[Memoria histórica] A las 6 de la mañana fusilaron al diputado Daniel Ortega

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Por Manuel Almisas Albéndiz

Fue hace 75 años, el 6 de agosto de 1941. Un piquete de guardias civiles del Tercio Costa acabó con la vida del político más carismático, influyente y respetado por el pueblo trabajador de El Puerto de Santa María. El teniente médico Manuel Sánchez Rodríguez presente en el patio del castillo de San Sebastián de Cádiz, certificó que Daniel había muerto por una «hemorragia interna».

A las 4 de la mañana entró en capilla y allí escribió tres cartas a sus seres queridos. Una a sus hijos Danielín y Juanito. Otra a Isabel Muñoz Tineo y Pepe Gómez Rendón, primos de Luisa Rendón que cuidaban de sus hijos en su domicilio gaditano de San Félix 7. Y una última carta a su mujer Luisa, entonces prisionera en la cárcel de Les Corts (Barcelona). En ellas se traduce una fuerte convicción en los ideales por los que luchó toda su vida. A sus hijos les escribe: «Vosotros os preguntaréis por qué ha muerto vuestro padre, pues yo muero por haber defendido toda mi vida a los débiles contra los poderosos, por haber luchado al lado de los trabajadores por una sociedad más humana». A su mujer le escribe que «muero, Luisa querida, en todos los terrenos con la misma convicción férrea y tengo una esperanza sin límites en la justicia de mi causa por la que siempre luché». Y a sus primos les dice que muere «por cumplir con mi deber» y que lo fusilan «por querer demasiado a España y a la mayoría de sus habitantes».

En estas cartas reconocía que no tenía «las manos manchadas de sangre», y que «si de alguna cosa tengo que arrepentirme en la vida es haber obrado con demasiada nobleza contra quienes no merecían otra cosa que algo superior al desprecio… Mis enemigos más prácticos hacen conmigo lo que yo, por esas causas, no hice con ellos».

Daniel Ortega Martínez, teniente coronel de infantería, jefe de la sección de Servicios del Estado Mayor del Ejército del Centro, procedía de las milicias y nunca estuvo en ningún frente de batalla. Se dedicó a las labores de Intendencia y Planificación de los recursos y pertrechos, alternándolo con las obligaciones de diputado a Cortes que no descuidó en ningún momento. Se tiene constancia de que, al menos, participó en una Sesión del Congreso de Diputados celebrada en Sabadell el 1 de octubre de 1938, votando a favor de la moción de confianza del presidente Negrín y de los presupuestos de 1939, entre otras cuestiones.

Hasta sus enemigos sabían de sus inclinaciones pacifistas y que no era partidario de la violencia gratuita. Así que su condena no se debía a que tuviera «las manos manchadas de sangre». Los motivos eran claramente políticos y así consta en el sumario…. De hecho, fueron sus enemigos en El Puerto los que ofrecieron todos los motivos para que fuera ejecutado. Su traslado en 1940 a la prisión de Cádiz solo obedecía a una causa, que fuera juzgado por los portuenses ricos y poderosos que sabían de la enorme ascendencia de Daniel entre los obreros y obreras de El Puerto, y eso no se lo podían perdonar.

El 17 de marzo de 1941, el consejo de guerra presidido por el coronel de infantería Manuel Aldayturriaga Prats, y cuyo fiscal ponente fue Fernando Wilhelmi Castro, dictó sentencia contra Daniel Ortega Martínez. Consideraron probado que su conducta era constitutiva de un delito de rebelión militar. La justicia al revés. ¡¡Los golpistas franquistas fusilaban por rebelión militar!! Como no tenían nada concreto, aparte de su empleo de teniente coronel, le dieron una gran importancia a las declaraciones en las que se basaron para deducir que «sus actividades anteriores a la rebelión en la preparación de esta, lo importante y destacado de dichas actividades por su influencia en grandísimo número de personas (…) así como por su cultura y grado de peligrosidad, le hacen acreedor a la pena señalada en dicho artículo».

Empezó declarando el bodeguero Carlos Terry y del Cuvillo, quien manifestó que Daniel era un «individuo» muy peligroso de reconocida filiación comunista, organizador del partido en la ciudad, y de gran dominio sobre las masas, actuando siempre como dirigente e interviniendo de un modo directo sobre los restantes partidos «marxistas» como UGT y CNT (sic). Y que fue el inspirador de cuantos actos «vandálicos» ocurrieron en El Puerto entre abril y julio de 1936. Después declaró el también bodeguero José Gutiérrez Dosal, quien repitió que Daniel era el organizador y fundador del Partido Comunista en El Puerto, encabezando las manifestaciones y acaudillando a las masas de izquierdas, sobre las que ejercía un gran dominio.

Y para terminar acudió a declarar a finales de octubre de 1940 el Fiscal de la Audiencia de Cádiz, Francisco Gaztelu y Oneto, portuense que estaba casado con otra Terry-Cuvillo, Eloisa. Este «señor» se extendió en sus declaraciones, acusaciones y suposiciones, manifestando que se «sabe y le consta que el aludido era el instigador y propulsor de todos los desmanes que ocurrieron» en El Puerto. Además, le acusaba cínicamente de ser responsable «moral» de los fusilamientos en los primeros días del golpe de más de 40 portuenses, cuyo único «delito» era ser sindicalistas o políticos leales a la República, diciendo que Daniel inculcó «ideas extremistas y demoledoras del orden público a muchachos que antes habían sido trabajadores honrados y que han pagado hoy con su vida su adhesión a tan nocivas enseñanzas».

Frente a este odio de la clase propietaria de El Puerto, estaba la admiración y el reconocimiento de los trabajadores y el que algunos pusieran a sus hijos el nombre de Daniel por el mucho bien que hizo en los años en que vivió en este pueblo. El hombre que fue calificado por su bondad y generosidad como «santo rojo», lo siguió siendo hasta el fin de su vida. En los días de marzo en que conoció la sentencia a pena de muerte actuaba como médico auxiliar de la Prisión de Cádiz, y a partir de esos momentos decidió tratar y cuidar a los presos más desahuciados y en estado terminal. Su mujer en carta del mes de julio le advertía que tuviera mucho cuidado con su contacto con enfermos contagiosos «pues sería estúpido, después de todo lo pasado y de haberte librado de la muerte, habiéndola visto tan de cerca, morir tan oscuramente».

Este portuense de adopción, que decía sentir «una gran cariño» por El Puerto, a pesar de lo que habían hecho las autoridades franquistas con sus amigos, con su familia y con sus bienes, debe tener un merecido reconocimiento por parte de los actuales gobernantes municipales. De forma decepcionante e inexplicable aún no han movido ni un solo dedo, ni PSOE ni Izquierda Unida, para iniciar el expediente de nombramiento de Hijo Adoptivo a título póstumo, como se le ha reclamado desde la iniciativa popular. Tampoco han respondido a la petición de una autorización para colocar un busto de Daniel Ortega en una plaza importante de El Puerto. Algo que no le iba a suponer gasto alguno, llevando el escultor Mario César de las Cuevas varios meses esperando a que la maqueta se pueda dar a conocer y comenzar la campaña de crowfunding. En materia de memoria democrática, y le duela a quien le duela, la política de este gobierno municipal «progresista» no se diferencia en nada de los anteriores. Y solo hay que remitirse a los hechos…

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