Mirando a Cuba ahora mismo

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En Cuba, en nombre del socialismo, de la revolución y los trabajadores, el Gobierno Revolucionario estatalizó la economía, todas las propiedades grandes, medianas y pequeñas, tanto extranjeras como nacionales, en las que organizó la producción asalariada para el Estado y estableció el modelo político leninista-estalinista de partido único donde una exigua minoría se arroga el poder en nombre del “proletariado”.

La revolución triunfante de 1959, no cumplió su programa democrático de elecciones libres y restitución de la Constitución de 1940, ni jamás se enrumbó al auténtico socialismo estableciendo en su lugar el modelo de Capitalismo Monopolista de Estado, tan improductivo que siempre dependió de la “ayuda del Campo Socialista” encabezado por la Unión Soviética, lo que agravó los problemas de vivienda, alimentación y transporte y, especialmente violó sistemáticamente la mayoría de los derechos políticos, económicos y sociales del pueblo cubano, amparándose en la «defensa de la revolución» ante las “agresiones imperialistas” y la condición de “plaza sitiada”.

Miles de opositores fueron fusilados o murieron durante una verdadera guerra civil que se desarrolló en todas las provincias del país donde se alzaron en armas 5500 cubanos, y decenas de miles fueron juzgados por “tribunales revolucionarios” y condenados a largas penas de cárcel en condiciones extremas.

Hoy la oposición acude a métodos pacíficos y democráticos, pero es reprimida abiertamente. También se persigue a la disidencia socialista y al pensamiento diferente. A todos se les impide expresarse libremente, reunirse, formar organizaciones legales, y se obstaculiza su participación en los procesos electorales controlados por el Partido-Gobierno, en tanto cientos de miles del país han abandonado el país por disímiles vías, arriesgando sus vidas en el mar y las selvas, mientras los que tienen el poder pretenden eternizarse en el mismo y no son capaces siquiera de llamar a un diálogo constructivo de la nación.

Según sus propios enunciados, los logros de la «Revolución» son la educación y atención médica para todos los cubanos, que, en verdad, han garantizado mano de obra preparada y saludable para la explotación estatal de los indefensos y desposeídos trabajadores cubanos. Quede claro que la salud pública como fenómeno general ambiental y preventivo siempre ha confrontado dificultades, con recurrentes epidemias que han demandado grandes esfuerzos coyunturales, en tanto desde la caída de la URSS y la desaparición del mal llamado Campo Socialista, las instalaciones hospitalarias de acceso popular han estado mal dotadas de equipos médicos y vituallas, existiendo, en cambio, hospitales con alto nivel de tecnología y condiciones para la jerarquía político-militar. El abastecimiento de medicamentos ha sido precario con etapas de verdaderas crisis, como ocurre en la actualidad.

El «enfrentamiento antiimperialista a EEUU» en papel de víctima y el «internacionalismo proletario» que encubría el intento de exportar «la revolución», ejercidos en forma injerencista en otros países, y la «ayuda» en salud y educación a otros pueblos, la mayoría compensada, fueron sus cartas internacionales de presentación en busca de respaldo y prestigio internacional, pero a un enorme costo para los trabajadores, profesionales y soldados cubanos.

Ahora, cuando la ola populista-nacionalista-estatalista latinoamericana estimulada con la llegada de Chávez al poder en Venezuela refluye a consecuencia de sus errores y excesos, y cuando el modelo estatal evidencia su ineficiencia, ocurre la muerte de Fidel Castro, que deja huérfano del guía al modelo burocrático concebido a su estilo y manera. En tales circunstancias, pretender un continuismo, sin cambios, puede resultar contraproducente para los militares que han heredado el poder político y económico centralizado, pero no la influencia ni el carisma del líder a nivel nacional e internacional para mantenerlo.

Por eso, las reformas que pretenden para perfeccionar el modelo de explotación asalariada estatal con la colaboración de inversiones extranjeras, en lugar de rescatar el respaldo popular perdido, pueden liquidarlo definitivamente, si se quedan en la apertura de espacios muy limitados al cooperativismo, diseñado únicamente para servir de apoyo a las empresas estatales, y a las pequeñas y medianas empresas privadas, manteniendo un alto nivel de explotación de los trabajadores, apropiándose de los salarios de los técnicos y profesionales en el extranjero o que trabajan para las empresas mixtas y extranjeras dentro del país, controlando la contratación, obligando a los asalariados a trabajar para el Estado con muy bajos salarios para que no puedan independizarse ni puedan crear sus propias empresas, e impidiendo por ley el ejercicio privado de los profesionales e impidiendo la creación de empresas asociadas o cooperativas autónomas.

Tales obstrucciones son abiertamente contrarias a los intereses populares, de los trabajadores y de los emprendedores cubanos que no podrán seguirse cercenando porque Cuba y el mundo han cambiado.

Si junto a esto persiste la indisposición de los militares en el poder a realizar transformaciones en el sistema político de partido único, o en los mecanismos jurídicos que posibiliten la formación y desarrollo de alternativas políticas, podrá entenderse el complejo panorama a que nos veremos enfrentados en lo inmediato.

En tales circunstancias, los gobiernos de otros países interesados en beneficiar sus intereses económicos en sus relaciones con el Gobierno cubano y los movimientos y partidos internacionales que se consideren «socialistas y de izquierda», si no reconocen también las negativas consecuencia de las políticas estatalistas, centralizadoras y represivas para los trabajadores y los derechos del pueblo cubano, si no exigen al Gobierno de la Isla el cumplimiento de las normas internacionales en todos los foros y reuniones, estarían ayudando a que todo sea más difícil para la libertad y la justicia social en Cuba, mancilladas en nombre de un inexistente socialismo.

Esta combinación de intereses y visiones dan sensación de soledad al pueblo cubano en su lucha por una sociedad más justa. Es el pago por el seguidismo a un caudillo que logró confundir a las mayorías y por nuestra incapacidad como pueblo para identificar nuestros intereses y juntar en su diversidad las fuerzas prodemocráticas para un cambio efectivo.

Muchos creen que las políticas internacionales de aislamiento y de bloqueos comerciales o financieros han beneficiado a la burocracia en el poder porque la han ayudado a mostrarse como víctima internacional y a justificar sus desastres económicos y sus políticas represivas, sin que hayan afectado los niveles de vida de la burocracia gobernante. Otros estiman que sin una fuerte presión internacional de aislamiento político y económico que ahogue el sistema estatalista, difícilmente puedan realizarse cambios significativos en el país. La actitud ante ese fenómeno, que no depende de nosotros, ha divido a las fuerzas políticas opositoras.

Sin embargo, por el bien de todos, los cubanos de buena voluntad, de dentro y de fuera, no importa su filosofía política, esas diferencias deberían echarse a un lado y deberíamos todos buscar los puntos comunes que nos puedan llevar a un encuentro de la nación, a partir del reconocimiento de nuestra diversidad y el respeto a los demás, que nos permita elevarla, en democracia, al nivel económico, político y social por el que han luchado cubanos ya por dos siglos, con todos y para el bien de todos.

De lo contrario, seguiremos destinados como país a depender de algún otro gigante que respalde al grupo dominante en el poder, el que está o el que venga, porque una nación divida siempre será víctima de hegemonismos internacionales.

 

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