Mauthausen

  Pero no sé por qué me da la impresión de que hoy día en que nada se libra de ex­trujamiento y de rentabilidad, tam­poco se ha querido desaprovechar esta efeméride tan metida en el túnel del tiempo. Y es que hay mucho interés por parte de algunos en hacer méritos frente al imperio. Como dice Elías Ca­netti, “el máximo deseo del débil es hacer un regalo al fuerte”. Porque si la me­mo­ria histó­rica, que es la gené­tica, sirve per­fecta­mente para no olvi­dar atrocida­des cometi­das ayer, por lo que veni­mos viendo desde hace cuatro años a esta parte no sirve para evitar que el mundo pretendida­mente civili­zado las siga cometiendo. Así es que ¿por qué ahora este re­cuerdo?¿no será para que ol­videmos la cru­deza de las ac­tuales? Esas cometidas por ejér­citos y SS bien cerca­nos escudados en justificaciones de­mo­cráticas de las que, por cierto, tam­bién disponía el Hitler ele­gido por aclamación en Weimar…


 ¿A qué vienen ahora estos macabros mementos? Me resisto a creer que sea porque las atrocidades actuales no son tales pues las sufren «otros» que no son «humanos» por ser de otra cultura, y porque se les inflige con otro instrumental, métodos y pretextos ajustados a los tiempos que vivimos. Pero me temo que sea esto precisamente lo que les permite hacerse entre todos un guiño para tenerlas como inexistentes. Pues tampoco eso es nuevo. Entonces, en Mauthausen, los judíos y afines no eran propiamente humanos para aquellas bestias, como para la bestia kukluxcanesca no lo son los negros. Ahora, tampoco los iraquíes que no bajan la cerviz ante las cínicas bestias republicanas anglosajonas son humanos, sino marcianos de videojuegos o talibanes merecedores de execración y de tortura…  


  Lo digo, porque la atrocidad no es mensurable: o existe o no existe. No hay términos medios. La pasión y crucifixión, el empala­miento y las mil ma­neras de tortura son todo una misma cosa: bar­ba­rie, salvajismo, capacidad infinita del ser humano para destri­par a sus congéne­res por el motivo que sea o sin motivo; conducta que no tiene parangón en nin­guno otro caso del re­ino animal.


  Y las atrocidades y aberraciones de Mauthausen ya pasaron. Como pasó, por ejemplo, el festival del pueblo ante el espec­táculo de los condenados arrastrados por caballos por las ca­lles de Londres hasta que las entrañas les salieran de su sitio y se produjera su descuarti­zamiento (algo que su­cedió hasta casi entrado el siglo XIX). Pero claro, así, echando la vista atrás, palidecen las monstruosi­dades en las Abu Graihb y en los Guantá­namo cuando tam­poco son esos dos centros infer­nales los “únicos” en materia de torturas, de vejaciones y de ma­tanzas. Pues ¿qué hace, si no, la solda­desca yanqui con mu­jeres y niños en esas razzias de lim­pieza y represalia en las casas en las que entra un día sí y otro también?


  Bien. No olvidemos Mauthausen; tampoco lo que hicieron los invasores en la península ibérica; ni los Gulag; tampoco lo que hicieron los japoneses con los chinos en las dos gue­rras mundiales; ni por supuesto las de los mismos bárbaros de Brooklyn en Vietnam hace 30 años, ni el geno­cidio de los in­vaso­res hispánicos y sajones a partir del siglo XV en las Améri­cas…


  Pero está muy claro: los políticos lo llevan en los ge­nes. Está claro que algunos bien ilustres prefieren sobreco­gerse por lo que pasó hace un siglo, en lugar de ver lo que hacen sus ami­guetes bajo el paraguas de la li­bertad y apartarse de tan ma­las compañías… Si no fuese así, antes de ir a Mathau­sen por lo que sucedió allí hace 60 años, ya se hubie­ran con­vocado concentraciones frente al Pen­tágono y la Casa Blanca por tanta monstruosidad cometida por los hués­pedes del uno y la otra a lo largo de estos últimos 35 años.

  Seamos serios. Por las barbaridades cometidas por una nación en el siglo XXI y mientras las sigue cometiendo con el consentimiento de las demas naciones, no puede haber conmemoración sobre el cese de atrocidades pretéritas sobre la que no se proyecte esa nación y la sombra de las que comete…

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