Michel Onfray, una ontología materialista ( I )

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Por Iñaki Urdanibia

El bulímico filósofo normando se reivindica solar, nada que ver desde luego con las anguilas lucífugas; ahora bien, la enorme abundancia de su producción hace que uno piense, además de en otras cuestiones relacionadas con la capacidad de crear y escribir, mas bien se interrogue acerca de cómo le guiará su reloj biológico, cómo le marcará los ciclos de dormir, trabajar, etc. Planteado de manera más explícita ¿ cuándo duerme Onfray, si es que duerme? Cuando no está escribiendo, está en algún debate o entrevista, o impartiendo sus cursos en la universidades populares que dinamiza: la de filosofía ( más bien podría decirse de contra-historia de) de Caen o la del gusto de Argentan, trasladada a su localidad natal, Chambois. ¡ Infatigable!

El caso es que ahora, el año pasado para ser más exactos, sorprendió a tirios y troyanos al publicar una obra, con amenaza de continuación en otros dos tomos ( Historia y Sabiduría ) que completarán una trilogía titulada Breve enciclopedia del mundo. El libro se titula Cosmos. Una ontología materialista, y de Pirineos abajo ha sido publicada con rapidez, en marzo de este mismo año, por la editorial Paidós. Si hablaba de sorpresa es debido a que el propio título da la impresión de que el quehacer del autor hubiese dado un giro hacia la construcción de una filosofía sistemática que fuese a abarcar las diferentes ramas del universo filosófico. Si ya antes había escrito, difícil decir de qué no lo ha hecho, de ética, de estética, de política, de gastrosofía, de erotismo, de literatura, de religión, de psicoanálisis, sin obviar sus anti-manuales , sus tratados ( el de a-teología) y sus entregas de la contra-historia ( podría ponerse en plural ya que también se ha lanzado al campo de lo literario dedicando un ensayo al Quijote, otro a Sade y otro, todavía, a la Revolución francesa, en sus mujeres), ahora da la impresión de que nos va a entregar unos manuales, el presente dedicado a la ontología y los que vendrán; el giro que lanzo como mera suposición o hipótesis, queda desvanecido como veremos a lo largo del artículo.

El libro del que hablo fue recibido con amplio éxito, tanto de lectores como de críticos, lo que entre otras cosas le supuso que fuese considerado por la revista Lire el mejor libro de filosofía de 2015, al que ha de añadirse la consideración por parte de la revista Philosohie magazine ( nº 100 /juin 2016: « Qu´est-ce que la philosophie? » ) como el libro recomendado del año pasado, con la siguiente leyenda: «se le ama, se le detesta, publica demasiado, habla demasiado. Pero Michel Onfray se centra en tantos temas lo que hace que forme parte indiscutible de la vida filosófica francesa. Con Cosmos, tan fuertemente marcado por la muerte de su padre, se acercaba a un gran problema: reinterpretar las cosmogonías de los sabios en los tiempos de la ecología, hurgar en el genio del paganismo, interrogar nuestra relación con la tierra. El resultado es una suma en la que cada cual puede hallar su camino».

Tras rendir homenaje a su padre, que había fallecido recientemente, homenaje que se extenderá a lo largo del libro, que en grandísima parte toma impulso en él, a continuación, en la introducción, se lee: «Cosmos es mi primer libro…tengo la impresión de que Cosmos es mi primer libro»; ciertamente los anteriores libros han sido necesarios para alimentar éste, aunque también es verdad que aun manteniendo una línea de continuidad con respecto a ellos, éste tiene una notable particularidad. Estamos ante unas derivas, que no a la deriva, que hace que conozcamos ejemplos y casos de botánica, enología, zoología, etología, neurobiología, psicología, de vida gitana, de música y arte ( y me quedo corto) con un eje que les hace confluir en la idea central que sostiene el libro: somos naturaleza, animales y esa es una realidad que no debemos olvidar; es decir, resulta fundamental tener en cuenta de dónde procedemos y qué tenemos en común con las plantas y los animales , la presencia de esta conciencia supone a su vez un respeto hacia la naturaleza en general y hacia sus componentes en general.

A pesar de lo señalado al principio del párrafo anterior, nadie ha de pensar que la pluralidad de caminos visitados nos vaya a hacer perdernos o nos vaya a conducir a caminos que a parte alguna llevan, pues la obra está estructurada y organizada con precisión. Con los habituales tonos autobiográficos ( además de la continua referencia a las lecciones recibidas de su progenitor, tampoco falta el recuerdo a su compañera que había muerto, a edad temprana , por la misma época: 2009 ), el autor nos entrega cinco capítulos: el tiempo, la vida, el animal, el cosmos y lo sublime. En las páginas finales del volumen leemos: «mi bibliografía se parece más a un gabinete de curiosidades que a un cúmulo de archivos polvorientos- completando lo que había señalado con anterioridad- ¿ Filósofos? Relativamente pocos en la suma total»; dos pequeñas puntualizaciones a lo dicho: 1) lo que afirma Onfray no solamente es aplicable a su bibliografía sino a la totalidad de esta obra , y 2) con respecto a la filosofía en esta obra se da un desplazamiento hacia otros lares ajenos a la filosofía propiamente dicha, lo que hace que la obra resulte variada al suponer una exploración por diferentes campos y la apertura de nuevos horizontes que completan la visión ontológica que se pretende defender. Esta es la particularidad- a mi modo de ver- de esta obra con respecto a las anteriores.

La singularidad de la que hablo salta a la página desde el primer capítulo en el que se da una interrogación con respecto al tiempo, una forma a priori de lo vivido, en su concepción virgiliana, que es el que vivió su padre en el campo, al que Onfray nos va a llevar para conocer el tiempo paterno guiado por los ciclos de la naturaleza, y la observación de las estrellas, recurriendo para ello no solo al citado Virgilio sino igualmente a Bergson , Proust y Bachelard; tenemos la oportunidad también de asistir a una cata( más bien a su narración, claro), de un caldo de 1921- fecha del nacimiento de su padre-, con gente que de la cosa sabe mucho: los responsables de Dom Pérignon y de Moët-Chandon , distinguiendo las diferentes circunstancia que rodean la calidad de un vino. Sin soltar la mano de los guías ya nombrados a los que se han de añadir Francis Bacon y Thoreau, seguimos la travesía, con una reivindicación de la libertad de los gitanos, y su huida de las normas consagradas de la sociedad bienpensante, lo que les mantiene más cercanos a la naturaleza, a sus ciclos, que a los que solamente miden el tiempo por el cronómetro de la producción. Concluye este apartado con la puesta en contraste el tiempo del reloj y el tiempo que controla el reloj interno que todo ser vivo contiene y que le hace ceñirse con el tiempo cósmico.

Partiendo de la voluntad de poder , como concepto operativo nietzscheano, se inicia la segunda parte sobre la vida. La mirada de Onfray se retrotrae en busca de los orígenes, a las plantas, y observa el caso del Sipo Matador, planta que con el fin de gozar de la luz, trepa por los árboles llevando a estos a la ruina; obviamente, más allá del bien y del mal. De estas plantas lucífilas, pasa a los peces lucífugos: las anguilas, de las que nos da cuenta en sus increíbles idas y venidas, y nos adentra en el misterio de sus transformaciones y reproducciones. Esta división entre quienes buscan la luz y quienes huyen de ella, sirve-qué duda cabe- para hallar réplicas paradigmáticas en el seno de los humanos, entre los que hay seres oscuros y seres solares. Constata, a continuación, la existencia en el medio natural de depredadores y presas, reparto de roles que sin rizar rizo alguno se puede observar igualmente entre los humanos. La tendencia a antropomorfizar la naturaleza hace que surjan valoraciones morales que no corresponden al medio natural, y se creen tanto valoraciones con respecto a alguno animales como con respecto a ciertas culpabilidades ultra-ecologistas que brotan en algunos que no distinguen entre los animales y el animal humano, que siendo animal es, a la vez, algo más que le diferencia (¡ cuidado no que le convierta en dueño y señor de todo lo existente!). La apuesta en pro de la naturaleza en ocasiones puede conducir a teorías delirantes que no son sino réplicas, pintadas de rigor científico, de las diferentes formas de pensamiento mágico, incluida la religión ( ya sea monoteísta o versión new age), por supuesto, en este orden de cosas nos es presentado un antropósofo Rudolf Steniner, cuyas extravagantes teorías , cercanas a las panoplias homeopáticas, han servido para la creación de vinos biodinámicos, que en opinión de Onfray -amante del vino, según cuenta- le resultan deplorables; el caso no es más que un ejemplo de cómo la adoración de la vida como supuesto antídoto del desprecio de ésta puede desembocar en verdaderas sandeces. La comunión con la naturaleza le lleva a África y da un repaso a antropólogos e investigadores-que no han hecho más que robar a mano armada- para alimentar los museos ( todo sea por el fastuoso Museo del Hombre o el de Branly; el varapalo a Michel Leiris, es de destacar, si bien dentro de lo que cabe , aun dejándose arrastrar por seres más amorales que guiaban las expediciones, mantenía, al menos, cierta mala conciencia), del mismo modo que se detiene en el caso de los artistas que reivindicaron el arte negro con el fin de romper con los postulados canónicos del anquilosado arte occidental ( dadaísmo, surrealismo, cubismo…), quedándose en los aspectos formales y matando el alma / el espíritu que guardaban sus máscaras, sus rituales animistas, etc., etc., etc. La visita a la labor civilizadora del colonialismo , en el terreno museístico, artístico y antropológico queda despellejada con algunos ejemplos de los que claman al cielo.

La tercera parte, dedicada al animal, parte de una lectura en la que se ve la presencia de los animales en la Biblia y en concreto en el Nuevo Testamento, y se puede constatar las diferencias abismales que se trazan, por parte del judeocristianismo , entre los animales-convertidos en bestias- y los humanos, y las propias diferencias, centradas más en el simbolismo que en los animales concretos, que se establecen en el seno de los animales, representando algunos como ejemplos de virtud, mientras que otros son la representación de la maldad pura y dura. Onfray se reivindica darwinista y constatando que entre los animales no-humanos y los humanos, se da únicamente una diferencia de grado que no de esencia…afirma con contundencia que « los animales sienten, sufren, conocen, intercambian, experimentan la sensación, la emoción, la afección, la percepción…» lo que le conduce a reflexionar sobre dos cuestiones realmente significativas e importantes: 1) las posturas vegetarianas, vegetalistas y veganas son estudiadas en un vaivén, entre los pros y los contras de cada una de las posturas y sus postulantes, dándose una aclaración sincera por parte del ensayista que desvela sus crujidos entre la teoría y entre su práctica; se detiene igualmente entre las diferencias que se dan entre especistas y antiespecistas, llevando a algunos de estos últimos, Singer por ejemplo, a caer en contradicciones que vienen a suponer la confirmación de aquello de que quien quiere hacerse el ángel puede acabar haciendo el bestia, y para bestialidad, la que ocupa las últimas páginas de este apartado: 2) la tauromaquia que es criticada con contundencia, al ser ejemplo- a pesar de la supuesta sublimación y mitología con la que algunos artistas y otras luminarias la rodean ( Leiris, Bataille, Hemingway, Picasso, Bergamín, Char, Botero, Manet, Doré, Arrabal, Cocteau o Savater. y me dejo algunos…)- , ejemplo-dice- de maltrato, de tortura, de crueldad, de perversión; este espectáculo sangriento que se basa en el placer de matar, es puesto en contraste con el matar para comer, cosa bien distinta ( ya que ni hay espectáculo, ni hay ritualización , ni hay aplausos, ni orejas y rabo…). Los cazadores no es que salgan mejor parados en lo que hace a la falta de respeto hacia los animales , aunque muchas veces lo revistan con unos discursos de puro amor hacia las presas que cazan ( ¿ será aquello de que quien más te quiera te hará llorar?).

Bajo el título de el cosmos se aborda la cuarta parte, en la que ocupa un papel de importancia casi exclusiva el cristianismo, que es desenmascarado como un collage que se nutre de religiones paganas , creencias y leyendas anteriores animistas en las que la luz ( encarnada fundamentalmente por el sol) juega un papel central. En sus símbolos , en la orientación tanto de los difuntos como en la construcción de los templos, el sol , las estaciones y los puntos cardinales, los meses, el número de los apóstoles, y otras yerbas del cristianismo …responden a calcos realmente transparentes de las visiones paganas, y más en concreto del chamanismo. Vaciando el cielo de sus astros y constelaciones , los cristianos lo llenan de ficciones teológicas y de santos y demás; al tiempo que el movimiento regular de los astros y de las épocas del año, pasan a ser mero deseo y decisión de la divinidad , encarnada en Jesús, modelo a seguir para cualquiera que desee ascender al paradisíaco cielo, que se trasladó a las alturas debido a la falta de Eva que desobedeció las restricciones de Yavé. Este olvido del cosmos es-en opinión de Onfray- más grave que la llamada olvido del ser . Este apartado concluye con una llamada a la inmanencia, evitando la creación de ultramundos, de más allás, y otras instancias trascendentales- prometidas y defendidas a ultranza por el judeocristianismo- y apoyarse en las ciencias ( que no en el cientismo) y más en concreto en los avances y descubrimientos de la astrofísica, agarrándose para ello a la guía fiel de Epicuro y de su seguidor Lucrecio.

La quinta parte es titulada lo sublime, y Onfray centra su mirada en la experiencia poética del mundo y mantiene que algunas tendencias dominantes dentro de la poesía moderna, se alejan de lo real y de la naturaleza para construir un mundo de palabras, de símbolos, etc. lo que les emparenta con el cristianismo ( en el principio era el Verbo). Mallarmé, Duchamp, Breton, Tzara, y un largo etcétera, convierte la poesía en algo alejado de la naturaleza y del alcance del pueblo, en algo misterioso y elitista ( sólo apto para especialistas). En respuesta a este ahuecamiento de materia, Onfray reivindica el haiku, la pintura de Arcimboldo y sus seguidores, y a los artistas del denominado Land Art, seguidores de la pista de Friedrich. Pasando … a los terrenos de Orfeo, somos enfrentados al sonido del mundo, de los huesos y las piedras y ahí topamos, omnipresente, con la Iglesia que desde prohibir los cantos , como cosa de Satán e impulso para las tentaciones dionisíacas , pasó a apoderarse, y a monopolizar durante largos siglos, la música limitándola sólo los himnos y composiciones que suponían alabanzas a su dios. La huella de los seguidores de Cristo se ha impuesto a lo largo de los siglos observándose igualmente, tal impronta, en compositores en principio no religiosos.

El cierre de la obra es una propuesta de una ética sin moral. Que nada tiene que ver con la filosofía dominante sino con los márgenes filosóficos, filosofía de campo y no urbana, que gustan al normando ( entre los que encuadra, además de algunos ya nombrados, a Montaigne, Meslier, Nietzsche, Thoreau, Bachelard, Camus… y hasta a Wittgenstein por su modo de vida filosófico, en su cabaña noruega) , santoral al que añade a algunas figuras ajenas a la filosofía propiamente dicha ( Darwin, Fabre, Alfaric, …).

La línea argumental prosigue el rastro que ya venía siendo exhibido desde sus primeras obras: materialismo versus idealismo, ateísmo, celebración hedonista del cuerpo amoroso, defensa de las visiones materialistas en al campo de la filosofía contra las falacias de las religiones de Libro, muy en especial con respecto al cristianismo y sus condenas del placer y el cuerpo, y su estética basada en la pulsión de muerte y sangre, en un más allá que nos priva de un más acá, al igual que sus dardos se dirigen hacia quienes de manera solapada no hacen sino crear reinos ficticios ( metafísicos, metapsicológicos…). En este orden de cosas su apuesta es clara y neta: « poner la cultura al servicio de la pulsión de vida; luchar contra toda pulsión de muerte; saber que lo vivo se abre camino más allá del bien y del mal…querer una vida natural, al asumir que no estamos en la naturaleza sino que somos naturaleza…».

Mas, pero, sin embargo…

Vaya por delante que la obra es recomendable a todas luces, por la información que ofrece y por las propuestas que expone. Dicho lo cual no seré yo quien caiga en sostener con respecto a Michel Onfray aquello de que quien mucho abarca , poco aprieta, ya que realmente esta obra es una inequívoca muestra de abarcar mucho, y de apretar con fuerza, en algunos casos con excesiva y quizá- a mi modo de ver- descentrada. En su afán de avanzar por los pagos desatendidos de la filosofía; por no llamarlos marginados y ocultados, en la creación de su contra-historia( a la que ahora sugiere añadir las contra-historias de la poesía, del arte o de la música), a veces deslinda campos con excesiva facilidad, y hasta diría que con cierta ligereza apresurada, que le conduce a introducir las cosas con calzador y hasta con vaselina, arrimando el ascua a su sardina, en una carrera por conseguir lo que quería demostrar ( CQFD)..Imposible entrar en este lugar, y en este espacio, en un análisis pormenorizado de los posibles deslices, que hacen que el lector que yo soy se sienta tentado a deciren más de un momento ça suffit, il faut pas exagérer! ( los elogios de la vida rural, gitana, africana o del arte popular como contrapunto al etnocentrismo o el elitismo resultan por momentos realmente exagerados o llevados al límite lo que viene a ser los mismo ); sí quisiera, no obstante, indicar algunos puntos, y actitudes, en los que en mi opinión el normando flaquea o se dispara.

Si bien es cierto que Onfray no pretende en estas líneas entrar a fondo en los temas del arte, de la poesía y de la música, sino indicar algunas pistas para ahondar en su labor deconstructora, las simplificaciones sí que asoman: así en el caso de la música descalifica el dodecafonismo recurriendo a un par de frases ( una de carácter elitista de Schoenberg, y la otra de corte político de Adorno) acompañadas de un tirón de orejas a Pierre Boulez; situar a Schoenberg, como representante máximo de tal corriente musical, en la línea marcada por el cristianismo no parece que sea de recibo de ninguna de las maneras, ya que junto a algunas obras en las que asoman motivos religiosos, hay otras en las que los motivos presentados distan abismalmente de cualquier tendencia del tal tipo ( nada diremos si nos referimos a los otros miembros del círculo de Viena, practicantes del dodecafonismo, que nada tienen que ver con las jaculatorias piadosas, sino que al contrario apuntan a aspectos diametralmente opuestos: véase la Lulú de Alban Berg, por no recurrir a algunas partituras de Anton Webern); con respecto a la excepción que establece referida a la ópera, la simplificación es abusiva: 1) ya que este género se ha convertido en elitista donde los haya, adoptando la medida que él establece al enfocar el tema desde este baremo, 2) no se puede generalizar, ya que hay óperas que realmente hablan de divorcios, pasiones, cuernos, infidelidades, etc., mas hay otras, y no pocas, que recrean escenas bíblicas-el propio Schoenberg y su Moisés y Aharón– o se basan en mitos y leyendas: así Orfeo y Eurídice de Henry Purcell , Olympia de Antonio Vivaldi o prácticamente todas las óperas de Richard Wagner. Con respecto al elitismo, éste no se combate únicamente fomentando las expresiones y creaciones populares-lo que sería tratar de igualar por abajo- sino convirtiendo en accesible lo que ahora es privilegio de algunos-lo que supondría tratar de igualar por arriba-.

Recuerdo, y hablo de memoria, una llamativa afirmación de Friedrich Nietzsche de que cuando escuchaba La Pasión según san Mateo de JB Bach, algo se movía dentro de él . algo de eso nos pasa a más de uno y no por influencias de la religión sino por le emotividad que trasmiten la notas ( materiales) musicales. Tampoco es muy afinada su afirmación de que durante el tiempo de mandato de los bolcheviques nada se había creado ni en literatura ni en música ( la falsedad es absoluta ya que se creó, quizá a la contra en su mayoría, grandes obras , como las de Shostákovich, Jachaturian, Rostropovich o Rimski-Korsakov, en música, o las de Mandelstam, Maiakoski, Pasternak, Ajmátova, Tsetevaieva…).

En el terreno artístico, Onfray parece dejarse llevar por un realismo, casi, romo, que todo dios entienda, considerando tal como prueba de valía y corrección, que sin forzar ni un pelo las cosas lleva a rozar lo populachero, lo ruralista ( uso el término en paralelo al de obrerismo) como si en tales ambientes y modos de vida residiese la visión justa de las cosas, la sabiduría auténtica; esta tendencia se observa en general en toda la obra, tendencia que a veces da la impresión de que se asocia un notorio resentimiento ( sentimiento poco nietzscheano por cierto) con respecto a la ciudad, a lo filósofos célebres, a sus orígenes y lugar en el que han cursado los estudios, a la ciudad de París y a quienes allí imparten, etc. En este asunto creo que Onfray se pasa varios pueblos cuando reitera su apuesta por la sabiduría práctica, basada en la observación del mundo, no el descrito en los libros sino al mundo real, al de las hierbas, los arados, los…( siempre el campo como privilegiado modelo), y lo digo ya que él recurre al soporte libro editado por editores que de campestres ( por expresarlo con rapidez), nada tienen, recurre a los libros, digo, para expresar sus ideas, basándose en muchos en muchísimos libros, obviedad que no es baladí señalar ya que el tono y los resabios de este tipo creo que abundan en exceso en este asunto. Su rabieta también alcanza curiosamente a pensadores y filósofos a los que con anterioridad había alabado y utilizado por su labor de zapa ( recuerdo, de memoria, a Deleuze, Foucault o Derrida….tanto en su Anti-manual de filosofía como en Le postanarchisme explqué à ma grand-mère); su apuesta firme es por el materialismo, pero teñido de utilitarismo, lo que hace que , por ejemplo, un pensador rebelde como Gilles Deleuze quedaría anulado ya que su concepción de la filosofía le hace subrayar que la tarea de ésta consiste en la creación de conceptos. El limado de los autores plausibles parece que va en aumento lo que hace que se dé una especie de sabor despectivo con respecto a la filosofía en general ( al ligar , reitero, filosofía con idealismo libresco, con centro, en especial parisino, versus periferia rural, al tiempo que unas andanadas excesivas hacia las instituciones universitarias- olvidando tal vez que él recibió una formación académica y fue influido por algunos profesores de manera importante).

En el caso de la poesía , y tal vez en otros casos se da el contagio, al parecer ignorar ( digo parece) cómo en la relación de las palabras y las cosas, el lenguaje hace que los humanos puedan crear mundos más allá de lo concreto, en una caza imposible por hallar las explicaciones a lo que les resulta inexplicable, y traten de explicarse las cosas más allá de lo empírico y de los criterios de mera utilidad y subsistencia; por supuesto, que amén de su utilidad para comunicarse y con ello dar solución a los problemas o las carencias que le acosan, con el fin de sobrevivir, como digo, el lenguaje es mucho más que esto y ahí surge el valor de las palabras, de las onomatopeyas, de los retruécanos, etc., etc., etc.).

En algunos momentos de la obra huele a determinismo, que anula cualquier asomo de posibilidad de ejercer la libertad como si fuésemos simples marionetas en manos de la voluntad de poder, cuestión que es matizada y solucionada al señalar que existe la posibilidad de inclinarse hacia la pulsión de muerte o hacia la pulsión de vida ( libertad de elegir, pues).

La versión que da, en la página 345, con respecto a la unificación de las lenguas locales ( corso, bretón y occitano) como decisión del jacobinismo para mantenerlas a nivel meramente folclórico,… un mínimo y superficial detenimiento sobre la cuestión hace ver las cosas de otra manera: el jacobinismo siempre ha apostado por el francés en monopolio-lengua que por otra parte también se constituyó sobre diferentes biotipos lingüísticos- y el abandono cuando no la puesta de obstáculos a las lenguas-digamos que- periféricas; los intentos, y las prácticas, unificadores siempre han venido de los sectores nacionalistas o regionalistas que han tratado de salvaguardar su lengua y como única vía para ello recurrieron a unificar la lengua-al menos y fundamentalmente para mantenerla unida de cara a su transmisión escrita -. En el caso del euskara, por ejemplo, el asunto está claro, y las posturas jacobinas y centralistas-que no se han de equiparar sin más- lo único que han hecho es obstaculizar el mantenimiento y desarrollo de tal lengua, al no otorgar apoyos y al no permitir que se integre la enseñanza de tal idoma en los currícula educativos.

Todo lo anterior no anula para nada el interés del libro, ni el de la propuesta onfrayana, y hasta diría más, algunos de los puntos que he esbozado han sido provocados por la lectura de la obra, de modo y manera que ésta puede servir para incitar la discusión, la duda y la apertura de nuevos caminos al pensar y al interpretar el mundo en el que vivimos y del que formamos parte.

Si este primer libro de su breve enciclopedia ha supuesto en algunos casos sorpresas y nuevos caminos de reflexión, servidor ya está esperando impaciente las siguientes entregas, entregas de saber en círculo ( ciclopedia) para aprender, para revolver en algunas ideas recibidas y aceptadas sin más…

Nota Bene:

No quisiera dejar pasar la ocasión de señalar algunas cuestiones que supongo son más responsabilidad de la traductora que del propio autor, que juzgo que se pueden corregir o mejorar aun no siendo graves.

El uso repetido del término raza no creo que responda al vocabulario de Onfray, ya que el uso del término ( dejando de lado cuestiones relacionados con la pragmática de distintas lenguas) parece desaconsejable a no ser que alguien mantenga posiciones racistas…y en cuestiones de razas, entre los humanos, solo una: la raza humana.

Soy de la opinión de que en la utilización del término moral se da un baile, en especial en las páginas referidas a Peter Singer; en algunas ocasiones creo que sería más correcto haber utilizado ética, más en consonancia con los planteamientos de Onfray.

En lo que hace al título de algunas obras: en el caso de Henri Bergson una vez es la « Evolución creativa », y en la otra es , la correcta « La evolución creadora». La Crítica del juicio – como habitualmente se nombra en castellano la tercera crítica de Kant-, viene a ser La crítica de la facultad de juzgar ( traducción tal cual de cómo se presenta en francés), al menos en un par de ocasiones. El psicoanálisis del fuego, de Gaston Bachelard, líneas más abajo se convierte en La psicología del fuego.

A la hora de datar años: se recurre en varias ocasiones a la utilización de antes de Cristo, expresión que no responde mucho ni al pensamiento ni a los usos de Onfray que suele escribir: antes de la era común, antes de nuestra era

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