Napoleón i y la ruptura del orden señorial en España y sus indias

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El bloque señorial contemplaba su deriva: sus prerrogativas estaban activas pero se iban viendo supeditadas a una creciente lógica de Estado encarnada por el rey. Así éste cada vez menos podía ser considerado el cabeza de los señores, su representante mayor, su estandarte. Obedecía a una lógica más general donde había que conjugar otros intereses derivados de la tutela de Francia y de la cada vez más sofisticada competencia internacional, exigiendo todo ello la dotación de estructuras eficaces para sustituir a un mundo de fastos y ensueño. Era necesario desarrollar, como los primos de la casa matriz, los Borbones de Francia, un nuevo diseño político: ministerios, planes, funcionarios… y llenarlo de capacitados y laboriosos burgueses ávidos de prosperar. Ni siquiera el rey podía desobedecer a esta lógica, detener esta dinámica. Desde luego, cabía engañarse y decir aquella desatinada frase de “el estado soy yo”…, pero por poco tiempo.&nbsp &nbsp &nbsp

En 1789 la crecida burguesía francesa, notando que el suelo hormiguea bajo sus pies, cree llegado el momento de empezar a retirar traviesas y soportes del orden señorial, ansiosa de llevar su fortaleza social a los resortes del poder y regir con sus propias concepciones a toda la sociedad. Lo que no había entrado en sus cálculos era que el malestar represado estuviera incubando una revolución social y que ellos, iniciando el desmantelamiento del anterior orden, abrían puertas a esa fuerza mayor. En la vorágine del proceso las clases populares alcanzarán el cenit de su influencia durante el gobierno jacobino, la facción más izquierdista de los burgueses, pero finalmente el ascenso revolucionario es detenido, de modo que con Napoleón I aparece nítidamente vencedora la fórmula burguesa inicial de hacer balancear al estado hacia un relevo de clase hegemónica, con los explotables en su sitio secular.

A pesar del conocimiento adquirido sobre el riesgo que conlleva trastocar las formas de un orden clasista centenario y lo dificultoso de volver a introducir a una revolución en la botella, la burguesía francesa, a través de los designios de Napoleón I, vuelve a las andadas en su anexo meridional, España y sus Indias. El orden señorial hispánico se ve asaltado, no por una débil burguesía interna sino por una externa que se había hecho con el control del estado en el país tutelar. En este proceso histórico de supeditación del Estado español y sus Indias a la potencia hegemónica, el fenómeno que sigue es la entrada pactada de tropas francesas y a continuación el englobamiento del vecino más débil en el orbe de la nueva potencia. Por ello, quizás con una razón demasiado cartesiana, las previsiones de Napoleón I eran las de un trasvase ordenado de poder, de modo que pudieran instalarse una administración y un gobierno sometidos a los intereses imperiales de la burguesía francesa, en feroz pugna con Inglaterra por el predominio europeo y mundial. Ante el hecho consumado de que la potencia hegemónica (la burguesía externa) ha dado un golpe de estado desmontando al bloque señorial de su histórica cabalgadura, los sectores más ligados a la estructura estatal, es decir la cúpula del orden señorial, incluida la subalterna aportación burguesa, colaboran con la nueva situación y juran acatarla, considerándola un paso entre deseable, lógico y fatal.

Pero Francia, explicitando la pérdida de soberanía del bloque señorial, producirá la quiebra total de la hegemonía de dicho bloque, lo cual rasga de arriba a abajo la rígida estructura clasista, consecuencia indeseada por cuanto el interés ocupante consistía en asumir dicha estructura para reformarla bajo pautas de mayor beneficio. Al originarse un vacío de legitimidad, el Estado francés tendrá que suplirlo militarmente. Con el paso dado por Napoleón I, la burguesía francesa repite el error cometido en su país al derrocar de modo aventurero, en vez de heredar, a una clase señorial rival que decaía, dando alas a una revolución social. En España las clases explotadas y las capas intermedias de clase señorial y burguesa menos ligadas a la estructura estatal, tienen que improvisar un Estado saliendo bruscamente de la somnolencia histórica. La novedad de este capítulo será la entrada en primeros planos de las clases explotadas y de otras que, sin serlo, se hallaban marginadas políticamente. Ambas tendrán que aprender las técnicas adecuadas a la nueva situación y a los nuevos fines. En cuanto a las antaño clases detentadoras del poder económico y político, han tomado nota de lo ocurrido, con aprehensión, barruntando entonces un futuro tormentoso [1].

En 1808 la iniciativa queda en manos del pueblo, es decir del conglomerado de clases explotadas, que se alzan en gran parte del territorio, pero sin disponer de una ideología que articulara sus intereses, objetivos, plazos… Esta carencia las hace caer en las redes de fuerzas más experimentadas, aunque mientras tanto, a cambio, van obteniendo el derecho de asistir cada día a clases de Historia, con las interesantes explicaciones que ésta iba prodigando. El alumno necesitaría algo más de cien años para encontrarse de nuevo armado y saber qué defender con ello.

A partir de las insurrecciones populares se forman las Juntas locales de defensa, que se irán coordinando poco a poco y otorgando una cierta preeminencia a la Junta de Sevilla, por ser la principal ciudad que había quedado fuera del control francés. En dichas Juntas locales el pueblo elige como representantes a los notables del orden clasista anterior que no huyeron al campo gubernamental. Los sorprendentes éxitos de este movimiento popular frente al invicto ejército imperial, decantan hacia la causa nacional a sectores de la nobleza y de la administración que habían cedido a la presión francesa, lo cual fortalecía a la insurrección pero contribuía a diluir su débil conciencia revolucionaria. En la Junta Central, que sustituyó a la de Sevilla como órgano de gobierno de los territorios no controlados por Francia, existían dos tendencias, la señorial de Floridablanca y, con menor influencia, la burguesa de Jovellanos, pero tras la derrota de Ocaña a fines de 1809 se disgrega el Ejército regular dependiente de la Junta Central, entrándose en una dinámica de guerra popular de guerrillas, donde la única referencia de resistencia son las partidas locales, engrosadas o disminuidas al albur de cualquier suceso, rozando a veces el bandidismo, o dando el paso a la formación de cuerpos de ejército en otros casos. Se prefigura así una nueva milicia con características muy distintas a las del viejo Ejército borbónico de carácter señorial.

Con la derrota y retirada francesa las aguas tornan al viejo cauce y vuelven a regir los seculares privilegios del orden señorial, aunque el suelo que pisan es ahora mucho más resbaladizo. Pasada la primera fase de vengativa reacción borbónica continúa operando el imperativo de incardinar a la burguesía, vigiladamente, en la administración. Prosigue también la lógica de supeditación a la potencia hegemónica, papel a dirimir entonces entre Francia e Inglaterra. Aparentemente todo volvía a ser igual, pero a diferencia de lo que sucedía con sus antepasados Borbones, Fernando VII, es decir el sistema descrito, gobierna ahora sobre un pueblo que ha descubierto su interés por la Historia.

Comenzando a entender la Historia&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp

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En el balancín de clases explotadoras que es el Estado borbónico, antes y después de 1808, el Rey juega un papel de eje, inicialmente descentrado hacia los intereses del sector señorial, pero deslizándose de forma paulatina hacia los puntos de vista de la burguesía. Fernando VII, obedeciendo a la fuerza de la Historia, a pesar de ser absolutamente reacio a los cambios políticos que rondaban a la sociedad, aplicará de manera progresiva una política pragmática respecto al mundo joven y resuelto del emprendedor burgués. Éste encuentra además, en algunos sectores de un Ejército que ha perdido su sello aristocrático, un aliado a través del cual ejercer presión para ir accediendo al poder político.

Pero con la ruptura del orden señorial producida en 1808, y aunque después se recupere la fachada con los escudos y leones, se ha removido un asunto de enorme importancia en la base del edificio, y es que la Historia ha comenzado a ser objeto de atención por lo que llamaremos “pueblo” o más técnicamente clases explotadas. Éstas, protagonistas de una insurrección victoriosa, no han sabido qué hacer con la cota de poder alcanzada, que es devuelta gratuitamente al bloque dominante. Si por un lado se había llegado a una situación extrema (el pueblo en armas conquistando el poder), por otro se dibujaba un panorama no menos extremo (restaurado el estado borbónico las cosas volvían a ser como antes). De esta contradicción surge un ciclo de gran tensión política, cuyo motor estriba en que la Historia ha comenzado a desvelar el núcleo de sus secretos a unas clases que necesitan el conocimiento objetivo de la dinámica social porque en ello les va, primero la supervivencia y finalmente todo un mundo por ganar.

La primera dificultad consistía en reconocerse como tales clases explotadas frente a un bloque dominante que se construye con fuertes tensiones internas entre burguesía y sociedad señorial. Hay una primera fase de implicación subalterna en el pulso entre los dos sectores del bloque dominante, intentando descifrar cual de los dos contendientes será mejor amo. El que el campesinado vasco y catalán opte en los comienzos del aprendizaje por el espejismo señorial o los artesanos y obreros de las ciudades por el espejismo burgués significaba sumarse a los episodios de una pugna ajena, pero al mismo tiempo hacer sus armas de aprendiz al lado de maestros con experiencia. Éstos a su vez trataban de imponerse a su contrincante reclutando voluntades de sectores intermedios o explotados, mediante estrategias de índole ideológica y política.

Para el campesinado vasco se trataba también de una defensa de la causa nacional. Tras el sometimiento de Vasconia por Castilla (iniciado en 1198 y culminado en 1512), se gestó una resistencia anticastellana parapetada en la defensa de los fueros y las instituciones territoriales. Los fueros vascos no eran privilegios otorgados sino una constitución pactada, una frontera legal como mal menor tras la pérdida de la independencia. Dicho sistema constitucional e instituciones territoriales se fueron limando poco a poco mediante presiones, burlas a la ley y agresiones directas de tipo militar. De ahí surgiría una cultura antiestatal que persiste en el siglo XIX, cuando el poder pretende abolir en mayor grado los estorbos legales interpuestos entre su codicia expoliadora y bienes largamente deseados, originándose como reacción una alianza defensiva entre el sector señorial vasco y las clases populares [2], que aprenderían de sus maestros, expertos en historia, a luchar contra el burgués.

Con la ruptura de 1808 el Ejército es una institución renovada en donde los sectores burgueses han establecido una sólida cabeza de playa tras el hundimiento del viejo Ejército señorial. Será en él donde se fragüen los sucesivos episodios de intermitente rebelión burguesa, con sus avances y retrocesos, en un periodo que comienza en 1820 con la sublevación de Riego y se cierra en 1872 con la entronización de Alfonso XII. Estos sucesos no pueden ser calificados de revolución sino de rebelión de una clase burguesa joven y vital contra sus socios del decaído sector señorial, para acaparar la dirección del Estado, invertir los papeles dentro del bloque dominante y generalizar las estructuras de un nuevo y más eficaz modo de explotación. El nuevo ejército fue pues el instrumento para que la burguesía alcanzara en las estructuras del Estado un peso acorde con el desplazamiento de equilibrios sociales en España y en el mundo. Sus periódicas intervenciones desobedeciendo a las instituciones políticas son reclamos de encauzamiento del largo parto de la hegemonía burguesa y la formación de un bloque burgués español.

La historiografía hoy dominante, nos ha hecho entender esta etapa en función de la centralidad, la beneficencia y el heroísmo de la burguesía: enfrentamiento implacable con los señores, aparición de un antes y un después, vocación revolucionaria, fin de la Historia, tránsito al progreso desde un mundo oscuro, libertad, igualdad, capitaneo de las fuerzas populares, idea de nación… La realidad era que las clases explotadoras “de siempre” y las que estaban llegando, tras el forcejeo más o menos cruento sellaban una alianza de objetivos, se invitaban a fiestas y bailes, y mientras giraban y giraban, enlazándose en un vals o una mazurca, la nueva clase enriquecida y el refinado existir aristocrático iban casando intereses [3]. En los procesos de rebelión frente al mundo señorial, la burguesía buscaba perfeccionar los mecanismos clasistas, no abolirlos, aunque a veces utilizara como combustible y ariete de dicho proceso la energía de las revoluciones sociales que se iniciaban, transformando y remansando su peligroso igualitarismo de fondo en un mero sentimiento antinobiliario. La burguesía era una clase social rebelde porque trataba de desbancar desde su conciencia de crecimiento y de fuerza, a la en esos momentos clase rectora. Esta rebeldía cabía confundirla, desde la falta de perspectiva, con un espíritu revolucionario que luego se ha visto que no era tal.

Mientras tanto se iban precisando las ideas básicas de un fantasma que recorría Europa, es decir, las de la genuina revolución: Babeuf había señalado como objetivo la supresión de las clases y la necesidad intermedia de la dictadura del proletariado; Saint Simon establecía la valoración del trabajo y de la planificación económica; Fourier, la liberación de la mujer, que consideraba como un barómetro de la emancipación de la sociedad; Engels afluye a esta corriente política introduciendo los estudios de economía como factor central de la teoría socialista, liberando así a ésta de su carácter voluntarista. En este punto la cabeza germánica de Marx elaborará la síntesis de todos estos progresos y aportaciones, con la concreción de un paradigma científico, el del materialismo histórico, donde confluyen y se vertebran las teorizaciones del socialismo francés, los progresos del conocimiento económico inglés y el vigor de la filosofía alemana.


1&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp En las Indias españolas la fractura creada por el error de cálculo de Napoleón I fue todavía más notoria, no consiguiendo ninguna obediencia a la nueva autoridad francesa, iniciándose en cambio, al amparo de un foso atlántico recorrido por los cocodrilos de la escuadra inglesa, procesos independentistas de una clase criolla tutelada por un imperio rival que surcaba los mares, controlaba las rutas de navegación y tenía como axioma el predominio comercial y la introducción de sus productos manufacturados en todos los mercados, a lo cual llamaban libertad de comercio. Un poco a la americana, en un Cádiz también protegido por la flota inglesa, los bolívares y sanmartines peninsulares trabajaban de igual modo su gran edificio de soberanía constituyente, a la espera de que cayera la pera madura de la independencia, de lo que se seguiría su entronización y la de las sagradas libertades que habían dibujado, entre ellas claro, la de comercio.&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp

2 &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp “El carlismo es un movimiento libre y popular, en defensa de tradiciones más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban la revolución francesa. El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, en el capitalismo, la aristocracia latifundista y los intereses secularizados”. Carlos Marx.

3 &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp El protagonista de la novela “El Gatopardo”, un aristócrata siciliano, calibra el triunfo de la burguesía en Italia, en términos no de “revolución burguesa” sino de transformación interna del clasismo, donde “todo cambia para que todo siga igual”. Contempla el relevo de élites sociales dominantes sin que se ataque el principio del clasismo, sino produciéndose un emparentamiento entre la vieja clase poseedora, la aristocracia a la que él pertenece, y la nueva.