México. Junio del año 2000, salen del reclusorio norte los últimos presos políticos de la UNAM… a 20 años

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Publicamos la quinta parte del estudio de Gilberto Enrique Ramírez Toledano sobre la huelga general de 1999 de la UNAM, una institución central de la vida intelectual, académica y política de México. La primera parte puede consultarse aquí, la segunda aquí, la tercera aquí y la cuarta aquí.

En junio del año 2000 salieron los últimos presos políticos del CGH (Comité General de Huelga), con la frente, la dignidad y el puño en alto. A 20 años vale la pena recordarlo.

La resistencia por su liberación fue intensa, aguerrida y expansiva. Del 1 de febrero, cuando encarcelaron a los primeros 300 estudiantes en la Prepa 3 de la UNAM, hasta el 7 de junio en que fueron liberados los últimos universitarios en el Reclusorio Norte, hubo un sinnúmero de actos de protesta, desde huelgas de hambre, marchas dentro del penal, hasta enormes manifestaciones y extracciones de sangre para escribir con ella “¡Libérenlos!” en las paredes de la Torre de Rectoría.

En total fueron 998 estudiantes encarcelados. Algunos duraron unos días en los ministerios públicos, pero la mayoría fue remitida a los tutelares de menores y al Reclusorio Norte de la Ciudad de México, el famoso Reno. El gobierno y la rectoría, entonces de corte priísta y neoliberal, así como sus jefes de los organismos financieros internacionales y el gran capital, pensaron que encerrando a los estudiantes, metiendo a la Policía Federal Preventiva (PFP) a las instalaciones y rompiendo la huelga que había durado ya más de 9 meses, lograrían imponer sus reformas neoliberales en la Universidad. No fue así.

Retomo aquí, con correcciones y agregados, un viejo texto que escribí para la difusión de la lucha universitaria hace ya más de 15 años. Entonces se difundió fundamentalmente dentro de la UNAM. Sirva como testimonio, no personal, sino de toda una generación, donde decenas de miles de jóvenes, con su huelga, detuvieron la privatización de la educación superior en México.

La llegada

«¡Tú eres un pinche porro ¿verda’ cabrón?!». Apenas le iba a responder y seguía: «¡cómo no!, a ver si aquí hacen sus desmadres».

Era la madrugada del 3 de febrero del año 2000. El frío entumía los músculos y calaba hasta los huesos. Ya nos había tocado la bienvenida: un golpe en las costillas a cada uno de los 43 fue el saludo al bajar del autobús que nos trajo de la PGR de Camarones. Terminando el «conteo» nos condujeron a una pequeña estancia para quitarnos las prendas que pudieran parecerse al uniforme de los custodios. A los que llevaban pantalón negro se los rasgaron con una navaja para arrancar la tela de la rodilla para abajo.

Yo ya sin cinturón ni agujetas, apenas caminaba sosteniéndome el pantalón. Hicieron que me quitara la playera y me aventaron una chamarra de piel, color negro oscuro, muy chiquita para mi talla y que seguro pertenecía a algún otro interno del penal. De ahí nos llevaron formados al patio lúgubre y frío de la zona de ingreso, para que el jefe de custodios nos diera las primeras instrucciones. Casi nadie ponía atención, todos nos manteníamos pendientes de ver o escuchar indicios de nuestros demás compañeros que debieron llegar ahí un día antes por la tarde. Mientras tanto, desde el área de clasificación de internos (COC) algunos presos comunes nos daban el recibimiento, muy a su manera: «¡cuuuulo les va a hacer faalta, culeeroos!».

Al terminar de leernos la cartilla, entre bravatas e insultos, el carcelero se fue dejando a tres de sus acompañantes a cargo. Pensé que venía lo peor. Se acercaron mirándonos cuidadosamente y uno de ellos se detuvo frente a nosotros para decirnos: «no le hagan caso, así es ese güey, pero nosotros los apoyamos». Un escalofrío recorrió nuestros cuerpos y nos enchinó la piel, era como una pequeña caricia en medio de los golpes de varios días previos. Fue ahí cuando aprovechamos para expresarnos, para decirles que los estudiantes huelguistas luchábamos por la educación de todos, incluyendo la de sus hijos. Notábamos que querían decirnos algo más, pero su trabajo se los impedía, así que sólo sonrieron, asintieron con la cabeza e indicaron: «Ahorita van a servicios médicos, y luego regresan».

Caminamos en la oscuridad, entre rejas y muros. Al llegar a la enfermería vimos que nuestras compañeras salían de ahí, ya con el uniforme beige de presidiario. La alegría de vernos era mutua, se veían cansadas, pero en buen estado. Apenas pudimos intercambiar palabras: «¿cómo están?, ¿cómo las han tratado?», y ellas «no se preocupen, todo va a estar bien… hay que tener fuerza y resistir». A lo que llaman «examen médico» en el reclusorio, es una basilada; nada de checar signos vitales, enfermedades, padecimientos o alergias, se trataba de desnudarse frente a la “doctora”, y dar un par de vueltas mientras ella miraba despreocupada y distraída, para luego ordenarnos ponernos la ropa y salir.

De regreso a la zona de ingreso, en horas de la madrugada, nos asignaron las crujías por grupos. Mínimo 10 personas para cada estancia de 2 metros por tres, que originalmente eran para 4 presos y que contaban con 2 literas de concreto al frente, y en la parte trasera los inservibles lavamanos, retrete y regadera. Mi primera celda fue en la “zona 1”, subiendo las escaleras, primer piso, lado izquierdo. Los barrotes fríos y oxidados estaban pintados de color verde agua, y los cristales que alguna vez protegían del frío, cedían a pedazos por el evidente paso de los años. Nuestra llegada no fue pretexto para que encendieran las luces del lugar.

Fue una cruda noche, sin cobijas ni colchón; con el viento invernal entrando entre los barrotes y la chamarra verde que apenas cubría una parte de mi torso. Dos compañeros de la preparatoria 9 (que abundaban en mi crujía) y yo, dormimos en una de las planchas de concreto de menos de un metro de ancho.

Tres horas de sueño y el primer pase de lista. «¡Todos arriba!» ordenaba de mal humor un custodio que pasaba celda por celda pegando con su macana en los tubos. Las películas se quedaban cortas. Nos abrieron las rejas y salimos al pasillo, entre las seis y las siete de la mañana, cansados, hambrientos y con la mugre de varios días encima; ansiosos por saber algo de lo que pasaba fuera: ¿cuántos habíamos sido detenidos?, ¿cómo seguía la resistencia de nuestros familiares y compañeros?, ¿qué suerte corrían los detenidos que se llevaron a los tutelares de menores? Nadie de nosotros podía saber.

Hincados frente al guardia, él gritaba el nombre y apellido paterno de cada uno y nosotros debíamos responder con nuestro apellido materno alzando la mano (así tuvo que ser durante varias semanas de nuestra reclusión, luego ya nos pasaban la lista en el patio) Informaron que, por fin, bajaríamos por bloques a desayunar y que teníamos 30 minutos para bañarnos. En toda la zona 1 sólo servían dos regaderas, así que tuvimos que apresurar el paso, el agua helada nos despabiló y bajamos al «comedor». Un vaso de té caliente de un sabor que nadie pudo averiguar, con un bolillo y un plato de huevo en salsa verde (o mejor dicho, huevo verde en “salsa”) fue el menú que devoramos sentados en el piso a falta de mesas y sillas, y con los dedos porque están prohibidos los cubiertos.

Así nos mantuvieron, aislados del resto de los presos e incomunicados de la banda de afuera durante varios días, con las rejas de las crujías abiertas pero la del pasillo cerrada, sin poder salir al patio y con derecho a llamadas telefónicas esporádicas. Tres pases de lista y ranchos (comidas) al día, dormir y nada más. A las 10 de la noche todo debía estar tranquilo y en orden, cada preso en su celda y las entradas, salidas, pasillos y crujías cerrados. Tuvimos tiempo para conocernos, platicar, pensar y recordar:

Unos días antes

El primero de febrero habíamos despertado temprano en el CCH, con la amenaza de que los «antiparistas» llegarían en marcha a romper la huelga, así que salimos a defender con vallas, pero sobre todo con argumentos y dignidad, las instalaciones, la huelga y el movimiento estudiantil.

En el CCH Oriente, los que hicimos guardia nocturna éramos más que los estudiantes movilizados por el rector De la Fuente, que pedían reanudar clases sin ganar el pliego petitorio. No nos quitó mucho tiempo, fue cuestión de invitarlos a una asamblea conjunta para discutir el levantamiento o no de la huelga, para que los funcionarios esquiroles se espantaran y temiendo que los alumnos se empaparan de los argumentos de los huelguistas, se llevaran rápidamente a lo que trataban como su rebaño. Siempre le temieron a la discusión de ideas.

Cuando todo se normalizaba nos avisaron que en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza la situación estaba mucho peor, y pedían apoyo para contrarrestar la violencia de los antiparistas. El operativo de Gobernación y De la Fuente para reventar la huelga entraba en una nueva fase. Llegamos decenas de estudiantes para construir un cerco humano frente a la entrada de la FES. Una o dos horas de espera fueron suficientes para que las partes acordaran convocar conjuntamente una asamblea general de la Facultad, y sin más nos retiramos. Desde esas horas ya había rumores de que la Prepa 3 había sido “tomada por los porros”, pero nada confirmado.

Llegamos al CCH y escuchamos la radio. Era cierto “ya no teníamos la tres”. Queríamos dejarlo todo e ir deprisa a dar la resistencia para recuperar la escuela, pero no podíamos, para un grupo de compañeros era martes de cocina y nos tocaba estar preparando la comida para los brigadistas de todo el día, café para las guardias, etc. Era un compromiso que no debíamos abandonar. Vimos un camión lleno de estudiantes que salía a la preparatoria y nos resignamos a quedarnos de cocineros. Un poco más tarde escuchamos en las noticias que al lugar ya habían llegado cientos de «paristas» y «seudo estudiantes» del CGH (como siempre nos llamaron los medios de comunicación) para recuperar las instalaciones que los «estudiantes universitarios» (o sea, los antiparistas y porros) les habían quitado «pacíficamente», pero que no eran suficientes para lograrlo. De inmediato sacamos unas cajas de cereal, leche, huevo para que las brigadas se las arreglaran, y salimos corriendo hacia la prepa.

Llegamos un poco tarde, afuera ya había contingentes de casi todas las escuelas de la UNAM y los porros de adentro, junto con golpeadores ajenos a la Universidad, les arrojaban piedras. Poco a poco fuimos tomando fuerza y logramos acercarnos hasta la reja de la entrada. Las puertas no soportaron más la presión de los zangoloteos y de pronto las vimos abiertas de par en par; todos corrimos al interior, el ambiente estaba impregnado de coraje y desconcierto. Algunos estudiantes cayeron en la trampa del gobierno y participaron en la cacería de porros e infiltrados, que unos cuantos provocadores de consigna iniciaron para golpearlos y sacarlos violentamente, enrareciendo aún más la situación.  Ninguno de los «antiparistas» era estudiante de la escuela. Se trataba de porros, trabajadores de confianza de Auxilio UNAM y, sobre todo, gente de escasos recursos contratada con 50 o 100 pesos para estar ahí. Detuvimos a estas personas y leímos una declaración ante la prensa para mostrar lo que realmente pasaba, después de eso los dejamos ir. Ya para entonces el cuerpo de granaderos tenía rodeado el lugar, y en los medios se decía que estaba en camino la recién creada Policía Federal Preventiva (PFP), que más que por policías estaba constituida por militares disfrazados de gris.

«¡Júntense, júntense!», gritaban varios estudiantes, y todos nos reunimos en el estacionamiento de la preparatoria, en un círculo compacto; cientos de universitarios aferrados brazo con brazo. Obscurecía y escuchábamos consignas de los padres de familia, organizaciones populares y estudiantes de todas las escuelas que nos apoyaban desde el camellón de enfrente. De repente, entre gritos de furia y desesperación venidos de la calle, sonó la marcha de las botas militares. Dentro, la resistencia y la tenacidad, la incredulidad y el miedo; las lámparas de las cámaras de televisión nos alumbraban desde el techo de la caseta de entrada. Un compañero nos informó que en la radio estaban diciendo que en los disturbios había resultado muerto un estudiante. “Ya nos cargaron a un difunto» decía.

Vimos de frente a los pefepos, como verdaderas bestias comenzaron a arrojar las bancas, sillas y mesas que resguardaban la entrada. No corrimos, sin hacerlo explícito decidimos mantenernos unidos y esperar lo que viniera. Espontáneamente cientos de voces comenzaron a lanzar, cada vez más enérgicamente, apunto de desgarrar las gargantas, las consignas, los cantos y los himnos que durante más de 9 meses nos hermanaron; todos juntos al unísono, sin saber lo que iba a ser de nosotros. Con martillos los represores botaron los candados y entraron corriendo, rodeándonos totalmente. La adrenalina invadió nuestros cuerpos, y las consignas se escuchaban más fuerte que nunca. Nos mantuvieron rodeados al menos una hora, casi no veíamos lo que pasaba, era una noche sin luna y los flash de decenas de cámaras cegaban la vista.

De pronto comenzaron los empujones. No podían hacer mucho frente a la evidencia de decenas de cámaras de los reporteros, así que intentaron introducirnos a la oscura privacidad del interior de la prepa, pero no lo lograron, todos nosotros empujamos y con trabajo nos conservamos firmes en el estacionamiento. Entonces los militares de la primera fila empezaron a jalar a los estudiantes que se encontraban en los contornos, y por más resistencia que opusimos no logramos evitar que los arrancaran, uno a uno, de la masa.

Golpes, patadas, toletazos, jalones, escudazos y empujones nos llevaron a los autobuses, entre filas de policías-militares del gobierno. Yo me aferraba a dos de mis compañeros, los más pequeños que apenas habían ingresado al bachillerato; uno de ellos estaba mal, trataba de gritar, pero no podía respirar siquiera, caminaba y sus piernas se doblaban, tuvimos que cargarlo de los brazos y a empujones nos obligaron a ir hasta el primer autobús, pero ahí ya no cabía un alfiler, así que a punta de golpes y empujones nos llevaron al tercero y ahí nos metieron.

Algunos compañeros lograron escapar entre los camarógrafos y las muestras de apoyo que no paraban: «¡no están solos! ¡venceremos! ¡ni un paso atrás». Nosotros no tuvimos esa suerte, cerraron las puertas y comenzó el viaje. Que si al Campo Militar número uno, que si al Reclusorio o al Ministerio Público (MP) de la PGR, nadie lo tenía claro. «¡Estamos secuestrados!» escribían y gritaban por las ventanas varios compañeros, «somos estudiantes de la UNAM y nos están secuestrando». Uno que otro automovilista que se percató de lo que ocurría, se unió a la pequeña caravana de coches que los padres de familia tenían detrás de los autobuses para resguardarnos. Pasamos frente a unas oficinas del PRI, y ante los gritos de auxilio de los universitarios (que no eran para ellos, por supuesto), los ocupantes respondieron, también a gritos, «¡por fin, hasta que se nos hizo!».

Nos llevaron al MP de Camarones, en Azcapotzalco. Bajamos de los autobuses y nos condujeron al interior del edificio, asediados por judiciales armados apuntándonos con sus rifles a la cabeza. Querían doblegarnos de miedo, que bajáramos la cabeza frente a sus armas y que aceptáramos la derrota. Qué equivocados estaban.

Nos detuvieron en el amplio patio del lugar, rodeado de oficinas. Algunos minutos después inició el fichaje, lento y tortuoso. A cada estudiante, fotos de frente y perfil, con un cartoncillo que tenía escrito un número de serie y la insignia de la “UNAM”. Huellas digitales de todos los dedos de las manos, nombres, apellidos, domicilios, escuela o facultad de procedencia y hasta nuestro número de cuenta. En un cuestionario, nos pedían entre otras cosas, que mencionáramos nombres de “líderes”.

Los representantes de la Comisión Nacional de «Derechos Humanos» más que para resguardar las garantías de los estudiantes, fungían como gendarmes que nos obligaban a declarar por la fuerza. Parados detrás de cada preso, amenazaban y “recomendaban” que contestáramos todo lo que el gobierno quería saber de nosotros o de nuestros compañeros. No consiguieron mucho. Nuestro movimiento siempre fue abierto y respaldado por el pueblo. Sus ridículas preguntas no hicieron más que confirmar su bajeza y falta de pruebas contra el CGH.

La torta y el té que nos dieron por la noche habían surtido efecto: primero nos hicieron dormir y ya para la mañana la mayoría estábamos enfermos del estómago. No podremos demostrar nunca que ese té tenía algún somnífero, pero era evidente que después de tomarlo (a pesar de las advertencias de compañeros para que no lo hiciéramos), casi todos quedamos, inmediatamente, contando borreguitos.

Así se hizo de día. Habíamos dormido en el suelo de aquel patio y era ya 2 de febrero. Nos pasaron a los separos con dolores en la panza y restricciones para ir al baño “uno a la vez”, cuando estábamos decenas con diarrea. Por más que insistimos, no nos llevaban a ningún médico, hasta que alguien comenzó con la protesta, seguido por todos los demás: «¡tenemos chorro, tenemos chorro!», pegando con los puños en los cristales. Hasta que apareció un doctor, pero nada más para decirnos que no teníamos nada. «Sólo tomen agua y ya», recetó.

Ahí pasamos todo el día, con incertidumbre y retortijones en el estómago. Era ya de noche cuando abrieron las puertas: «¡fórmense!, ¡manos a la nuca y mirando al piso!, ¡van a salir corriendo!». Cientos de familiares y amigos nuestros se encontraban fuera, pero no pudimos ver a casi nadie, todo fue muy rápido, apenas alcanzamos a alzar la «V» de la victoria con nuestros puños en alto, y nos subieron otra vez a los lujosos autobuses de la PGR para llevarnos a la que sería nuestra morada las semanas siguientes, el RENO, acusados de terrorismo, sabotaje, asociación delictuosa, motín, robo agravado, lesiones agravadas, despojo y daño en propiedad ajena. Como si fuéramos los peores criminales de la nación. Hechos presos justo por los que estaban privatizándolo todo, y querían llevarse también a la UNAM.

En el camino, con la PFP de acompañante, nos obligaron a ir con las manos en la nuca y la frente pegada al respaldo de adelante. Al poco rato oí ruidos raros y se me ocurrió alzar un momento la mirada. Vi como uno de los policías le daba un golpe en la cabeza a un compañero, de tal modo que con la inercia del zape el respaldo le alzara la cara, y de inmediato el flash. Le tomaron una fotografía. Así, repetidas veces con varios compañeros.

6 de febrero en el RENO

Estábamos ahí, hacinados en pequeñas celdas de la zona de ingreso del Reclusorio y llegó el 6 de febrero. Íbamos a cumplir ya 6 días detenidos, sin poder salir ni al patio, ni platicar más que con los compañeros de nuestra propia celda. Nada de libros, ni visitas, ni periódicos, ni nada, sólo un par de llamadas telefónicas cada uno. Hermetismo casi total.

Desde las 8 de la mañana se decía que la PFP ya había tomado Ciudad Universitaria, pero no lo creíamos. Teníamos llamado en el juzgado, así que todos los del bloque 2 nos preparábamos. En cuanto abrieron la reja, un estudiante de Veterinaria bajó corriendo a hablar en uno de los 3 teléfonos públicos del lugar. Minutos después nos confirmó la noticia: «sí entró la policía».

De golpe nos entró un espasmo colectivo; la tristeza, el miedo y el coraje se apoderó de nosotros. Fuimos en silencio a los juzgados, nadie decía palabra. Cruzamos los primeros tres retenes internos donde pudimos ver en la televisión de los custodios las imágenes de la PFP caminando por la explanada de la rectoría, manchando con sus botas militares nuestro auditorio Che Guevara, arrancando nuestras mantas, quitando nuestras barricadas. Los custodios, trabajadores de limpieza y oficinistas nos miraban, unos con burla y los más con compasión. Caminamos por ese largo túnel, húmedo y frío, para subir las escaleras y llegar al juzgado sexto. Nos sentamos en el suelo; todavía en silencio. Segundos después un compañero comenzó a llorar, abrazando sus piernas entre la media luz del corredor. Nada podía contra el desamparo. Presos, acusados de terrorismo y otras lindezas, incomunicados y con un coraje infinito en las venas.

Poco tiempo después llegaron las compañeras, desde temprano pudieron ver la televisión y sabían de la noticia casi desde que ocurrió. Nos vieron decaídos y con una fortaleza impresionante nos alentaron rápidamente con el grito de guerra de los estudiantes presos: «¡ánimo delincuencia! ¡vamos a ganar! ¡nada de tristezas!». Aun cuando su tristeza, su miedo y su incertidumbre eran evidentes, su gran espíritu de lucha nos contagió. Estar en la cárcel, sería en adelante una trinchera de resistencia más de este gran movimiento estudiantil de 1999-2000.

Terminó la audiencia, ese mismo día cumplió años Dulce, una estudiante de Economía, y ya con el ánimo un poco repuesto hasta Las Mañanitas le cantamos, antes de regresar a la zona de ingreso. En el primer retén, vimos a 5 de nuestros compas que cayeron presos ese día, ya con el uniforme beige y pasando por todos los fichajes del reclusorio. Los saludamos de lejos, se veían fuertes y tranquilos. «Agarraron al CGH de madrugada en el Che», fue lo único que pude entender de lo que nos trataban de decir desde donde estaban.

La cárcel, una trinchera más del CGH

Ese mismo día pudimos pisar el patio por primera vez. Los rayos del sol se sentían raros en la piel, tanto tiempo sin ellos. Al principio sólo podíamos salir tres horas, en bloques separados, y encerraban en sus crujías a todos los demás. Pero conforme pasó el tiempo conseguimos tener contacto con todos los presos políticos, y los comunes también, con quienes, por cierto, la relación mejoró constantemente. Era de esperarse, todos ellos son la franja de la población más golpeada por el sistema, los que roban por pobreza, por hambre y por desempleo, así que entendían perfectamente nuestra lucha, y la compartían. Los pocos que estaban en contra, cambiaban rápidamente de opinión; era cuestión de explicarles las razones de la lucha para que rápidamente cayeran en cuenta de que Televisa y TV Azteca los habían tenido engañados.

Hacíamos asambleas, teníamos comisiones y organizamos varias actividades. Inclusive con donaciones establecimos una biblioteca para todos los reclusos, políticos o no, de la zona. Pedir un libro sólo tenía el requisito de anotar tu nombre y la crujía en la que dormías en una lista, y avisar cuándo devolverías el material. Hubo talleres de alfabetización, círculos de lectura, torneos de ajedrez y un sin fin de actividades más con todos los presos del lugar.

Pero no sólo la organización, también la resistencia traspasó los muros. Cuando afuera el CGH hacía sus multitudinarias manifestaciones por nuestra libertad y por la solución de las demandas, dentro del RENO también nosotros marchábamos. Salíamos con banderas de huelga (cosidas clandestinamente dentro del penal) y carteles, nos formábamos por contingentes y a la hora señalada arrancábamos la manifestación. Había representaciones de prácticamente todas las escuelas, colegios y facultades de la UNAM, y hasta de la UAM y el Colegio de Bachilleres, todos dando vueltas al patio: «¡de norte a sur, de este a oeste, ganaremos esta lucha, cueste lo que cueste!».

Desde el primer y segundo piso nos arrojaban hojas de papel hecha pedacitos como confeti; ochosolas y hasta oradores especiales: dos de los asesores del CGH, Hugo Aboites y Luis Javier Garrido (este último entrañable compañero hoy fallecido) asistieron a una de nuestras marchas y dieron su discurso al final, entre cientos de prisioneros políticos. Por dentro la cárcel se estremecía totalmente, «¡el preso consciente se une al contingente!», gritábamos al pasar por la entrada al patio, y muchos reclusos comunes atendían nuestro llamado y se sumaban a la manifestación; los técnicos penitenciarios y otras personas salían a mirar, para ellos era algo inusual, insólito. “¡Están marchando, dentro de la cárcel!”, decían.

Un día llegó un compañero agitado informando que un custodio le había pegado a un compa de la Prepa 2 por no pagar un soborno. De inmediato salimos de las celdas cientos de estudiantes presos, y nos concentramos en la entrada de la zona de ingreso. Quitamos a los técnicos penitenciarios y empujamos la puerta hasta casi derrumbarla, estábamos decididos a llegar hasta donde el custodio, pero llegaron refuerzos antimotines y no pudimos avanzar más. Ante esto decidimos hacer un plantón en el patio, «no nos movemos de aquí, ni pasamos lista hasta que hablemos con el director del penal y despidan al custodio». Así lo hicimos, una comisión logró llegar hasta la dirección mientras nosotros esperábamos pacientes. Llegaron los técnicos a pasar lista y nos negamos. No lo podían creer, menos los presos comunes quienes nos miraban incrédulos y alegres, con sonrisas cómplices. “Ahora están en plantón, ¡mira nada más!”. Un rato después llegó la comisión e informó: «llegamos con el director y ya despidieron al custodio».

Desde la huelga de hambre por la salida de la policía del campus universitario hasta torneos de ajedrez con inscripción abierta a todos los presos de la zona de ingreso, siempre teníamos algo qué hacer o qué impulsar: círculos de lectura, discusiones, asambleas, reuniones de áreas, guerras de toallazos, invitaciones a comer (en la crujía de al lado por supuesto), etcétera. Pero nuestra actividad favorita era la de cada noche: estrujar la oreja en las rejas para oír y contestar las consignas de nuestros familiares y compañeros de lucha, que desde el plantón que instalaron fuera del reclusorio se mantenían pendientes de nosotros. Era como estar juntos, aunque sea unos minutos al día.

Sin duda la lucha más tenaz y valiente la hicieron ellos, los miles de estudiantes, padres de familia, trabajadores, campesinos y maestros que fuera de los muros y las mallas ciclónicas del reclusorio, mantenían en defensa del derecho a la educación, y por nuestra libertad. Recuerdo con especial cariño a los maestros de la CNTE, principalmente los de Michoacán, que dieron una batalla impresionante por nuestra libertad, instalaron un plantón, fueron a Ciudad Universitaria, enfrentaron cara a cara a las autoridades, hasta hicieron huir al director de Derecho por una coladera. Y como ellos, muchas organizaciones solidarias marcharon codo con codo con los estudiantes en esos momentos difíciles.

La enfermedad se pagaba caro en la cárcel, con los intensos fríos muchos sufrimos de tos, gripa e infección de anginas. Una vez llegaron unas personas a repartirnos y leernos el «ABC del interno», donde se explican «los derechos y obligaciones» de todos los encarcelados. Nos sacaron al patio y nos sentaron a todos para escuchar. Yo estaba muy enfermo, trataba de oír lo que se decía, pero no me concentraba, ni siquiera podía sostener la mirada. El mareo, el frío y la fiebre me obligaron a recostarme, cuando las náuseas ya no me dejaron soportar más fui con los técnicos penitenciarios a pedirles que me llevaran al doctor. Me respondieron en tono burlón que «aquí no estás en tu casa, dame tu nombre y nosotros te llamamos después». No sé qué pasó el resto de la tarde, me la pasé durmiendo durante horas y poco a poco fui sintiéndome mejor. Ya para el otro día en la noche, la fiebre y la gripa estaban cediendo, lo grave había pasado. Volví a dormir y a la mañana siguiente, por ahí de las 11 horas un estafeta (preso que la hace de mensajero) gritó mi nombre. Era día de ir a los tribunales, así que pensé que me querían para eso. Tomé mi llamado y fui a la entrada, «aquí estoy» les dije. Me miraron y preguntaron «¿tú pediste un doctor?».

La lucha sigue y sigue

Casi diez meses duró la huelga universitaria, desde el 20 de abril de 1999 hasta el 6 de febrero del 2000. Con ella decenas de miles de estudiantes de la UNAM sacudimos a la sociedad y enfrentamos una de las más grandes campañas de difamación que los medios de comunicación hayan realizado contra algún movimiento popular en México.

Al final derrotamos al neoliberalismo, encerraron a 998 estudiantes, incluso por varios meses, pero vencimos. Prueba de ello es que la UNAM sigue siendo gratuita, no hay colegiaturas y se mantiene una lucha por la eliminación de cualquier cobro en las escuelas. Además, le dimos un duro golpe al aparato de espionaje y represión de las autoridades, la correlación de fuerzas que dejó la huelga mantiene en mucha mejor posición al movimiento que antes de ella.

Siempre hace bien recordar, no sólo para contemplar el retrato que nuestro pasado nos ofrece, sino para conocernos a nosotros mismos, para entender por qué somos lo que somos, y por qué estamos donde estamos. Y es que cada quien es lo que ha vivido, lo que lo ha rodeado y forjado: el lugar donde nació, las escuelas, los parques, los amigos, la familia, los juguetes, el comedor de casa, la cama, los libros, las costumbres… en fin, todo lo que a cada paso se nos topa de frente para ser parte de uno mismo.

Ya han pasado 20 años desde que la PFP entró a nuestra universidad y rompió la huelga del CGH, pero el tiempo en estos casos no transcurre, porque ahora, los mil estudiantes que caímos en las mazmorras del gobierno, ya no sólo somos las aulas en las que estudiamos, las bibliotecas y los auditorios, las pláticas de pasillo con nuestros compañeros y profesores de clase. Ahora también somos el gris de la policía militarizada, somos los gritos y los golpes de los custodios, los muros y las mallas de púas. Estas heridas ahora nos pertenecen, y no importa cuánto tiempo pase, somos y seguiremos siendo los barrotes verde agua del reclusorio, esos de los que no escapamos durante días, semanas o meses al abrir los ojos por la mañana en el primer pase de lista, ni al pegar la oreja a los vidrios rotos para escuchar las consignas de nuestros compañeros que noche a noche nos confortaban.

Sólo hace falta ver ese retrato del pasado para entender que todo esto es y será siempre parte de nosotros, como la misma sangre, igual que las guardias frente a una fogata defendiendo la escuela de porros y ladrones; las brigadas al metro, camiones, plazas y mercados para llevarle nuestra voz al pueblo; las multitudinarias y feroces movilizaciones en defensa de nuestra universidad, en protesta por la pretendida privatización que el Banco Mundial, el FMI y la OCDE ordenaron, y que el gobierno federal ya se apresuraba a concretar.

Algunos compañeros del CGH se han ido físicamente, pero nos dejaron su ejemplo. El Llanero Solitito, Luis Javier Garrido e Higinio Munóz, entre otros grandes compañeros de lucha, que estuvieron en la resistencia cegehachera de principio a fin, hoy ya no están entre nosotros. Aquí les rendimos un sentido homenaje.

Eso es lo que somos y es por eso que aquí seguimos, en una trinchera o en otra, miles de estudiantes de entonces que hoy participan en proyectos comunitarios, en organizaciones populares, o manteniendo la resistencia en la Universidad como profesores, todos con la frente en alto, vislumbrando las resistencias del futuro, de pie.

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