¡Memoria, dignidad y lucha!

¿Quién dijo que vamos siempre por detrás, precisamente en la Historia? No hay que esperar a Fukuyama ni a la posmodernidad para percatase de que con  en el pacto de silencio de la Transición la Historia, al menos la Historia de España, finalizaba el uno de abril de 1939. Concretamente, con un último parte de guerra, que inapreciablemente venía a ser un primer parte de aquí paz y después gloria. En la gloria de la transición seguimos, porque transición más que de tránsito viene de transigir, y mal se puede decir que salimos de un régimen que lo dejaba todo bien atado y que, en efecto, sentó las bases -o mejor las mantuvo, como las de Torrejón, Garrapinillos o Rota- de éste que gozamos. Se transigió con todo, no solo con la Historia. Sobre todo con personajes además tan intransigentes como Fraga Iribarne, que de la noche a la mañana, como en el fabuloso cuento del hombre sin pasado del gran cineasta Aki Kaurismäki, su cara -¡oh, prodigios cosméticos digitales!- no rezumaba involucionismo o colaboracionismo  sino el fulgor presente de un VERDADERO PRECURSOR DE LA DEMOCRACIA (de cuya hoja final de servicios ha rendido cuenta el inefable Bono). Con el tiempo será la gente de izquierdas quien tendrá que purgar su sueño revolucionario en el filtro de la corrección con los cánones democráticos y, entre otras cosas, jurar que sus ancestros no tuvieron nada que ver con el “golpe” de Asturias en el 34 o el de la Generalitat catalana.

¿Quién dijo que vamos siempre por detrás, precisamente en la Historia? No hay que esperar a Fukuyama ni a la posmodernidad porque va a resultar que los ministros franquistas fueron los bendecidos precursores (modelo patente Fraga Iribarne, don Manuel Fraga para los demócratas de la nueva era) de la unidad de destino en lo democrático y que los pensadores integristas como Fernández de la Mora fueron también precursores de la posmodernidad allá por los felices 60. En unos memorables artículos, La posmodernidad como futura antigualla Alfonso Sastre certificó ?ahora andamos por los 80- que esta nueva era en España ?o no ha empezado todavía o comenzó hace bastante tiempo: ?con un libro (?) El crepúsculo de las ideologías, (del adelantado último citado); y, en forma teóricamente más impresentable, sigue A. S.- con la abolición de la lucha de clases por el nacionalsindicalismo en la derecha y con la doctrina de la reconciliación nacional en la izquierda?.

He tardado todo este tiempo en comprender porque los manuales de Historia del colegio ponían el punto final en el 36 o a lo sumo en el 39. Sin necesidad de esperar a la profecía del final de la historia de  Fukuyama (¿quién dijo que inventen ellos?) compruebo que la razón era posmoderna, avant la lettre, tanto como que el pensamiento español (¡?) rebosaba de saber posmoderno. Indefectiblemente, ese punto final de todos los libros llamados muy curiosamente ?de texto? lo ponía un último párrafo tiernamente apocalíptico. Cito de memoria: La patria herida de muerte por las plagas del comunismo y los separatismos fue salvada gracias a la providencial Cruzada de nuestro invicto Caudillo. Gracias a Él, y a Dios por enviarnos bajo su figura al Mesías hoy vivimos en paz y justicia. Significaba, en ortodoxa lectura, el final del caos y la instauración de un orden redentor, que sobre todas las cosa era lo primero, orden, pero que, en cuanto a lo segundo, nos redimía por fin de los males de la historia. Y para los que éramos en esos años 60 o 70 o ya en los 80 estudiantes todo un chollo: después de memorizar los tropecientos golpes del 19 y gobiernos del 20, que el último golpe, con perdón, fuera el bueno nos ahorraba un arreón de fin de curso acojonante, extenuante, más bien quería decir. Y por contagio, otro tanto pasaba con las artes y las letras. Avasallados por el siglo de oro tanto como enamorados de la generación del 27, la plata de la República, la generación del 36 o siguientes o no daba tiempo para estudiarlas o en el reino vigente de la felicidad ocupaban nada más, la letra menuda. ¿Quién no tenía la idea de que para bien o para mal la historia ya había terminado? Que ya no habría más García Lorcas, sino Garcías, Martínez o Serranos igualados por lo bajo. Que el presente, que era posmoderno y poshistórico, aunque no lo sabíamos, ponía fin a la posibilidad de más héroes y más genios, pero también al proletariado y a la revolución. La emergente clase media cada vez más ancha tenía prohibido por su propio bien cualquier singularidad. Ni otras preocupaciones o aspiraciones que las del común.

Todo eso ha pasado, el pacto de silencio que denunció con ese mismo título allí por 1988 (sería un despropósito que estuviera haciendo historia, ¡a estas alturas!) en un necesario artículo José Antonio Gabriel y Galán ha parado en la revisión cada vez más desvergonzada emprendida por algunos presuntos historiadores. Como por entonces presagiaba el desaparecido escritor y periodista la figura histórica del dictador Franco acabaría siendo la de un general glorioso cuyo régimen tampoco fue una dictadura, sino en todo caso una paternalista tutela que nos condujo por fin al desarrollo económico y cuya sacrificada y elevada vigía ha posibilitado el presente. La Historia sino cerrada  en 1940 quedaba provisionalmente en suspenso y, desde luego, con la transición triunfante y posmoderna la hemos puesto el broche. En consecuencia, con este rapto de la historia, ?¿qué sentido tiene ?se preguntaba Gabriel y Galán en la referida crítica- que Simón Sánchez Montero, por poner un ejemplo, resistiera la tortura casi hasta el límite de sus fuerzas??. Con esta pregunta concluía. Simón Sánchez Montero, dirigente comunista histórico (si nos es permitido el término) ya fallecido, permaneció en la cárcel de 1945 a 1975. ¿Pero esto es ya (otra) historia o qué es?

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