Mike Davis: «Ser un socialista en los EEUU no es ser un huérfano»

El vídeo de la entrevista televisiva puede verse pulsando AQUÍ.) Reproducimos a continuación la versión castellana de la transcripción del diálogo.

Mike Davis, bienvenido al JOURNAL.

Es un placer, Bill.

¿Imaginaste alguna vez en tu vida que el sistema financiero norteamericano llegaría a ser insolvente, o que nuestro estilo de vida llegaría a desplomarse tan inopinada como drásticamente?

No. Me hallo en parecida situación a la de un Testigo de Jehová que, huelga decirlo, creyera próximo el fin, pero que, al despertarse una buena mañana y mirar a la ventana, viera las estrellas caer del cielo. ¡Ocurrió! Las gentes como yo son bien conocidas por haber predicho o­nce de las últimas tres depresiones. Así pues, no.

Pero yo creo que, esta vez, casi todo el mundo coincide contigo en la descripción de lo que has dado en llamar la madre de todas las crisis fiscales. ¿Notas a la gente amedrentada ahora mismo con la que está cayendo?

Bien, la gente está aterrorizada, particularmente en dónde yo doy clases, en el Condado de Riverside. La gente, ya sabes, no tiene ni idea de qué hacer. Riverside tiene el mayor porcentaje de estudiantes hijos de la clase obrera de todo el sistema de la Universidad de California. Y sus familias han pasado estrecheces y han ahorrado. Han trabajado duro para poder matricularse en cursos que prometían carreras y puestos de trabajo estables. Y ahora esos futuros han quedado reducidos a cenizas. ¿Qué opciones te quedan? Ya sabes, ¿qué estudiaré?

Escribiste un ensayo en una de mis páginas web favoritas, TomDispatch, en donde planteabas la siguiente cuestión: “¿Puede Obama ver el Gran Cañón?”. Ayúdanos a entender esa metáfora.

Bien; los primeros exploradores que visitaron el Gran Cañón quedaron sencillamente sobrecogidos por el espectáculo. No podían visualizar el Gran Cañón porque carecían de conceptos para el mismo. Es decir, no había nada análogo en el repertorio de su experiencia cultural: no había un paisaje comparable que les permitiera dar sentido a lo que estaban viendo. Llevó diez años de heroicos esfuerzos científicos por parte de John Wesley Powelly y ese gran geólogo que fue Clarence Sutton, antes de que éste fuera realmente capaz de ver el Gran Cañón en el sentido en que lo vemos nosotros ahora, es decir, como una rebanada en profundidad en la historia de la Tierra. Antes, simplemente tenías imágenes confusas y, bueno, ya sabes, sensaciones de vértigo.

Así pues, la razón de que yo lo planteara es: ¿tenemos realmente una analogía? ¿Disponemos de conceptos para entender la naturaleza de la presente crisis, que no pasen por echarse atrás, apartarse del borde del abismo, y decir que es muy profundo? Porque nos hallamos en una situación en la que no sólo parecemos abocados a una segunda Gran Depresión, sino que ésta se da en el contexto de un cambio climático de dimensiones epocales. Se da en un momento en que los dos principales hitos simbólicos del progreso social global que lograron sobrevivir –a saber: los objetivos del milenio abrazados por Naciones Unidas para aliviar la pobreza y la mortalidad infantil, por un lado, y los objetivos de Kyoto para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, por el otro—; esos dos conjuntos de objetivos se ve claramente ahora que no van camino de lograrse: han ido cayendo poco a poco. Éste debería ser tiempo de urgencias perentorias, en todos los sentidos. Y ahora nos enfrentamos a un desplome de la economía mundial, un desplome no previsto por nadie. Porque lo cierto es que se anticipó realmente la posibilidad de otra recesión, incluso de una crisis financiera, pero nadie contaba con la posibilidad de que eso ocurriera de modo tan sincronizado, casi simultáneo, a escala planetaria.

Tú escribiste lo siguiente en el ensayito que estamos comentando: lo que se ofrece a nuestra vista es un abismo de turbulencias económicas y sociales que confunde nuestras tradicionales percepciones del riesgo histórico. Nuestro vértigo se ve intensificado por nuestra ignorancia de la profundidad de la crisis y porque los sentidos no alcanzan a percibir la distancia que nos separa de la zona abisal a la que podemos finalmente abismarnos.” De eso hace unos cuantos meses. ¿Alcanzan ahora tus sentidos a percibir la distancia que nos separa de la zona abisal a que podemos abismarnos?

No. Y hay consenso generalizado en que a nadie le alcanzan. Léase, si no, la prensa financiera. Casi nadie cree que el rescate financiero terminará funcionando. Nadie ha visto el fondo del abismo. Estamos trabajando, y por mucho, fundados en la fe y en la esperanza, y cruzando los dedos. Hemos cargado a una persona con una responsabilidad poco menos que mesiánica.

¿Y cómo lo está haciendo? A tu juicio, ¿qué ha hecho bien Obama, hasta ahora?

Bueno, yo creo que lo que mejor ha hecho es impulsar el paquete de estímulos, el cual, creo yo, es, primordialmente, un proyecto destinado a aliviar, porque, obviamente, no se puede hablar de frenar el declive si lo que vas a hacer es permitir que el sector público, señaladamente el sector público local, las escuelas y los servicios públicos de los estados y de los municipios colapsen como lo están haciendo. Tienes que levantar eso. No que el estímulo sea suficiente para enfrentarse a la totalidad de la crisis fiscal que se extiende por todos los gobiernos locales. Pero pone paños calientes. Ralentiza los resultados. Mitiga la destrucción de empleo. Compensa.

Compensar el desempleo para…

Compensar el desempleo.

Se da un poco de dinero a gente que está sin trabajo.

Sí. Claro que sí. La diferencia es enorme. Cuando mi padre estaba en la WPA en 1935…

En la Works Progress Administration, lo recuerdo bien.

De cada dólar que le pagaba el gobierno federal, 98 o 99 centavos iban a productos fabricados en EEUU o generados en EEUU. Uno de mis sobrinos, que está ahora en el desempleo, acaba de perder su puesto de trabajo en Seattle, y gasta su dinero de desempleo en sitios como Wal Mart o Sam’s Club. Probablemente, 40 o 45 centavos por dólar de ese dinero de estímulo va a parar a las economías china o coreana. Así que el estímulo en este país, el estímulo keynesiano, no necesariamente ha de tener el efecto multiplicador. Es decir, no creará tantos puestos de trabajo ni circulará con tanto alcance como antes. Y esa es, evidentemente, la gran diferencia entre la situación actual y de los años 30: porque en los años 30 los EEUU poseían la máquina industrial más grande y más productiva del mundo. Podían producir prácticamente todo. Y la cuestión era cómo volver a poner a trabajar a trabajadores y máquinas.

Ahora, buena parte de nuestra riqueza nacional, buena parte de nuestro empleo depende de servicios vinculados al papel financiero desempeñado por los EEUU. Pero, a diferencia de Roosevelt,&nbsp que podía emprender reformas institucionales para reducir el control de la banca sobre la industria, ahora somos parte de un sistema integrado e interrelacionado en el que lo que podamos hacer a escala nacional se ve finalmente limitado por nuestros acreedores y por el dólar. E internacionalmente, en el que cada parte se ha hecho tan interdependiente, que resulta difícil pensar en una recuperación general sin que haya algún tipo de esfuerzo simultáneo y coordinado de por medio. Y eso parece, hoy por hoy, manifiestamente utópico.

Ya. En ese mismo ensayo del pasado octubre, te preguntabas si Obama era Roosevelt. ¿Y bien?

Bueno, yo estoy dispuesto a conceder que, en lo que hace a carácter, convicciones morales, empatía y compasión por los norteamericanos, pero, sobre todo, comprensión de la urgencia y de la naturaleza sin precedentes de la situación, sí, creo yo que Obama podría ser Roosevelt. Podría ser Lincoln. Pero yo creo, Bill, que los evidentes héroes del New Deal fueron los millones de norteamericanos de a pie que hicieron sentadas en sus fábricas de automóviles o que formaron piquetes de huelga ante las factorías. Fueron ellos quienes hicieron posible el New Deal. Suministraron el impulso que permitió a Washington girar a la izquierda. Hablaríamos de manera harto distinta sobre el legado de Franklin Delano Roosevelt, si no fuera por la increíble rebelión del mundo del trabajo y de otros norteamericanos comunes y corrientes en los años 30.

Los trabajadores del textil, por ejemplo, que dejaron el Partido Socialista, por así decirlo, para irse al Partido Demócrata, lo que fue para Roosevelt una verdadera transfusión de sangre.

Bueno, muchos de ellos fueron a parar al Partido Laborista norteamericano en Nueva York, porque, sin mala conciencia, no podían siquiera pulsar esa palanca llamada “demócratas de Tammany Hall”. Pero querían apoyar a Rossevelt sin apoyar a los demócratas. Ni que decir tiene que en los años 30 tenías terceros partidos muy vigorosos, a menudo en el poder en el nivel de los estados. El partido laborista de los agricultores, la Commonwealth Federation en Washington, la Liga no-partidista…

El Partido Progresista en Wisconsin y en el medio Oeste…

Sí.&nbsp Y tenías también aquellos republicanos progresistas, en la tradición de La Follette o, antes, de William Jeninnings Bryant, quienes, si ahora se sentaran en el actual Senado, estarían a la izquierda de Bernie Sanders y del más progresista de los demócratas. Fueron ellos el verdadero martillo de la cosa: la concentración de poder económico. Fueron ellos quienes investigaron el gasto militar en los escándalos de la I Guerra Mundial. Fueron ellos quienes dirigieron las investigaciones sobre los verdaderos propietarios de la América de las corporaciones empresariales; sobre el papel de los bancos y de las casas de Morgan. Y eso resultó de una importancia inestimable, porque abrieron los libros de la economía norteamericana por primera y última vez en la historia. Y una de las cosas que no se ha hecho ahora es hacer lo propio con Wall Street.

Las cuestiones más fundamentales, como: ¿quiénes son los principales acreedores de esas obligaciones de cobertura de riesgos, quiénes esperan cobrar dinero de esos bancos? En pleno rescate por decenas de miles de millones de dólares con dinero del contribuyente, la opinión pública no tiene la menor idea sobre quiénes son los beneficiarios reales, quiénes están implicados en el barullo.

¡Cómo te explicas que no tengamos ahora el tipo de investigaciones tenaces y la exigencia de responsabilidades que tuvimos en los años 30?

Bueno, en los años 30 había una interesante coalición entre una clase media progresista, incluyendo aquí a no pocos granjeros, un movimiento obrero muy dinámico, aun si dividido, y una cultura periodística, literaria, ya sabes, una cultura permanentemente presionada y en debate con la izquierda. La izquierda era muy importante en los años 30. No estoy hablando sólo del Partido Comunista, sino de socialdemócratas de toda laya. Y no porque constituyeran una fuerza políticamente significativa, sino porque eran intelectualmente significativos. Y planteaban cuestiones profundas, de hondo calado, sobre la naturaleza del poder económico, de las instituciones económicas. Y a su vez, eso lleva, si no a reformas muy radicales, sí al menos a investigaciones, por vez primera en la historia de los EEUU, sobre los verdaderos detentadores del poder, sobre la influencia del poder económico en la decisiones políticas tomadas en Washington, en fin, todas esas cosas que la mayoría de demócratas y la mayoría de republicanos más temerían ahora hacer. Quiero decir…

¿Por qué lo temen tanto?

Porque son los beneficiarios del sistema. En algunos casos, llego a pensar que el presidente ha terminado por aceptar que sólo hay realmente un modo de operar. Y es, ya sabes, adaptándose acomodaticiamente a las fuerzas existentes y buscando fórmulas de compromiso que considera inevitables. El hecho de que puedan hablar de nacionalizar la banca –no siendo otra cosa que salvar a los bancos para mantenerlos en el sector privado—, en vez de hablar de la posibilidad de una propiedad pública. Pero hay momentos en la historia en que lo que ha de figurar en primer término en el debate público no es lo posible, lo hacedero, sino lo necesario. Lo que quiero decir es que, en este país, hemos prácticamente perdido la consciencia de las reformas posibles. Vemos las posiciones políticas existentes de manera por entero relativa. Permitimos que un Rush Limbaugh [dirigente de la extrema derecha del partido republicano y célebre agitador ultra en los medios de comunicación]; T. definir lo que es ser liberal de izquierda o socialista. Yo creo que el liberalismo de izquierda del New Deal tiene una definición histórica de todo punto precisa y objetiva. Y que…

¿Qué definición?

La elección de Roosevelt para un cuarto mandato, cuando fue ganado para la idea de una Carta de Derechos para los norteamericanos, algo en lo que creía y que trató de renovar Lyndon Johnson. Y si ahora tuvieras que proponer un programa para salir de la crisis, lo mejor sería renovar esa idea de una ciudadanía social real, una Carta económica de Derechos, así como la imperiosa necesidad de robustecer el poder del mundo del trabajo en la vida económica. La edad de oro de postguerra, en los años 50 y 60, fue un período en el que los sindicatos eran lo bastante potentes como para constituir una parte importante en la macroeconomía, en el que los salarios iban ligados a la productividad. Y desempeñaron un papel dinámico, increíblemente central, en la economía norteamericana, un papel, huelga decirlo, que perdieron a finales de los 70 y bajo Reagan. El robustecimiento del mundo del trabajo, es decir, el poder de las gentes comunes y corrientes en los sindicatos, es lo que hizo posibles los logros del New Deal. Gentes que prácticamente doblaron el volumen de la economía norteamericana en el curso de la II Guerra Mundial.

Y ahora tenemos a Obama con apenas dos meses en el cargo, y ya se oye ese coro de voces de los editorialistas del Wall Street Journal, las tertulias radiofónicas conservadoras, los telediarios de la cadena Fox, Lou Dobbs [una celebridad de la de extrema derecha mediática en EEUU; T.], el programa de Cramer y Kudlow en la CNBC, todos culpando a Obama por el mal estado de la economía. ¿Hacen mella esos ataques en dónde tú vives, en California?

Bueno, yo creo que, ya sabes, ¿qué puede resultar más absurdo que toda esta gente que puso de rodillas a este país convertida ahora en un coro de disidentes que se pretenden populistas? Mas, sea ello como fuere, lo cierto es que son ellos quienes han desplegado la antena y encendido el farolillo de la cólera popular, y es preocupante, porque si esos rescates y el paquete de estímulos fracasan, si el país se hunde más en lo que podría terminar siendo un período muy largo de estancamiento y si la cólera popular es monopolizada por estos demagogos de la derecha, yo creo que podríamos ver un verdadero resurgimiento del Partido Republicano, o cuando menos, de su ala más nacionalista y hostil a la inmigración.

Tal vez esto no resulte muy visible en la pantalla nacional. Pero cuando vives, como yo, en la California meridional, en la ciudades sureñas o en el Medio Oeste, se ve que eso ha dado nueva vida a lo que en otro tiempo habrías llamado el ala John Birch Society [una asociación racista de extrema derecha; T.] del Partido Republicano. El vacío dejado por la caída de la Unión Soviética ha sido llenado por un vernacularismo a la antigua, inmigrantifóbico.

Ningún grupo es ahora mismo tan vulnerable como los inmigrantes, cuyo trabajo, legal o ilegal, ha sostenido a la economía californiana durante la última generación. Son quienes menos derechos tienen. Apenas tienen red de seguridad. Y sus puestos de trabajo son los más directamente afectados, porque trabajan en la construcción, en el sector servicios o en industrias muy sensibles al ciclo económico. Algunos han regresado ya a México. Las estadísticas mexicanas lo revelan. Pero volver carece de sentido para la mayoría. La economía fronteriza ha colapsado realmente. El turismo de la zona fronteriza está económicamente muerto. Las maquiladoras, las plantas de ensamblaje fronterizas, están cerrando. Habiendo hecho una inversión enorme para ir a los EEUU, no tiene mucho sentido regresar a un país en donde todavía hay menos puestos de trabajo y menos esperanzas. ¿Cómo sobrevive la gente? Bueno, en algunos casos, se amontonan hasta cinco en una habitación. Se plantan ante las tiendas de Home Depots esperando no ser pillados por la policía del servicio de inmigración. Y, ni que decir tiene, todo eso se da en una situación en la que es muy probable que nuestra frontera sur con México termine muy desestabilizada, mucho más de lo que ya lo está. Y eso suministra un arsenal de munición para construir, como Versalles, todo un mito sobre la crisis económica. Ya sabes, culpar a los inmigrantes, culpar a la izquierda liberal, culpar a un socialismo imaginario de unos planes de rescate bancario totalmente apoyados por The Economist y el Financial Times.

Ya sabes, Mike, se habla tanto desde ese lado del espectro del fantasma del socialismo… Y yo había pensado hablar con un socialista de verdad sobre el significado del término. Quiero decir: no consigo encontrar a nadie en este país que abogue por la abolición de los mercados privados y del sistema de trabajo asalariado, o por la nacionalización de la gran industria. Quero decir, nadie sostiene que hay que substituir al capitalismo. ¿O sí?

Yo, sí.

¿Tu, sí?

No, bueno, quiero decir que he de admitir que yo soy una especie de socialista de la vieja escuela, un poco como Billy Graham lo es de la vieja escuela baptista. Yo creo de verdad en la propiedad democrática y social de los medios de producción. Pero eso es religión. Es el principio religioso. El papel…

¿Y en la práctica…?

… el papel de la izquierda, o de la izquierda que es necesario que exista en este país, no pasa por irrumpir con grandes visiones utópicas sobre la manera en que vamos a instituir una sociedad totalmente alternativa, y mucho menos por manifestarse nostálgico respecto de sociedades autoritarias burocráticas, ya sabes, como la Unión Soviética o China. Pasa por tratar de articular el sentido común del movimiento obrero y de las luchas sociales de base. Así, por ejemplo, digamos, cuando tienes un colapso completo del sistema financiero y cuando los remedios que se proponen privilegian, por encima de todos, a los acreedores y a la gente que es, precisamente, responsable del&nbsp desaguisado, pude resultar bastante ilustrativo decir expeditamente algo como esto: “¡Eh! Si vamos a apropiarnos del sistema bancario, por qué no tomar nosotros las decisiones y hacerlo en alianza con una política social que asegure que la vivienda es accesible, que los préstamos escolares son accesibles, que la pequeña empresa conseguirá crédito?”. Es decir, ¿por qué no convertir el sistema bancario en una institución de utilidad pública? Ahora bien; esto no tiene por qué ser, en ningún sentido, una exigencia anticapitalista. Pero es una exigencia radical que plantea una cuestión fundamental sobre la institución y que toca al poder económico. Ya sabes, ¿por qué el gobierno federal no está desempeñando un papel más directo en el proceso de toma de decisiones? Yo creo que, por ejemplo, durante la crisis de las Cajas de Ahorro, hubo un período…

Estamos hablando de fines de los 80…

Sí.

Fines de los 80, correcto.

Sí. La Resolution Trust Corporation fue instituida para eso, ya sabes, para hacerse con los apartamentos y las viviendas abandonados y venderlos luego a precios de saldo a los intereses privados. Durante uno o dos años, tuvo los medios para resolver buena parte de la crisis de la vivienda en los EEUU. ¿Por qué no podría el gobierno federal servirse de esas reservas de casas para subvenir a las necesidades populares de vivienda, venderlas directamente a sus moradores con descuentos, o alquilárselas? En otras palabras, el papel de la izquierda es plantear cuestiones más profundas sobre quién tiene poder, cómo funcionan las instituciones, y proponer las alternativas que parezcan de más sentido común para los directamente afectados e interesados en, ya sabes, satisfacer las necesidades humanas y lograr la igualdad en esta sociedad. Yo creo que el presidente Obama y los actuales demócratas de izquierda liberal deberían alegrarse de la existencia de una reviviscencia de la izquierda. No puede sino robustecer su propia posición. Si no, es como Martin Luther King sin disponer de un Malcom X. El problema de los demócratas es que se pliegan a todo. Los demócratas tienden a conceder a los republicanos un poder, y a darles una capacidad de veto, que ha terminado configurando una legislación que les ata de pies y manos. Necesitamos algo del espíritu de Roosevelt en 1937 y 1938, cuando se enfrentó, ya sabes, al ala de derecha de su propio partido, a la Corte Suprema, al ala derecha del Partido Republicano…

Se le acusó de ser socialista. Y trataron de pintarlo como tal. Se le acusó de llevar a cabo una guerra de clases, como se acusa ahora también a Obama las fuerzas conservadoras de llevar a cabo una guerra de clases porque pretende regresar a los tipos fiscales marginales del 39,9%, que es donde se hallaban en la era Clinton. Pero ¿qué me dices de esta acusación de guerra de clases propagada por el Wall Street Journal, la Heritage Foundation y otros medios conservadores? ¿Cómo lidiar con ella?

Bueno, yo creo que se puede lidiar con ella diciendo: sí señor, nosotros también queremos guerra de clases. Y aquí está lo que guerra de clases significa: que la única posibilidad de sacar a este país de la crisis, la única posibilidad de que haya reformas de calado verdaderamente profundo, es llegar a tener más poder. Necesitamos más protestas. Necesitamos más ruido en la calle. A fin de cuentas, los partidos políticos y las direcciones políticas tienden a legislar lo que los movimientos sociales y las voces sociales han conseguido ya en las fábricas o en las calles o, ya sabe, en las manifestaciones por los derechos civiles. Y el problema es que tantos progresistas, tantos liberales de izquierda traten ahora al presidente como si fuera “El Comandante” [en castellano en el original; T.]. Y nosotros nos alineamos, ya sabed, seguimos su dirección. Pero él está maniobrando en un campo de relaciones de fuerza en el que las gentes de izquierda, los progresistas, incluso el Black Caucus [los parlamentarios afroamericanos; T.] no parecen contar mucho. Lo que él trata de hacer es apaciguar a los Blue Dogs [los “perros azules”, nombre de una coalición de congresistas del ala derecha del Partido Demócrata; T.], negociar con los republicanos…

Con los conservadores…

Y hasta unos extremos absolutamente innecesarios… Creo que está siguiendo la planilla de los años de Clinton. Y ni que decir tiene que los años de Clinton fueron años de íntima colaboración entre el sector financiero y la Casa Blanca; ahí se generó la desregulación financiera. En mi opinión, lo mejor que ha hecho el presidente ha sido el paquete de estímulos. Lo peor, proseguir con el rescate en las mismas líneas inauguradas por el secretario de estado Paulson, un rescate realmente rechazado por la mayoría del pueblo norteamericano, que lo ve como una recompensa a la gente que precisamente prendió el fuego que desencadenó el incendio de la presente crisis. Pero las cuestiones de fondo sobre, por ejemplo, cómo reconstruir la economía, sobre el necesario papel del sector público para proporcionar empleo, sobre si el comercio equitativo es imposible, sobre en qué medida la deglobalización…

De-global.

Deglobalización, como dice la gente del común. Ya sabes…

¿Invertir la historia?

Bueno, la historia, según hemos tenido ocasión de aprender, puede desandarse. Quiero decir, la cosa más triste, para recordar a mi propio padre, que fue un hombre de base, un sindicalista de los años 30 que amaba a Roosevelt… Fue un hombre que creció a comienzos del siglo XX creyendo en la historia norteamericana. Cada vez que el pueblo norteamericano se ponía a luchar y ganaba un nuevo derecho, eso sentaba las bases para la lucha siguiente. Y eso era irreversible. Pero alcanzó a ver cómo en los años de Reagan la historia se revertía. Su fondo sindical de pensiones quebró. La concreta industria en la que trabajó, prácticamente se extinguió.&nbsp Y a mí me resultaba desgarrador ver a mi padre, el tipo más patriótico que jamás haya conocido, asombrado al descubrir que la lucha por los principios y los derechos es una lucha inacabable, que hay que pelear continuamente por ellos. Y que nos los pueden arrebatar. La historia es reversible. Pero, por la misma razón, en qué parte de la Biblia está escrito que tengas que vivir en una economía globalizada, en un mundo dirigido de consuno por Wall Street y los autoritarios dirigentes de la China? Porque a mí se me ha pasado…

Las gentes con ideas como las tuyas han sido marginadas en los últimos 30 años. Ninguna cobertura periodística. Ninguna participación en debates públicos. ¿Cómo te hiciste radical? ¿Qué es lo que te hizo tan radical?

Bueno, en mi caso, realmente hubo una Zarza Ardiente. Y fue el movimiento de los Derechos Civiles en San Diego, la ciudad en la que crecí en los cincuenta y sesenta. Cuando yo tenía 16 años, mi padre tuvo un infarto de miocardio. Y tuve que dejar la escuela por un tiempo y ponerme a trabajar. La rama negra, por matrimonio, de mi familia me indujo a participar en una manifestación del Congreso por la Igualdad Racial frente al Bank of America, en el centro de San Diego. Eso transformó, literalmente, mi vida; su hermosura pura, su pureza moral… No diré que todas las decisiones o posiciones políticas o afiliaciones a grupos políticos que luego resultaron de mi participación en el movimiento de Derechos Civiles fueran buenas o acertadas. Pero lo cierto es que esa experiencia troqueló mi vida de manera permanente. Y luego yo creo que fue un amigo tuyo, ese gran populista tejano editor de periódicos, Archer Fullingham. Yo estaba en Texas en el 67. Y la mayoría de mis amigos se estaban haciendo marxistas. Yo no quería convertirme en un marxista. Entonces escuché que él iba a dar un gran discurso. Así que hice el peregrinaje. Él estaba sentado en su porche, tallando una calabaza procedente de Koontz, Texas, en el Condado de Hardin. Y le dije: “Archer, ¿podemos revivir el Partido Populista? Ya sabes, ¿podrías ser tú el líder del Partido Populista?”. Y él me miró, y me dijo: “Hijo, eres uno de los cagones más bobos con que me he cruzado en la vida. El Partido Populista es historia. Las grandes corporaciones empresariales manejan el país. Y manejan el Partido Demócrata. Y sería mejor que comenzaras a comprenderlo.” Y eso es lo que he tratado de hacer desde entonces, comprenderlo.

Quiero decir, ser un socialista en los EEUU no es ser un huérfano, ¿vale? Lo que es, realmente, es estar a la sombra&nbsp de la inmensa historia del radicalismo y del movimiento obrero norteamericanos, pero con la responsabilidad de su regeneración. Y yo creo, de verdad, que la izquierda norteamericana va a recibir en los dos próximos años una enorme transfusión de sangre. Tiene que ser así, porque la existencia de la izquierda, la existencia de críticas socio-económicas radicales, la existencia de una imaginación que vaya más allá del egoísmo y de los principios de la competición a ultranza, es necesaria para que en este país haya algo parecido a un debate serio.

Saco de la Web algo que escribiste hace poco: “Yo creo que se abre&nbsp un horizonte de grandes oportunidades para los rebeldes del mundo para incrementar nuestras bases sociales y adelantar en la lucha. Una nueva generación de jóvenes está descubriendo que su compromiso político cuenta”. ¿Cómo ves las cosas ahora?

Bien, no me cuesta encontrar motivos de esperanza. He visto cosas en mi vida que no podría haber pensado nunca que llegaran darse, trabajadores sureños negros antiguerra, por ejemplo; soldados. Y cuando has visto ocurrir esas cosas en tu vida, no puedes ser pesimista. Pero hay un enorme legado de la izquierda y, en general, del radicalismo norteamericano que ha de nutrirse y continuarse y transmitirse a las nuevas generaciones, para troquelarlas, ya sabes, de la manera necesaria.

Mike Davis, muchas gracias por estar aquí conmigo en el programa Journal.

Gracias a ti.

Mike Davis es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (Universidad de Valencia, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008) and Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009)..

Traducción para sinpermiso.info: Marta Domènech y Mínima Estrella

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