Montjuïc, Europa y la paz

Se ha hecho justicia y una larga reivindicación de Barcelona ha llegado a su fin. Algo ha cambiado en España, sin duda, para que sea realidad el deseo de la ciudad de lograr la “cesión plena” del castillo de Montjuïc, que ahora ha certificado el presidente Rodríguez Zapatero. Hace dos años, el equipo de gobierno del Ayuntamiento lo había solicitado al gobierno de Aznar, sin respuesta. ¿Qué es lo que hemos logrado? Que Barcelona pueda disponer libremente del castillo de Montjuïc, algo muy importante dado su alto poder simbólico.

Barcelona es sensible a estas cosas. El castillo está lleno de ecos trágicos. Como la antigua Ciutadella acabó siendo, en lugar de una defensa de Barcelona, el instrumento de todos los Esparteros de la historia para hacer verdad que “para gobernar España hay que bombardear Barcelona cada 50 años”; y las bombas caían sin metáfora sobre la ciudad y sobre su gente. Montjuïc fue muchas veces oprobio, fueron las celdas del proceso de 1893 y los ajusticiados de la Setmana Tràgica y la larga lista de represión que acaba en los fusilamientos del franquismo, resumidos en la muerte de Lluís Companys, presidente de Catalunya, en octubre de 1940. Montjuïc son los sables alzados contra la protesta. Pero al mismo tiempo, y ésta es la grandeza de la ciudad, es aquella Barcelona popular que conquistaba civilmente la montaña con sus excursiones, ese Montjuïc que hoy persiste como una extraordinaria acrópolis de cultura, naturaleza y deporte. Por eso era importante unificar Montjuïc y hacer llegar la vocación civil desde la falda hasta la cima.

Y por eso tenemos el proyecto de convertir el castillo en un “museo de la paz”, y pongo comillas porque no estoy pensando tanto en un mausoleo, sin excluir la memoria, sino como un sitio de reflexión sobre las condiciones de la paz. Europa ha sido un continente de guerra periódica y masiva desde las guerras de religión del siglo XVI y XVII, las guerras de dominación del siglo XVIII y XIX y las dos guerras mundiales del siglo XX. De tanta guerra finalmente ha nacido el proyecto de la Unión Europea. El primer proyecto político supranacional y pluricultural concebido para la paz y no para la conquista.

Nos gusta el desafío de cambiar el signo de Montjuïc y transformarlo en un santuario de la paz en Europa. Es importante la presencia de Europa porque el proceso de construcción europea, no me canso de decirlo, es un ejemplar camino hacia la paz. Es un camino que ha costado, históricamente, mucha sangre. La reticencia de la vieja Europa ante la guerra está impresa en nuestra memoria por el recuerdo de muchos muertos inocentes. Debemos sostener esta memoria y defender este proceso europeo de acuerdo entre pueblos diversos, acuerdo basado en valores de solidaridad y equidad. Por eso Montjuïc recordará las últimas palabras de Lluís Companys: amor, justicia, paz. Esta voluntad que no hace mucho expresábamos reiteradamente en las calles de Barcelona, primero ante la prepotencia de la guerra impuesta; después ante el estupor del terror y el dolor del 11-M.

Me gusta Montjuïc, ese litoral extendido entre el Fòrum, que es hoy la reflexión activa sobre la paz, y el puerto industrial, que se ve, infinito, desde el camino de ronda que rodea entre pinos el castillo. En medio, la historia de las gentes de Barcelona, las verdaderas depositarias de la memoria y del futuro.

Hemos recuperado “tots els cims”. El Tibidabo y Montjuïc.

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