México. La colaboración de clases a través del tiempo

El Plan de Tuxtepec

EL 10 DE ENERO DE 1876 los militares liberales Porfirio Díaz, Vicente Riva Palacio y Hermenegildo Sarmiento, junto a otros, firmaron en Villa de Ojitlán, Oaxaca, el Plan de Tuxtepec, rechazando la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada.

Años antes, en 1871, Díaz representó a la oposición dentro del propio bando liberal lanzándose como candidato a la presidencia, ante su derrota se alzó en armas proclamando el Plan de la Noria, esta rebelión sería sofocada en noviembre de 1872, después de la muerte de Benito Juárez.

Cuatro años le bastaron para reorganizarse, Díaz era de los héroes militares más laureados en el país además de que contaba con gran apoyo de distintos sectores debido al odio que le tomaron a Juárez después de la desamortización de la tierra. Aquí nos detenemos para explicar qué fue esto:

Con la llamada Ley Lerdo (Ley de Desamortización de las Fincas Rústicas y Urbanas de las Corporaciones Civiles y Religiosas de México) se buscaba hacer producir mercancías en las tierras improductivas acaparadas por la iglesia y la tierra que tenían los indígenas como propiedad comunal.

Otro objetivo de la reforma era que los indígenas pasaran a ser propietarios privados de la tierra y con ello desarrollaran las fuerzas productivas en el campo. Es decir, que las relaciones de producción feudales en el campo mexicano se extinguieran y dieran paso a las relaciones de producción enteramente capitalistas.

La Ley Lerdo le ganó a los liberales el descontento de parte del indígena comunero, la cual se alió al bando conservador: tenemos los ejemplos de Manuel Lozada, “el Tigre de Alica”, líder cora, quien se puso al servicio de los intervencionistas franceses o de Tomás Mejía, líder otomí de la Sierra Gorda de Querétaro, quien fuera fusilado junto a Maximiliano. Esta alianza entre conservadores y una parte de los indígenas se formalizó con el Plan de Tacubaya (1857) donde se convocaba a las armas para volver a vivir bajo los “usos y costumbres”, es decir, las formas coloniales de producción y donde se les daba cierta autonomía a los pueblos indígenas para poseer tierras.

Con la Ley Lerdo las tierras rentadas tenían que pasar a subasta pública beneficiando a muchos arrendatarios quienes luego pasarían a ser pequeños propietarios y base social del liberalismo.

En la pugna por la tierra convergieron los intereses de los pueblos indígenas, la iglesia, los hacendados y los especuladores. Distintas clases sociales fueron golpeadas por el Reformismo liberal y se unieron en Santa Alianza dirigidas primero por el bando conservador y, después, por la oposición dentro de los propios liberales.

Por eso no es raro que si bien las demandas de los planes de La Noria y Tuxtepec fueran la no reelección, las arengas lanzadas por los porfiristas eran las de recuperar las tierras o el reparto de tierra, consignas bien adaptadas según su público.

Las masas campesinas que sufrieron la desamortización fueron las que llevaron a Díaz al poder, su número y experiencia en la Guerra de Reforma y en la intervención francesa le dieron la victoria a quien se presentaba como el redentor de las causas de las clases populares, la legalidad y la división de poderes, ¿ese discurso no nos suena acaso?

Mientras tanto el naciente proletariado comenzaba a organizarse en sociedades mutualistas, las cuales fueron permitidas e incluso impulsadas por Benito Juárez. En las ciudades y en el campo ya se escuchaba hablar del socialismo. En 1868 se dio la primera insurrección que buscaba la recuperación de las tierras para los campesinos despojados y el establecimiento del socialismo en México, ésta fue dirigida por Julio Chávez López; la insurrección fue aplastada por las fuerzas juaristas y Julio Chávez pasado por las armas.

Para la década de 1870 las fuerzas proletarias se dividían principalmente entre las que apoyaron a Sebastián Lerdo de Tejada y las que se oponían a la participación política de la clase trabajadora, ambas posturas presentes en el Gran Círculo de Obreros de México, el agrupamiento político proletario más importante del momento; sólo un pequeño grupo siguió creyendo en la senda marcada por Julio Chávez y su grito de ¡Viva el socialismo!

El alzamiento de Tuxtepec arrastró también a la clase trabajadora, al terminar la confrontación y salir victorioso Díaz el Gran Círculo pactó con él y, poco a poco, se fue diluyendo hasta desaparecer en medio de lo que podríamos llamar el primer proceso de corporativización de la clase obrera en México.

Todos sabemos cómo terminó la historia iniciada en Villa de Ojitlán: una dictadura plagada de despojo, muerte, hambre y explotación. Pero, ¿qué enseñanzas históricas podemos aprender?

En principio que la oposición no proviene necesariamente de las fuerzas externas al gobierno o de los reaccionarios más abiertos, sino de las propias fuerzas dentro del gobierno que se presentan como progresistas. Díaz pactó con los conservadores “moralmente derrotados”, a quienes volvió a encumbrar al poco tiempo y con toda la legitimidad, al presentarse como el redentor de las clases oprimidas por Juárez, aunque sólo utilizara a los comuneros como carne de cañón desoyendo sus reclamos de tierra.

Una segunda enseñanza: por momentos parece que coinciden los intereses de las distintas clases y tenemos los mismos objetivos. Sin embargo, mientras las clases populares no entiendan que sus objetivos son diametralmente opuestos a los de las clases poseedoras terminarán siendo dirigidas por ellas y, aunque en lo inmediato puedan coincidir, a nivel histórico nuestros intereses son irreconciliables y no debemos permitir que nos arrebaten las banderas de lucha.

La tercera enseñanza es que el proletariado debe mantener un programa y organización independiente de las demás clases y esforzarse por no ser arrastrado en las distintas coyunturas, sino ser la clase que dirija la lucha, pues es la clase que luchará de manera más consecuente por los intereses inmediatos e históricos de los oprimidos.

Hoy, distintos opinólogos e intelectuales de la pequeña burguesía se regocijan diciendo que no existe una “oposición organizada” de derecha (aunque ahí tienen al Consejo Coordinador Empresarial, por ejemplo) y olvidan las contradicciones internas en el gobierno y en el propio partido Morena o simplemente dicen que su ala radical de izquierda debe “ser más inteligente para no ponerle el pie al presidente”. Estas opiniones serán las que fortalecerán a la oposición dentro del gobierno, la cual jugará con la legitimidad lograda por éste mientras traiciona, asesina y encarcela al pueblo organizado de manera independiente y con una visión anticapitalista: son los nuevos Porfirio Díaz.

Al mismo tiempo, la burguesía monopolista transnacional está arrastrando a la pequeña burguesía radicalizada (tanto a la derecha como a la izquierda) y a una parte del proletariado a una confrontación contra el gobierno federal; para esto está utilizando distintas banderas de lucha ayer eran “feministas” hoy “epidemiólogos”.

En este contexto se hace más necesario y urgente que los agrupamientos políticos proletarios enarbolemos una lucha verdaderamente independiente de la clases burguesa y pequeño burguesa; que presentemos ante todo el conjunto de la clase proletaria la necesidad de luchar por nuestros intereses inmediatos e históricos de manera combativa y explicar que los avances que pueda tener el actual gobierno no son la panacea sino medidas necesarias para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores; pero que si las dejamos ahí no serán más que migajas y nosotros vamos por todo.

Es momento de que el grito de Julio Chávez López vuelva a tomar aire y sea escuchado por todo el país, es tiempo de luchar, de arrancar el neoliberalismo de raíz y construir el socialismo.

 

 

NOTA: Este artículo fue publicado como parte de la sección Recuperando Historia del No. 54 de FRAGUA, órgano de prensa de la Organización de Lucha por la Emancipación Popular (OLEP), junio, 2020.

Contacto:

olep.contacto@gmail.com

fragua.olep@gmail.com

Facebook: olep.fragua

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS