Meter la pata hasta el fondo

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Durante esta semana hemos asistido a dos meteduras de pata de aquellas que hacen historia y que ni las disculpas posteriores ni las rectificaciones pueden aceptarse porque o bien denotan falta de preparación en el discurso [hecho imperdonable, cuando la atención de todo el país está puesta en el “parte” de los especialistas con los datos de la pandemia] o que las medidas que se anuncian han estado pensadas con los pies, y a estas personas se les exige mucha, mucha cabeza por el lugar que desempeñan con una función extraordinariamente especializada y por la que reciben unos emolumentos que todos pagamos con nuestros impuestos.

Me refiero al General Santiago y a la Ministra portavoz M.J. Montero. Ya se ha debatido abundantemente y escandalizado oír que el gobierno de esta España utiliza los rancios oficios del control de opinión en las críticas al gobierno. Pero cuando ya estaba más o menos apaciguada la polémica, resulta que, después del consejo de ministros sale la portavoz y la lía con la propuesta más desconsiderada: los niños pueden salir acompañando con un padre a los sitios de mayor contagio, como son farmacias, supermercados, panadería, centros médicos etc. De una parte, la responsabilidad de los padres es suficientemente alta para no exponer a sus hijos a peligros que pueden evitarse. En segundo lugar las plazas, los paseos y las calles sin tráfico son lugares espaciosos donde poder desalojar la adrenalina acumulada con tantos días de confinamiento y con tantos días de responsabilidad.

El sentido común, y parece que en estas dos intervenciones ha faltado y en abundancia, nos indica que los padres son los primeros protectores de sus hijos, aun sin recomendaciones i/o imposiciones actuarían de la forma más adecuada para su protección. Echamos en falta y mucho la diferente consideración de los niños del mundo rural de los urbanitas, de los pueblos que no han registrado ni un solo caso de infección. Todos metidos dentro del mismo saco cuando las especificidades son muy notorias. Nos acordamos del mundo rural en contadas ocasiones y el principio de desigualdad que supone el acceso a servicios entre el mundo rural y el urbano no se ve considerado a la hora de liberar a los niños del enclaustramiento. Un niño de un pueblo es un ser en libertad; en plena naturaleza corre, se esconde, juega y ayuda a sus padres en cualquier tarea y vive en comunidad. Un niño de ciudad vive en un piso, dependiendo de su clase social, confinado en pocos metros cuadrados, va al colegio en bus o andando y regresa a casa al finalizar el horario escolar. El confinamiento atenta tanto a la libertad individual como a la solidaridad con los demás. Si se ha seguido con pasos muy firmes el confinamiento, es la hora de que podamos acceder a la libertad sólo con las cortapisas de la prudencia. Y los padres saben mucho más por la visto que estos especialistas.

Los ancianos somos los otros grandes maltratados por el inicio del desconfinamiento. La disciplina con que nos tomamos la medicación para poder llevar bien los achaques de la edad ha sido complementada con rehabilitación y con los paseos para desentumecer esa musculatura que se vuelve reacia a seguir elástica y que ayuda a que la presión sanguínea esté controlada. Si bien el coronavirus [como primer agente, pero en segundo lugar la precariedad, el descontrol y la falta de medios en las residencias] ha atacado brutalmente a los mayores, me pregunto si no deberían ser también los primeros liberados del pasillo, del sofá y de la hartura de amenazas televisivas y con la angustia de qué me pasará.

La ideología nada tiene que ver en la valoración de las circunstancias que nos toca vivir. Hoy la eficiencia, la responsabilidad y la empatía están muy por encima de la ideología. La ideología ayuda a establecer prioridades, cierto. Pero las prioridades se pierden cuando la gestión no deviene eficaz en todos los aspectos, también en la comunicación.

No todos los países han optado con el confinamiento total y sus datos son muy similares a los que tenemos en nuestro país. En estas casi seis semanas de confinamiento he salido tres veces fuera de casa: a la farmacia, a por el pan y al mercado… y como yo cientos de personas mayores. Que no nos nieguen ahora salir al sol, a andar una hora por ramblas, paseos y playas los que las tengan.

Tan importante para el desarrollo de los niños es el colegio como la socialización, el juego y el deporte colectivos; tan importante es para los ancianos la constancia en la medicación como el poco ejercicio físico que nuestra naturaleza nos permite.

Así que, señores del gobierno y sus asesores especialistas: ¡Déjennos a los niños y a los ancianos vivir con tranquilidad, que la mesura, la responsabilidad y la solidaridad la ponemos los padres en el cuidado de nuestros hijos y los ancianos, por la cuenta que nos trae! ¡Ah!, y por favor, que no nos pille como vulgarmente se dice, “en bragas” otra posible epidemia y establezcan los medios para que la sanidad y los “sanadores” sean suficientes para hacer frente. Olvídense de la caridad, del voluntariado, de las cuentas abiertas, de los conciertos online, y ejerzan su principal función y sentido de ser: proteger la vida de los ciudadanos con eficacia, sentido colectivo y con las especificidades propias de cada lugar.

Finalmente: si vieran las melenas que llevo con tantos días sin poder ir a la peluquería se asustarían y posiblemente creerían que soy un pordiosero dejado en mi higiene,  y no es así.

 

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