Mentalización o hipnotismo

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Por Prudenci Vidal

 

Desde que nacemos hasta que morimos, desde que uno se levanta hasta que se acuesta, el individuo de hoy se encuentra rodeado, avasallado diría mejor, por una interminable red de signos mediante los cuales los demás, y suelen ser siempre los mismos, quieren conseguir mediante estos signos determinados fines. Se nos dice lo que hemos de creer, a lo que debemos dar nuestra aprobación o desaprobación, lo que debemos hacer y lo que debemos omitir.

Si uno no se pone en guardia, el individuo se convierte en un robot manipulado por estos signos, pasivo en sus creencias, en sus valoraciones e incluso en sus actividades. Por medio de esta sugestión prehipnótica socialmente aceptada, logran que los individuos realicen las acciones que se le sugieren sin tomar conciencia de dónde provienen las órdenes y, lo que aún es peor, en la convicción de actuar con plena independencia. El desarrollo de la televisión, la radio, la prensa, el cine permiten esa enorme extensión de una influencia que, en lo esencial, no difiere de la hipnosis. Como masa perdemos la individualidad y repetimos lo que ha sido digerido paulatinamente apoderándose de nosotros mismos con la ignorancia de que así sea. Compramos “cosas” porque una actriz de moda, un deportista de élite, o, incluso, un hombre de ciencia usan tales productos y el deseo de imitación nos cautiva. La conducta se torna en estereotipo, se vuelve monótona, compulsiva y patológica. El individuo pierde su integridad, su espontaneidad, su flexibilidad. Desde ya hace tiempo una serie creciente de estudios los ha ido describiendo y analizando para lograr esta mentalización que se logra y desarrolla a distintos niveles utilizando todos los sistemas posibles de comunicación y de transmisión de mensajes para lograr sus propios fines y la política utiliza los mismos parámetros, sobre todo en épocas electorales y entregan sus campañas no ya a ideólogos y/o activistas sociales, sino a publicistas y especialistas en márquetin.

El tipo de dominio que se ejerce con esta presión semántica difiere de la violencia con que se ha llevado a cabo el “sometimiento”, o al menos el silencio de una voluntad rebelde. La violencia solapada que se va filtrando a través de los llamados medios de comunicación sugiere un proyecto humano verdaderamente negativo. Según este proyecto, el hombre, como en la ciudad platónica, aunque en un contexto desolador, se estratifica en distintos planos, por lo que se refiere a la producción de bienes y a la distribución de los beneficios. Sin embargo, existe una cierta homogeneización a la que, a duras penas, pueden escaparse los estratos más poderosos en el manejo de los medios productores de los nuevos símbolos, de las llamadas nuevas mitologías. La homogeneización consiste en ir dibujando un tipo humano apto para reaccionar adecuadamente a los estímulos que se le envían y  para responder sin ambigüedad a los imperativos de las nuevas necesidades. Globalización en lo económico y homogeneización en lo cultural y descalificando todo lo que se opone a ello son apelativos de “marginalidad”.

En la educación se requiere la comunicación de un contenido, de un mensaje, pero además como resultado de esa comunicación se exige un comportamiento. Este esquema se organiza en función de dos elementos: la generación educadora y la generación educada. La primera intenta perpetuarse a través de las generaciones siguientes y el saber y la ética  que comunican es el saber y la ética  establecidos, comprobados por la larga experiencia de la continuidad y en bienestar de la clase que educa. El mensaje educativo se convierte en prohibición, exhortación, gratificación y tiende a escamotear la realidad cuando esta muestra una cara distinta de la que ha sancionado el lenguaje o los códigos establecidos. Existe un desfase entre lo que se enseña y la realidad que aún puede entreverse. Si este desfase es muy acentuado, nuestro pensamiento ha perdido la posibilidad de percibir el significado de las cosas y de la sociedad que los ha producido. Cuando esto ocurre, la violencia solapada de los distintos mensajes inhabilita para una lectura y una inversión de las estructuras de la sociedad consolidada. Sólo quienes hacen un alto en el camino o son violentamente atacados por el sistema se atreven a realizar un análisis crítico poniendo en duda los poderes establecidos y alterando su sentido de justicia y de igualdad persiguiendo otros parámetros diferentes de justicia, de libertad y de igualdad.

Esta situación puede provocar un comportamiento neurótico al escamotearse el rostro de lo verdadero o al menos el rostro no distorsionado e impasible del mundo. La ausencia de la realidad y la presencia de una realidad ficticia hacen que el individuo retroceda en sus apetencias primarias o sobre sus propios intereses individuales que le llevan a claudicar ante esa sociedad implacable, o a escaparse de ella con la locura, la muerte o el aislamiento. Una sociedad continuista es siempre una sociedad autártica y lineal, resignada y defensora de la autocomplacencia. Una sociedad crítica es siempre una sociedad creadora en todos los niveles.

La “deformación” puede y debe tamizarse en dos niveles, respondiendo a una serie de preguntas: ¿qué dice, realmente? ¿qué oculta? ¿qué disimula? ¿qué falsea?. Y ante las respuestas a estos interrogantes nos sugiere otros: ¿a qué induce lo que se nos oculta, o lo que percibimos? ¿qué acentúa? ¿qué prohíbe? ¿ en qué forma de comportamiento se nos quiere insertar? ¿qué estímulos provoca?

Esta sencilla metodología puede alcanzar análisis muy precisos en la práctica concreta de cada situación y de cada nivel social donde  ésta se produce, constituye una determinada toma de conciencia de ese incesante proceso de mentalización. La actitud filosófica adquiere su función crítica ante el asombro por un mundo que no sabemos cómo es en realidad, pero frente al que luchamos por saberlo. El absurdo social,en el que nos encontramos,  exige de nosotros una gran firmeza y las mejores armas de análisis posibles.

Vienen muy a cuento las palabras de Ludwig Feuerbach: “ Toda especulación sobre el derecho, la voluntad, la libertad, la personalidad, que prescinde del hombre, se sitúa fuera del hombre o incluso encima de él, es una especulación sin unidad, sin necesidad, sin sustancia, sin fundamento , sin realidad. El  hombre es la existencia de la libertad, la existencia de la personalidad, la existencia del derecho”.

Prudenci Vidal

Miembro de Marea Pensionista

 

 

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