«Mra/Mujer»

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Por Francisco Gómez-Porro

He venido a ver a una mujer sin mujer a este infausto barrio de la medina donde viven otras como ella bajo la protección de nadie.

Los animales de tiro trotan por la calle sin asfaltar. Los susis permanecen impávidos en la penumbra de sus tenduchos de refrescos, los rifeños tiran de sus carros cargados de fruta. Los niños, descalzos, juegan y corren como todos los niños del mundo, si bien su lado anímico o moral —como escribió Abdelmayid Benyellúm—, «está como en ruinas, como enmohecido».

Al Araish desaparece engullida por el azul celeste de esos días en que la infelicidad se torna tan esquiva que uno puede soñarla sin temor a que se concrete en algo tangible.

La puerta se abre lentamente. Una mujer con velo y caftán verde sale cerrando tras de sí y me obliga suavemente con un dedo a echarme hacia atrás.

—Espere —dice—. Antes de entrar conviene que sepa algo.

Retrocedo unos pasos y me llevo una mano al corazón en señal de respeto.

—Si quiere hablar conmigo debe hacerlo ahora. Pregúnteme lo que desee. Yo le contestaré de la mejor manera que pueda. Cuando haya terminado de hacerlo pasaremos a tomar el té. Es nuestra costumbre.

Conocí a la mujer sin mujer la semana pasada en una tienda del zoco. Yo quería comprar un encendedor pero el comerciante no tenía cambio para mi billete. La mujer, que esperaba su turno, insistió en pagarlo. «¿Qué puedo hacer por usted?», le pregunté, desbordado por su amabilidad. «Hable bien de Marruecos», me contestó secamente.

Le di las gracias y me marché. Volví más tarde y el comerciante me dijo que se trataba de una auténtica mujer sin mujer. No supe de ella hasta esta mañana, cuando la vi entrar en esta casa y la seguí.

—He venido a darle las gracias —digo.

—¿Por qué? —sonríe—. ¿Por unos céntimos?

—Sus palabras me hicieron pensar.

—No le creo —responde con un ademán de rechazo no exento de dulzura—. Ha venido porque quiere conocer de cerca a una mujer sin mujer, ¿no es cierto? Se hace preguntas y necesita respuestas.

Asiento levemente. Ella sonríe de nuevo.

En realidad no he buscado a la mujer sin mujer para averiguar qué la hace diferente de las demás. Desde que vivo en este país intento paliar mi ignorancia sobre la vida de sus habitantes acercándome todo lo posible a las zonas sensibles de su realidad cotidiana, sean las áreas marginales de los aduares diseminados por las colinas cercanas o los barrios donde se congregan los riad pertenecientes a las familias más poderosas de la ciudad.

A decir de sociólogos y politólogos occidentales, con ellos solo cabe mantener dos tipos de relaciones: o matarlos o conocerlos. Sin embargo, yo he venido a la casa de la mujer sin mujer porque hace algunas noches noche soñé que mi madre me cubría con la sábana tras haberme acostado y después me cantaba dulcemente al oído un viejo romance. He venido por mi madre y por todas las mujeres que he conocido, por todas las mujeres que he amado o a las que he hecho daño. Todas eran como esta mujer sin mujer: llevaban la soledad del abismo en los ojos, pero no podían renunciar a él. Nadie las veía. Eran carbunclos de un frío resplandor azulado. Sólo cuando se embutían en sus trapos decolorados por el uso, en sus sayas de estameña, en sus blusas almidonadas, en sus faldas de cretona o en sus refajos, adquirían la presencia suficiente para ser vistas o ser amadas.    Dice el Corán: «¡Profeta! ¡Di a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos. Ese es el modo más sencillo de que sean reconocidas y no sean molestadas».

—Mi marido vive y está casado con otra mujer en España. Es el hijo de los ancianos y el padre del niño que vas a ver. Cada mes me envía puntualmente el dinero necesario para vivir. Cuando puede nos visita y pasa algún tiempo junto a nosotros. Otras veces el niño y yo viajamos a Barcelona, donde vive.

—Está sola —digo.

—Sí, estoy sola. Todas las mujeres del mundo lo están.

He pensado en mi madre y en como había estado unida a la tierra y había conocido el abismo a través de las personas queridas que habían sufrido junto a ella. He pensado en las tocas, las sayas y pañuelos que la cubrían y solo abandonó a la muerte de mi padre. He pensado en sus manos, tan blancas y bellas, pero en el fondo tan azules cuando las veía moverse como mariposas en torno a mí.

Madre, me pregunto, ¿fuiste tú también una mujer sin mujer, una mujer azul, en aquellos días de plomo en que nuestras vidas se parecían tanto en la servidumbre o en la sumisión a esta en la que ahora vivo?

—Bien, ¿quiere preguntarme algo?

—No —respondo.

Waha —dice, echándose a un lado para dejarme pasar.

Penetro en un zaguán en penumbra, con dos toscos arcos tumidos que dan a un patio. Me detengo mientras ella cierra la puerta tras de sí.

Oigo un rumor inconcreto de cosas que se organizan para llevar a cabo un estridente concierto. Chirridos de taladradores, golpes de piqueta, derrumbamientos, pitidos de máquinas, crujidos de muros, sonoros desgarramientos de tejidos, impactos de piedras o de automóviles, cristales rotos, vigas de hierro que se retuercen, erupciones violentas, despeñamientos.

Ensordezco, repentinamente. Desconcertado busco la mirada de la mujer sin mujer.

Ella sonríe y extiende sus manos invitándome a seguir hasta un cuarto mal iluminado con una bombilla donde hay dos ancianos sentados en un sofá marroquí frente a un televisor. Un niño de cabello fosco estudia tendido en el suelo. Hay una máquina de coser y un tocador con espejo. El retrato de Mohamed VI cuelga de la pared, junto a una fotografía del que debe ser su marido ausente y un título expedido por la Universidad de Rabat, con una fotografía ovalada en la que reconozco, más joven y sin velo, a la mujer sin mujer.

El sonido es tan persistente y amenazador que apenas esbozo una sonrisa de saludo. Los ojos de la mujer sin mujer me estudian con interés.

Cuando era niño solía salir a la puerta de nuestra casa en La Mancha. Estaba situada al final de una calle que se bifurcaba en dos caminos: uno conducía al río, el otro al cementerio. Yo no podía saber que eran mujeres sin mujeres las que veía pasar a todas horas. Algunas, envueltas en lutos atávicos, pedían limosna; otras trabajo, otras robaban aprovechando un descuido de los campesinos que las recibían en sus casas. Pero casi todas se limitaban a pasar, en silencio, invisibles para la gente, como si hubieran olvidado el lugar al que se dirigían y temieran preguntarnos sobre su destino.

La mujer sirve té en dos vasos: entrega uno al anciano que lo acoge formando un cuenco con temblorosas manos y  tiende el otro a la anciana, a la que ayuda a beber. Después me ofrece una taza, que acepto.

—¿De dónde procede este ruido infernal? —grito en medio del estrépito angustioso que llena la casa.

Pero ninguno de sus tres habitantes se muestra concernido ante mi pregunta. Bebo un sorbo de té tibio. Repito mi grito por encima del horrísono aullido de una sirena al que sucede la trepidación angustiosa de un alud de enormes bloques de piedra. Me encojo de hombros temiendo que el techo ceda, pero de pronto surge una melodía y una voz en árabe, y luego un sonido estático y una nueva voz en otro idioma y después otra, como cuando el dial de una radio se desliza con rapidez tratando de sintonizar un canal. A lo que sigue un estertor de sumidero, un cavernoso aullido de colector, como si una potente bomba hidráulica se afanara en extraer una inmensa cantidad de líquido de gigantesco estómago de animal descuartizado.

Impotente, miro a la mujer sin mujer. Ya no sonríe. Tiene la vista clavada en un lugar inconcreto de la habitación.

El anciano dormita después de haber tomado su té. La vieja no deja de mirar fijamente el televisor con una torva expresión de rechazo. El niño apenas eleva la cabeza del libro. Todos parecen insensibles al estruendo incomprensible que nos acompaña, como si formara parte su diario existir.

Intento buscar una explicación lógica a lo que está pasando, pero me lo impide un intolerable hormigueo en los nervios producido por un trueno, seguido del fragor de un mar encrespado y una sucesión discontinua de crujidos horribles como de enormes planchas de acero cediendo bajo una presión incontenible.

En medio de rítmicos estallidos, deflagraciones y un paroxismo de lenguas incomprensibles, acierto a comprender que hablar o escuchar a los demás me está vedado mientras permanezca aquí.

Me pongo en pie y empiezo a dar vueltas.

La mujer me hace una seña y salimos de nuevo al patio. Al abrir la puerta de la calle todo el estrépito que me ha acompañado desde mi entrada en la casa cesa de repente. Las cosas vuelven a desempeñar su función silenciosa y yo recupero la paz de mis oídos.

—¿Siempre es así? —pregunto.

—Todavía puede alcanzar mayor volumen a las horas de la oración.

La mujer sin mujer no cesa de mirarme con interés, como si esperara algunas palabras por mi parte.

—¿Los ha visto bien? —dice—. ¿Y cree que haré algo contra ellos? No necesito un modelo de vida que sustituya mi dolor por otro dolor ajeno. Si tengo que luchar lo haré desde mi rabia, desde mi impotencia, desde mi desconsuelo. ¿Ha comprendido?

Estoy en el barrio donde los sussis se establecen en un  estrecho zaquizamí para vender halib, mermelada y encendedores; donde el olor de la bosta se confunde con el de los hornos. No volveré. Lo presentí entonces, cuando salí de la casa donde vivía la mujer sin mujer, y lo siento ahora que escribo este relato en Madrid.

A veces, su rostro se asoma en medio de la multitud a través de otros rostros de mujeres sin mujer para decirme:

—Hable bien de Marruecos.

Creo haber satisfecho su deseo con este relato.

Francisco Gómez-Porro

«Mra/Mujer» de Francisco Gómez-Porro, pertenece al libro Hayat (Vida), de próxima aparición en La Encina Errante Ediciones.

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