¿Mercado laboral?, qué vergüenza

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Los amos del mundo a nivel nacional e internacional están obsesionados en buscar formulas mercantiles que les permitan superar el caos económico y social que su sistema de dominio, basado en las leyes del mercados, está provocando a escala planetaria. Con qué desparpajo y desvergüenza oímos (en el informe sobre el Estado de la Nación) al máximo líder “socialista y obrero” y a líderes de la oposición referirse a las reformas del “mercado laboral”, sin que nadie le replique por esa terminología inhumana, incluidos los “izquierdistas” que subieron al púlpito para criticarle proponiendo medidas perfeccionistas sobre el “Estado de Derecho” que no cuestionaban el Estado capitalista.

Un mercado dominando por los modernos mercaderes, la gran oligarquía financiera acumuladora de los mayores beneficios que no está dispuesta a cederlos, aunque sea coyunturalmente para que se reactive el consumo. Es más, como estamos viendo exigiendo a los gobiernos administradores de su orden capitalista, que los fondos públicos sean cedidos a esos grandes especuladores usureros cómo formula, que dicen es necesaria para conceder créditos y poder salir de la crisis. Cuando al contrario estamos viendo que los más necesitados de esos créditos, los trabajadores empeñados en hipotecas y sin empleo, los autónomos y los pequeños empresarios, son los que constantemente se quejan de que les son negados, o se los ceden con grandes intereses y condiciones imposibles de soportar.

En Europa se plantearon ampliar la jornada laboral a 65 horas, una formula que nos retrotraía a los albores del capitalismo. Cuando el progreso tecnológico reduce la necesidad de mano laboral, no es cuestión de despedir o amputar manos obreras, o de intentar imponer falsas soluciones como el de las 65 horas, sino de reducir la jornada laboral, y aunque sea desde esa visión especuladora y consumista capitalista, permitir más tiempo de ocio, para que se generen nuevos puestos de trabajo con los que cubrir esas nuevas necesidades, y así explotando a trabajadores al servicio del ocio obtener nuevas fuentes de beneficios. Perdonen la guasa sobre lo que debía de ser el ocio sin ánimo de lucro.

En España continuamente, desde los estamentos representativos de los intereses capitalistas e incluso desde organizaciones que se dicen representativas de los intereses de los trabajadores, se oyen voces sobre la necesidad de modificar las condiciones del mercado laboral.

Todos los que a ese juego se prestan, desde cada una de sus posiciones, denigran al ser humano trabajador al considerarle una mera mercancía, una mercancía que se compra y se vende en el llamado mercado laboral. Una mercancía de usar y tirar cuando dadas las bases en que se asienta el insolidario sistema capitalista, basado en las anárquicas leyes del mercado, entra en crisis, provocando grandes cantidades de productos que no se venden, y por lo tanto también sobrantes mercancías humanas.

La ideología idealista, pero muy materialista grosera y vergonzante, en que se asienta el sistema de dominio capitalista en su formulación “democrática”, en su fase imperialista mundial, como sucedió en etapas anteriores de dominio esclavista, solo consideraba y considera como ser humano a los que son opresores, a los ricos, a los que explotaban a los antiguos esclavos, y a los modernos esclavos asalariados. Han conseguido prostituir el término definitorio de opresor esclavista, dictador, explotador, por el de agente social capitalista, empresario dialogante que dialoga con los llamados “agentes” sociales trabajadores que dicen ser representantes de los explotados, hoy desgraciadamente tremendamente alienados y desunidos.

Han conseguido confundir hasta organizaciones políticas que se consideran defensoras de ideologías filosóficas con base científica marxista y leninista. Olvidan que todo lo que existe se asienta en una base material, que cualquier bien social que se produzca se debe gracias a la acción social del trabajo productivo. Que el trabajo productivo social requiere de la solidaridad distributiva real, objetiva, no la producción de objetos superfluos para que la gente alienada y estúpidamente consumista los compre, sino de productos necesarios y reales para la supervivencia como especie animal especial que somos los seres humanos. No la producción de objetos con el afán de obtener el máximo de beneficios para los dueños de los medios de producción, que no debemos dejar de tener en cuenta, siempre, estos han sido generados gracias al trabajo social productivo.

Los amos del mundo, los mercaderes son tan asalvajados que no pueden ver que la insolidaridad productiva, no solo destruye a los trabajadores, destruye el propio sistema ecológico en el que ellos mismos superviven, y que de seguir en esa dinámica terminarán siendo víctimas de su propia maldad. No comprenden que el más desarrollado ser material que es el ser humano, con capacidad de abstracción y pensamiento, que nos hace seres creativos para generar bienes, transformar la materia originaria en materia vital para nuestro desarrollo material y espiritual, necesita vivir en convivencia con el conjunto de la especie humana y con el conjunto del medio en que habitamos, con la naturaleza, sino queremos autodestruirnos.

Unos y otros aceptan el diálogo entre los mercaderes y los mercadeados, pretendiendo estos angelitos que la mercancía humana trabajadora obtenga el máximo a través de ese diálogo, en ningún momento se plantean acabar con la base material de la desigualdad en que se asienta la ideología capitalista basada en la explotación del hombre por el hombre, en unas pretendidas leyes divinas que rigen el mundo: las leyes del mercado. Se acepta el origen divino que nos hace diferentes y permite la existencia de los dioses y tribunos, de explotadores y explotados, de ricos y pobres.

Son tan contradictorios, los amos del mundo, que hasta cuando defienden la existencia del Dios, que dicen nos premiará o nos castigará en el otro mundo, se vuelve contra ellos en este mundo terrenal si se compara con aquel Jesucristo que expulsaba del templo a los mercaderes. No les importa que su maldad, su avaricia cause tantas muertes por hambre, enfermedades curables, por la angustia y desesperación que provoca la inseguridad laboral, ciudadana, etc., que se traduce en inconvivencia y violencia familiar, hombres que matan a sus seres queridos, esposas, hijos, hermanos, padres, violencia entre los humanos convertidos en maquinitas de matar como hemos podido comprobar con el soldado americano que luchando en el mismo infierno de Irak mata a cinco compañeros de su batallón asesino, o soldados que se suicidan cuando retornan de ese infierno a su país, necesitados de asistencia antidepresiva.

Su Dios o casa terrenal con sus iglesias, su Estado Vaticano, su casa de oración convertida en cueva de bandidos, con lujos que al no existir en el otro mundo, mientras vivan en este los tienen que disfrutar. Comparemos aquel Jesucristo, que muere y resucita, con el llamado representante papal actual lleno de ostentosos atuendos, sortijas de oro. O con aquel papa Albino Luciani (Papa Juan Pablo I, hijo de un socialista emigrante) que a los 33 días de su elección divina murió de repente sin autopsia ni explicación pública sobra la causa mortuoria, aunque su médico personal decía que gozaba de buena salud. Tal vez su muerte se debió a algún “infarto” misterioso y divino cuando decidió terminar con los negocios vaticanos, haciendo frente a la logia masónica Propaganda Dos y a la mafia.

Pero dejemos de culpabilizar a esos rico-pobres-religioso-ateos, nosotros también caemos en la falsa doctrina que nos imponen, todos en mayor o menor medida, por nuestra incomprensión e incapacidad para terminar con lo que denunciamos, nos hace víctimas y cómplices. Si ellos actúan con tanta prepotencia a pesar de ser una clase social minoritaria y a pesar de las burradas tan ostentosas que cometen, lo hacen por nuestra debilidad, por nuestra desunión, por nuestro falso endiosamiento personal o grupuscular que nos impide la unidad organizativa que mande al basurero de la historia al viejo y caduco orden capitalista. La creencia religiosa que nos invade sobre la interpretación determinista sobre el proceso de desarrollo histórico que nos conducirá al socialismo y el comunismo, si no nos liberamos de ella y tomamos medidas urgentes, nos conducirá a la autodestrucción. En ese caminar actuaremos y seremos solidarios con los religioso-ateos capitalistas.

Señores agentes sociales, los que dicen representar a los explotados, por lo menos no permitan que se acepte esa terminología ¡Mercado laboral! tan denigratoria no solo para los trabajadores, sino para ustedes mismos como instrumentos profesionales del mercado, obliguen a que se inventen otro término, así mientras tanto les generamos confusión, ganaremos tiempo, la gente trabajadora podrá tomar conciencia de que no son una mercancía, que las leyes del mercado no deben ser las relaciones entre humanos. Por algo habrá que empezar.

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