Mesura, o desastre

&nbsp Pero tampoco yo dejo de ser a veces inoportuno pese a profesar tanta pasión por el kairós… Nietzsche distingue entre la vida bajo el régimen apolíneo y la vida bajo el régimen orgiás­tico. El apolí­neo se atiene a forma y or­den, y el orgiástico a la no forma y al caos.&nbsp

&nbsp España decididamente ha optado por el segundo. Desaparecidas la concepción escolástica (mucho más que apolínea) y la moral pa­cata, retorcida y enfermiza de la dictadura catolicista, se ha produ­cido un vacío (anomia, en sociología) en la vida civil que hace estra­gos presu­rosamente. Por eso, treinta años después de investirnos con los hábitos de la democracia, sigue sin haber un sistema de educa­ción global de coordenadas definidas. Cada cual se las apaña como puede. Luego todos los vástagos convergen en&nbsp el ágora y&nbsp el espacio común,&nbsp en&nbsp los que no los más inteligentes sino los menos escrupulo­sos son los que se suelen llevar el gato al agua.

&nbsp Es sabido que la conversación entre varios se desarrolla siempre al ni­vel del menos inteligente y perspicaz. Pues bien, del mismo modo, cuando es el demos quien predomina (aunque esto es falso en el or­den polí­tico y económico), el diálogo social tiene lugar bajo la tira­nía de los gus­tos deleznables, de la procacidad y de las ideas más pri­ma­rias y elementales. Esto se nota demasiado también…

&nbsp Los antiguos persas encargaban la educación del heredero de la co­rona a eunucos quienes, hasta los 14 años, le instruían en el ejer­ci­cio fí­sico y en la caza. Y luego se la confiaban a cuatro ciudada­nos: el más sabio, el más justo, el más sobrio y el más valiente. El más sabio le ense­ñaba religión, el más justo a ser veraz, el más so­brio a conte­ner los deseos, y el más valiente a no tener miedo a nada.

&nbsp Sobra decir que entre aquella educación, o la educación espar­tana o la egipcia o la maya…&nbsp y la de&nbsp ahora, hay alguna diferencia.

&nbsp Lo indudable es que la que reciben hoy nuestros hijos y nie­tos se ca­racteriza justo por su ausencia.&nbsp En general ellos, los hijos, hoy día, son los que se alzan sobre los padres. Ellos mar­can las pau­tas.&nbsp

&nbsp La hybris es un concepto griego que puede traducirse como “des­me­sura” y que en la actualidad alude a&nbsp un orgullo&nbsp o confianza en uno mismo exagerados, mereciendo a me­nudo el castigo. Es un despre­cio temerario hacia el espacio personal ajeno unido a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado por las pasiones exageradas, con­sideradas enfermedades por su ca­rácter irracional y desequilibrado. Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco, decía Eurípides.&nbsp

&nbsp Y en cuanto a la otra lucha posterior contra la desmesura,&nbsp ¿qué queda de los pecados capitales? Desaparecidos de la faz de la tie­rra, no hay ya soberbios, lujuriosos, iracundos, avariciosos, gloto­nes, pe­rezo­sos&nbsp ni envidiosos. Bien, celebrémoslo. Pero tampoco quedan humil­des, temperados, sobrios, di­ligentes, genero­sos y pacientes. To­dos frenéticos, estresados, esquizoides o alela­dos. No hay peca­dores, pero es evidente que tampoco virtuosos. Adelante, pero, ¿se puede con­fiar en que el amor desmedido al sexo por el sexo, la ambición, la men­tira compulsiva, la deslealtad, la pusilani­midad y la huida tenaz del com­promiso pueden a la larga no hacer desgraciada a una socie­dad?

&nbsp Ya se sabe que siempre hay padres y madres esfor­zados en la in­signe tarea de orientar a los hijos para sor­tear la hybris de la socie­dad enferma. Pero evitarles que primero sucum­ban a la ansie­dad, luego a la depre­sión y más tarde a la desespe­ración, supone en­fren­tarse a la po­tencia de los medios contami­nados, a la suges­tión del te­jido social y a la fascinación de las tecnologías; todo al fin y a la postre un bloque desintegrador de la individualidad.

&nbsp Pero hay una ley en física que determina que todo tiende a la es­ta­bi­lidad. La sociedad occidental, y mucho más la española, no pue­den seguir así. Si no quieren encontrarse con unas generaciones que en cuestión de pocos años se vean proclives al suicidio más o menos ma­sivo (claro que hay algo peor: reducir considerablemente la esperanza de vida), deberán intentar regresar al autocontrol, a la mesura y a la virtus, el témino medio en todo de la filosofía aristotélica, pero al final de to­das las que han enseñado algo a la humanidad para no perderse en la monstruosidad de la razón ex­trema o en la inanidad del ser des­ce­rebrado y fácil presa de otros bárbaros.

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