Melodía del arrabal.

Los orígenes del tango se pueden rastrear de una manera bastante
clara; los de Gardel, no tanto. El tango nace en 1865, en la Guerra
de la Triple Alianza, en la cual, Paraguay sostuvo una guerra contra
Brasil y Argentina con el resultado de que la mayor parte de la
población masculina de este pequeño país quedó casi diezmada.

En este ambiente de conflicto, pululaban por la campiña argentina y
uruguaya grupos de negros libertos que, mucho después de las luchas
de independencia, obtuvieron su libertad. Pero sólo eso. No tenían
trabajo, ni techo, ni siquiera un nombre… Merodeaban alrededor de
los cuarteles ofreciendo los servicios más punzantes para aquella
mesnada de hombres solos: aguardiente (caña), mujeres (las chinas o
rameras criollas) y la música, un híbrido de sustratos ancestrales
africanos como el candombé, el malambo, la milonga (del bantú,
mulongre —chisme—) y el tambó, probablemente una de las raíces para
el nombre que, más adelante, tomó el género.

Al lado de cada instalación castrense se levantaba un bohío rústico,
el keko o quilombo, palabras muy groseras para designar ese burdel
primitivo, con un letrero burdo sobre una tabla que rezaba: «Valor
del fierrazo (coito) 10 centavos», y dividido en compartimientos muy
pequeños, separados por paredes de bambú para las faenas sexuales y
un piso de tierra que servía como pista de baile para que la
soldadesca se amacizara con la chinas, al son de la percusión que
interpretaban los negros. Esto es muy relevante, porque determina
las características de este tango primigenio: el baile erótico, con
los órganos sexuales bien pegados, algo que se conserva hasta la
época actual; y la incitación a la relación sexual, lo que convierte
al tango en un folclor prostibulario desde sus mismos orígenes.

El primer tango del que tenemos referencia se llamó El keko, el
segundo fue Dame la lata, por la ficha de latón que se daba a los
clientes con el número de turno, pues la provisión de rameras no
alcanzaba para atenderlos a todos; pero hubo otros no menos
sicalípticos como ¿Con qué trompieza que no dentra?, Déjalo morir
adentro, o letras como la de Bartolo: «Bartolo tenía una flauta, con
un agujero solo, y las minas le decían: tocá la flauta, Bartolo…».

Ante este estado de cosas, era de esperarse que la pacata
aristocracia provinciana satanizara el tango desde su aparición; lo
consideraban un engendro diabólico y fueron muchas las protestas
ante autoridades civiles y eclesiásticas para que no sólo se
prohibiera, sino que se persiguiera. Mujer que se aventuraba a
bailar tango en los viejos «almacenes», negocios que eran como las
cacharrerías de nuestros pueblos, algo así como
una «saspelucantina» , se consideraba prostituida. Por esta razón,
los intérpretes y, especialmente, excelsos bailarines como José
Ovidio Bianquet —El Cachafaz—, o el más grande del bandoneón,
Eduardo Arolas —El Tigre del Bandoneón— emigraron a París, en donde
encontraron la aceptación que no tenían en su tierra. De allí se
originó el mito que afirmaba que el tango había nacido en Francia.

Esta etapa folclórica del tango se mantuvo durante unos cincuenta
años. Al final de este período se produjo una lógica transmigració n
desde la provincia hasta la capital. Desde la dictadura de Rosas, la
periferia argentina quedó dependiendo de Buenos Aires. El prestigio
de la ciudad empezó a crecer cuando aparecieron las grandes oleadas
de inmigrantes, muchos de ellos anarquistas italianos y croatas, lo
mismo que rufianes y prostitutas francesas —las loras—, perseguidos
en sus países de origen. La federalizació n de la capital porteña
también incrementó su prestigio. La ciudad se llenó de tugurios o
conventillos y se formaron los arrabales, en donde pululaban los
prostíbulos clandestinos.

El tango se volvió citadino, de ahí su nombre de «canción
ciudadana», y es por eso que ha llegado a ser el único folclor de
ciudad que existe en el mundo. En 1910 vivían en Buenos Aires más
extranjeros que nacionales y la ciudad se llenó de vagos, «milicos»
(militares sin ocupación) y un hampa dominada por las mafias de
estafadores, y toda laya de ladrones —lunfas—, que ocultaban sus
actividades en un lenguaje clandestino, con mucha propiedad llamado
lunfardo. Esta situación cambió en 1912, cuando accedió al poder el
líder socialista Hipólito Irigoyen, elegido con el apoyo de las
bases populares y cuyo primer acto de gobierno fue la reivindicació n
del tango como expresión artística de los argentinos. En ese
proscenio aparece Gardel como gran sacerdote en el cabaret
Armenonville.

De dónde son los cantantes

Muy pocos argentinos pondrían en duda que Carlos Gardel hubiera
nacido en la ciudad francesa de Toulouse, el 11 de diciembre de
1890; que su madre se llamó Berthe Gardés, planchadora de oficio,
tal como aparece en la oficina de registro de la ciudad francesa, y
que emigró a Uruguay como madre soltera cuando el niño tenía tres
años. De allí se fueron a Buenos Aires, en donde Gardel, con su
apellido alterado, llevó una vida normal, como la de cualquier niño
de inquilinato, aunque por su acento, sus amiguitos lo llamaban «el
francesito».

Sin embargo, hoy en día se ha levantado una verdadera polvareda
alrededor del verdadero lugar de nacimiento de Gardel, pues varios
investigadores —Erasmo Silva, Bayardo, entre otros— afirman que
Gardel era el hijo del coronel uruguayo Carlos Escayola y de Manuela
Bentos da Mora, residente en una zona rural de Tacuarembó, como
resultado de una relación ocasional del militar. Esta versión,
respaldada con algunos testimonios, afirma que, cuando el niño tenía
dos años, fue entregado a Berthe Gardés. Lo importante es que Gardel
nació y que a partir de él, el tango no sería lo mismo. La misma
incertidumbre sobre su origen ha contribuido a acentuar su condición
de ídolo, lo mismo que ocurrió con otros dos íconos de la historia
reciente de Argentina: Eva Duarte de Perón e Hipólito Irigoyen.
Gardel fue un héroe nacional que trascendió las fronteras patrias y
se codeó con los grandes de su tiempo: fue amigo de Enrico Caruso y
huésped de los más conspicuos representantes de la aristocracia
europea. Los jerarcas nazis bailaban al son de sus tangos más
conocidos. Sería muy arduo analizar todos los aspectos de esta
figuración, pero bástenos recordar que, como cantante, Gardel fue
superado en las preferencias del público de su época por Ignacio
Corsini o Agustín Magaldi. Tampoco fue un buen actor y en el funesto
decenio del 30, el período de la decadencia del tango, la Mishadura,
abandonó a Argentina y se fue a Francia a filmar películas por obra
de un contrato que le ofreció la Paramount. Se olvidó de sus
atuendos de compadrito y se vistió de frac.

La fama de Gardel tiene un arraigo más profundo y no se puede
supeditar a algunas superficialidades con las que se le pretende
adorar. Es cierto, tenía una tremenda estampa y su porte
impresionaba, pero no era eso únicamente. Hay que llegar al carácter
de un hombre que afrontó las pruebas más difíciles para llegar a su
sitial. Lo primero fue su vocación incontenible para volverse
cantante. Desde niño, se escapaba a los camerinos del teatro
Politeama para estar muy cerca de los artistas de la ópera, a
quienes prestaba sus servicios doña Berta, y se aprendía algunos
trozos de los actos y las arias, y él solo hacía las voces de los
diversos personajes. Por la época, brillaban grandes payadores como
Gabino Ezeiza o José Betinoti, pero su ídolo era Arturo de Nava, por
lo que inició su carrera artística interpretando temas pamperos. Su
primer dueto lo conformó con Francisco Martino en 1912, pero al año
siguiente se asoció con el uruguayo José Razzano, un hombre
bondadoso, con quien mantuvo una perdurable amistad y que lo
acompañó profesionalmente hasta 1925.

Otro hecho destacable es la influencia de Carlos Gardel en la
caracterización del cantor de tangos. Los tangos y las milongas de
la vieja guardia contenían unas letras muy cortas, que daban poco
espacio para el lucimiento del cantante. La mayor parte de la pieza
la hacía la orquesta o un coro y el cantante remataba al final con
un estribillo, por lo que se les llamó simplemente «estribillistas» .
Con la irrupción de Gardel en el tango cantado, la voz del artista
se vuelve estelar. Después de este suceso aparece un nuevo tango, el
que se involucra con las emociones de las personas, que cuenta
historias y que se convierte, al decir de Waldo Frank, en el «Libro
de quejas del arrabal». Gardel fue un personaje atípico en el ámbito
de los artistas de su época. No tomaba licor, mantenía una relación
constante con una sola novia, Isabel Del Valle, y no se mezclaba con
prostitutas. Una conseja que corrió de boca en boca en el ambiente
parroquial de la Medellín de los 30, fue que el artista era
homosexual. Todo se debió a que, cuando el Zorzal llegó a Medellín,
los anfitriones, por agradar al excelso huésped, lo invitaron al
barrio de Lovaina, la proverbial zona de tolerancia de la ciudad.

Durante todo el rato, Gardel se la pasó brindando discretas caricias
y besos paternales a las niñas que lo asediaban, pero más allá de
eso, no ocurrió nada. Ignoraban que el artista tenía un miedo
atávico de las enfermedades venéreas y nunca se desmandaba en sus
hábitos cuando tenía compromisos importantes. Su vida amorosa
siempre fue un enigma y cuando le preguntaban por qué no había
escogido una mujer como esposa, respondía: «Para qué hacer infeliz a
una, pudiendo hacer felices a tantas…».

La influencia de Gardel

Muchos otros hechos exaltan la figura del ídolo. Elevó a las más
altas cumbres de la expresión poética los términos y giros del
lunfardo, ese antilenguaje condenado por Jorge Luis Borges
como «vecino de la picardía y el delito». Por esta razón, el idioma
español está lleno de lunfardismos, aunque los profanos no alcancen
a identificarlos; basta con escuchar Melodía de arrabal, para
valorar la belleza de expresiones como: «…se me pianta un
lagrimón…». Con sumo cuidado, Gardel seleccionaba las letras de sus
tangos y cuando le presentaban letras rastreras u ofensivas, siempre
las rechazaba airadamente, replicando: «Nosotros no somos
delincuentes» .

Hay algo más, el cantor creó la imagen de un profesional íntegro,
que se debe a su público. Cuidó con celo excesivo su imagen corporal
y siempre se mantuvo en plan de mejorar. Cuando apenas se iniciaba,
pesaba 120 kilos y tenía una voz aguda de tenor que se nota en sus
primeras interpretaciones. Con tesón, rebajó de peso y acomodó el
registro de su voz al de barítono, que definió ese timbre
maravilloso que hace exclamar a los fanáticos gardelianos: «Cada día
canta mejor…». Por eso, cuando su situación económica fue boyante,
siempre andaba acompañado de una troupe que incluía un profesor de
inglés, otro de francés, un profesor de música y un preparador
físico, a más de un asesor de imagen y un trato a las personas que
no tenía reproche. El Morocho fue y será un paradigma de valores
humanos: Generoso, leal, bondadoso, como lo expresara Blas
Matamoros, «fue el hombre púa, sin pilladuras ni agachadas, que
convirtió el tango en una romanza internacional» .

*Periodista y catedrático.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS