Metapolítica: La ultraderecha activista en busca de la hegemonía

148

Por José Luis Carretero Miramar

La ultraderecha avanza en toda Europa, es más, en todo el mundo. Varios gobiernos europeos están ya en sus manos. Su presencia pública ha sido normalizada. Su influencia en el conjunto de los discursos sociales es cada vez más amplia y profunda. Y en nuestro país, que se consideraba cauterizado por los cuarenta años de dictadura genocida y por la presencia de un autodenominado populismo de izquierdas, la ultraderecha está ya sosteniendo el gobierno andaluz, convertida en una pieza clave para la gobernabilidad y para la estrategia de poder del conjunto de la derecha. Nada parece detener su avance. Un futuro tripartito entre Ciudadanos (el neoliberalismo descarnado), el Partido Popular (el conservadurismo clásico) y Vox (una ultraderecha pro-franquista pero más posmoderna que nostálgica) se apunta en el horizonte. Que, en ese contubernio derechista la hegemonía ideológica está crecientemente escorada hacia las posiciones voxistas es, por otra parte, cada vez más evidente.

¿Cómo es esta nueva ultraderecha que ha superado las fases de la pura nostalgia o el escuadrismo juvenil para devenir alternativa política y sustrato cultural con tendencias hegemónicas? ¿Qué la asemeja y la diferencia del fascismo clásico? ¿Por qué puede moverse con creciente comodidad en los márgenes del discurso conservador tradicionalista y el ultraliberalismo más supuestamente rupturista? ¿Qué podemos hacer ante su avance? ¿Existen alternativas a la deriva autoritaria y el neofascismo que parecen el legado más directo de la década de crisis global y de la irrupción de la conciencia de la fase de mutaciones salvajes que se avecina? Reflexionemos sobre ello.

Primero detengámonos en cuál es la base electoral de este nuevo fenómeno político. Quién les vota. Se ha hablado mucho de su supuesta vinculación con los “perdedores de la crisis”, incluso con el mundo obrero. Durante años, cualquier análisis sobre el Frente Nacional francés se detenía sobre los votos que Le Pen obtenía en barriadas tradicionalmente comunistas. No vamos a negar que algo de eso existe, que hay miles de trabajadores votando a la ultraderecha (en todo caso, los trabajadores han sido condenados casi siempre ha elegir a cuál de sus patrones votar, una tendencia que se ha hecho más profunda con las derivas social-liberales de la socialdemocracia europea). Pero esa no es su base electoral fundamental. Y aún menos en España. El porcentaje de voto ultraderechista en las barriadas obreras (aún existente) es todavía muy inferior al que obtienen en otros espacios sociales.

El voto ultraderechista, en Europa (ya hablemos del Frente Nacional francés, ya de los votantes de Orbán en Hungría, ya de los votantes de Abascal en Andalucía) se concentra en un par de amplios fragmentos de clase:

Por un lado, el voto del pequeño y gran propietario rural, tradicionalmente muy conservador y acosado por la agroindustria global, que le impone una competencia draconiana con la producción foránea, y por la usura de las entidades financieras, que ahogan sus posibles vías de financiación. Se trata de un ecosistema social absolutamente opaco para la izquierda, que nunca, incluso desde la misma Revolución Francesa, tuvo un discurso para esas gentes que se intuían dominadas completamente por las redes clientelares locales (el tradicional caciquismo rural que nunca desapareció). Además, es un sector social que se entiende a sí mismo como enfrentado a y colonizado por las instituciones europeas, que tienen (Política Agrícola Comunitaria mediante) la llave para su supervivencia. Una llave que la burocracia de Bruselas utiliza para ir ganando espacios para el agrobussines en detrimento del mundo rural. Barones locales del agrobussines exportador (como los empresarios de El Ejido, en Almería), redes caciquiles en los pueblos, pequeños propietarios rurales ultraconservadores acosados por las deudas (frente a las entidades financieras o frente a los caciques, que siguen actuando como red financiera, y muchas veces usuraria, paralela cuando la financiación comercial ya no es accesible). Todos ellos conforman un magma con amplias simpatías hacia una imposible (más mítica que real) recuperación del universo franquista y autárquico en el campo. Una mixtura confusa de reivindicación de una política de la propiedad privada que, al tiempo, lo sea también limitadora de los poderes omnímodos de un mercado desregulado que se identifica (de manera errónea, pero no descabellada) con las instituciones europeas y el “globalismo”, pero no con el ultraliberalismo de los grandes flujos de capitales.

Por otro lado, amplias capas urbanas constituidas por una pequeña burguesía en decadencia conformada por propietarios de pequeñas y medianas tiendas, taxistas, miembros de las fuerzas de seguridad, funcionarios de alta cualificación, profesionales liberales y otros sectores acosados, también, por el avance de la globalización (libertad de horarios comerciales, aparición de las plataformas colaborativas, privatización creciente de la seguridad ciudadana, recortes en la función pública, etc). Junto a este magma en decadencia, al que la izquierda renunció hace mucho a influir y que presenta posiciones volátiles entre el miedo a la apertura económica neoliberal y el terror frente a cualquier avance de la clase trabajadora, podemos encontrar también una buena cantidad de hombres temerosos del despliegue de las posiciones feministas, jubilados de clase obrera asustados por la creciente degradación de los barrios metropolitanos y, muy señaladamente, la acción coordinada de las distintas redes clientelares de las muy poderosas sectas de origen religioso que, ocupando posiciones de poder tanto como generando puestos de trabajo basados en la fidelidad absoluta al grupo en todos los niveles sociales (desde la limpiadora de la casa del supernumerario del Opus Dei, hasta el colaborador de las iglesias evangélicas), se conectan con el universo ultraderechista fundamentalmente en base a sus ideas ultraconservadoras “genuinas”, en oposición al oportunismo electoral demostrado al respecto por el Partido Popular en los últimos años.

Todo este magma sensible al voto ultraderechista se identifica alrededor de un discurso confusamente nacionalista. Entendámonos, la narrativa supuestamente nacionalista del “A por ellos” y “los españoles primero” que maneja Vox y su colchón social es totalmente primaria y falta de profundidad ideológica. Intenta reactualizar los temas recurrentes de la retórica franquista sin sacar a la luz la problemática específica de un patriotismo coherente en las condiciones de dominio neoliberal. Así, la crítica a la Unión Europea realmente existente ha ido (en toda la ultraderecha europea, como pone de manifiesto un artículo reciente de Ángel Ferrero) derivando en simple xenofobia frente al inmigrante.

La falta de definición en torno a las problemáticas centrales de una posible recuperación de la soberanía nacional en el contexto global actual (la presencia de fuertes Estados-Nación en un mundo multipolar, la ambigüedad del papel de la UE en dicho escenario, como hipotético límite y como real embajador de las tensiones producidas por el libre movimiento de los capitales, el poder menguante de la hiperpotencia norteamericana, etc) es radicalmente invisible para los teóricos patrios de un supuesto ultranacionalismo que no es más que declamación patriotera acompañada de genuflexiones a los lugares comunes neoliberales. El supuesto neokeynesianismo suave proclamado de manera oportunista por el FN francés no ha llegado hasta España. Vox es una bacanal de banderas, ayuna de todo proyecto nacional coherente. Su posición en términos geopolíticos, frente a lo que suele pensarse, está más cerca del tradicional atlantismo subordinado del PP que de ningún tipo de veleidad euroasiática al estilo del pensamiento putiniano.

Su nacionalismo se identifica, confusamente, como el centro y la raíz de una de sus principales apuestas programáticas: el conservadurismo. Un conservadurismo moral exacerbado en el discurso que, sin embargo, se centra más en sacar a la luz las incoherencias y derivas estrafalarias del discurso izquierdista al respecto, que en defender claramente sus posiciones. La crítica del feminismo, del movimiento LGTBI, etc, se centra en aspectos no centrales, pero capaces de generar una polémica que trata de ridiculizar y convertir en intolerables elementos y sucesos muchas veces anecdóticos. La crítica de la Ley de Violencia de Género, por ejemplo, coloca en lugar prioritario contradicciones totalmente colaterales de la Ley procurando invisibilizar el corazón de la problemática real concernida. El discurso ralla en la incoherencia lógica y se construye sobre un atado de prejuicios y medias mentiras, pero funciona perfectamente en ámbitos masculinos muy sensibilizados por la miseria sexual cotidiana y el emponzoñamiento de las relaciones vivido en los ambientes urbanos de la posmodernidad.

La influencia de las sectas religiosas, como dijimos, es determinante en esta vertiente de la narrativa ultraderechista. Las grandes redes del Opus Dei o de los Legionarios de Cristo, por no citar creencias y obediencias de menor tamaño o capacidad de influencia, han iniciado un movimiento tectónico de traslado de su voto y su militancia del PP hacia Vox, animadas por el activismo ultraconservador de organizaciones como HazteOir, vinculadas al universo ultraderechista. Pero, como hemos indicado, lo que principalmente trata de comunicar el fundamentalismo cristiano desde medios de comunicación como Intereconomía o Libertad Digital no son los dogmas de fe de sus creencias ortodoxas, como la satanización de las relaciones sexuales o la condena de la homosexualidad (que en muchos casos provocarían incluso hilaridad en amplios sectores de las jóvenes generaciones) sino las inconsistencias y derivas estrafalarias de la izquierda, sacadas de contexto y convertidas en demostraciones de lo supuestamente intolerable de las aritméticas libres del deseo y de la pluralidad de los artes de vivir.

Porque todo este supuesto tradicionalismo, como todo su supuesto nacionalismo, tienen que convivir con un alma marcadamente demoníaca y disolvente de las viejas verdades que se dice defender: el ultraliberalismo económico. Ya lo hemos dicho, en nuestra ultraderecha no hay, de momento, ninguna veleidad keynesiana, ninguna concesión a la cuestión social, ni aún disfrazada de patrioterismo de opereta. Sus posiciones, ampliamente divulgadas en espacios como Intereconomía son las de un anarcocapitalismo libertariano, al estilo de la alt right norteamericana, no las de la “democracia soberana” de Putin o Duguin. En esto coinciden, no cabe duda, con héroes del populismo de derechas como Viktor Orbán (que ha aprobado una brutal reforma laboral que ha provocado las mayores movilizaciones obreras en Hungría desde la caída del muro) o Jair Bolsonaro (que amenaza con hacer desaparecer la jurisdicción laboral del ordenamiento jurídico brasileño). La condición de clase de la ultraderecha, que sacude la bandera de una clase obrera nacional y blanca inexistente en esos términos en el mundo de hoy para someter a los trabajadores europeos y sus organizaciones a un disciplinamiento neoliberal reforzado, se hace evidente en lo real de las medidas que se adoptan una vez en el poder y en programas económicos que en nada se diferencian de los del liberalismo de la familia popular europea salvo en el énfasis antipopular exacerbado.

Todo ello viene acompañado de la recurrente adhesión a lo más salvaje del populismo punitivo. Entendámonos aquí también: el énfasis en la punición y el criticismo airado de las garantías jurídicas del presunto infractor de la ley forman parte del discurso cotidiano de todas las vertientes de la posmodernidad: desde las películas policiales de sobremesa, espacio cultural de genuina normalización de la tortura, hasta las tertulias televisivas, convertidas muchas veces en concurso de simplezas sobre la omnipotencia del sistema penal, cuanto más duro mejor, para atajar la ilegalidad. Es más, ni siquiera la izquierda o sus más esperanzadores movimientos actuales, como el feminismo, está cauterizada frente a la infección del más brutal populismo punitivo (más penas, menos garantías, menos libertades civiles, extensión del delito considerado exento de los límites legales considerados normales…). La ultraderecha, aquí, se sube a la ola antidemocrática levantada por la inseguridad creciente en metrópolis cada vez más inmanejables, en barriadas cada vez más abandonadas y degradadas, donde la ilegalidad, muchas veces alentada por las mismas instituciones que se supone han de detenerla, empieza a ocupar espacios nuevos, como las redes del contrabando en la costa sur de España.

Este populismo punitivo ampliamente extendido en el conjunto social engarza rápidamente en el discurso ultraderechista con la más notoria xenofobia, que busca disciplinar a los trabajadores inmigrantes, más que llevar a cabo una imposible expulsión masiva. Las redes locales de la agricultura de los invernaderos para la exportación, por ejemplo, claras votantes de Vox en las últimas elecciones andaluzas, no pueden renunciar al trabajo migrante si quieren ser competitivas a nivel global manteniendo su poder social, pero sí pueden convertirlo en cabeza de turco de la angustia de los jornaleros locales y mantenerlo en el terror de la continua amenaza de expulsión. Populismo punitivo y rechazo de la inmigración se muestran, pues, como dos elementos nucleares de una cirugía social de urgencia que busca operar sobre el cuerpo social para fragmentarlo y evitar toda solidaridad desde abajo, para socializar un terror que paralice toda reconstitución de la trama social de la clase obrera sobre sus propias necesidades e intereses.

Pero, ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Cómo ha construido su creciente poder social la ultraderecha? Aquí resulta imprescindible hacer referencia al concepto de la “metapolítica”, construido por la llamada Nueva Derecha francesa (Alain de Benoit, etc) hace décadas para marcar los objetivos estratégicos del avance del Frente Nacional francés. Bebiendo del concepto de hegemonía gramsciano, y vinculándolo con las nociones de teóricos del fascismo clásico como Évola, la apuesta de la metapolítica es la siguiente: a la hegemonía electoral ha de precederle la hegemonía en los discursos sociales, en la cultura, en lo cotidiano, en la trama real de la sociedad. Es desde esta perspectiva que la ultraderecha ha realizado un trabajo de décadas para su reaparición en sociedad. Construir sociedad antes que construir el Partido, y mucho antes que presentarse a las elecciones. Intereconomía va antes que Vox, y mucho antes van la miríada de Institutos de Estudios, asociaciones locales, fundaciones o periódicos municipales que han hecho digerible, a grandes rasgos, la narrativa de la ultraderecha. Hay que estar en la universidad, controlar medios de comunicación, expandir las claves centrales del discurso, ser la referencia de las discusiones cotidianas en el bar del barrio, mucho antes que presentar una cabeza electoral.

La metapolítica le ha permitido a la ultraderecha cambiar la textura de la sociedad antes de enfrentarse a ningún fracaso electoral. Huyendo de los tópicos del fascismo clásico, las redes que alimentan Vox esconden la simbología tradicional de la ultraderecha, reniegan con la boca pequeña del escuadrismo juvenil, se camuflan en proyectos derechistas más amplios (el republicanismo de derechas de García Trevijano, los partidos fallidos de un Mario Conde o un Ruiz Mateos, etc) hasta que ven a la sociedad madura para intervenir a la luz del día. Es lo que la izquierda, cuando era izquierda, llamaba trabajo de masas, un atado de expansión del discurso, generación de trama organizativa local, conformación de una cultura propia, articulación de sectores sociales reales y de redes de relaciones amplias y plurales, que el movimiento obrero convirtió en el corazón de su práctica política en el siglo pasado. El auténtico Gramsci, frente a la caricatura triste de los aspirantes a Maquiavelo que se han quedado en cainitas furiosos de la nueva política.

Además, toda esta labor callada se ha podido hacer usando recursos ingentes. Las redes globales de la ultraderecha están generosamente financiadas. Multimilllonarios norteamericanos de la energía, fanáticos religiosos, emprendedores libertarianos… todos ellos y muchos más han contribuido. Con una red tupida de organismos de investigación, campañas locales, tramas académicas, medios digitales globales tanto como periódicos gratuitos municipales, la ultraderecha ha podido huir de todo límite legal a la financiación de campañas electorales, sobre todo porque los suyo no es una campaña electoral, pequeña guerra limitada en un escenario mucho mayor, sino un experimento de ingeniería social global. Hay que cambiar los corazones de la gente, no sólo impelerlos al voto. Hay que llenarlos del miedo al diferente mucho antes de que visiten la urna. Hay que construir la hegemonía en las palpitaciones de lo cotidiano, antes de ninguna ofensiva sobre el poder expreso y visible. Eso explica que Vox no tenga apenas asalariados ni liberados en su estructura: es un auténtico Partido-Movimiento en el que los recursos se distribuyen por vías mucho más amplias que las estrictamente partidarias.

Las redes de financiación de la ultraderecha son fundamentalmente opacas. Se aprovechan de las lagunas legales de una economía globalizada. Usan elementos de pantalla, como el grupo de opositores yihadistas iraníes que financió a Vox hace unos años, seguramente tapadera de un donante mucho más poderoso que así huía de todo control legal. Son ubicuas y extremadamente poderosas. Pero, no nos engañemos, según algún estudio hecho en Francia, no parecen ser tan diferentes, en su composición concreta, de las que financian al resto de organizaciones de la derecha. Las mismas grandes fortunas apuestan a todos los escenarios.

¿Qué podemos hacer frente al avance de la ultraderecha? ¿Cómo podemos defendernos de esta oleada “parda” que amenaza con anegar toda Europa? Ahí van algunos elementos tentativos para la reflexión al respecto:

En primer lugar, debemos reconstruir para nosotros y nosotras el concepto de la metapolítica. Arrebatar la hegemonía a las redes conservadoras es un trabajo social de amplio espectro. Es decir, no basta con construir un Partido, aún menos una plataforma electoral. Es un trabajo en lo cotidiano y en todos los ámbitos sociales que implica entender que, a veces, lo urgente no debe hacer que lo imprescindible deje de hacerse. Las prisas electorales están fuera de lugar. Si alguien aún cree en la capacidad demiúrgica de las urnas que practique un voto defensivo, pero la labor estrictamente necesaria va mucho más allá de echar una papeleta en una urna y ganar algo de tiempo mientras la nueva aventura institucional se derrumba por sus propias contradicciones internas. Hay que conquistar espacios sociales, crear medios de comunicación independientes, lugares de socialización ciudadana, organismos de base, equipos de investigación-acción participante, expandir discurso, establecer relaciones, dialogar con sectores diversos, entrar en la academia y entre la fuerza de trabajo del último Mac Donalds, contaminar el hablar y el hacer cotidianos de las grandes masas sociales.

Para eso es imprescindible un activismo de base, una cultura militante. Un nuevo tipo de organizadores que se sumerjan entre las costuras de la clase trabajadora y otros sectores afines. Que no entiendan la política como una carrera retribuida mediante la que huir de la clase de la que vienen, sino como una forma de construir un pueblo fuerte, empezando por reforzarse ellos mismos. Con un nuevo tipo de relación con el mundo que les rodea: diálogicidad (por usar el feliz término de Paulo Freire, que indica diálogo y pedagogía no autoritaria), interés, capacidad de innovación, voluntad de construir en común. Una militancia con mucha más curiosidad, más energía (“bondad y energía, como decía Ángel Samblancat) y con mucha menos soberbia y ánimo cainita.

Debemos entender que la transversalidad de la que todo el mundo habla no consiste, básicamente, en decir lo que todo el mundo dice y repetir los lugares comunes del régimen (la bandera, la Transición, etc) sino en sentarse en serio a dialogar con sectores sociales reales y diversos (precarios, taxistas, agricultores, trabajadores de lo público, feministas, obreros…). No se trata de hacer sopas de siglas ni plataformas electorales con familias diversas procedentes de un espacio político parecido, sino de articular alianzas con ecosistemas sociales plurales que, entre otras cosas, nunca se podrán subordinar del todo a un proyecto único en un sentido partidario. Para ser el “hecho maldito del país burgués” (nombre que John William Cooke dio al peronismo argentino en los años 50 por su textura esencialmente plebeya y popular, al tiempo que masiva) hay que caminar en dirección a una transversalidad mucho más material y políglota, más concreta en lo real, que el simple juego de los términos del discurso público con el que se suele leer a Laclau.

Hay que recuperar el discurso de clase (de clase trabajadora, por supuesto) y abrirlo a muchos más actores no directamente obreros que quieran construir una fuerte trama popular antifascista, pero antifascista por autónoma y antioligárquica, no por declamación autorreferencial. La política con los movimientos sociales (y aquí, movimientos como el de la vivienda, el sindicalismo combativo o el feminismo conforman un sustrato estratégico muy importante) debe ir destinada a otorgarles espacios de protagonismo directo, conseguirles recursos y visibilidad, acompañar sus reivindicaciones y, sobre todo, compartir núcleos de reflexión y diálogo. Las políticas de las correas de transmisión o de la autonomía de la política institucional son las que han llevado al divorcio entre minoría politizada y grandes masas expectantes y siempre traicionadas. Suturar esas heridas implica mucha humildad y mucho trabajo de base.

Estar en los barrios con un discurso global. Forjar alianzas en los centros de trabajo y en las oficinas de servicios sociales. Escribir y dejar escribir a los demás. Hablar para las multitudes y no para los dueños de los medios de comunicación oligárquicos. Sentarse en muchas mesas de bares de barrio, tener una política para el campo no latifundista (el gran olvidado de la izquierda) que vaya más allá de la modernización capitalista y la promoción del agrobusiness o de la colectivización forzada para poner en primer lugar las necesidades básicas de los habitantes de los pueblos y el desarrollo autocentrado de las comarcas en peligro de despoblación. Resolver problemas a los de abajo. Creárselos a los oligarcas y a las redes ultraconservadoras y ultraderechistas.

Habrá quien diga que es una propuesta difusa, utópica e impracticable. Si es así podemos empezar a recoger los bártulos y asumir la nueva ola “parda” que avanza como una catástrofe natural. Atrincherarse en el sentido común de una época pasada (la Transición, las libertades social-liberales, el pluralismo de partidos…) no nos llevará muy lejos. Votar al menos malo y delegar nuestra vida no detendrá por mucho tiempo a una ultraderecha terriblemente activista y que busca conscientemente arraigarse en lo cotidiano y en los más amplios conjuntos sociales. A la metapolítica de los multimillonarios sólo se le puede oponer una metapolítica desde abajo. A los recursos ingentes de las redes manejadas por un Steve Bannon o un Salvini sólo puede encararles la creatividad de amplias masas de la población.

La época del puñado de jóvenes héroes ambiciosos y agresivos, Maquiavelos de programa televisivo ha de dar paso a la una marcha en dirección al pueblo, a un pueblo en marcha hacia sí mismo.

José Luis Carretero Miramar.