Mary Wollstonecraft y William Godwin en el génesis del feminismo, socialismo y anarquismo

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

La Revolución Francesa adquirió en Inglaterra una lucha de ideas entre los pro y los  contra de caracteres realmente épicos. La descalificación teórica más formidable aparecido en inglés fue Reflexiones sobre la Revolución Francesa, de Edmundo Burke, que tuvo la gran virtud de levantar en vilo a toda la intelectualidad liberal inglesa. Llovieron las contestaciones, pero por encima de todas destacaron dos que, en no poca medida, trascendieron las propias concepciones de la revolución, la de William Godwin y la de su compañera Mary Wollstonecraft, una pareja extremadamente singular. Con el tiempo, él se ha quedado en los libros de historia, ella sin embargo es reeditada y estudiada. La hija de ambos, Mary W. Shelley, (1797-1851), fue autora del relato de género gótico Frankenstein o El moderno Prometeo, todo ello en un momento estelar extraordinario en la historia del arte y de las ideas revolucionarias.

Mary Wollstonecraft vino al mundo en 1759 en un hogar de clase media que era algo así como un ínfimo territorio donde su padre era el dueño absoluto del destino de una familia compuesta, con la excepción de él, de mujeres. Mientras que a la señora Wollstonecraft no le cabía más que el trabajo doméstico, al marido le correspondió dilapidar la pequeña fortuna familiar en continuas borracheras que terminaban generalmente con malos tratos a su mujer ya sus hijas. Los cambios de carácter del tutor conllevaron también continuos cambios de domicilio, recorriendo el grupo familiar en diferentes etapas diversos pueblecitos de Essex y Yorkshire, hasta que finalmente se instalaron más establemente en Hoxton, en los suburbios de Londres que conocía entonces los primeros rigores de la revolución industrial. Todos estos factores -tiranía paterna, empobrecimiento y cambios de residencia-, impidieron que Mary consiguiera el grado de enseñanza que en aquellos tiempos eran moneda corriente para una muchacha de clase media. Esta frustración influyó poderosamente en sus concepciones dentro de las cuales la enseñanza para la mujer será pieza capital. Con todo, su atraso escolar no fue un obstáculo insalvable y pronto. Su voluntad le iba a permitir remontarlo.
Mary tuvo el apoyo de Fanny Blood a la que conoció cuando tenía 15 años y que sería desde entonces su mejor amiga y su modelo de mujeres, con el tiempo sin embargo, Mary iría más allá que su amiga que aunque era una mujer inquieta soñaba con escapar de su situación familiar» a través del matrimonio. Para Mary esto río tenía por qué ser así y encontró su alternativa en la educación. Fanny le había presentado a unos protectores liberales -palabra que entonces tenía unas connotaciones muy diferentes a las que se le da hoy-, los señores Clare, que ayudaron a Mary en su vocación cultural y la iniciaron en la literatura y en la relación con la gente culta e inconformista. Quería ser maestra, pero de momento tuvo que ganarse la vida como costurera y después como dama de compañía de una tal Miss Dawson, trabajo que le facilitó una independencia de su padre y unos medios para poder estudiar mejor.
Aunque se había separado de su familia cuando cumplió los veinte años, tuvo que abandonar su trabajo para atender durante cierto tiempo a su madre que, tras una penosa existencia de “perfecta casada”, falleció cansada y enferma en 1782. Mary entonces se fue a vivir en Walham Green, cerca de Fulham, en la casa de Fanny, pero nuevamente, cuando apenas habían transcurrido unos meses, otro drama familiar obligó a Mary a abandonar sus proyectos. Se trataba de su hermana Elizabeth que acababa de tener un hijo con Meredith Bishop, y que se encontraba en una profunda crisis depresiva en la que su marido tenía la principal responsabilidad. La posición de Mary ante la cuestión fue la siguiente: su hermana debía de olvidar las leyes que la obligaban y abandonar a su flamante esposo. Esto tuvo lugar en enero de 1784 y durante cierto tiempo, todo funcionó de forma aceptable, hasta que falleció la hija de Elizabeth, lo que ocasionó en ésta una actitud de resentimiento hacia su hermana.
Una vez liberada definitivamente de los problemas familiares, Mary emprendió una tarea que acariciaba hacía tiempo: construir una escuela. Lo hizo en un barrio modesto de Londres, en Islington, y le acompañaron en el trabajo Fanny y Elizabeth. Este primer intento fue un fracaso, ya que la gente no estaba de algún modo habituada a ver una escuela dirigida exclusivamente por mujeres y que aplicaba además métodos modernos de enseñanza. No obstante, Mary no desfalleció y lo volvió a intentar de nuevo en Newington Green y obtuvo entonces mejores resultados pero no por mucho tiempo…
En 1785, tuvo que abandonar !a escuela para marchar precipitadamente a Portugal para atender a Fanny que se había instalado allí al casarse y que estaba a punto de dar a luz con grave riesgo para su existencia debido a la tuberculosis que sufría. Llegó justo a tiempo para asistir a los últimos momentos de su amiga. Cuando regresó a Inglaterra encontró la escuela en una situación tan deficitaria que no pudo remontarla. Gracias a sus actividades como maestra había entrado hacía tiempo en contacto con los círculos radicales de Newington Green, en particular con el doctor Price, predicador y economista de gran fama que influyó en la profundización de sus convicciones feministas y literarias. En 1787 escribió su primera obra titulada Reflexiones sobre la educación de las hijas (1), un primer borrador de la que será su obra principal, Vindicación de la mujer y en la que analiza la cuestión de la educación femenina, desarrollando la idea de que las mujeres no serían tan frágiles y timoratas si fueron educadas igual que los hombres, es mucho más que un opúsculo pedagógico hecho para servir de guía a otras madres: se trata de una obra bellamente escrita que retrata de una manera lúcida el destino que les estaba reservado a las mujeres que no tenían dote con la que casarse. La educación de las hijas es un retrato sociohistóricio de la mujer del XVIII y un paso fundamental en la toma de conciencia y proceso de conquista de la igualdad de oportunidades y derechos entre hombres y mujeres.
Gracias a la fama que le dio este primer libro entabló amistad con el editor liberal Joseph Johnson, que fue ganado por la voluntad y la inteligencia de Mary a la que le ofreció un puesto en la revista mensual The Analytical Review. Esto significó para Mary una posición estable y el poder dedicarse al oficio de escribir, primero con artículos de crítica, ensayos y traducciones y luego con una serie de novelas. En 1788 publicó Mary, una obra eminentemente autobiográfica. El mismo año salió a la luz otro libro suyo, Historias originales, en el que reunía varias parábolas en las que daba una vívida descripción de la situación de la mujer inglesa de entonces. A través de su trabajo en la revista de Johnson, Mary pudo tener un conocimiento de primera mano de las aportaciones intelectuales más avanzadas del siglo, o sea de los grandes de la Ilustración como el Paul Henri Thiry, Barón de Holbach, Voltaire, D’Alembert, Diderot y Rousseau que influyeron poderosamente en su formación. Aunque entre los grandes revolucionarios no existía unanimidad sobrera cuestión femenina, coincidían por lo general en la idea de que tenían que ser los hombres los que debían de controlar la sociedad democrática y la naturaleza por medio de la ciencia y la razón; el hombre razonaría en lugar de la mujer en que veían unos atributos secundarios respecto a éste.
Que Mary Wollstonecraft se situó más allá que sus maestros lo muestran su soberbia crítica a Rousseau con ocasión de la publicación de las famosas Confesiones de éste. El célebre pensador ginebrino aunque reconocía que la mujer se encontraba oprimida en la sociedad feudal, no concebía un futuro muy distinto para ella en su alternativa de democracia igualitaria pequeñoburguesa. Así por ejemplo escribía en el Emilio o la educación:”La educación de las mujeres deberá estar siempre en función de la de los hombres. Agradarnos, sernos útiles, hacer que las amemos y las estimemos, educarnos cuando somos pequeños y cuidarnos cuando crecemos; aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables. Estas han sido siempre las tareas de la mujer, yeso es lo que se les debe enseñar en su infancia”.
Mary dedicará al Emilio un artículo en la revista que le servirá más tarde para el segundo capítulo de Vindicación de la mujer (1792; Debate, Madrid, 1977; Istmo, Madrid, 2005),, donde escribirá: “Rousseau declara que la mujer no debería nunca, ni por un momento, sentirse independiente; que debería estar dominada por el temor de ejercitar su astucia natural y que debería ser esclava de la coquetería, a fin de convertirse en un objeto más atractivo, en una compañera más dulce para el hombre, siempre que éste desease relajarse. Sus argumentos, que pretenden sacar de las pruebas que nos brinda la naturaleza, van aún más lejos, e insinúa que la verdad y la fortaleza, piedra de toque de toda virtud humana, no deberían cultivarse más que con ciertas restricciones, pues con todos los respetos al carácter femenino, la obediencia es la gran lesión, la que debería inculcarse con el máximo rigor. ¡Qué desatino! ¡Cuándo surgirá el hombre que tenga la suficiente fuerza mental como para disipar de un soplo los vapores que el orgullo y la sensualidad han esparcido sobre el individuo! Si la mujer es, por naturaleza, inferior al hombre, sus virtudes han de ser las mismas en cuanto a calidad, si no lo son en cantidad, ya que, de no ser así, la virtud sería una idea relativa; en consecuencia, su conducta debería estar cimentada en los mismos principios y tener la misma meta”.
Donde Rousseau ve una inclinación natural de la mujer, Mary entiende que existe una educación; un proceso en el que las mujeres se habían convertido en cómplices de su propia situación opresiva. Sus madres las habían preparado a ser astutas ya mostrar una «obediencia aparente y una atención escrupulosa hacia un tipo de propiedad pueril». No obstante, el horizonte social de Mary no era distinto en aquel momento al de Rousseau, pensaba como éste que las diferencias de clase podían ser anuladas en el marco de una democracia de pequeños propietarios. Mientras trabajaba en la redacción de la revista, Mary frecuentaba uno de los clubs radicales más avanzados de entonces. Estaba situado en St. Paul’s Chaurcyard, y allí alternó con otros grandes espíritus de su época como Thomas Paine que había dado brillo a la revolución norteamericana y escandalizaba a la opinión pública inglesa antes de intervenir en el torbellino revolucionario francés. Este internacionalista convencido .era partidario del voto femenino. Otros conocidos de aquel lugar fueron Anna Barbaud, abogada, feminista y muy conocida en los medios radicales y el poeta y dibujante visionario Willian Blake que animaría la solidaridad con los jacobinos en los años más difíciles de la revolución francesa y que ilustraría la segunda edición de Historias originales.
También conoció allí al erudito liberal Fuseli, que fue durante el final de la década el gran amor de Mary. El destino de Mary estuvo marcado por un sentimiento plenamente romántico del amor: “No puedo vivir sin amar, escribió, y el amor conduce a la locura”.
Cuando el 14 de julio de 1789 estalló la Revolución Francesa, Mary, como todos sus compañeros radicales, se sintió embriagada de felicidad; al fin había comenzado de verdad la nueva era, la era de los Derechos Humanos.
De ahí que cuando Edmund Burke el “apólogo de la tiranía”, publicó sus conservadoras y famosas Reflexiones sobre la revolución francesa un año después de la toma de la Bastilla, Mary se sintió obligada a escribir una dura réplica. Le había precedido Thomas Paine con otra obra famosa, Los derechos del hombre que influirán notablemente en su panfleto titulado En defensa de los derechos del hombre, en el que expone la opinión de que la revolución francesa marca el nacimiento de una nueva era de la humanidad en la que los derechos de las personas sin distinción de sexo serán inviolables. Por esta época conocerá a William Godwin cuyo pensamiento representaba una primera superación socialista de los ideales democráticos burgueses que conmovían Francia.
Fue en aquellos años febriles cuando, influenciada por Condorcet y animada por Paine, escribió su obra magna Vindicación de los derechos de la mujer, sobre la que escribió la historiadora socialista Sheila Rowbotham: “…dentro del contexto de esta misma revolución -la francesa-, una mujer extraordinaria produjo un libro extraordinario, Vindicación… fue uno de esos libros que proporcionan una síntesis tan intensa del pasado y una condensac1ón y expresión tan formidable de la experiencia del momento que transforma de modo permanente las bases del pensamiento futuro de las mujeres”. Este libro que estaba llamado a hacer época -se le ha llamado un poco abusivamente la Biblia del feminismo- fue escrito en seis semanas lo que se nota en su estilo desmañado y sus continuas digresiones. Se publicaría a comienzos de 1792 y causó un impacto inmediato y consiguió una justa fama, convirtiéndose desde entonces en un clásico dentro de la izquierda anglosajona que ha sido por lo general, una izquierda bastante feminista. Una tradición dentro de la izquierda británica se inicia con Godwin y se desarrollará después a través de Shelley, Thompson, William Morris, Keir Hardie, G.B. Shaw, Bertrand Russell, etc.
Casi dos siglos después sigue manteniendo gran parte de su interés, entre otras cosas porque la situación de la mujer sigue necesitando una profunda revolución incluso en los países más avanzados. Mary tuvo la gran audacia de aplicar al terreno de la mujer las grandes ideas de la Ilustración. Si los seres humanos no estaban sujetos a la fatalidad ni al pecado original, si podían decidir sobre su destino tanto en la sociedad como en la naturaleza, no había ninguna razón para que las mujeres fueran una excepción. Intuía que existían una serie de factores sociales que obstaculizaban su libre desarrollo y la obligaban a supeditar su libre autodeterminación al padre y al marido. Los hombres y las mujeres diferían en fuerza física, pero no en la inteligencia y en la práctica de la virtud. El sentido común era algo igualmente repartido entre hombres y mujeres, lo mismo que lo estaba entre el rico y el pobre. Se opone a los que estiman que la razón de la mujer es de tipo inferior, porque esto querría decir que la razón dependería del sexo, cuando en realidad, pertenecen a dos planos distintos: la razón pertenece a lo suprasensible, y en consecuencia es superior, el sexo pertenece a lo sensible, por lo tanto es inferior.
Habló sobre la cuestión con una fuerza y un vigor como nadie lo había hecho antes y tardarían en volver a hacerlo. Escribe por ejemplo: “Ya es hora de que se haga una revolución en las costumbres femeninas, ya es hora de devolver a las mujeres la dignidad perdida, y que contribuyan en tanto que miembros de la especie humana, a la reforma del mundo, cambiando ellas mismas. Es hora de diferenciar la moral ineluctable de las costumbres locales. ¡Si los hombres son semidioses, bueno, pues, sirvámosles! Si la dignidad de la mujer es tan discutible como la de los animales, si su inteligencia no le proporciona luz suficiente para poder dirigir su conducta y se le niega un instinto infalible, ¡sin duda la mujer es la criatura más desgraciada del mundo! Entonces encorvadas bajo el peso férreo del destino, deberán resignarse a ser un «hermoso defecto». Pero va a ser bien difícil aun para el casuista más sutil justificar, al respecto, los caminos de la Providencia, hallando la más mínima razón irrefutable por la cual una gran parte de la humanidad pueda ser a la vez responsable e irresponsable”.
Se preguntaba qué alternativa se les daba en un país donde las mujeres eran mayoría a todas aquellas que no podían casarse ni tener hijos. La igualdad civil y política era algo que debía imponerse tanto como un derecho como por una necesidad, y todos aquellos hombres que posponían esta conquista a una presunta y previa “preparación”, lo que hacían en realidad era escamotearla. Por otro lado, siendo los hombres los principales interesados en mantener a la mujer como un bello animal doméstico, ¿no era contradictorio que fueran ellos los que se creían con todas las prerrogativas para dictaminar las medidas destinadas a la mujer?..: “¿Quién ha erigido al hombre juez exclusivo, desde el momento que la mujer tiene con él en común el uso de la razón?”, la mujer tenía un derecho inalienable a la libertad y la igualdad porque éstos son derechos naturales “al cual ningún humano debe renunciar, y que es hasta un deber impuesto por la civilización: el derecho y la obligación de obtener lo mejor que la sociedad le ofrece, y esto sobreentiende el deber de procurarse los medios para obtenerlo”.
Vindicación…desarrolla junto con sus argumentaciones todo un cuadro lleno de vida que muestra la capacidad de su autora de analizar las condiciones en que se desenvuelve la mujer inglesa de entonces, haciendo hincapié sobre cómo se las preparaba para ser un muñeco capaz de mentir y disimular bajo el velo hipócrita de todas las virtudes exigidas por las convenciones sociales y de quedarse encerrada en las ocupaciones más embrutecedoras. Llega a afirmar antes de Fourier y de Owen que el matrimonio era una forma de “prostitución legal”.
El mismo año en que publicó la obra, Mary realizó un audaz viaje a la Francia revolucionaria provocando el recelo de las autoridades británicas preocupadas por evitar la contaminación radical. Fruto de este viaje y de sus observaciones sería su libro Análisis histórico y moral de la Revolución Francesa. En París trabó relación con los girondinos, y en particular con sus mujeres más distinguidas, entre ellas con Madame Roland. Mary murió antes de que la revolución conociera su declive y no conoció la hiel del desencanto. Al contrario que su amiga Madame Roland, Mary no pudo formar parte de ningún movimiento femenino, ni siquiera pudo constituir un grupo afín entre las escasas mujeres radicales. Luchó sola, manteniendo unas posiciones personales y políticas que en la Inglaterra de finales del siglo XVIII significaban andar totalmente contra la corriente. Era una mujer contra su tiempo, una “curiosidad” que atrae la atención de los hombres. En una carta escrita en Suecia escribe: “En la cena, mi anfitrión me dijo sin rodeos que yo era una mujer digna de observación, porque le hacía preguntas propias de hombres”.
Antes de marchar al París revolucionario, sus relaciones con Fuseli se encontraban en pleno deterioro. Fue en la capital francesa donde conoció a Gilbert Imley con el que mantendría unas relaciones amorosas muy intensas y con el que tuvo un hijo ilegítimo. Mary le propuso a su amante vivir juntos, pero Imley le respondió con evasivas y escapó del compromiso mediante un viaje de negocios. La pasión romántica de Mary por este hombre quedó reflejada en sus Cartas a Imley, cuyo tono es francamente desesperado pero lleno de dignidad: “Me podrás hacer infeliz”, le escribe en una de ellas, “pero no conseguirás que aparezca despreciable a mis propios ojos”. Mary tuvo una hija en 1794 en Le Havre y una vez recuperada del parto reemprendió sin desmayo su lucha por conquistar a aquel hombre. En junio de 1795 Imley marchó a Suecia y pidió a Mary que le acompañara. Si bien en un primer momento todo pareció ir bien, poco a poco las relaciones volvieron a detenerse ya que para Imley, ella no era más que una pasión pasajera.
El testimonio de su desdicha en esta ocasión lo ofreció esta vez en sus Cartas desde Suecia. Regresó junto con su hija a Londres donde la “opinión pública» la tenía por una prostituta”. Su desesperación llegó a tal punto que se arrojó al Támesis desde Putney Bridge y fue gracias a que unos marineros, que pasaban casualmente por allí, que pudo salvar la vida. Se fue recuperando merced a las atenciones de sus amigos. Una vez rehecha volvió a trabajar en la Analytical Review y escribió una nueva novela con el significativo título de Maria o los infortunios de ser mujer, en la que narraban una serie de historias sobre el drama de la mujer de su tiempo. En el prefacio del libro que quedó inconcluso, dirá que había querido “describir la miseria y la opresión que padece la mujer y que se derivan de las leyes y costumbres aceptadas por la sociedad”. Esta novela, como las otras que escribió, no resultó de una gran altura literaria y han sido olvidadas con el tiempo, aunque mantienen el interés de sus tesis y un valor testimonial indiscutible. En los últimos años de su vida estrechó sus relaciones con su antiguo amigo William Godwin que era tres años mayor que. La colaboración entre ambos empezó siendo en un principio intelectual, pero fue tornándose cada vez más afectuosa…
William Godwin (Wisbeck, Cambridgeshire, 1756-Londres, 1836), ensayista y novelista británico, fue el más destacado protoanarquista del siglo XIX, así como el ideólogo más influyente del radicalismo romántico de la poesía inglesa de su tiempo, sus ideas fueron decisorias en el pensamiento de Lord Byron, Percy B. Shelley, William Blake, entre otros.
Era hijo de un ministro inconformista, y entre 1778 y 1783 se hizo predicador de una secta disidente que propugnaba la razón, luego abandonó su actividad y se afincó en Londres. Durante su matrimonio con Mary Wollstonecraft pu­blicó su obra principal, Investigación sobre la justicia polí­tica y su influencia en la moral y la dicha (Ed. Americalee, Buenos Aires).
Esta obra, escrita en respuesta a los ataques del ex liberal Edmund Burle contra la revolución francesa, y contra la cual Malthus escribió su famoso Ensayo sobre la población (1798), congregó a su alrededor a una pléyade de espíritus inquietos entre los que iban a sobresalir su yerno Shelley, su hija Mary, célebre autora de Frankestein, Lord Byron, Wordsworth (que escri­bió refiriéndose al eco de la obra: «Una profunda sacudida ha resquebrajado las viejas opiniones: todos los espíritus han sentido su poderoso impacto; el mío ha salido liberado y expoleado»), Coleridge y Robert Southey, socialista cristiano.
Cuando el clima de intolerancia se hace más duro contra los inconformistas, Godwin «peinará» un poco algunos aspectos de la obra, aun­que seguirá luchando contra el gobierno reaccionario de Pitt y publicando sus nuevos escritos, aunque su influencia declinará más tarde. Godwin destaca sobre todo porque establece un equili­brio entre el individualismo y el colectivismo, por su aná­lisis de las instituciones y su amor a la libertad.
Hijo de la Ilustración, ateo y materialista según dirá él mismo, Goodwin fue en realidad deísta e influenciado fuertemente por la cultura ca1vinista, ataca siempre en nombre de la razón la sociedad burguesa (el mal) y busca una nueva sociedad comunista (el bien). Establece tres ejes fundamentales para su argu­mentación:
«1. El hombre no puede ser juzgado al margen del contexto social, no es culpable de la corrupción exis­tente y sólo en una nueva sociedad se podrá juzgar sus acti­vidades;
2. Nada bueno puede hacerse sin la libertad, y las leyes, los gobiernos, el Estado son negativos porque coartan esta libertad, la sociedad no tiene ningún derecho sobre el individuo. Esta libertad será posible en un sistema basado en la unión entre las comunidades de productores. La jus­ticia política será entonces la adopción de un principio de moralidad y de verdad en la práctica de una comunidad»…;
3. Pero para abrir camino hacia esta sociedad hay que abolir la propiedad privada, que analiza de la siguiente manera: «Cualquiera puede calcular, por cada vaso de vino que bebe y por cada motivo de elegancia en su persona, cuántos indi­viduos han sido condenados, para que él pueda disponer de los bienes de lujo, a esclavitud y sudor, a un trabajo fati­goso, incesante, a alimentación malsana, a continuas priva­ciones, a deplorable ignorancia y brutal inconsciencia. Los hombres están habituados a cargar con una pesada impo­sición cuando hablan de la propiedad que sus antepasados les ha transmitido.
La propiedad está producida por el tra­bajo diario de los hombres vivos. Todo lo que sus antepa­sados les dejaron fue un privilegio enmohecido que ellos muestran como títulos para arrebatarles a los demás cuanto han producido con su trabajo». La desigualdad es contraria al progreso. La nueva civilización debía de en el trabajo agradable y en el ocio creativo. Los vicios inherentes al sistema burgués desaparecerían. Godwin se muestra como un adversario irreductible matrimonio, lo que no le impidió resultar bastante opresivo hacia su compañera y hacia su hija oponiéndose a su unión con Shelley que transcribiría en versos inmortales algunas de sus premisas. Aunque influenciado por la revolución francesa, Godwin es un convencido gradualista y pacifista en cuanto a los medios para cambiar de sociedad; cree en el progreso intelectual, en la perfectibilidad espontánea de los hombres gracias a una «iluminación individual» por lo tanto no habrá «que sacar la espada ni levantar el dedo». Se le atribuye la frase «Todo gobierno, incluso el mejor es un mal».

A finales de 1796, Mary quedó de nuevo embarazada, ya pesar de que tanto Godwin compartía teóricamente los ideales feministas de Mary) como ella eran contrarios al matrimonio (que Goldwin definió como “la peor de las leyes. Es una cuestión de propiedad”), accedieron a casarse como una concesión a una “opinión publica hipócrita” que los hostigaba. Durante este breve período de relación con Godwin -quizás el más dichoso de su vida.
Durante esta fase, Mary profundiza sus concepciones prosocialistas y su crítica hacia la nueva civilización burguesa, desarrollando ideas que ya había mostrado embrionariamente en su obra más conocida. Entiende que en el fondo de la cuestión de la opresión de la mujer se encuentra la propiedad, de la que se deriva, “como de una fuente emponzoñada, la mayoría de los males que hacen de este mundo un espectáculo lamentable”. Godwin diría más tarde sobre ella: “Se consideraba a sí misma como la defensora de la mitad de la especie humana, cuyas componentes sé habían debatido a lo largo de la historia bajo el yugo que las había degradado desde la situación de seres racionales hasta hundirlas casi al nivel de bestias. Se daba cuenta de que a veces se las intentaba sujetar con grilletes de seda y se las sobornaba inculcándoles el amor por la esclavitud; pero el disfraz y la traición sólo servían para confirmarla en su oposición”.
De la unión entre Godwin y Mary nació la que sería más tarde Mary Wollstonecraft señora de Shelley, inmortal autora de Frankenstein., un segundo apellido que la inquieta muchacha toma del célebre poeta romántico Shelley, con el que pudo casarse a pesar del rotundo obstáculo que le opuso su padre. El nacimiento de Mary agravó su ya débil estado de salud. La placenta, que no había sido totalmente expulsada le provocó una septicemia, una infección generalizada que le causó la muerte el 10 de septiembre de 1797. En su memoria, su hija Mary escribió: “Mary Wollstonecraft era uno de esos seres que aparecen quizás una sola vez en cada generación y que ofrecen a la humanidad un resplandor al que no puede sustraerse ninguna divergencia de opinión. Su genio era innegable. Había sido educada en la escuela de la adversidad y, conociendo los sufrimientos de los pobres y los oprimidos, alimentó en sus almas el ardiente deseo de disminuir tales sufrimientos. Su sólida inteligencia, su carácter intrépido, su sensibilidad y su viva simpatía impregnaron todos sus escritos de una gran fuerza y verdad».

1/ De la que existe una reciente edición en castellano: El Desvelo Ediciones, prólogo de Amelia Valcárcel; https://eldesvelo.files.wordpress.com/…/mary-wollstonecraft-dossier.pd
2/.A anotar dos biografías suyas, la Woodcook le dedicó: Willian Godwin.A Biographical Study (Londres,1946), y la Benjamín Cano Ruiz, Willian Godwin. Su vida y su obra (Ed. Ideal, México, 1977). Fue autor de las novelas Aventuras de Galeb Wilians (1794), San León (1799), Fletwood (1805), Mandeville (1817) Cloudesley (1830), y de una Historia de la Commonwealth (1824-289.

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