Más allá de Chile. Crítica del capitalismo: Cita con Rama

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Pos iguás nunca leíste Rendez-vous with Rama, –célebre novela (1972) del no menos célebre Arthur C. Clarke que también tiene a su haber el clásico 2001: A Space Odyssey–, y es de lamentar ya que debo explicarte que todo comienza cuando un asteroide borra Roma del mapa a mediados del siglo XXI.

De ahí en adelante la humanidad decide dotarse de un sistema de detección temprana de asteroides que pudiesen colisionar con la Tierra: poderosos radiotelescopios, situados en el suelo y en órbita terrestre, escrutan pues el espacio sideral, buscando identificar alguna amenaza para la tranquila y relajada vida que llevamos todos en este valle de lágrimas.

En eso estaban la NASA, Roskosmos, ESA, CNSA, ISRO e incluso la CTM chilean space agency, mirando p’arriba, cuando… llegó el coronavirus. Hay que joderse.

La crisis sanitaria provocó una chingadera de comentarios, notas periodísticas, reflexiones filosóficas y otras cagaleras, una melopea de habladurías ecolálicas y verborreicas. Servidor, que suele cachondearse de los economistas, de los asesores financieros y otros chamanes, debe reconocer que en el maremoto de lo que conviene llamar mierda hay verdaderas perlas. Para recoger el molusco portador de la gema ni modo, debes sumergirte en un océano de deyecciones, detritos y diarreas.

Pero antes de hacerte el cuento, se hace ineludible una explicación. Las teorías de mis dos que tocan el ‘libre mercado’ aseguran que no debes perturbarlo ni con el pétalo de una rosa. Los ‘mercados’ son tan sensibles que cualquier acción externa, incluso aquellas que tienden a hacerlos aun más libres, los perjudican.

Jean-Baptiste Say (1767-1832), el francés inventor del invento, tuvo el honor, el placer y la ventaja de bautizarlo como “Laissez-faire”, que en castellano castizo pudiésemos traducir como “Déjales que hagan lo que les salga de la punta del nabo”. Así, libre como el viento, el mercado da lo mejor de sí. Si no te habías dado cuenta vete a mirar lo que ocurre ahorita mismo en Chile. Sin olvidar tus gafas de sol para no encandilarte.

Dicho lo cual, entramos en materia. Mi analista financiero preferido, John Mauldin, logró sorprenderme. Su visión un pelín apocalíptica y su evaluación de las llamadas políticas públicas – siempre orientadas a salvar a los privados–, interpelan. Entre los dogmáticos –economistas, sacerdotes, curanderos, expertos, militantes de toda laya, asesores financieros y terraplanistas– los peores son los convencidos. Mauldin cree en lo que dice. Veamos.

“Estamos en los cuernos de un dilema, atrapados entre Escila y Caribdis… el diablo y el mar azul, el yunque y el martillo… Todas estas metáforas le convienen a la situación económica presente, y creo que describen también los años 2020. Los muros están apretando. Estamos en un brete.”

Hasta ahí, yo mismo. No hace falta salir de la Academia de Platón, del Liceo de Aristóteles o del Jardín de Epicuro para darse cuenta que cunden el virus, el hambre, la acumulación de la riqueza y la extensión de la miseria. Lo que llama la atención es que Mauldin asegura que –hagamos lo que hagamos– vamos de culo.

“Gracias a las fuerzas ya en movimiento y con el virus como gatillo, nos quedamos sin buenas alternativas. Cualquier movida fiscal, monetaria, social y/o política tendrá efectos negativos, unos más graves que otros. Lo único que nos queda es decidir quien va a sufrir y de qué modo. Es una mala situación pero ahí estamos.”

A propósito de quienes van a sufrir… servidor tiene una idea extremadamente precisa, así como de quienes van a tomar la jodida decisión. Mauldin continúa:

“Esta semana la reunión de la Reserva Federal entregó más pruebas de que nadie, ni siquiera el más poderoso banco central, puede restaurar el crecimiento al que estábamos acostumbrados. Lo mejor que puede hacer la FED es mantener la balsa a flote, haciendo lo que ha hecho durante décadas.”

O sea, en una movida pusilánime e inercial, mantener las tasas de interés en cero por ciento, seguir excretando dinero fácil, lo que servidor llama un relajo monetario. Con el propósito de… Justamente: ¿con qué propósito?

John Mauldin tiene una respuesta, atento el personal. Johnny estima que los ríos de dinero que los bancos centrales vierten a diestra y siniestra solo sirven para mantener vivos a sectores de la economía que debiesen desaparecer, abriéndole paso a la innovación y a la creatividad empresarial. Dicho de otro modo, los bancos centrales –con la FED a la cabeza– crían zombis.

“El Consejo de Gobernadores y las FED regionales emplean cientos, tal vez miles de economistas altamente especializados. Ellos hacen algún trabajo útil. Desarrollan ideas que pueden parecer razonables vistas desde sus altas posaderas, pero generan caos que ni siquiera ven, incluso a posteriori. No es solo que los bancos centrales interfieren con los mercados. Lo hacen por el solo hecho de existir.”

Ya ves lo que quise decir cuando te expliqué que el mercado es muy sensible y todo lo perturba. Según Mauldin los bancos centrales no debiesen existir (yo agregaría el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la CEPAL y un celemín de organismos pasablemente inútiles…), entre otros porque:

“Van más lejos, haciendo fluir los capitales de manera ineficiente. En los años 1950, Joseph Schumpeter habló sobre la ‘destrucción creativa’ del capitalismo. A medida que las economías crecen y se desarrollan, las antiguas prácticas deben desaparecer ante la aparición de mejores innovaciones.”

Como es natural, los candidatos al cementerio ‘luchan y se desangran en la fe que los empecina’ intentando sobrevivir, pero fatalmente desaparecen. Los bancos centrales, dice Mauldin, no hacen sino retrasar la transición impidiendo la ‘destrucción creativa’. De ese modo, empresas que debiesen desaparecer sobreviven como zombis y, gracias al dinero fácil y barato –tasas de interés arbitrariamente bajas–, en vez de competir compran a sus competidores. En las palabras de Mauldin:

“Esto no es ‘capitalismo’ en ningún sentido, cuando los empresarios y las empresas son rescatados una y otra vez de los desastres ocasionados por sus errores.”

Visto así, Latam debe morir, así como Lufthansa, Air France/KLM, Delta Airlines, Renault, Airbus, Boeing y una larga lista de imprevisoras empresas que, en vez de distribuirle jugosos dividendos a sus accionistas, debían haber ahorrado para confrontar las crisis y el costo de las innovaciones.

A estas alturas yo esperaba un capítulo en el que la Bella durmiente del bosque se despierta sola, rechaza al príncipe por machista y reclama para sí el derecho al aborto libre y sin trabas, mientras los policías blancos respetan a todo el mundo comenzando por los negros, los amarillos, los chicanos y los indios semínolas que se llaman a sí mismos Ikaniuksalgi, lo que en lengua muscogui significa ‘gente de la península’, Llaghguapiche en mapudungun, como seguramente sabes.

Pero Mauldin no es un converso como Nicolás Eyzaguirre: Johnny es un convencido de la primera hora, un capitalista dogmático marinado en su fe. Por eso prosigue, implacable:

“La deuda corporativa (EEUU) subió de un 250% del PIB a más del 300% en los últimos 20 años. Muchas empresas hipotecaron su futuro para comprar sus propias acciones y otras manipulaciones financieras, premiando a sus ejecutivos y accionistas en el corto plazo”.

Cuando te contaba que las multinacionales se endeudan para pagar dividendos a pesar de sus pérdidas… estaba en lo cierto. Mauldin confirma lo que ya he dicho y condena a la FED y a los parásitos de manera radical:

“El dinero barato ha premiado a quienes tienen acceso a él, y ha agudizado la división entre los que tienen, y los que no tienen ni uno”.

Lo que John Mauldin dice, conscientemente o inconscientemente, es el que el capitalismo, las prácticas del capitalismo, acumulan la riqueza de un lado, y la miseria del otro. Lo dice él, un asesor financiero del capitalismo. Karl Marx y Friedrich Engels deben estar sonriendo de un lado, y llorando del otro. Lo suyo hace trizas el discursito pretendidamente erudito de los expertos, economistas y otros cantamañanas que babean diariamente en la TV y la prensa servil.

John Mauldin persevera en su visión, con una frase que me hizo el efecto de un mae geri directo a la zona gonadal:

“El rol del Gobierno es proteger a los vulnerables, no salvar a las elites.”

Mauldin, –como hacen en Chile–, sustituye “burgués”, “patrón” y/o “capitalista” por el más neutro y menos devaluado “elite”. Como quiera que sea, Mauldin viaja al pasado, para rescatar una noción de Estado desaparecida en combate hace siglos: esa que pretende que el gobierno debe representar el interés y la voluntad general. La ingenuidad… ¿paga impuestos?

Pero Mauldin no es ingenuo. Solo intenta vender su producto, o sea sus consejos financieros, a quienes buscan vivir de las rentas. De ahí en adelante lo suyo es clásico: frente a nosotros tenemos un desastre pero, si no nos arredra que algunos sufran… saldremos de esta.

Desde luego él mismo no forma parte de los que van a sufrir. El forma parte de los que te dirán cómo y dónde invertir –toda crisis es una oportunidad de negocio– a cambio de una modesta remuneración que le permite vivir a todo trapo en un palacete en Puerto Rico.

Entretanto Johnny aconseja no subirle los impuestos a los ricos visto que eso es contra productivo, sobre todo para sus clientes (Raising taxes on “the rich” won’t have the beneficial results they expect…). Del mismo modo estima que las ayudas del gobierno Federal que le aseguran un ingreso de US$ 600 a los miserables es mala cosa visto que con eso ganan más que trabajando… (An extra $600-a-month federal unemployment benefit helped replace the lost income for many. For some, the unemployment benefit is more than they were making prior). Como puedes ver, también en los EEUU hay currantes que viven con menos de 500 lucas al mes.

De modo que la receta sigue siendo manga ancha para los poderosos, y la parte estrecha del embudo para los miserables. A pesar de mi irrenunciable sentido del humor… Mauldin no me hace reír.

Mauldin es incomparable anunciando los desastres futuros, lo que le permite vender su pomada a quienes temen por su patrimonio. Para ello no necesita de telescopios orbitales, ni de observatorios situados en las altas planicies de los Andes. Mauldin y la gente como él no miran p’al cielo, sino para el bolsillo de quienes les alimentan. El coronavirus en el medio no es sino un albur, una vicisitud, una ‘contingencia’, un detallito del azar que puede y debe transformarse en generador de rentabilidad.

Vuelven a mi memoria las palabras que alguna vez me dijo mi inolvidable amigo Víctor Pey: “Disfrútalo, disfruta de estos momentos. Porque la cosa va a peor”.

Víctor, que yo sepa, nunca escribió una novela de ciencia ficción.

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