoco pudieron, por la represión del franquismo, hacer el duelo de sus pérdidas ni resolver sus sentimientos de humillación, de
miedo y de impotencia, obligando a futuras generaciones a hacer esos procesos psicológicos inacabados. Aunque algunos hijos de la guerra lucharon durante la dictadura, no hubo espacio de elaboración y la tarea se pasó a la tercera generación, a la nuestra, a la de los nietos, que entre el despiste de una transición que consistió en tapar heridas en vez de limpiarlas y una vida más cómoda que la de nuestros abuelos, no nos hemos dado cuenta de la tarea pendiente que tenemos y cómo interfiere con poder llevar a cabo una lucha eficaz.

Cuando toda una población sufre un trauma colectivo, como durante la guerra civil, la transmisión a la próxima generación, la filiación, se convierte en una “patología del destino” y nos encontramos “fantasmas en la habitación de los niños”. Cuando, sin darse cuenta, millones de
personas depositan sus imágenes traumatizadas en sus hijos, los efectos acumulativos influyen en la identidad del grupo.

En el caso de la guerra y la posguerra, el terror, las posiciones polarizadas, la sospecha y los ajustes de cuentas personales crearon una cultura de silencio y secretismo en los hijos que nosotros, los nietos, no pudimos interpretar pero que absorbimos en nuestros subconscientes, porque el silencio, lo no-dicho, dice tanto o más que lo dicho.

El sentimiento de “nosotros/ ellos” que se convirtió en absolutismo, el miedo que se cubría con autoritarismo, la frustración que se transformaba en “no puedo, no me dejan”, el esperar a que otro osara a reclamar, la inseguridad manifestada en las dudas, y la queja en privado crearon una red invisible de victimismo y al mismo tiempo, de deseo de venganza.

Esos comportamientos de nuestros padres y madres, nuestra generación los vimos como “normales”, “los de toda la vida”, “lo de casa”, en cambio no vimos ni escuchamos los duelos ni los llantos de lo perdido ni de lo sufrido.
Según los teóricos del trauma transgeneracional, toda esta triste historia surge en los nietos como el “retorno de lo reprimido” a través de “los síntomas del vacío”: depresión, ansiedad, adicciones, el fingir y la importancia de las apariencias que vemos en el “qué dirán” o, como decía Lacan, “el buen orden”.

Los síntomas del vacío añadidos al absolutismo y al autoritarismo que vimos y aprendimos de nuestros padres, ¿cómo han influido en nuestros procesos grupales y organizativos?, ¿cómo han influido en nuestro trabajo político o social contra las desigualdades e injusticias estos últimos años?, ¿qué ocurre cuando se añaden a la agresión del neoliberalismo sobre nuestra salud mental? Cuando los griegos y los franceses salían a la calle, huelga tras huelga, ¿dónde estábamos? Y ¿por qué aún no se han abierto las fosas y las bocas sobre nuestra historia?

Y ahora hace un año surge este movimiento, el 15M, con los biznietos de la guerra, con su democracia participativa (“nadie nos representa”, “ninguna de nosotras es mejor que todas nosotras”), su funcionamiento antiautoritario e incrédulo (“dicen que es democracia y no lo es”) y su conciencia de género (utilizando el femenino plural en vez del masculino). Si la generación de los nietos seguimos llevando el peso de los comportamientos autoritarios, el absolutismo y el sectarismo, y no hemos hecho el tan necesario proceso de trasladar lo heredado del subconsciente al consciente a través de la palabra, ¿por qué surge este movimiento “sin curro, sin casa, sin futuro, sin miedo”? Solo podemos comenzar a observar y a reflexionar sobre el significado de este movimiento en el trauma transgeneracional del Estado Español. Los “indignados” se movilizan en un momento de mucha angustia y ansiedad social e intentan conseguir una homeostasia como catalizadores del malestar de las anteriores generaciones. Al haber convivido con nuestra generación, la de los nietos, con nuestros miedos subconscientes, los del 15M se posicionan en un espacio de reacción con su rebeldía creativa.

Pero la tarea de abrir las fosas y abrir la boca sigue pendiente (y no se puede confundir con “abrir las fosas para tapar las bocas”). Un movimiento como el 15M que deja de creer en las estructuras verticales, en la autoridad (de derechas o de izquierdas), y que traduce esas ideas a la realidad en el trabajo cotidiano, sin duda puede llevar por lo menos, a meter miedo a los poderosos neoliberales pues son multitud las personas que han sintonizado con las ideas 15M, independientemente que se hayan movilizado o no. Pero siguen siendo necesarios procesos de verdad y reparación como los vistos en otros países (por ejemplo, Canadá, Corea del Sur, Irlanda del Norte, Palestina) en los que se crean espacios para que todos hablen y todos escuchen acerca de lo que ocurrió, de lo que sabemos que ocurrió, de lo que se ha investigado sobre lo que ocurrió y de lo que se intenta averiguar por procesos judiciales.

Durante el primer año del 15M, en las asambleas se ha añadido un gran número de personas de más de 40 años y de más de 60 años. Se acercaban con ganas de compartir la rebeldía pero con grandes reticencias hacia el funcionamiento horizontal. Y personas de más de 70 años han hablado del sufrimiento de la posguerra y el franquismo, y cientos de jóvenes les han escuchado, han llorado y les han aplaudido agitando las manos en el aire. No sabemos todavía si esta integración de los hijos y los nietos de la guerra en el 15M puede ser parte de un proceso de sanación, que ayude a despojarnos de nuestros frenos para poder ser más eficaces en defender lo público y construir lo común. ¡Aún nos quedan por abrir tantas fosas y tantas bocas!

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