Negra suerte.

186

George Stinney era tan negro como su suerte, y su suerte, la única que le podía esperar a una persona de color negro en el sur de EEUU. Le acusaron con la misma facilidad con la que le condenaron, o a la inversa, que ya hace setenta años de aquello y no voy ahora a fijarme en esas pequeñeces. Tenía catorce años y le endosaron el asesinato a golpes de dos niñas blancas. Tardaron tres meses en sentarlo el banquillo, tres horas en juzgarle y un jurado compuesto de diez hombres blancos, apenas diez minutos en condenarlo. Lo que se tarda en echar un cigarro y unas risas. Ni siquiera avisaron a sus padres. Su abogado no presentó testigos que declararan a su favor. Su abogado dejó de serlo desde el momento que decidió no presentar apelación a la sentencia. Era tan negro como su suerte. Estuvo tan solo como sólo puede estarlo un niño en una celda esperando a que le lleven a una silla eléctrica. No tenía ni un abogado, ni un testigo, ni a una madre a la que abrazarse aterrorizado por lo que le estaba pasando. Únicamente una guía teléfónica bajo su trasero para que alcanzaran los electrodos para la descarga. Esto ocurrió en EEUU en 1944. Ahora un juez dice que el juicio no fue justo. Ahora la justicia en ese país apenas ha cambiado y es directamente proporcional a la pasta que tengas.

Por cierto, diez días antes de su ejecución, se había producido el Desembarco de Normandía por las tropas aliadas en Europa para acabar con el fascismo abriendo un segundo frente. Tristemente no se abrió un tercero en las costas de EEUU.