Nada cambia

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En el sistema político democrático actual nada cambia, pero es que, además, nada puede cambiar sin el permiso del empresariado. Hoy se entiende como una necesidad histórica dejar las cosas como están, porque todo parece ir bien y no tiene sentido realizar nuevos ensayos. Si se aspirara simplemente a innovar realmente a través del ejercicio democrático convencional, tampoco sería posible en el fondo. El motivo es que la democracia al uso ha pasado a ser un ejercicio formal, entendido como una pérdida de tiempo para la gente atareada, aunque no sea así para los ilusionados, por cuanto al menos matan el tiempo en torno al espectáculo de las urnas. Su finalidad no es otra que llenar con aire el vacío político de la ciudadanía, mientras el capitalismo prospera. Los electores siguen empeñados en votar una y otra vez, en la creencia de que algo va a cambiar, pero todo seguirá igual, porque, si se apea la propaganda y se mira a lo evidente, hay que volver a insistir en que no es posible un cambio real, porque está fuera de su alcance. Solo puede hablarse de innovaciones formales, y probablemente la más sonada sea sustituir algunos rostros que aparecían habitualmente en los medios de comunicación por los de quienes toman el relevo para ocupar el lugar político que han dejado los precedentes.

El asunto solo va de vender ilusiones políticas a las masas. En el fondo representadas en ideologías que pretenden imponerse, pasando a ser doctrinas soportadas en unos pocos dogmas que aspiran a totalizar desde el poder. Se autocalifican de izquierdas, derechas y, alguna que otra, de centro, pero dentro del espectro político convencional propio de cualquier democracia capitalista. Con eso ya está casi todo dicho. Cumpliéndose aquello de que hay que cambiar para que nada cambie, salvo, en algunos momentos, los preceptores de los beneficios derivados del ejercicio del poder. No obstante lo anterior, el hecho es que nunca faltan redentores promoviendo un cambio, siempre mirando al amejoramiento de la sociedad, con más componente de utopía irrealizable que de realidad. Lo que al final acaba siendo simple propaganda para convencer al electorado animándole a que se entregue a la creencia de que va a tener una vida mejor —quienes seguramente la tendrán serán sus promotores, si acceden al ejercicio del poder—. En cualquier caso esa mejora no podrá alcanzarse dando la espalda a la realidad dominante.

Aunque democracia democracia no hay, porque la ciudadanía no gobierna, al menos la democracia al uso incluye en el mismo paquete los derechos y las libertades de los individuos —fundamentalmente por razones consumistas—. Este es el atractivo de las democracia avanzadas, pese a que simplemente se trate de derechos de papel y libertades de humo. De la misma manera que podría decirse que un pájaro que se mueve dentro de una jaula saltando de un lado para otro es libre, tampoco en este caso se puede dudar de la libertad. Y si se duda, basta para creerlo con no mirar alrededor. Si se hicieran comparativas, resultaría que la libertad en la jaula, como le sucede al pájaro, al menos da seguridad. En cualquier caso, hay que estar satisfechos con esta democracia del voto que ha consolidado derechos y libertades ciudadanas dentro de la jaula, porque en otras democracias no hay ni eso, simplemente se vota al que te mandan, pero con el garrote detrás por si te desvías del programa.

Si se buscara el motivo de que políticamente nada cambie realmente en estas sociedades de progreso, se encontraría en ese capitalismo incombustible que ha tomado las riendas de la marcha a nivel global. De manera que a los gobernantes solamente les queda la ocupación de seguirle el juego, procurando conciliar los intereses que promueve con los de los gobernados. Lo que no resulta complejo porque estos se mueven en el territorio del consumo, fabricado y conducido por el empresariado, siguiendo las directrices de la ideología capitalista.

Actualmente ningún político progresista de nombre puede gobernar saltándose la doctrina capitalista que gira en torno al consumo, porque si lo intentara sus días estarían contados. Debe tener en cuenta que los electores de hoy, más allá de ideologías, demandan realidades y, de no colaborar en ello, le apearían del sitial. Esta democracia de presente, ademas de amparar derechos y libertades, está ideada para proteger el consumo, aprovechando la satisfacción política de los consumidores. Dado que esta atiende a lo fundamental, que es acercarse al bienestar, lo que se espera de la democracia es garantizar el bien-estar mayoritario. Como demócratas que son, los políticos tienen que protegerlo y las empresas capitalistas venderlo. Alcanzarlo es otra tema, que está reservado a los individuos. Por tanto, si se gobierna con el consumo, como exigencia social, quiere decir que se está también con el empresariado, puesto que es el que se ocupa de su viabilidad. Podrá ser objeto de control mediante la ley, dicho sea con vistas a una hipotética defensa de los consumidores, pero sin tocar los fundamentos del capitalismo, porque en ese supuesto la economía, como base de la política actual, sufriría las consecuencias.

No hay que engañarse porque, se elija a quien se elija por la vía de la democracia del voto, seguirá gobernando el capitalismo, dado que es él quien dispone de la patente de la democracia. La ha diseñado para satisfacer sin riesgos el instinto político de las masas. Por otro lado, sus empresas están preparadas para atender a las realidades existenciales que demanda la sociedad de consumo, que no es más que otro producto igualmente diseñado por el capitalismo. Las ideologías, vasallas del voto y del consumo, poco pueden hacer. Dicho esto, siempre se podría hablar de cambio con ánimo electoralista, pero para abordarlo en el terreno de la realidad habría que contar no tanto con las ideologías y los electores como con el permiso del empresariado capitalista.

Antonio Lorca Siero.

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