México. Vender dulces para vivir

¿Y los derechos de los niños?

LOS DÍAS DE CONFINAMIENTO nos han golpeado duramente a todos los trabajadores del país. Los que han corrido con un poco de suerte, por decirlo de alguna manera, son los trabajadores formales, los cuales se fueron a casa con una parte del salario mínimo mientras cerraban sus centros de trabajo. Aunque por otro lado, a trabajadores de ese mismo sector se les acabó su poca suerte cuando fueron despedidos, justo después de que se levantara parcialmente la contingencia y reabrieran las empresas y tiendas departamentales. El término “suerte” lo adjudican ellos mismos porque nos dicen “tuvimos suerte de que nos hayan pagado el salario durante la pandemia” cuando en realidad deberían decir “La empresa cumplió nuestro derecho a recibir nuestro salario por la contingencia”. Pero hay otro sector de trabajadores que no contaron con esa “suerte”, esos trabajadores son los informales, a los cuales, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), para finales de mayo eran31.3 millones de personas. Mientras que unos cuantos tienen la mayoría de los recursos del país, la gran mayoría de los mexicanos vivimos al día y con pocas oportunidades de sobrevivir a la crisis de la pandemia. El padre de familia que vendía jugos ya no puede vender y no tiene otro medio para subsistir y llevar comida a la mesa de su familia. Por otro lado, nos encontramos con algo mucho más triste: los niños trabajadores de la calle. Por las calles de cualquier ciudad del país, no importa el nombre ni su ubicación, en todos los rincones de la república se encuentran, uno, dos, o centenas de niños vendedores. Andan caminando de sol a sol, a veces vendiendo dulces, otras veces flores, en algunas ocasiones tienen 12 años, en otras, apenas y alcanzan los 7 años de edad. Van de puesto en puesto, de local en local, de casa en casa, tocando y ofreciendo lo que venden. Se ven con ropas muy desgastadas, con los pies cansados, a veces se paran a descansar en una sombra. En sus ojos han perdido el brillo de un futuro mejor, de un futuro en el cual puedan vivir dignamente y en el cual se cumplan sus derechos. Ellos no lo saben, pero tienen derecho.

Un niño pregunta: “¿Compra churritos? De a diez la bolsita”. Se le ve con una sonrisa en el rostro y con una inocencia que lo lleva a hacer muchas preguntas sobre el trabajo y que es lo qué haces en el día. Mira un juguete y dice “Mi mamá no tiene dinero para comprarme algo así. Ella trabaja, hace tortillas, a tres cuadras, ¿y papá? No tengo, mi mamá me cuida. Vendo churritos para ayudar en gastos de la casa y para ir a la escuela, estoy en cuarto de primaria. Y pronto saldré de la escuela para tener otro trabajo”.

Los niños se van y vuelven al siguiente día con la misma rutina de caminar por largas horas para vender churritos. “¿Por qué no traes cubre bocas? “Mi mamá no tiene dinero para comprarme uno.”

La señora trabaja haciendo tortillas y comida en un puesto ambulante. Ambos se encuentran prácticamente solos entre el olvido del Estado y sin derechos ni garantías ante la amenaza virulenta del Covid-19.

Nosotros queremos que todos tengan una vida digna en este país, que se conviertan en humanos y no en cifras de encuestas sobre pobreza y otras cosas. Luchemos por una vida digna para el trabajador y luchemos en contra del neoliberalismo que nos ha robado todo, hasta el brillo de los ojos y la felicidad de nuestros niños. Luchemos por el socialismo.

 

NOTA: Este artículo fue publicado como parte de la sección Testimonio Proletario del No. 55 de FRAGUA, órgano de prensa de la Organización de Lucha por la Emancipación Popular (OLEP), julio, 2020.

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