Publicado en: 28 octubre, 2015

Navid Kermani y su discurso de agradecimiento ( y II)

Por mikel arizaleta barberia

Además de dedicarme al Corán durante mis estudios me he ocupado fundamentalmente de la mística islámica, del sufismo.

Por Mikel Arizaleta

¿Pero qué está pasando cuando hoy  se observa que en el mundo cultural islámico se  menosprecia en general la estructura  idiomática de un texto, no se la entiende adecuadamente o tan sólo sirve como mera cita? El Corán se convierte, se denigra y se rebaja a un vademécum, al que se le pregunta mediante el busca en el ordenador por esta o aquella frase. La fuerza idiomática del Corán se ha convertido en dinamita política.

Se lee a menudo que el Islam tiene que pasar la prueba de fuego de la ilustración o que tiene que imponerse la modernidad frente a la tradición. Pero esto quizá  tiene muy poca base y encierra bastante desconocimiento, porque el pasado del Islam es bastante más clarificador e ilustrado, y los escritos tradicionales dan la impresión de ser más modernos que el discurso teológico actual. Goethe y Proust, Lessing y Joyce no padecieron demencia intelectual y quedaron fascinados por la cultura islámica. Vieron  en los libros y monumentos algo que nosotros, a menudo confrontados brutalmente con el presente del Islam, no lo percibimos fácilmente. Quizá el problema del Islam no es tanto la tradición cuanto la ruptura casi total con esta tradición, la pérdida de la memoria cultural, su amnesia civilizadora.

Todos los pueblos del Oriente han vivido, merced al colonialismo y a las dictaduras laicistas, una modernización brutal impuesta desde arriba. Del pañuelo de la cabeza, por ejemplo,  no se han ido despojando las mujeres iraníes poco a poco, sino que los soldados desplegados por las calles en 1936 y por orden del Shah les arrebataron y arrancaron de la cabeza con violencia. De modo distinto a lo sucedido en Europa, donde la modernidad con todos los rebotes, contragolpes, avances, retrocesos y crímenes se fue abriendo paso, donde se vivió como un proceso de emancipación largo,  que duró décadas y siglos. Esto no ocurrió  en el Oriente Próximo, la modernidad se vivió fundamentalmente como una experiencia dolorosa y violenta. La modernidad se asoció y emparejó no con libertad sino con saqueo y despotismo. Imagínense ustedes a un presidente italiano, que entra en la catedral de san Pedro de Roma y de un brinco se posa sobre el altar calzando sus sucias botas y golpea al papa con el látigo en el rostro, pues ustedes se hacen una idea poco más o menos de lo que significó cuando Reza Shah en 1928 se paseó con sus botas de montar por el santo relicario de Ghom y ante el ruego del Imán, de que se descalzara como todo creyente, le asestó un latigazo en el rostro. Y ustedes encontrarían  muchos hechos parecidos y muchos momentos claves de este tipo en muchos otros países de Oriente Próximo, no se despojaron y soltaron de las amarras del pasado de modo pausado, lento, dando tiempo al  reposo y a la asimilación, sino que redujeron a escombros y destruyeron este pasado, intentando borrarlo de la memoria.

Se hubiera podido suponer que al menos los fundamentalistas religiosos, que tras el fracaso del nacionalismo adquirieran un mayor influjo en general en el mundo islámico, valoraran la propia cultura. Pero ocurrió lo contrario: Mientras ellos quisieron volver a un supuesto primer origen no sólo no descuidaron la tradición sino que la combatieron enérgicamente. Hoy nos causa sorpresa la destrucción de imágenes por parte del “Estado Islámico”, pero no nos damos cuenta que en Arabia Saudita prácticamente no quedan en pie antigüedades. En la Meca los wahabitas han destruido los sepulcros y mezquitas de los miembros  más próximos del profeta, incluso la misma casa donde nació el profeta. La mezquita histórica del profeta en Medina fue sustituida por  un gigantesco edificio nuevo, y donde hasta hace unos años se alzaba la casa en la que vivió Mohammed con su mujer Khadija hoy se ha construido un wáter público.

Además de dedicarme al Corán durante mis estudios me he ocupado fundamentalmente de la mística islámica, del sufismo. Mística  suena a algo marginal, a esoterismo, a una especie de cultura clandestina. Nada más falso en relación con el Islam. Hasta entrado el siglo XX el sufismo fue casi general en el mundo islámico la base de la religiosidad popular. En el Islam asiático lo sigue siendo actualmente. Al mismo tiempo la civilización desarrollada islámica, en especial la poesía, la cultura y arquitectura instructiva e influyente, estaba  imbuida e impregnada por el espíritu de la mística. Como la forma más habitual y familiar de la religiosidad el sufismo  constituía el contrapeso estético a la ortodoxia de los versados en leyes. El sufismo resaltaba y acentuaba en Dios sobre todo la misericordia, veía en el Corán por detrás de cada letra, buscó en la religión siempre la belleza, reconoció la verdad también en otros credos y asumió expresamente del cristianismo el mandamiento del amor al prójimo. El sufismo impregnó las sociedades islámicas de valores, historias y sonidos imposibles de deducirlas únicamente de una religiosidad  aferrada a la letra, al texto. El sufismo, como Islam vivido, no anulaba o derogaba el Islam legal pero sí lo complementaba, lo hacía en la vida diaria más suave, más ambivalente, más tolerante y sobre todo también  más voluptuosamente experimentable y vivible mediante la música, la danza y la poesía.

Apenas nada de todo esto ha quedado en pie. Allí donde los islamistas posaron su pie, comenzando ya en el S. XIX en la actual Arabia Saudita hasta finalmente en Mali, primero acabaron con las fiestas sufíes, luego prohibieron los escritos místicos, destruyeron los sepulcros de los santos, cortaron a los líderes sufíes el cabello largo o los mataron. Pero no sólo a los islamitas. También los reformadores e instructores culturales religiosos del S. XIX e inicios del XX consideraron las tradiciones y costumbres del Islam popular retrógradas y pasadas de moda. No fueron ellos quienes tomaron en serio los escritos sufíes sino sabios occidentales, orientalistas como la ganadora del Premio de la Paz de 1995, Annemarie Schimmel, quienes editaron los manuscritos, salvándolos así de la destrucción. Hoy mismo son muy pocos los intelectuales musulmanes que se ocupan de semejante riqueza, que se halla en su propia tradición. Las ciudades antiguas destruidas, desdeñadas, repletas de basura, con sus monumentos arquitectónicos en ruinas por doquier en el mundo musulmán muestran la decadencia del espíritu islámico, resulta simbólico ver cómo el mayor shopping-mall del mundo ha sido construido en la Meca junto a la Kaaba. ¡Ver para creerlo!, ahí están las imágenes: el auténtico, el verdadero santuario del Islam, este monumento simple y magnífico, en el que el propio profeta rezó, es sobrepujado y sobrepasado literalmente por Gucci y Apple. Quizá nosotros debiéramos escuchar no tanto al Islam de nuestros grandes pensadores cuanto al Islam de nuestras abuelas.

Es cierto, en algunos países se ha comenzado a restaurar casas y mezquitas, aunque primero tuvieron que ir historiadores de arte occidentales o también musulmanes occidentalizados como yo, conocedores del valor de la tradición. Pero, es una pena, hemos llegado un siglo más tarde, cuando los edificios ya se han desplomado, las técnicas de construcción se han olvidado y los libros han sido borrados de la memoria. A pesar de todo creemos seguir teniendo tiempo para estudiar a fondo las cosas. Entretanto  como lector me siento casi como un arqueólogo en una zona de guerra, que va recogiendo a prisa y a veces con poco examen los vestigios para que al menos las generaciones posteriores puedan contemplarlas en  museos. Es cierto que países musulmanes siguen presentando y mostrando obras destacadas, como se pueden ver en bienales, festivales de cine o en la Feria del Libro de este mismo año en Frankfurt. Pero esta cultura tiene que ver muy poco con el Islam. Ya no existe una cultura islámica, al menos una de cierta importancia, de cierto rango. Lo que ahora susurra en nuestros oídos y bulle en nuestras cabezas son los despojos, los escombros de una implosión espiritual violenta.

¿Cabe esperanza? Hay esperanza hasta el último hálito de vida, nos enseña el padre Paolo, el fundador de la comunidad de Mar Musa. La esperanza es el motivo central de sus escritos. Al día siguiente del rapto de su alumno y sustituto llegaron en tropel los musulmanes de Qaryatein sin convocarles siquiera y oraron por su padre Jacques. Esto debe infundirnos esperanza, el amor actúa y traspasa fronteras religiosas, aletea por encima de etnias y culturas. El impacto que han producido las noticias y las imágenes del “Estado Islámico” es brutal y ha desatado y liberado  fuerzas en contra y de oposición. Por fin se han formado, también dentro de la ortodoxia islámica,  una oposición y resistencia contra la violencia en nombre de la religión. Y ya desde hace algunos años se ve, quizá no tanto en el centro nuclear árabe del Islam cuanto en las periferias, en Asia, en Sudáfrica, en Irán, en Turquía, sin olvidarnos últimamente de los musulmanes de Occidente, cómo se desarrolla y surge un nuevo pensamiento religioso. También Europa surgió de nuevo tras las dos Guerras Mundiales. Y quizá yo debiera, en vista de la ligereza y despreocupación, de la poca valoración y del desprecio público que no sólo nuestros políticos, no, que nosotros como sociedad desde hace algunos años dispensamos al proyecto europeo de la unificación, el más valioso políticamente que ha parido este continente, digo quizá yo debiera en este momento abordar algo que en mis viajes por Europa se me ha preguntado: como modelo sí, pero casi utópico. Quien ha olvidado por qué lo necesita Europa debe observar los rostros famélicos, agotados y angustiados de los  huidos, de los refugiados, de quienes han abandonado todo en su tierra, lo han dejado todo y han arriesgado su vida por la promesa de que todavía existe, les queda Europa.

Esto me lleva a la segunda formulación del padre Jacques, que yo la encuentro digna de consideración, a su frase sobre el mundo cristiano: “No importamos a nadie”. Como musulmán no me corresponde a mí censurar a los cristianos del mundo por no atender y preocuparse, no por el pueblo irakí o sirio, sino ni siquiera por sus propios hermanos de su mismo credo. Pero es lo que yo a menudo pienso cuando veo el desinterés de nuestra opinión pública por la catástrofe impresionante de los últimos tiempos en ese Este, y a quienes tratamos de mantenerlos lejos mediante alambradas de púas, barcos de guerra, fotos de enemigos y filtros intelectuales. A tan sólo tres horas de vuelo de Frankfurt están siendo aniquilados, masacrados y expulsados grupos de gentes, están siendo esclavizadas muchachas, están siendo volados por los aires y destruidos importantes monumentos culturales de la humanidad, van desapareciendo culturas y con las culturas una multiplicidad y variedad ancestral de étnicas, religiones e idiomas, que se habían mantenido en cierta manera hasta entrado el S. XXI, cosa que no ocurrió en Europa, pero nosotros sólo nos reunimos y nos manifestamos cuando una bomba de esa guerra nos roza a nosotros, como el 7 y 8 de enero en París, o cuando esa gente que huyendo de esta guerra llama a nuestras puertas.

Está bien que nuestras sociedades, distinto a lo ocurrido tras el 11 de septiembre del 2001, hayan confrontado nuestra libertad con el terror. Produce satisfacción ver cómo mucha gente en Europa, y en especial en Alemania,  se han implicado con los huidos y refugiados. Pero esta protesta y esta solidaridad siguen siendo a menudo muy poco políticas. No planteamos un debate público y abierto sobre las causas del terror y del movimiento de refugiados y huidos, y en qué medida quizá nuestra política está fomentando incluso la catástrofe, que está ocurriendo y desarrollándose más allá de nuestras fronteras. No nos preguntamos por qué nuestro mejor aliado  en el Oriente Próximo es precisamente Arabia Saudita. No aprendemos de nuestros errores, como cuando  extendemos nuestra alfombra roja a un dictador como el general Sissi. O sacamos las conclusiones falsas cuando de las desastrosas guerras en Irak o Libia optamos por mejor no inmiscuirnos en el genocidio. No se nos ha ocurrido nada para impedir el asesinato que el régimen sirio está llevando a cabo contra su pueblo desde hace cuatro años. Nos hemos conformado y resignado con la existencia de un fascismo religioso nuevo, cuyo territorio nacional es tan grande como Gran Bretaña y que llega desde las fronteras de Irán hasta casi el Mar Mediterráneo. Ha habido respuestas simples, por ejemplo una ciudad como Mossul de un millón de habitantes ha podido ser liberada;  pero lo cierto es que  nosotros seguimos sin cuestionarnos y debatirlo seriamente. No puede ser que una organización como el “Estado Islámico” con a lo sumo 30.000 combatientes resulte imbatible para la comunidad mundial. “Hoy nos atacan a nosotros”, decía el obispo católico de Mossul, Johanna Petros Mouche, cuando solicitó ayuda y apoyo a Occidente y a los poderes mundiales para expulsar al IS de Irak. “Hoy nos atacan a nosotros. Mañana os atacarán a vosotros.”

No quisiera imaginarme qué ocurriría si se cumpliera la advertencia del obispo. Entra dentro de la lógica propagandística del “Estado Islámico” el crear el máximo grado de terror para entrar en nuestro cerebro. Al observar ellos que nosotros no nos irritábamos ante algunos  rehenes cristianos, que rezaban el rosario antes de que les cortaran la cabeza, el IS comenzó a decapitaciones en grupo. Y cuando nosotros desterramos de nuestras televisiones tales imágenes del terror, el IS envió imágenes quemando gas desde el Museo Nacional de Mossul. Cuando nos acostumbramos a estatuas destrozadas, el IS comenzó a derruir y hacer tabla rasa de ciudades en ruinas como Nínive y Nimrod. Cuando nosotros dejamos de interesarnos de la expulsión de Yezide, nos sacudieron las noticias de violaciones en masa. Cuando creímos que los horrores se limitaban a Irak y Siria nos llegaron los vídeos-snuff de Libia y Egipto. Cuando nos acostumbramos a las decapitaciones y a las crucifixiones, las víctimas fueron primero decapitadas y luego crucificadas, como últimamente en Libia. Palmyra no fue volada y dinamitada de una vez sino edificio a edificio, con semanas de entremedio y pausa, para así producir noticias nuevas, dosificando el terror y el espanto con una nueva noticia. Esto no termina. IS subirá el tono de sus horrores hasta que  en nuestra vida diaria veamos, oigamos y sintamos que este horror no va a acabar por sí mismo. París pudo ser el comienzo y la decapitación de Lyon puede que no sea  la última. Y cuanto más esperemos menos serán nuestras posibilidades. O dicho de otro modo, está siendo ya demasiado tarde.

¿Puede el portador de un Premio de la Paz llamar a la guerra? Yo no llamo a la guerra, tan sólo digo que ahí hay una guerra, y que nosotros, como sus vecinos cercanos, tenemos que comprometernos, si es posible militarmente, pero al menos con más empeño y decisión que lo que se ha hecho hasta ahora diplomática y civilmente. Y es que a esta guerra no se le puede poner fin sólo en Siria y en Irak. Sólo pueden acabarla las potencias, que se hallan tras los ejércitos y las milicias enfrentadas: Irán, Turquía, los estados del Golfo, Turquía y también Occidente. Y sólo cuando nuestras sociedades no acepten por más tiempo esta locura, sólo entonces se moverán nuestros gobiernos. Posiblemente cometamos equivocaciones y errores, que es algo que siempre hacemos. Pero el mayor error que podemos cometer es el no hacer nada o hacer demasiado poco contra el genocidio, que se lleva a cabo antes nuestras narices europeas, el perpetrado por el “Estado Islámico” y el régimen de Assad.

“Acabo de regresar de Aleppo”, decía el padre Jacques en su e-mail, que escribió el 21 de mayo del 2015, poco antes de su rapto, “esta ciudad que duerme junto al río del orgullo, ciudad anclada en el centro del Oriente. Ahora es como una mujer, devorada por el cáncer. Todos huyen de Aleppo, sobre todo los pobres cristianos, pero la masacre no se dirige y afecta sólo a los cristianos sino a todo el pueblo sirio.  Resulta difícil llevar a cabo nuestra determinación, sobre todo en estos días en los que el padre Paolo ha desaparecido, el maestro y fundador del diálogo en el S. XXI. En estos días vivimos el diálogo como un sufrimiento comunitario, solidario. Estamos tristes  en este mundo injusto, responsable en parte de las víctimas de la guerra, en este mundo del dollar y del euro, que únicamente se preocupa de sus propios pueblos y de su propia gente, de su propio bienestar y de su propia seguridad, mientras el resto muere de hambre, de enfermedades y por la guerra. Parece como si su única meta fuera hallar regiones donde llevar la guerra y propulsar  el negocio de las armas y los aviones. Y estos gobiernos, que podrían poner fin a la guerra y no hacen nada, nada, tratan de justificarse. No me da miedo, no temo por mi fe, temo por el mundo, por él siento miedo. La pregunta que nos hacemos es: ¿Tenemos o no derecho a vivir? La respuesta está ya ahí, esta guerra es una respuesta clara, tan clara como la luz del día. Es el verdadero diálogo, que hoy estamos viviendo, el diálogo de la misericordia. Ánimo, querida, te recuerdo y te abrazo con fuerza, Jacques”

Dos meses después del secuestro del padre Jacques, el 28 de julio del 2015, el “Estado Islámico” se apoderó de la pequeña ciudad de Qaryatein. La mayoría de sus habitantes pudo escapar en el último momento, pero 200 cristianos fueron secuestrados por el IS. Un mes más tarde, el 21 de agosto,  fue derruido el convento de Mar Elian mediante bulldozers. En las imágenes, subidas a internet por el IS, se ve que ninguna de aquellas viejas piedras de hace 1700 años sigue apilándose una sobre otra. Dos semanas más tarde, el 3 de septiembre,  aparecieron en una página web del “Estado Islámico” fotos mostrando a algunos de los cristianos de Qaryatein en las primeras filas de sillas del aula de la escuela, rapados, algunos famélicos, tan sólo hueso y pellejo, sus miradas vacías, vestidos de rehenes. También se le reconoce en las fotos al padre Jacques, vestido de civil, también rapado y muy delgado y demacrado, se percibe claramente la agitación en su mirada. Se tapa la boca con la mano como si no quisiera reconocer lo que ve.

En el tablado del aula se sienta un hombre con uniforme de combate, de anchos hombros y barba larga, firmando un contrato. Se trata del llamado contrato Dhimmi, que somete a los cristianos al dominio de los musulmanes. No pueden edificar ninguna iglesia ni ningún convento, no pueden llevar consigo ni cruz ni Biblia. Sus sacerdotes no pueden vestir como sacerdotes. Los musulmanes no pueden escuchar las oraciones de los cristianos, ni leer sus escrituras, ni entrar en sus iglesias. Los cristianos no pueden portar armas y tienen que obedecer y acatar incondicionalmente las indicaciones y órdenes del “Estado Islámico”. Tienen que bajar la cabeza y soportar sin queja alguna cualquier injusticia y además pagar un impuesto, la dschizya, para que puedan vivir. Y que a nadie se le ocurra leer el contrato. Divide a las criaturas divinas muy claramente en personas de primera y segunda clase, y no deja duda de que  además hay gente de tercera clase, cuya vida vale muy poco.

La mirada que el padre Jacques muestra en la foto, mientras se tapa la boca con la mano, es una mirada sosegada, pero muy deprimida e indefensa. Él contaba con su propio martirio, pero no con que su comunidad se halle en cautiverio, aquellos chavales a los que bautizó, aquellos amantes a los que casó, aquellos ancianos a los que prometió los últimos auxilios cristianos…, todo eso le tiene que volver loco incluso a él, al entregado a Dios, al discreto, al firmemente convencido de su credo. Porque en definitiva los secuestrados permanecieron en  Qaryatein por él, en lugar de huir de Siria como muchos otros cristianos. El padre Jacques pensará que la culpa es suya, pero Dios, lo sé, Dios tendrá otra idea muy distinta.

¿Hay esperanza? Sí, hay esperanza, siempre hay esperanza. Yo había escrito ya este discurso cuando hace cinco días, el martes, me llegó la noticia de que el padre Jacques Mourad había sido liberado. Ciudadanos de la pequeña ciudad de Qaryatein le habían ayudado a escapar de su celda, le habían disfrazado y con ayuda de algunos beduinos le habían sacado de la región del “Estado Islámico”. Entretanto había regresado a donde sus hermanos y hermanas de la comunidad de Mar Musa. Fueron numerosas las personas que participaron en la liberación, todas ellas musulmanas, y cada una de ellas arriesgó su vida por un sacerdote cristiano. El amor traspasa fronteras religiosas, étnicas y culturales. Por muy maravillosa y formidable que sea esta noticia hay algo que empaña y calcina gravemente el corazón del padre Jacques. Por su liberación la vida de los otros doscientos cristianos de Qaryatein puede correr peligro. Y también está sumamente preocupado por su maestro Paolo, el fundador de la comunidad cristiana, que ama el Islam, y del que nada se sabe. Pero hasta el último respiro hay esperanza.

El portador del Premio de la Paz no debe llamar a la guerra, pero sí a la oración. Señoras y señores, quisiera pedirles algo desacostumbrado, si bien no es algo extraño estando en una iglesia. Quisiera pedirles que no aplaudieran al final de mis palabras, sino una oración por los doscientos cristianos secuestrados, por los chavales a los que bautizó el padre Jacques, por los amantes a los que casó y por los ancianos a los que prometió la santa unción. Y si ustedes no son religiosos, con sus deseos acompañen a los secuestrados y también al padre Jacques, que pelea consigo mismo, por haber sido sólo él el liberado. ¿Porque qué otra cosa son las oraciones que deseos dirigidos a Dios? Yo creo en deseos que con Dios o sin Dios tienen su efecto en el mundo. Sin deseos la humanidad no hubiera colocado piedra sobre piedra, creando esos bellos edificios que tan fácilmente en la guerra se han convertido en escombros. Y señoras y señores, oren por Jacques Mourad y oren por Paolo Dall´Oglio, recen por los cristianos de Qaeyatein, recen o deseen la liberación de todos los rehenes y la libertad de Siria e Irak. Para ello pueden ponerse en pie, para que de ese modo contrarrestemos los videos-snuff de los terroristas con una imagen de nuestra hermandad.

Mikel Arizaleta

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