Memorias de un bolchevique andaluz (una reseña recuperada).

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Allá por el 2002 publiqué unas “Memorias de un bolchevique andaluz” que tuvo una cierta resonancia en los medios más próximos, por entonces francamente desalentados. Aparte de alguna breve nota aquí y allá, el libro apenas sí tuvo acompañamiento como era propio en una época sin expectativas. Personalmente fue una obra de terapia, como una necesaria recapitulación vital. En vez de pasear el Narciso por ese diván que a todos nos iría muy bien, unas “memorias” dan mucho para pensar, sobre todo sí puedes hablar de la anterior (la de la República) y dirigirte a la que viene, la altermundialista.  Se me objetó que todavía era joven (medio siglo), pero mi respuesta fue que ya se empezaba a tener una perspectiva, unas primeras líneas para un cierto balance crítico. El ángulo de mira era el de un “bolchevique” o sea de una opción que se consideraba ya fuera de la historia.

En mi caso se trataba de una manera de encuadrar el marco de la última internacional, a la que me adherí allá por 1965, después de un seminario sobre las internacionales obreras impartido por el economista marxista Alfons Barceló inscrito en el colectivo “Acción comunista” desde el que me declaré simpatizante de la IV Internacional, inédita entonces en estos lares aunque su lugar aparecía ocupado por la grandilocuente corriente posadistas en la, empero, que confluyeron un cierto grupo de militantes como los llorados Antonio Gil y Lucía González, más Diosdado Toledano entre otros y otras, para acabar todo en la conformación de la LCR, el 68 y la última internacional. De Trotsky a Mandel, de éste a Krivine y Bensaïd. En casa un cierto colectivo sin liderismo. Miguel Romero, Jaime Pastort, Marti Caussá, todfos ellos menos dado a la combinar la acción con una composición personal situada cuesta arriba.

Repasadas actualmente estas memorias escritas un poco “en bruto”, son el reflejo de una generación que encontró en el llamado trotskismo una respuesta a la “!dialéctica de la revolución mundial” que comprendía el rechazo del imperialismo (Cuba, Vietnam), del capitalismo (nuestros mayos del 68), pero también la democracia socialista, una revolución contra la burocracia que vimos planteada en la ”primavera de Praga”. Después de todo lo que ha llovido, el libro ha ido saliendo con la ayuda del autor y ha llegado a no pocos componentes de las nuevas generaciones. Es desde esta voluntad que reproduzco la reseña que un día le dedicó el amigo Javier Pulido, “Kemal”. Unas notas que siempre le agradecí y que había extraviado. Ahí están, aquí y ahora más allá de los desencuentros y debates, siempre llevados con “alteza de miras”. Un concepto que gustaba repetir a mi padre político, el libertario Francesc Pedra, que fue el eslabón del movimiento obrero catalán de la resistencia que me unió con la generación de la República y con mi Catalunya proletaria. 

Creo que se puede hablar de un mestizaje en sentido muy amplio. También un punto desordenado. Pero creo que vale la pena dar a conocer con este pequeño prólogo ahora situado en un cruce de caminos intergenacional.

 

(Reseña de Javier Pulido para “Andalucía Libre” nº 118)

Pepe Gutiérrez -el Peter, para los viejos camaradas- ha escrito un libro de esos que se pegan a las manos desde la primera página y no se sueltan voluntariamente hasta el final. Un libro que bien puede provocar una noche en vela sin sentir el sueño; un libro que incluso deja a las más maltrechas economías personales con buen sabor de boca a su conclusión, dando por bien gastados los quince euros invertidos en su compra y que mantiene a su término a quien se sumerge en él con ganas de seguir leyendo más paginas, incluso una vez que el autor ha considerado ya oportuno colocarle el fin. Doy fe de todo ello.

Memorias de un Bolchevique Andaluz es una obra que se pretende a si misma modesta y sin embargo, ilustra y emociona como pocas, a fuer de honesta y lucida. Se plantea inicialmente como el relato autobiográfico de una trayectoria personal -la de su autor, nacido en Puebla de Cazalla en 1946- y en todo caso, como la recuperación de una memoria compartida de una generación militante. Sin embargo, trasciende y sin ruido ni alharacas se convierte en un fresco en donde puede verse, al menos, la historia social de dos países: Andalucía y Cataluña; vivirse en directo paso a paso el crucial fenómeno de la emigración andaluza a Cataluña y de su paulatina integración allí y contemplar desde dentro la aventura política y vital de esa izquierda que quiso serlo hasta el fondo, combatiendo a la vez al franquismo y al capitalismo, sufriendo derrotas y levantándose una y otra vez desde abajo para mantener activo el hilo rojo de la emancipación. Gutiérrez no nos ahorra la descripción de errores, costes, fracasos y contradicciones, tanto personales como colectivos; al contrario. Y cuida bien de evitar confusiones, preocupándose de distinguir en su retrato al militante real, humano, del héroe mítico, falso. Partiendo de esta actitud y precisamente por ella, consigue el difícil objetivo de hacer al lector o lectora no sólo entender sino sentir.

La descripción de su infancia y pubertad en Puebla de Cazalla nos retrotrae a la Andalucía mísera, mezquina y aterrorizada de la postguerra bajo el franquismo. Quien más quien menos, puede ver en los hechos y episodios que relata, experiencias y comportamientos que de tan familiares parecen propios. En pocas ocasiones podrá haberse descrito de forma tan viva y sincera el proceso que conduce a la emigración como una salida a una situación sin salida, que va más allá de las carencias materiales. En 1960, con 14 años, Gutiérrez y su familia toman el camino de otros centenares de miles de andaluces y marchan a Cataluña. Lo hacen como unos mas de esos tantos; participando de la consciente tragedia personal del desarraigo pero todavía sin percibir el hecho de formar parte de una autentica tragedia nacional andaluza; experiencia aún más sangrante, si cabe, precisamente por ser un dolor que siendo familiar o social ha de esperar precisamente a llegar a Cataluña para identificarse -al menos parcialmente- como una seña de identidad colectiva definitoria de lo andaluz. Huyen de un país que los expulsa, entre otras razones, precisamente por no sentirse y ejercer como país. Nuevamente, el autor nos va ofreciendo una historia que ya conocíamos, bien directamente o a través de parientes y amigos, pero que a través de su pluma se llena de matices y detalles. La instalación en Cataluña rodeado de familiares llegados en oleadas; las fatiguitas; la incorporación al trabajo, de fábrica en fábrica, viviendo en directo la condición obrera y sus cambios; los estudios nocturnos; la curiosidad insaciable y la inmersión en una sociedad que, no por distinta a la de origen, deja de tener también sus propias miserias y siempre el cine, al fondo, como escuela sentimental y refugio frente a las frustraciones de toda índole. A partir de ahí, Gutiérrez nos facilita seguir a ese chaval -que es el mismo- que, entre conflictos con su familia apolítica, va haciéndose un joven con inquietudes y con conciencia y nos permite asistir a sus primeros contactos con viejos antifranquistas, al nacimiento de las Comisiones Obreras -tan distintas de las de hoy-, al surgimiento del movimiento vecinal en aquel cinturón rojo barcelonés lleno a rebosar de andaluces trasplantados; a aquellas manifestaciones sorpresivas, ilegales y ferozmente reprimidas; a los primeros escarceos y experiencias de quienes dentro de esa generación saben intuitivamente que el PCE-PSUC no es la respuesta y exploran alternativas a base de búsquedas de libros doblemente prohibidos, charlas y reuniones interminables. Luego, Gutiérrez nos conducirá al Paris de 1968, huyendo esta vez de la represión franquista y con ello no sólo nos acerca al ambiente de la izquierda revolucionaria francesa de la época sino también al de las diversas familias del exilio antifranquista, incluidos los supervivientes del POUM. Las páginas contenidas que dedica a su relación personal, casi filial, con Juan Andrade, fundador del PCE, de la IC y del POUM, son un testimonio especialmente emocionante. La expansión de la Cuarta Internacional, sus contactos con la recién fundada LCR francesa, la constitución de la LCR del Estado español… se desarrollaran ante nuestros ojos, siempre con ese detalle y ese cuidado que convierte en cercanas, asequibles y humanas, historias que en otras manos menos inteligentes podían haber dado cobijo a inútiles y estériles grandilocuencias de viejo combatiente o perderse en una sucesión de anécdotas.

Con su vuelta al interior, Gutiérrez nos ofrece a continuación el relato vivo del ascenso de la izquierda y de sus ilusiones; de su mano recuperamos buena parte de todo aquello que la historia oficial de la Transición ha tenido tanto empeño en ocultar. Las derrotas de la Transición son presentadas como tales, sin eufemismos ni mistificaciones, ilustradas no sólo a través de los acontecimientos generales sino también a partir de aquellos hechos concretos, inmediatos, en los que Gutiérrez y su gente andan empeñados en la época. Después contemplaremos el renacer de los ochenta y a continuación el pozo de los noventa, donde, a la crisis general de la izquierda, se suma la concreta desaparición de la LCR como símbolo y telón de fondo; hundida a si misma por sus carencias políticas, apuntillada por una integración entre suicida e ingenua con una secta y sobre todo por el agotamiento ideológico, político y personal de quienes habían configurado su núcleo histórico de dirección estatal. Entre tantos planos y hechos, Gutiérrez tendrá también el valor, la honestidad y la habilidad de insertar su propia crisis personal, que es la de tantos y tantas en esa hora y aportara sabrosas experiencias de sus trabajos en el mundo periodístico, editorial, sindical, vecinal o municipal. Las últimas páginas del libro nos dejan en la Cataluña que participa del llamado movimiento antiglobalización y recibe los ecos contradictorios de Porto Alegre y a Gutiérrez militando en el Col.lectiu per una Esquerra Alternativa de Cataluña-IV Internacional.

En síntesis, aquel zagal de Puebla de Cazalla es ya un adulto y el jovenzuelo andaluz de pueblo se ha convertido, más de cuarenta años después, en esa especie tan extendida como singular que llamaremos catalán de origen andaluz; lo que es, no tanto una constatación de perdida como de cambio. Que con todo ese transcurrir a la espalda, Gutiérrez haya querido titular a su trabajo Memorias de un Bolchevique Andaluz no sólo manifiesta su nítida voluntad de proclamar provocativamente su continuidad política; también muestra cuán hondo fue el papel de esas primeras experiencias andaluzas, el orgullo adquirido por su origen y sobre todo su papel cimentador de su posterior desarrollo como catalán; condición que, precisamente a ojos de lectores andaluces, se percibe en el autor-personaje como un rasgo definidor, quizás sosegado pero desde luego indiscutible.  Gracias a su experiencia relatada, quedamos sabiendo y entendiendo más de lo que vivimos e incluso de lo que no vivimos pero percibimos como propio. Un libro emocionante, tan encantador como imprescindible en la biblioteca de quienes, nacidos aún en el siglo XX, no sólo quieren entenderlo sino que, ante todo, no abdican de la esperanza y el compromiso de cambiar a socialista y liberador el hosco pero aún joven siglo XXI; sea en Cataluña, en Andalucía o en cualquier parte.

 

 

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