Publicado en: 27 octubre, 2015

Navid Kermani y su discurso de agradecimiento

Por mikel arizaleta barberia

“¿Acaso puede llamar a la guerra un portador del premio a la paz?

Por Mikel Arizaleta

El escritor y orientalista Navid Kermani, que nació en 1967 en Siegen (Alemania), hijo de padres de procedencia iraní, vive actualmente en Colonia. Posee la doble nacionalidad alemana-iraní. Este  peregrino, viandante y viajero entre culturas y religiones del mundo se dedica en sus obras literarias a experiencias fronterizas de todo tipo, y como científico cultiva sobre todo el estudio del Corán y la mística islámica. Kermani critica el “racionalismo vulgar” de occidente y el “dios a conveniencia” (Wohlfühlgott) de las clases  de religión, al igual que ese curso e información violenta y agresiva del Corán.

El orientalista, escritor y ensayista Navid Kermani recibió el 18 de octubre de este año, 2015, en la iglesia de san Pablo de Frankfurt, como es tradicional, el Premio de la paz, otorgado como cada octubre desde 1950 a un personaje destacado de la cultura y de la sociedad, dotado con 25.000€. La lista de los premiados es larga, se inició en el 50 con Max Tau, y entre otros ha sido concedido en 1951 a Albert Schweitzer, en el 52 a Romano Guardini, a Hermann Hesse en 1955, en el 67 a Ernst Bloch, en 1980 a Ernesto Cardenal, a Jürgen Habermas en el 2001 y  en el 2003 a Susan Sontag.

En su discurso de agradecimiento ante los alrededor  de 1000 oyentes-invitados Kermani abogó por un comportamiento firme de Europa respecto a la guerra de Siria: “¿Acaso puede llamar a la guerra un portador del premio a la paz? Yo no llamo a la guerra, tan sólo apunto que ahí hay una guerra, y que nosotros, como sus vecinos próximos, tenemos que implicarnos, si es posible militarmente pero sobre todo de modo mucho más decidido que lo llevado a cabo hasta ahora diplomática y civilmente. (…) Y si nuestras sociedades no aceptan por más tiempo esta locura los gobiernos se verán obligados a actuar. Posiblemente cometeremos errores, errores que por otra parte siempre cometemos. Pero el mayor error es no hacer nada o muy poco contra el genocidio que se está perpetrando ante nuestras mismas narices por el “Estado Islámico” y el régimen de Assad.  A tan solo tres horas de vuelo de Frankfurt están siendo aniquilados y expulsados grupos enteros de personas, muchachas siendo esclavizadas, monumentos importantes de la cultura de la humanidad volados por los aires.

El Islam no lleva a cabo una guerra contra occidente, la guerra que lleva a cabo el Islam es más bien contra sí mismo, quiero decir que el mundo islámico está siendo sacudido por una disputa interna, y cuyos efectos sobre la cartografía política y étnica debieran llevarnos a parecidas repulsas y rechazos como las ocurridas ante la Primera Guerra Mundial

Sus obras abordan cuestiones esenciales de la existencia humana. En sus libros científicos se ocupa del Corán y del misticismo islámico. El escritor Navid Kermani recibe el galardón por ser “una de las voces más importantes de nuestra sociedad”. En los motivos de la decisión del consejo de la fundación se indica que con sus novelas, ensayos, así como con sus reportajes desde las regiones en crisis, Kermani ha mostrado “su alto grado de compromiso con la dignidad del individuo y su respeto por la diversidad cultural y religiosa, y su intervención en favor de una sociedad europea abierta, que brinda protección a los refugiados y da espacio a la humanidad”.

Y éste fue el discurso de agradecimiento, pronunciado por Kermani con motivo  de la concesión del “Premio de la Paz” de los libreros alemanes, que puede resultar sugerente y controvertido.

*

I.-

“El día en que se me notificó la concesión del Premio de la Paz por parte de los  libreros alemanes, ese mismo día era secuestrado en Siria Jacques Mourad. Dos hombres armados entraron en el convento Mar Elian, en la periferia de la pequeña ciudad de Qaryatein, reclamando al padre Jacques. Le encontraron en su pequeña oficina, que es al mismo tiempo su habitación y su dormitorio, le agarraron y se lo llevaron. El 21 de mayo del 2015 Jacques Mourad se convirtió en  rehén del denominado “Estado Islámico”.

Conocí al padre Jacques en otoño del 2012, cuando viajé a la Siria, sacudida ya  por la guerra, para un reportaje. Él atendía a la comunidad católica de Qaryatein y era miembro de la orden de Mar Musa, fundada a inicios de los ochenta en un convento semiderruido del cristianismo primigenio. Se trata de una comunidad cristiana muy peculiar y muy especial, dedicada al encuentro con el Islam y al amor a los musulmanes. Monjas y monjes practican con igual seriedad y seguimiento los mandamientos y rituales de su Iglesia católica como los del Islam, cumpliendo con el Ramadán y observando la tradición musulmana. Puede sonar  a absurdo y a extravagancia, incluso hasta estrambótico: cristianos enamorados del Islam, según sus propias palabras. Pero así es,  este amor cristiano-musulmán era todavía hasta hace poco una realidad en Siria, y en el corazón de muchos sirios lo sigue siendo hoy día. Las monjas y monjes de Mar Musa trabajan con sus manos, difunden bondad con sus corazones y crean un ambiente de oración. Mar Musa, un lugar que  me impresionó por su utopía, para ellos representa nada menos que la reconciliación final –ellos no dirían que es anticipo, pero sí que presiente, presupone y anuncia la próxima reconciliación: un convento de piedra del siglo VII en medio de la imponente soledad de las montañas del desierto, visitado por cristianos de todo el mundo y al que llaman a la puerta, día tras día , decenas, cientos de musulmanes árabes para encontrarse con los hermanos cristianos, para hablar, cantar y también permanecer en silencio con ellos, y en un rincón de aquella iglesia sin iconos e imágenes orar en su propio rito, en el musulmán.

Poco antes de visitar al padre Jacques en el 2012 fue expulsado del país el fundador de la comunidad,  el jesuita italiano Paolo Dall´Oglio.  El padre Paolo había criticado públicamente al gobierno de Assad, que a la llamada del pueblo sirio que reclamaba libertad y democracia y que durante nueve meses largos había vivido en paz, respondió con cárcel y tortura, con apaleamientos y fusiles de asalto, y finalmente con masacres increíbles e incluso con gas venenoso, hasta desatarse en el país la guerra civil. Pero también el padre Paolo se había enfrentado a la dirección oficial de la Iglesia en Siria por guardar silencio ante la violencia del gobierno. Inútilmente solicitó en Europa apoyo para el movimiento democrático sirio, en vano reclamó de Naciones Unidas el establecimiento de una zona de prohibición de vuelos o, cuando menos, que enviaran observadores. No le hicieron caso cuando advirtió el peligro de una guerra de religiones si abandonaban a su suerte a grupos seculares y comedidos, y si desde el extranjero encontraban apoyo exclusivamente los yihadistas. En vano trató de quebrar y echar abajo el muro de nuestra apatía. En el verano del 2013 regresó de nuevo a Siria el fundador de la comunidad de Mar Musa para interceder por algunos amigos musulmanes, que se hallaban en manos del “Estado Islámico”, siendo él mismo secuestrado por el “Estado Islámico”. Desde el 28 de julio del 2013 se ha perdido toda pista de  este hombre, del padre Paolo Dall´Oglio.

El padre Jacques, que ahora cargó sobre sus hombros él sólo la responsabilidad del convento Mar Elian, está hecho de otra pasta, no es un orador agraciado, tampoco un carismático, ni un italiano temperamental, como muchos sirios, que conozco, es un hombre sumamente amable, orgulloso, discreto, buen mozo, de rostro amplio y pelo corto y negro. Es verdad, no le conozco mucho, participé en la misa, que como en todas las iglesias orientales se compone de cantos  seductoramente bellos, y observé lo amistosamente que en la comida de mediodía, luego de la misa, hablaba con los creyentes y notables locales. Cuando todos los huéspedes se despidieron me llevó  durante media hora a su diminuto cuarto, acercando a su estrecha cama, en la que él se sentó, una silla para mí y la entrevista.

No sólo me sorprendieron sus palabras –lo valiente y sin temor en su crítica al gobierno- sino también lo abiertamente que habló sobre el endurecimiento de su propia comunidad cristiana. Pero aún me impresionó más su figura: un servidor de Dios silencioso, religioso, asceta, percibí que él, al que Dios le había confiado el cuidado de los cristianos perseguidos de Qaryatein y la dirección de la comunidad conventual, se lo tomaba la tarea muy en serio. Habló suave y muy quedamente, las más de las veces con los ojos cerrados, como si ralentizara conscientemente las pulsaciones del corazón y utilizara la entrevista como  respiro entre dos obligaciones  penosas. Al tiempo que hablaba muy sensatamente, con frases  lapidarias; y lo que decía era de una claridad y una agudeza política tal, que me sentía obligado a preguntarle una y otra vez si no era peligroso que yo citara en mis artículos sus palabras. Abrió sus cálidos y negros ojos y asintió fatigado, que sí, que podía imprimir todo, de lo contrario no lo hubiera dicho; el mundo tiene que saber qué ocurre en Siria.

Me impresionó este su cansancio y su fatiga, quizá fue lo que más me impresionó, era el cansancio de un hombre que se había dado cuenta que quizá tan sólo podría descansar en la otra vida, era el cansancio de un médico, de un apagafuegos  que reparte sus fuerzas sin poder atender y dar respuestas a necesidades tan ingentes. El padre Jacques era, como sacerdote, médico y bombero en medio de la guerra, y no sólo para las almas de los angustiados sino también para los cuerpos de los necesitados, a quienes él en su iglesia y prescindiendo del credo  les ofrecía comida, amparo, protección, vestido, vivienda y sobre todo atención y cercanía. La comunidad de Mar Musa atendía y acogía a muchos cientos, por no decir miles, de refugiados, incluso últimamente hasta en el convento, la mayoría de ellos eran musulmanes. Y no sólo esto, el padre Jacques consiguió conservar la paz al menos en Qaryatein, también la religiosa y confesional. Y fundamentalmente se debe al silencioso y  serio padre Jacques el que los diversos grupos y milicias, algunos próximos al gobierno, algunos en la oposición, se unieran para desterrar las armas pesadas de la pequeña ciudad. Y  a este sacerdote crítico se debe también  el que convenciera para que se quedaran en la ciudad casi todos los cristianos. “Nosotros, los cristianos, somos de este país, aun cuando ni los fundamentalistas ni Europa lo quieran escuchar”, me decía el padre Jacques. “La cultura árabe es nuestra cultura”.

Le produce vómito las llamadas de determinados políticos occidentales destinadas a acoger  a cristianos árabes. El mismo occidente, que no se preocupa ni apoya a los millones de sirios, que propugnan pacíficamente a lo largo y ancho de todas las confesiones democracia y derechos humanos, el mismo occidente que ha llevado a Irak al caos y ha proporcionado a Assad su gas venenoso, el mismo occidente, que se alía con Arabia Saudita, con el principal mecenas del yihaidismo,  ¿es este mismo occidente quien se preocupa ahora de los cristianos árabes? Es para morirse de risa, comenta el padre Jacques sin inmutarse o hacer gesto alguno. Y prosiguió con los ojos cerrados: “Estos políticos promocionan y favorecen con su manifestaciones irresponsables exactamente ese confesionalismo, que nos amenaza a los cristianos”.

Con el paso del tiempo se acrecienta su responsabilidad, que la asume sin queja. Los miembros extranjeros de la comunidad tienen que abandonar Siria y encontrar refugio en el norte de Irak. Tan sólo regresaron los siete monjes y monjas, que se repartieron entre los conventos de Mar Musa y Mar Elian. Los frentes cambian a menudo, de modo que en Qaryatein unas veces reinan las fuerzas estatales y otras mandan las milicias opositoras. Con ambas tienen que arreglarse los monjes y sobrevivir a los ataques aéreos cuando la ciudad cae en manos de las milicias opositoras. El “Estado Islámico” avanza y se adentra en el corazón mismo de Siria. “La amenaza del IS, esta secta de terroristas que transmite una imagen terrorífica del islam,  ha llegado a nuestra región”, escribía a una amiga francesa el padre Jacques pocos días antes de su secuestro. Y seguía: “Resulta difícil saber lo qué debemos hacer. ¿Acaso debemos abandonar nuestro hogar? Nos resulta muy difícil.  Es terrible y duro sentirnos abandonados, abandonados por el mundo cristiano, que ha decidido apartarse para así no sentir la angustia y salvar su pescuezo. Para ellos no somos nadie”.

Tan solo en estas pocas líneas de un mero e-mail, sin duda escrito a prisa y corriendo, llaman la atención dos formulaciones, muy características del padre Jacques y, al mismo tiempo, piedra de toque para la intelectualidad. En la primera se dice: “La amenaza del IS, esta secta de terroristas, que transmite una imagen terrorífica del Islam…”. La otra sobre el mundo cristiano: “Para ellos no somos nadie”. Defendía a la comunidad extranjera y criticó a la propia. Cuando el grupo se  remite al Islam y aduce aplicar la ley del Corán, fue ya una amenaza directa y física a él y a su comunidad; pocos días antes de su propio secuestro el padre Jacques recalcó que estos terroristas deformaban el verdadero rostro del Islam. Yo contradeciría y rebatiría a todo musulmán, a quien a la vista del “Estado islámico” sólo se le ocurre la retórica de que la violencia nada tiene que ver con el Islam,  pero un cristiano, un sacerdote cristiano, que tiene que contar con ello, y que a pesar de ser expulsado, humillado y raptado o ya asesinado por gentes de otras creencias, y a pesar de todo insiste en justificar esa otra creencia, ese otro credo, ese servidor de Dios muestra una talla tal que yo sólo conozco  través de la vida de los santos. ¡Chapó!

Un hombre como yo no puede defender el Islam de esa forma. Él no lo debe. El amor a lo propio, a su propia cultura, a su propio país, a su propia persona se muestra en la autocrítica. Pero el amor a lo otro, a otra persona, a otra cultura y a otra religión puede ser mucho más entusiasta, puede ser incondicional. Es verdad,  el amor al otro presupone el amor a sí mismo. Pero enamorados del Islam, como lo están el padre Paolo y el padre Jacques, sólo así de enamorados se puede estar del otro. En cambio el amor a sí mismo, si no se quiere caer en el narcisismo, en la autocomplacencia, en la vanidad, tiene que ser siempre un amor que se cuestiona, que se interroga, que duda, que encierra descontento y crítica. ¿En qué medida se da esto en el Islam? Quien como musulmán  no se pelea con él, no duda de él, no se interroga críticamente sobre él, ese tal no ama el Islam.

No llegan sólo desde Siria e Irak las noticias horribles y las todavía más bestiales y horripilantes imágenes, donde el Corán se alza al cielo como un hurra ante cada una de estas salvajadas o se invoca ante cada decapitación el “Allahu akbar”. En demasiados países, por no decir en la mayoría de los países del mundo musulmán, las autoridades estatales del mundo musulmán, las instituciones próximas al estado, las escuelas teológicas o los grupos rebeldes invocan el Islam para reprimir a su propio pueblo, para dañar a las mujeres, para perseguir, masacrar y expulsar a los que piensan de otra manera, a los que profesan otras creencias. Bajo invocación del Islam se  lapida a mujeres en Afganistán, se asesina a todas las alumnas de clase en Paquistán, se esclaviza a cientos de muchachas en Nigeria, se corta la cabeza a cristianos en Libia, asesinan los blogger en Bangladesch, en Somalia lanzan bombas en las plazas de los mercados, en Mali se matan sufís y músicos, en Arabia Saudita se crucifica a críticos del régimen, en Irán se prohíben obras importantes de literatura actual, en Bahrein se oprime a los chiítas y en Yemen se acosan entre sí chiítas y sunitas.

Pero es verdad que la mayoría de musulmanes rechazan el terror, la violencia y la represión. Y esto no es sólo retórica,  lo he percibido en mis viajes: Para quien la libertad no es algo natural y evidente  se da cuenta de su valor y de su grandeza. Todas las protestas masivas de los últimos años en el mundo islámico fueron protestas y reivindicaciones por la democracia y los derechos humanos, no sólo la revoluciones intentadas -aunque la mayoría fracasadas en casi todos los países arábigos-, también los movimientos de protesta en Turquía, Irán, Paquistán y no en último lugar la rebelión ante las urnas con motivo de la última elección a Presidente en  Indonesia. Lo mismo muestra e indica la masa de huidos y refugiados, abrigando muchos musulmanes la esperanza de  una vida mejor que en su país: al menos no bajo dictaduras religiosas. También las noticias que nos llegan de Mossul y Rakka hablan poco de entusiasmo y contento y mucho de pánico y desesperación de la población y de las gentes. Pero todas las autoridades teológicas competentes del mundo islámico han rechazado de plano la reivindicación y pretensión del IS de hablar y dirigirse en nombre del Islam,  y han elaborado con detalle la respuesta de cuán lejos están su ideología y su práctica del Corán, y lo mucho que atentan y contradicen las enseñanzas fundamentales de la teología islámica. Y no olvidemos que en la primera línea de combate de quienes luchan contra el “Estado Islámico” están y se encuentran y hallan los musulmanes mismos, kurdos, chiítas y también tribus sunitas, así como miembros del ejército irakí.

Y esto hay que decir alto y claro para no quedarnos y sucumbir ante la falsa imagen de que los islamitas y críticos del Islam desarrollan y dirigen una guerra contra occidente. El Islam no lleva a cabo una guerra contra occidente, la guerra que lleva a cabo el Islam es más bien contra sí mismo, quiero decir que el mundo islámico está siendo sacudido por una disputa interna, y cuyos efectos sobre la cartografía política y étnica debieran llevarnos a parecidas repulsas y rechazos como las ocurridas ante la Primera Guerra Mundial

El oriente multiétnico, multireligioso y multicultural, que yo estudié en sus magníficos testimonios literarios de la Edad Media,  que durante largas estancias en El Cairo y Beirut, que de niño durante las vacaciones de verano en Isfahan y como reportero en el convento de Mar Musa aprendí a amar como una realidad en verdad amenazada, nunca curada pero sí vivaracha, este oriente ya no existe, pertenece al mundo de ayer, al que Stefan Zweig en los años veinte miraba con ojos de melancolía y nostalgia.

¿Qué ha sucedido? El “Estado Islámico” no ha nacido hoy, de pronto, ni tampoco  ha surgido con las guerras civiles de Irak y Siria. Sus métodos pueden provocar rechazo pero su ideología es el bahhabismo, que hoy llega y se extiende hasta en el último rincón del mundo islámico y que como salafismo está resultando atractivo para jóvenes europeos. Cuando se sabe que los libros escolares y planes de estudio del “Estado Islámico” coinciden en un 95% con los libros y los planes de estudio del Arabia Saudita uno se da cuenta que no es sólo en Siria y en Irak donde el mundo se clasifica y divide estrictamente en prohibido y permitido, y a la humanidad en creyente y atea. Se financia con miles de millones provenientes del petróleo, durante décadas se ha extendido y propagado en mezquitas, libros y televisión una idea, que declaraba  sin excepción herejes a los de otro credo, se les insultaba, aterrorizaba, despreciaba  y vilipendiaba. Cuando a los demás y de manera sistemática, todos los días, se les rebaja,  se les hace de menos, es lógico –como muy bien conocemos los alemanes por nuestra propia historia- que se termine declarando también su vida como poco valiosa y despreciable. El que hoy día sea posible  un fascismo religioso de este calibre, el que el IS acoja en sus filas  a tantos combatientes y que todavía sean muchos más sus simpatizantes, el que se extienda por países enteros e incorpore a ciudades enteras con millones de habitantes sin luchar, todo esto no es el inicio sino el punto final temporal de una larga derrota, de un ocaso, también y justamente del ocaso y derrota del pensamiento religioso.

Yo en 1988 comencé a estudiar orientalismo, mis temas fueron el Corán y la poesía. Creo que todo el que estudia  esta materia en su formulación y desarrollo clásico, llega a un punto en el que le resulta imposible conjugar, ensamblar  y reconciliar el pasado con el presente. Y uno se vuelve desesperada, desesperadamente sentimental. Naturalmente, no todo el pasado fue sólo y simplemente  pacífico y culturalmente polícromo, pero como filólogo me encontré y topé sobre todo con los escritos de los místicos, de los filósofos, de los  retóricos y también de los teólogos. Y yo, no, nosotros, los estudiantes podíamos y podemos admirar la originalidad, la amplitud espiritual, la fuerza estética que encontramos en la espiritualidad de Ibn Arabi, en la poesía de Rumi, en la historia de Ibn Khaldun, en la teología poética de Abdulqaher al-Dschurdschani, en la filosofía de Averroe, en las descripciones de viajes de Ibn Battuta y en las historias de las Mil y una noches, que son mundanas, mundanas, eróticas y también feministas y que, al mismo tiempo, están transidas todas sus páginas por el espíritu y los versos del Corán. No, no son informaciones y noticias de periódicos, la realidad social de esa gran cultura se presenta como toda realidad gris y bárbara. Pero estos testimonios dicen, expresan algo que en un tiempo era posible e incluso evidente dentro del Islam. Nada, absolutamente nada se encuentra dentro de la cultura religiosa del Islam moderno que se pudiera comparar con aquello, que pudiera ofrecernos una fascinación parecida, que tuviera la profundidad de aquellos escritos con los que me topé en mis estudios. Y dejo de lado la arquitectura, el arte, la musicología islámica…, que ya no existe.

Quisiera ilustrarles sobre la pérdida de creatividad y libertad en mi propia materia: En tiempos fue posible, incluso era evidente y normal pensar en  el Corán como un texto poético, sólo entendible y explicable con los métodos y medios de la poetología, como una poesía. Era posible e incluso evidente que un teólogo fuera al mismo tiempo un hombre versado en literatura y conocedor de la poesía, que en muchos casos él mismo fuera poeta. Actualmente mi propio profesor Nasr Hamid Abu Zaid está acusado de herejía en el Cairo, ha sido expulsado de su cátedra y apartado a la fuerza por entender y explicar la ciencia coránica como una ciencia literaria. Lo que significa como acceso, como una introducción al Corán, algo que evidentemente lo fue y que Nasr Hamid Abu Zaid aducía, se basaba y aportaba textos e interpretaciones de los principales maestros e intelectuales de la teología islámica clásica,  y que hoy mismo no es posible ni siquiera que se reconozca que fue así. Una tal introducción al Corán, a pesar de estar anclada en la tradición, hoy día esta perseguida, castigada y considerada herejía.

En el mundo tradicional el Corán es un texto, no sólo versificado, sino que habla y se expresa con imágenes perturbadoras, ambiguas, misteriosas, más que un libro es una recitación, la partitura de un gorjeo que mueve y conmueve a sus oyentes árabes por su ritmo, sus onomatopeyas y melodía. La teología islámica no sólo ha tenido presente las propiedades y cualidades estéticas del Corán sino que ha explicado la belleza del lenguaje para el milagro del testimonio del Islam.

(proseguirá la reflexión de este  orientalista)

Mikel Arizaleta

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