Napoleón y su doble

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Por Iñaki Urdanibia

El nombre de Simon Leys, seudónimo de Ryckmans ( Bruselas, 1935 – Canberra, 2014) se asocia automáticamente con un combativo, y riguroso, desmitificador de la grandeza de la gran revolución china, ahí está su Los trajes nuevos del presidente Mao en el que daba cuenta de los antecedentes y el desarrollo de la llamada revolución cultural proletaria ( https://kaosenlared.net/la-denominada-revolucion-cultural-china-al-desnudo/ ). Si de tal obra dí cuenta en esta misma red, también hablé de alguna otra otra suya, miscelánea ( https://kaosenlared.net/leyendo-a-simon-leys/ ) en la que además de seguir desmitificando la actividad de los dirigentes chinos en los años de dirección del gran timonel, se extendía en otros asuntos relacionados con la literatura y también con su atracción por el mar. Sobre un naufragio, el del Batavia, había escrito en una sagaz mezcla de la realidad de los hechos y la visión metafórico-política del mismo. Si en esta última ocasión recurría al género narrativo, autor cuyo quehacer ha sido siempre fundamentalmente incluido en el género ensayístico, ahora se publica una nueva incursión, en la que relaciona un personaje histórico con una ficción, en la que se varía el discurrir de los últimos tiempos del emperador francés.

« La muerte de Napoleón» se publicó originalmente en 2006 y ahora ha sido publicada de Pirineos abajo por Acantilado en una nueva traducción ya que la anterior, la publicada por Anagrama en 1988, estaba absolutamente fuera de circuito. Esta, la única novela, publicada por el belga, presenta una hipótesis sobre la muerte del nombrado. Nadie debe llevarse a engaño, no obstante, pensando que se va a encontrar con una especie de apuesta, política, acerca de lo que hubiese sucedido si en vez de morir como murió, en su encierro de santa Helena, lo hubiese hecho de otra manera, huido y deambulando por Europa. Un dicho afirma que Napoleón es un camaleón…en la historia que se nos presenta se da el caso.

Nos hallamos ante una operación planificada con todo detalle, por un misterioso matemático ya fallecido debido a unas fiebres cerebrales, en la que se hace que un soldado con enorme parecido con el prisionero, suplante al prisionero, mientras que el suplantado escapa, navegando, a bordo del Hermann-Augustus Stoeffer, bajo el nombre de Eugène Lenormand. La navegación es de altura, desde Sudáfrica al norte de Europa, el plan consiste en desembarcar en Burdeos para a través de un contacto llevarle a París, mas un cambio de planes hace que el capitán haya de variar el rumbo, dirigiéndose a Amberes, en donde el tal Lenormand se queda colgado: sin contactos, sin pasaporte y din dinero. Por aquellos lares, en que ni dios parece recordarle ni reconocerle, visita diferentes lugares y muy en concreto el escenario de la batalla de Waterloo como un turista más y se topa con una visión realmente distinta de lo que en realidad sucedió; el guía era un impostor que vendía su mutilación como consecuencia de la decisiva batalla, de la que daba pelos y señales, de una fantasía desbordante, ante el pasmo disgustado del visitante. Al final, acaba llegando a París, con la ayuda de un sargento fiel, que le ha reconocido, a atravesar la frontera, y allá ha de buscarse la vida como muchos mortales, yendo a parar a casa de una viuda de un teniente del ejército que se dedica a la venta de frutas; Napoleón acabará siendo además del amante de la señora, un verdadero estratega en el negocio de vender melones, lo que le hace conquistar el mercado, de melones y calabazas, parisino . En el domicilio de la señora en la que viven, o pasan por allá, algunos antiguos soldados, hay uno que parece reconocer al recién llegado, soldado al que no le gusta en absoluto la relación establecida entre el denominado Lenormand y la señora, y éste es chantajeado ante el temor, y el consiguiente desastre, de que se dé a conocer su verdadera personalidad. Es conducido a un manicomio – ¡ mira que considerarse Napoleón! ( 1 )- por su apenada compañera convencida de que pobre Eugéne se ha visto asaltado por un ataque de megalómana locura; allá , como es habitual ( ?), se codean unos cuantos napoleones, entre los cuales, por cierto, algunos de los que se consideran Napoleón tiene más parecido que él mismo con el personaje. El verdadero, solapado bajo el nombre de Eugène Lenormand, no pierde la esperanza de dar un golpe maestro para recuperar su perdido poder, recuperando las Tullerías, pero la fortuna no le acompaña cuando se da la noticia de que Napoleón ha fallecido en la isla de santa Helena…lo que le deja arrojado al más absoluto de los vacíos, ya que no resulta ya posible presentarse con su verdadera personalidad. Al final , fallecerá el auténtico Napoleón en los brazos de su amante…que llorará a su Napoleón…«¡ tú eres mi Napoleón!»

Leys muestra una indudable habilidad para narrar las peripecias del personaje histórico, conduciendo la historia por los bordes de los mitos desmitificados, cuando los grandes hombres se ven reducidos a hombres normales y , para más inri, se ven confrontados con varias copias de sí mismos, lo que hace que de ser destacado protagonista de la historia ( casi me veo tentado a ponerlo con mayúsculas) pase a ser un quidam, y a ser considerado como tal, sin el boato y los honores a los que se había acostumbrado .

Salvo alguna honrosa excepción no parece que el libro fuese bien recibido en Francia, pero sí en otras geografías hasta el punto de que el libro sirviese de base para una película y fuese premiado tanto en Inglaterra como en Australia.

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( 1 ) recuerdo una clarificadora obra, para los amantes de la psiquiatría, de Laure Murat, « L´homme qui se prennait pour Napoléon. Pour une histoire politique de la folie » ( Gallimard, 2011)

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