Murió el poeta

Varias semanas atrás, calificamos a Javier Aguirre Gandarias de buen poeta. Hoy hablamos de su fallecimiento

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Por Jose Luis Merino

En la noche del 3 al 4 de noviembre murió el poeta bilbaíno Javier Aguirre Gandarias.

Desconocido para el gran público, fue el mejor escritor de todos nosotros. Él descubrió para sí que la escritura comenzaba cuando el vivir no basta para entender la vida. Y fue el mejor, porque vivió dentro de la escritura (en su caso la poesía), sin salirse nunca de ella. No necesitó apelar al limosneo de pedir que lo entrevistaran o que hablaran de sus libros. Tampoco trató de aparentar ser más de lo que era ni de saber más de lo que sabía, ese impostura utilizada por la fatua mayoría de escribientes (inclúyanme entre ellos).

Según Aguirre Gandarias, su poesía venía del andar tanteando a ciegas por lo más profundo de los sentimientos. Rodeado de palabras, buscaba dar con las únicas precisas que pudieran mejorar la salud de los poemas.

Tras muchos años sirviéndose de las palabras, no por eso dejaron de atormentarle o, mejor, desquiciarle con las dudas surgidas del acto mismo de crear. A pesar de las dudas, actuando en ocasiones como castrante anemia del verbo, el poeta se dejaba el alma para conseguir la vitalidad de su poesía. De ese modo, latido a latido, verso a verso, su poesía se muestra sencilla y luminosa como un vaso de agua.

Mago de la inseguridad, pasaba ocupado una mañana para encontrar una palabra, en tanto por la tarde acabaría quitándola.

En los libros de Javier, el lector encontrará afinidades con su propio yo. Aquello que lee estaba dentro de él. El poeta se lo ha hecho saber a cambio de nada. Desde ese momento, se ha dado la enfelizada fusión de dos amigos.

Murió el amigo. Lo verán vivo en sus libros. En ellos canta, ríe y llora por todos, sean de aquí, de allá o de aún más lejos.

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