Mentes rosas y azules

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Por Álvaro G. Molinero*

En el mundo de la Fundación creado por Isaac Asimov, Hari Sheldon es un psicohistoriador que ha logrado predecir el futuro de los próximos mil años del universo  «A través del desarrollo de las matemáticas necesarias para comprender los hechos de la fisiología neuronal y la electroquímica del sistema nervioso, se hizo posible por primera vez desarrollar verdaderamente la psicología», decía Sheldon y continuaba afirmando que «a través de la generalización del conocimiento psicológico, desde el individuo hasta el grupo, la sociología fue asimismo matematizada».

¿No hay algo que nos resulte familiar en esta estructura argumental? A través del estudio de un metabolito o de la abundancia de una determinada célula, se reconstruye un proceso social o global (en el caso de La Fundación, se llega hasta el nivel de universo). Así es el reduccionismo. Nadie va a negar el potencial de este enfoque para producir conocimiento y datos: conocer cómo funciona un todo a través del funcionamiento de sus partes. Pero pasamos de mirar un todo a un conjunto de partes. El árbol no nos deja ver el bosque. Sin embargo, es importante tener en cuenta que, cuando reunimos el todo no podemos ignorar las relaciones entre las partes porque dichas relaciones pueden ser no lineales y producir resultados no predecibles a partir del conocimiento de las partes. La psicohistoria no es posible. No obstante, como si de una «crisis de Sheldon» se tratase, el asunto de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres ha vuelto a la palestra. ¿Serán posibles los cerebros rosas y azules?

Quizá una hipótesis razonable sobre este resurgimiento del reduccionismo la encontremos en Stephen Jay Gould. Escribió en La Falsa medida del Hombre (1996): “los resurgimientos del determinismo biológico se correlacionan con episodios de retroceso político, en especial con las campañas para reducir el gasto del Estado en los programas sociales, o a veces con el temor de las clases dominantes, cuando los grupos desfavorecidos siembran cierta intranquilidad social o incluso amenazan con usurpar el poder”.

Gould identificó tres de esos momentos: I) las crisis económicas repetidas y frecuentes en Inglaterra en el último tercio del siglo XIX, II) el crack de 1929 y III) la crisis de la democracia y el auge del neoliberalismo en los años entre los años 1970 y 1980. Y las diferencias biológicamente determinadas no se acaban en los sexos: raza y clase también se unen a la fiesta. Respectivamente, observaremos en los estudios biológicos ocurridos durante esos años un repunte de los informes que abogaban por la superioridad del hombre frente a la mujeres y del blanco frente a otras razas. Por tanto, esto no es algo nuevo en la historia. Por ejemplo Charles Darwin abogaba por esta superioridad del hombre frente a la mujer en The Descent of man (1871); G. Stanley Hall, a principios del siglo XX, postuló que el mayor número de suicidios contabilizados en mujeres se debía a que estaban en un estadio evolutivo inferior y Edward O. Wilson reformuló estas hipótesis en forma de explicación genética para el distinto comportamiento entre hombres y mujeres (estos autores y otros muchos abogaron, también, por una diferenciación biológicamente determinada entre razas y entre clases sociales, normalmente con enunciados que afirmaban la superioridad de los hombres blancos y de clase alta). Así resume Lise Eliot, en la reseña publicada en Nature sobre el libro The Gendered Brain recientemente escrito por Gina Rippon, la historia de las “verdades científicas” sobre la desigualdad de sexos:

“La historia de la investigación sobre las diferencias entre sexos está plagada de innumerables interpretaciones erróneas, sesgos de publicación, pruebas estadísticas insuficientes, controles inadecuados y cosas peores. (…) Los hallazgos concluyentes sobre las diferencias cerebrales ligadas al sexo no se han materializado. (…) Los neurocientíficos modernos no han identificado diferencias decisivas y capaces de diferenciar entre los cerebros de hombres y mujeres”.

No hace falta nombrar las barbaridades que se llegaron a decir (se justificó la educación segregada, división del trabajo, etc.) Actualmente parece que vivimos un nuevo repunte del interés sobre las diferencias a nivel cerebral entre hombres y mujeres. Además, desde hace 10 años estamos inmersos en una crisis civilizatoria de difícil solución. Esto implica un más que probable descenso paulatino de los recursos disponibles ¿Hemos entrado en un cuarto periodo histórico de reacción conservadora?.

Un ejemplo de este creciente interés por la desigualdad biológica entre sexos es este reciente estudio. Los autores trabajaron sobre la densidad de dendritas y axones que tienen los cerebros de hombres y de mujeres. Trabajaron sobre muestras muy grandes (casi 5000 individuos), en personas comprendidas entre 44 y 77 años (con una edad media de 61,7 años). Los datos se corrigieron para el volumen cerebral o para la altura de la persona, pero no para el peso corporal y los datos en bruto no son aportados: solo podemos consultar los resultados de los análisis estadísticos.

Los primero que llama la atención con la lectura de este trabajo es el reduccionismo. Es un clásico en el asunto de las diferencias sexuales. En el caso de este estudio de Stuart J. Ritchie y sus colegas del departamento de psicología de la Universidad de Edimburgo, se observa claramente este razonamiento falaz: el estudio está enfocado a nivel celular, mientras que muchas de sus conclusiones son a nivel funcional y de comportamiento. Debemos comprender muy bien una cosa: el cerebro es un sistema complejo con infinitas (literalmente) interacciones entre neuronas. Encontrar diferencias en la densidad neuronal con «una considerable superposición distributiva entre los sexos» no implica absolutamente nada a nivel funcional pese a que «las diferencias [encontradas] no fueron totalmente atribuibles a las diferencias en el volumen total, área de superficie total, grosor cortical medio o altura» de la corteza cerebral.

¿Las diferencias entre hombres y mujeres existen? Por supuesto. Pero también existen diferencias entre hombres y entre mujeres. ¿Cómo son esas diferencias? ¿Son más grandes o más pequeñas que las diferencias que tienen los hombres con las mujeres? La varianza, aquí es el concepto clave. Sirve para medir esas diferencias. Nos indica cómo de alejada está una determinada medida de la media poblacional. Una varianza pequeña significa que la población está toda ella muy cerca de la media. Imaginemos las notas de los exámenes finales. Si la media es de 7 y al calcular la varianza obtenemos un número pequeño, significa que la mayor parte de los alumnos está cerca de ese promedio de 7.  Por otro lado, una varianza muy grande implicaría que hay mucha dispersión entorno a la media. Hay notas muy cercanas, medianamente alejadas y notas totalmente alejadas. Estas varianzas las podemos comparar. Si estamos comparando un rasgo entre dos grupos dados y la varianza es más grande cuando consideramos cada grupo que cuando consideramos los dos grupos en conjunto, podemos afirmar que esas diferencias no son importantes. Ese rasgo no está diferenciando adecuadamente las poblaciones. Simplemente no hay dos poblaciones. Solo hay una. Volvamos al caso de la nota media. Si hay dos clases y la varianza es más grande dentro de cada clase que al considerar las dos clases como una sola y calcular una varianza, aunque las medias entre las clases sean ligeramente distintas, no podemos afirmar que una de las clases lo ha hecho mejor que la otra.

Cuando se mide cualquier carácter en humanos suelen aparecer pequeñas diferencias entre las medias de hombres y mujeres. Como el caso de el volumen cerebral, cuando esta medida se corrige por el tamaño corporal (no solo por la altura, como han hecho Ritchie y sus colegas), se queda en nada. Aun así, suelen quedar pequeñas diferencias. Pero, como hemos dicho, tenemos que medir la varianza. Y, para cualquier rasgo físico a nivel cerebral que se ha analizado, se ha encontrado que la varianza dentro de los grupos es más grande que entre los grupos. No tiene sentido diferenciar entre hombres y mujeres en ese punto.

Ahora bien, ahondemos un poco más en los resultados de Ritchie y sus colegas ¿Qué hay de la plasticidad y su influencia en esas supuestas diferencias que medimos? No lo podría expresar mejor en este textoGina Rippon:

«La noción de que nuestros cerebros son plásticos o maleables y, lo que es más, que lo siguen siendo a lo largo de nuestras vidas, es uno de los avances clave de los últimos 40 años en nuestra comprensión del cerebro. Diferentes experiencias (…) cambiarán la estructura del cerebro. También se ha demostrado que las actitudes y expectativas sociales, como los estereotipos, pueden cambiar la forma en que el cerebro procesa la información. Las diferencias (…) en el comportamiento y las habilidades cognitivas cambian con el tiempo, el lugar y la cultura debido a los diferentes factores externos que se experimentan, como el acceso a la educación, la independencia financiera e incluso la dieta. Claramente, esto es importante cuando se está midiendo y discutiendo cualquier tipo de diferencia cerebral, particularmente cuando se habla de la influencia de una variable biológica (sexo) en una variable social (género) que es la que se está estudiando. Pero es sorprendente la poca frecuencia con que esto se incorpora al diseño de los estudios, o se reconoce en la forma en que se interpretan los resultados.«

Además, la evidencia disponible es contradictoria. Es decir, también hay estudios con un elevado número de participantes donde las conclusiones son diferentes de las de Ritchie y sus colaboradores. Por ejemplo, en año 2015 se publicó uno lideradopor Daphna Joel, en colaboración con varias personas investigadoras de universidades israelíes, donde se concluía que los cerebros “típicamente masculinos o femeninos” no existen. Son mosaicos de características únicas. El estudio fue realizado en 1400 personas en un rango de edad entre 13 y 87 años (esto es importante porque el sesgo del estudio de Ritchie hacia personas de más edad podría estar detrás de la significativa diferencia hallada en la densidad neuronal. Quizá lo que hayan encontrado Ritchie y sus colaboradores es un diferente envejecimiento del cerebro, nada más). Además, se realizaron más de 5000 entrevistas personales para evaluar rasgos psicológicos que evidenciaron la inconsistencia de los perfiles ideales de “cerebro masculino” y “cerebro femenino”. En realidad, aparece la misma frase en ambos estudios: «el análisis (…) revela una amplia superposición entre las distribuciones de mujeres y hombres para toda la materia gris, la sustancia blanca y las conexiones evaluadas».

La mayoría de trabajos parecen llegar a conclusiones similares (en caso de existir diferencias, son mínimas y no repercuten en la funcionalidad del cerebro y que por tanto la distinción “rosa” y “azul” no tendría sentido) pese a ello, parece que las interpretaciones de los mismos (dadas muchas veces por los propios autores) y, sobre todo, las interpretaciones dadas por algunas corrientes políticas (como el lobby Euromind), parece presagiar, como se ha sugerido anteriormente, que estamos ante la cuarta ola reaccionaria.

El escenario de recursos cada vez más decrecientes (crisis ecológica) y con acumulación de estos recursos cada vez en un menor número de manos presagian una recuperación del determinismo biológico para justificar la inequidad, la injusta división del trabajo, el establecimiento de férreos controles a la circulación de personas o los recortes en educación o sanidad.

En una economía altamente precarizada, de empleos inestables por en un contexto ideológico donde es hegemónica una concepción del Estado como simple garante de la seguridad (y no como nivelador, proveedor de servicios educativos y sanitarios, etc.), la división del trabajo en la familia se ve como necesaria para la reproducción del capital. Buena parte de la plutocracia occidental está de acuerdo con el retorno a una sociedad donde la división del trabajo entre sexos, clases y razas sea la norma. El resto nunca quiso cambiar esa norma.

¿Es posible un consenso?

El debate sobre este asunto es feroz. La duda sobre si puede llegar una entente parece, a primera vista, completamente razonable. En un artículo reciente de la periodista Mónica G. Salomone se hace un repaso histórico a la situación de este debate y se aportan algunas ideas de consenso. Por ejemplo, recoge Salomone citando a la psicóloga Melissa Hines:

“los individuos tienen sus propias perspectivas y opiniones sobre las diferencias de sexos, estén o no estudiándolas científicamente. Esto no suele ocurrir en física nuclear o en lingüística”.

Una acertada primera idea, entonces, sería admitir los prejuicios de cada uno (al menos, como posiblemente existentes).

En segundo lugar, como también afirma Hines, «la mayoría de diferencias comportamentales entre sexos son de grado, no de naturaleza». No sobreestimar o sobrevalorar esas diferencias, verlas como lo que son: diminutas gotas en un mar de influencia social y medioambiental. Quizá ese sería también un posible punto de consenso (Salomone cita el estudio de Janet Hyde que, realizando un análisis de un conjunto de trabajos ya realizados, estimó las diferencias psicológicas entre géneros, en el 78 % de las variables medidas, en un valor próximo a cero). Tal vez  la propia Hyde y su Teoría de las similitudes de género estén próximas a ese consenso porque no descarta posibles diferencias a nivel fenotípico pero aboga por la similitud en la mayoría de variables psicológicas.

Dada la previsible evolución económica global, es probable que aumenten los deseos por parte de las élites de justificar el desigual reparto de la riqueza. Según algunos escenarios a medio plazo, la crisis del petróleo hará descender el PIB de forma acusada (y desigual regionalmente). Es más que probable que la financiación a proyectos de investigación destinados a legitimar un reparto no equitativo de los menguantes recursos del planeta aumente. Las desigualdades innatas de género, de clase o de raza intentarán reforzarse por la vía del apoyo empírico. ¿Cómo si no podrían justificar la invasión de países para obtener recursos o la división del trabajo internacional o por género o razas? Parece, por tanto, imperioso armar nuestras cabezas frente al bombardeo que nos espera.

*BIÓLOGO ESPECIALISTA EN EVOLUCIÓN Y EN LA BIOLOGÍA DE LOS HIDROZOOS ANTÁRTICOS @KIMERAGUPTA
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