Me rindo

&nbsp Pero ¿cómo deshilachar el tejido de un sistema? ¿cómo ven­cer a ese “Estado” conjunto de Estados que asuelan el mundo?

&nbsp Ciñámonos a la península celtíbera, porque el imperio e Israel es­tán demasiado leídos..

&nbsp Si, punto por punto, echamos un vistazo al panorama, no hay par­cela de esta sociedad que pueda darnos una sola alegría razo­nable.

&nbsp Observemos de cerca a los gobier­nos sucesi­vos del color y ban­dera que sean; luego la política y a los políticos que dicen mirar por los in­tereses ciudadanos y el bien co­mún; luego miremos de reojo a los medios y a los periodistas. ¿Nos parece que el ejecutivo y el le­gisla­tivo, es decir, los gobiernos y polí­ticos que van desfilando a lo largo de estos últimos 30 años alcanzan el mínimo de lo esperado en inteli­gencia y no son sólo gentes hábiles en parlotear? ¿Nos pa­rece que los periodistas y sus entramados no son cómplices del po­der y ene­migos demagógicos del ciudadano?

&nbsp Pues entonces examinemos de cerca a la judicatura y los jueces. ¿Creemos que piensan realmente en impartir justicia; una jus­ticia diseñada por leyes confeccio­nadas por los patri­cios, es decir, por las clases acomodadas?

&nbsp Está claro que nadie que forme parte del poder ejecutivo, legisla­tivo y judicial hace otra cosa que enriquecerse y burlarse del pueblo.

&nbsp Bueno, pues entonces fijémonos en la espiritualidad de la cúspide eclesiástica: el otro poder, el religioso. ¿Son individuos dig­nos de fiar? ¿Persiguen poner un poco de orden en la sociedad y lo hacen con acierto, sabiduría, tacto y prudencia?

&nbsp Pues entonces&nbsp pasemos a&nbsp la educación. En estos treinta años hemos conocido incontables planes de enseñanza, sin que ninguna haya cua­jado y sin que los enemigos de la sensatez hayan parado hasta derribar uno tras otro. ¿Nos sentimos desengañados?

&nbsp Pues escudriñemos el gusto, el compromiso, la confianza, la leal­tad, la honradez en todos aquellos llamados a rendir cuentas de es­tas vir­tudes o condiciones indispensables para que los vástagos de cada unidad familiar -monoparental o tradicional- puedan crecer con un re­ferente y las generaciones que se suceden se vayan transmi­tiendo unas a otras el gozo de vivir; también, para que la sociedad de mer­cado pueda desenvol­verse con normalidad. ¿Nos pa­recen bien?

&nbsp Bueno, pues habida cuenta que hemos hablado de políticos, de pe­riodistas y de jueces ¿hablamos de sindicalistas, del profesorado, del funcionariado, del empresariado, de médicos, notarios, aboga­dos, re­gistradores, deportistas de masas… o de ese justiciero juez que persi­gue con saña todo lo que se mueve en materia de libertad política en Euskadi?

&nbsp Algún periodista ha dicho que la “trama de espionaje de Madrid” pone en peligro la salud de la democracia; una trama, la de Madrid, que es la escenificación de unos cuantos amos manejando a sus rottweilers para que sec­cionen la yugular de los adversarios. ¿Hemos de escandalizarnos por tan poca cosa? Pero bueno, ¿es que hay de­mocracia? ¿es que hay al­guien a estas alturas que crea que es el pueblo quien go­bierna?

&nbsp ¿A qué prestaré atención? ¿De qué haré crítica constructiva sin la sensación de que cuando se vive ordinariamente en un basurero el remedio no puede consistir en entresacar de él alguna podredum­bre sino que sólo vale volcar el contenedor entero?&nbsp

&nbsp Miren ustedes, es tal la energía que hay que emplear para sa­near siquiera un poco esta sociedad, que he llegado a la conclusión de que todo aquél que pueda comer y tenga un lecho y un techo, lo mejor que puede hacer es felicitarse y dar gra­cias a la vida por no ser tortu­rado o muerto. Eso es lo que quieren. Por mí, ellos ganan. Es demasiado…

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