Maria del Carmen Garcés: El día que conocía a Pombo

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6.00am

Despierto. Llueve torrencialmente. Pienso: no podremos viajar a La Higuera.

Me levanto, tomo una ducha, busco el poema y pongo en la mochila la gorra de montaña, los guantes y dos libros: Con el Che por Sudamérica y Mi campaña con el Che en Bolivia.

Salgo a la calle y me apresuro a llegar al sitio de la cita con las tres muchachas cochabambinas que conocí después de la presentación del libro, con quienes he quedado en hacer el viaje.

Llego al portal de la Casa de la Cultura de Valle Grande. Miro el reloj en la torre de la iglesia: 7.35am. Carla Cecilia, Carolina y Pamela no están. Pienso que posiblemente han decidido no venir por el mal tiempo. En la glorieta de la plaza veo a Urko, el vasco que me compró un libro la tarde anterior. A su lado, hay un bulto largo, una persona que duerme dentro de una bolsa de color azul y amarillo (los colores de Boca). Saludo a Urko con la mano; él sonríe, se levanta y cruza la calle. Me cuenta que está allí desde las 7.00 esperando a un amigo, también vasco, con quien ha quedado en viajar a La Higuera en un camión que llevará a la delegación de campesinos del Valle.

-Raro que no esté porque él es puntual, dice Urko (nombre que quiere decir montaña en quichua y en lengua vasca).

Le cuento que nosotras vamos a hacer el viaje en taxi para poder parar en los sitios necesarios. Que si desea, puede venir con nosotras.

7.45

Veo a Carla Cecilia que cruza la plaza corriendo. Llega agitada y me dice que se retrasaron pues fueron a buscar el pasaje de regreso a Cochabamba, que yo debería hacer lo mismo pues los pasajes de salida de Valle Grande se están agotando.

7.50

Para un taxi. Baja la secretaria de La Casa de la Cultura que he conocido el día anterior cuando un español del Banco Interamericano de Desarrollo sacó la mesa con mis libros y me ordenó retirarme del salón pues estaban a punto de empezar un taller de desarrollo sustentable para siete campesinos. El alcalde de Valle Grande, contrario al encuentro que conmemoraba el 40 aniversario del asesinato del Che en Bolivia, le había cedido el salón en donde estaba anunciada la presentación de libros según el programa oficial.

-Si usted tiene más autoridad que el alcalde… -afirmó el español del BID, dejando en claro que lo único que me correspondía hacer era retirarme.

La secretaria, a modo de disculpas, me ofreció una mesa para que expusiera los libros en el corredor, e incluso se ofreció a venderlos ella misma.

Al vernos allí tan temprano, nos saluda amablemente y nos desea buen viaje.

Carla Cecilia insiste en que las oficinas de las flotas para Santa Cruz están a tres cuadras, que vaya a pie. Yo le digo que voy en taxi, y me subo en el que ha parado para dejar a la secretaria.

7.55

-Buenos días.

-Buenos días.

-Lléveme por favor a la oficina de las flotas que van a Santa Cruz.

-Está bien.

-Un ratito, un ratito. Dígame, cuánto nos cobraría por llevarnos a La Higuera y regresar a eso de las cinco de la tarde. Somos cuatro personas y queremos parar en algunos sitios…

-¿A La Higuera? ¡Ha dado con la persona más indicada señorita! Conozco bien toda la zona, es que soy de la Quebrada del Churo…

-¿De la Quebrada del Churo?

-Nací y crecí en la quebrada donde hicieron prisionero al Che. Mis abuelos conocieron a los guerrilleros, mi mamá vive todavía allí. En nuestro terreno está la casa de la enana… Biensísimo conozco la zona, los sitios de los combates y las paradas que hicieron, tooodo, todito conozco ¿no ves? Podría hacerles un recorrido completo por los lugares por donde pasaron los guerrilleros. Les cobraría 250.

-Espere un ratito por favor.

Bajo del taxi y voy donde Carla Cecilia. Le cuento lo que acaba de sucederme. Sus ojos brillan de alegría.

-Vamos con él, aunque está un poquito caro, ¿no? –me dice.

8.05

-Allí es, anda no más. Yo te espero aquí -dice Félix, señalando la oficina de transportes.

8.20

Regresamos a la plaza. Urko se ha ido. Subimos las mochilas y las bolsas de dormir. Pedimos a Félix parar en una tienda para comprar pan y agua pues nos han dicho que en La Higuera no vamos a encontrar nada. Él nos explica que conoce una buena panadería cerca de su casa, que de paso va a recoger una frazada porque allá arriba hace mucho frío por la noche.

8.30

Félix para cerca de una esquina, en la puerta de su casa.

-Esa es la panadería -nos dice-. Allí van a encontrar el mejor pan de Valle Grande.

8.40

Carla Cecilia y yo salimos de la panadería. Hay feria en la calle. Veo pasar una señora negra, que saluda amigablemente con las vendedoras del mercado. Pregunta a una de ellas cómo sigue el niño. Es médico, pienso, es médico cubana. Le cuento a Carla Cecilia lo que pienso.

-La señora debe ser médico cubana –le digo.

-¿Saludémosla? –dice ella.

Esperamos hasta que termine de charlar con las vendedoras del mercado a quienes hace recomendaciones sobre el cuidado de los niños, y nos acercamos.

-Disculpe, queríamos saludarla. Quiero agradecerle por todo lo que hace por mi país –le dice Carla Cecilia tomándole de las manos.

La señora se emociona. Nos pregunta quiénes somos. Le contamos.

-¿Van a La Higuera? –nos pregunta.

-¡Sí! Solo hemos venido por aquí a comprar un poco de pan.

-Yo he pasado toda la noche en vela, en terapia intensiva en el hospital Señor de Malta. Uno de los guerrilleros que estuvo con el Che sufrió una descompensación y pasó en terapia toda la noche, si quieren vayan a saludarlo, que se va a alegrar mucho. El hospital es ahí, les queda muy cerca.

-¿Quién es? –pregunto.

-Castillo. Se llama José Castillo –dice ella.

-¿Paco?

-Sí, es Paco.

Nos despedimos de ella con un beso y un abrazo y vamos felices hacia el taxi para contar a los demás lo que nos ha sucedido.

A Félix;

-Por favor Félix, no podemos irnos sin saludar a Paco. ¿Paremos un ratito en el hospital? Le prometemos que no nos vamos a demorar.

Félix nos mira y sonríe.

-Ya pues -nos dice resignado.

8.55

Mientras entramos al hospital leo el nombre escrito con letras negras: Hospital Señor de Malta y tomo conciencia de que allí se encuentra la lavandería de la fotografía con el cuerpo semidesnudo de Che, su cabellera recién lavada y los militares rodeándolo. Un leve escalofrío recorre mi cuerpo.

-Esa debe ser la lavandería de las fotos -digo.

Las chicas me miran.

-Volveremos en otro momento -dice Carla Cecilia-, ahora tenemos que ir a saludar a Paco.

9.00

Hay mucho movimiento en el hospital. Preguntamos a una mujer en dónde queda terapia intensiva. Vamos hacia allí. Golpeamos la puerta. Nos abre un médico joven. Con acento cubano nos pregunta si somos familiares de Paco.

-No –contestamos-, solo queremos saludarlo. Nos pide dar la vuelta por la otra puerta para colocarnos la bata de visita.

Entro yo primero. Paco está recostado. Tiene colocado un suero en el brazo izquierdo. Me acerco.

-Buenos días -digo.

Gira la cabeza lentamente y me mira mientras saluda.

-¿Se acuerda de mí?

-La verdad que no mucho…

-La autora del libro sobre la guerrilla del Che. Nos conocimos en La Paz…

-Sí, sí, claro, ¡cómo no la voy a recordar! ¡Qué gusto volver a verla!

-Vengo para que continuemos la conversación comenzada hace nueve años –digo un poco en broma.

-¡Claro que la van a poder continuar! José ya está bien. En unas horas más le damos de alta –dice el médico joven, de acento cubano.

José me da los números telefónicos en La Paz y Valle Grande, para no perder contacto.

-Yo la busqué en el hotel de La Paz cuando me dejó ese mensaje hace años, pero se había ido. El amigo dueño del teléfono, no me dio el mensaje a tiempo.

Es verdad: en 2001 volví a La Paz y traté de ubicar a Paco para leerle el escrito que había hecho basado en nuestras conversaciones de varios días en octubre de 1998. Le dejé un mensaje en el teléfono de contacto para que me ubicara en el hotel y no lo hizo.

Luego de una breve charla, nos despedimos con la promesa de volvernos a encontrar al día siguiente para charlar. Salgo y es el turno de Carla Cecilia. Ella pasa a saludar con Paco.

Hemos tardado mucho más tiempo que el prometido a Félix. Salimos del hospital a las carreras. Llegamos al auto un poco avergonzadas, pero muy contentas. Félix al vernos y recibir nuestras disculpas, sonríe.

-Está bien, está bien, -dice.

9.30

Salimos de Valle Grande. Yo insisto en que no me quedaré en La Higuera para la Velada. Le explico a Félix que deseo parar en El Yuro, bajar a la quebrada; luego, visitar La Higuera y regresar a Valle Grande a eso de las 5pm. Que las chicas sí se quedarán allí a pasar la noche.

10.00

Paramos en la tienda de un pueblo cercano. Compramos bebidas y chocolates para el frío.

10.10 – 11.00

Recorremos un paisaje árido y montañoso. Hay mucha niebla y casi no se ven los sitios que atravesamos.

11.30

Un cartel anuncia que estamos en Pucará. Le pido a Félix ir despacio porque ese nombre me es familiar y quiero recorrer el pueblo lentamente para poder recordar lo que he leído sobre él (…de resultados del informe de la vieja se desprende que estamos aproximadamente a una legua de Higueras y otra de Jagüey y unas 2 de Pucará).

Félix nos lleva a la plaza. Hay un jeep parado y en el interior veo a Juan Pablo y Antonio, los argentinos que se acercaron después de la presentación de libro en Valle Grande y con quienes conversé hasta la madrugada. Me bajo a saludar. Se sorprenden de verme allí.

-¿Te quedas en La Higuera? -me pregunta Juan Pablo.

Y una vez más le digo que no, que las ondas religiosas no me van… Sonríe, hace un gesto con la cabeza, y me dice:

-Solo quiero que pienses que es mejor arrepentirse por lo vivido, que por lo no vivido.

11.40

Retomamos el camino sinuoso. Félix dice que por allí pasarán los caminantes que van a hacer la peregrinación esa madrugada. Recorremos unos cuarenta minutos hasta llegar a la entrada de un pueblo.

12.40

Alcanzamos a divisar un cartel que dice El Cruce. Casi no se ven las casas de piedra y techo de paja que forma el caserío por la espesa niebla que cubre la ladera. Otro cartel indica la dirección hacia Alto Seco. Un campesino mira desde el umbral obscuro de su casa a algunos pasajeros del bus de brasileños que se han bajado a hacer fotografías de los carteles. En lo alto de la loma, al otro lado del camino, hay una carpa blanca y dos personas con chaquetas gruesas, mirando también.

-Pare Félix, pare un ratito por favor, que ellos deben ser médicos cubanos y debemos saludarlos –dice Carla Cecilia, casi a los gritos.

Para entonces, Félix tiene la actitud de estar totalmente a nuestra disposición. Ante cada nuevo pedido nuestro, sólo sonríe como diciendo estas mujeres.

Descendemos del auto. Subimos la loma y llegamos a la carpa. Ellos nos miran sorprendidos. Carla Cecilia repite casi idénticas palabras que ha dicho en el mercado a la señora negra: solo queríamos saludarlos. Quiero agradecerles por lo que hacen por mi país. Gracias, muchas gracias.

Los médicos nos invitan a caminar. Empezamos a recorrer el pueblo cubierto totalmente por la niebla.

-Parece un pueblo fantasma -comento.

-Los campesinos se han ido para sus chacos, y vuelven solo a dormir -dice el cubano menos joven. Un mulato que refleja mucha firmeza, a quien pareciera no afectarle el frío ni el ambiente de desolación.

Hablamos del trabajo de ellos. De las posibilidades de mejorar las condiciones de vida de la gente. De la pobreza. Así me había imaginado los pueblos de esa zona por las descripciones de los guerrilleros en sus diarios. Silencio. Soledad. Miseria.

Llegamos al final de la calle, a doscientos metros de la carpa. Me acerco a una pared un poco baja y miro hacia el interior: un horno de pan, un corral vacío, un árbol sin hojas…

Algo nos sucede. Hablamos en voz baja, como con temor de ser escuchados, como deben haber hablado los guerrilleros. Nos sentimos unidos por algo impreciso y lejano. Quizás sea la niebla y el frío, quizás el saber que por allí pasaron ellos rumbo a Alto Seco una lejana tarde de septiembre de 1967.

Los médicos nos explican que podrían hacer mucho más si las autoridades locales tuvieran otra actitud, que ellos están acostumbrados a trabajar duro, que las necesidades de la gente son infinitas. Carla Cecilia y Carolina desaparecen en la niebla. Esperamos unos minutos hasta que sus cuerpos, como sombras, empiezan a divisarse nuevamente. El cabello rojo y ondulado de Carla Cecilia brilla en medio de esa nada. Les dejamos nuestro pan a los médicos cubanos a manera de gracias. Nos despedimos con un abrazo.

13.00

Volvemos al auto. Félix no hace preguntas ni comentario alguno.

Luego de recorrer un trecho largo del camino, Felix detiene el coche a la entrada de una casa de adobe, de apariencia muy pobre. Al rato aparece una señora con una olla grande. Sonríe al saludar. Como entre la mayoría de la población del campo de América Latina, en las encías de la señora hay solo unos cuantos dientes. Nos hacen pasar al improvisado restaurante armado a un costado del camino. Han puesto una mesa larga, dos bancas, un toldo de plástico azul… Pasa un jeep de lujo, verde olivo. Hay lagua de pollo como comida (lo mismo que comieron los guerrilleros en las casas campesinas).

13.30

El Churo, son las dos palabras que están escritas en una piedra, en la curva en donde se inicia el descenso a la quebrada. Ha empezado a levantarse la niebla. Poco a poco se divisan las montañas cercanas. Miro cada rincón del monte con mucha atención, tratando de reconocer los sitios imaginados a través de la lectura. Félix se baja del coche y abre la tranquera. Esa parte del camino es estrecha. La tierra amarillenta. La vegetación de monte seco.

13.35

-Llegamos. Esta es mi casa. Ella es mi mamá. El viejito, un tío medio loquito que tenemos. Él es mi hermano Santos, quien será el guía de ustedes –anuncia Félix, contento.

-Buenas tardes…

Saludan con mucho afecto. Santos sonríe. Son tres casas pequeñas en torno a un patio de tierra, a la manera de los ayllus del altiplano. En el umbral de una de las casas el viejito lee en voz alta, lee como si estuviera rezando. Me acerco:

-Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes, será dueño de nuestras almas y nuestros cuerpos, si no nos convertimos al altísimo -nos dice a manera de saludo.

Miro la portada del libro que lee: un ángel de alas blancas y manto azul porta en su mano derecha una espada luminosa… Santos dice que cuando estemos listas, bajamos. Que si caminamos bien, el recorrido se hace en una hora.

13.45

Empezamos el descenso. Reconozco algunos parajes: la quebrada de San Antonio; la dirección del barranco que atravesó el Che de un salto, asombrando a todos; la casa de la enana…

-Aquí llegaron Inti, Pablito y Aniceto la tarde del siete de octubre a hablar con la enana y le dejaron 50 pesos con la recomendación de que no comentara con nadie –explica Santos.

El sitio nos estremece. Está igual que hace cuarenta años. Pareciera como si incluso las ollas de la cocina no hubieran sido tocadas. Un árbol, el corral, la casa de paredes bajas, la cocina con las ollas como si hubiesen sido colocadas en el fogón unos días antes. (Siento mareos y veo estrellas. Lo único que me mantiene en pie es la conciencia…)

-¿Y el ejército dónde se encontraba? -pregunto a Santos.

Él me señala con el dedo índice hacia las montañas.

-Imposible -pienso en voz alta- imposible que la madre de la enana haya ido a esas horas a avisar. No tenía con qué alumbrarse. No podía físicamente llegar hasta donde los soldados.

-Así es -dice Santos-, mirándome a los ojos.

Sus ojos brillan como algo parecido a la felicidad al constatar que comparto su opinión de que la madre de la enana no pudo haber dado aviso al ejército sobre la presencia de los guerrilleros en la zona.

Carla Cecilia y Carolina han entrado a la cocina de la casa. Salen después de unos minutos con lágrimas en los ojos. Seguimos el descenso. Miro las espinas. Corto una rama con espinas grandes. Me las hinco en el dedo. Siento un dolor fuerte. (No hay vegetación sólo caracoré y otros árboles más espinas, no se puede uno recostar ni aguantarse en ningún lado, espinas hasta en el suelo…). Trato de imaginar la tortura que debe haber significado caminar por ese terreno pedregoso y lleno de espinas, en la noche, sin zapatos. Con hambre. Con sed. Con frío. ¿Y el miedo? Es la pregunta inevitable.

-Allí estuvieron escondidos después de la emboscada de La Higuera -dice Santos, señalando una quebrada profunda. (Estamos rodeados por todas partes… En estos días en que estamos enterrados en vida en este cañón viendo el desfile de las tropas, sueño mucho. ¿Volveré a ver a Terry y el niño?).

-Por allí llegaron el día siete -afirmo.

-Sí, -contesta Santos-, y me mira sorprendido.

-Es que he investigado sobre el tema -le explico.

-¿Quién es usted? -pregunta.

-Soy escritora.

Mientras descendemos, seguimos comparando datos, tratando de completar la información que los dos tenemos, tratando de entender.

14.30

-Ese chaco de papas existía en ese tiempo también. El Che lo menciona en su diario -afirma Santos.

Nos detenemos, él señala un punto: fue aquí, en este sitio apresaron al Che. Él estaba tratando de salir con Willi, estaba herido en la pierna derecha. Inutilizaron el arma. En este punto exacto lo agarraron. Antonio y Arturo, murieron aquí. El último en morir fue Antonio, aguantando al ejército hasta que Willi saque al Che herido. Estas tres balas que se marcaron en la piedra son balas contra Antonio. Esta es la piedra que protegía al Che, desde aquí él combatió al ejército para proteger la salida del enfermo cubano, el médico. Pero cuando los soldados los rodean desde abajo, ya no puede hacer nada. Por allí fue que salieron los cuatro que caen el día doce. Los seis que sobreviven estaban allí arriba, en este costado de la quebrada, tres y los otros tres, en ese otro. Ellos salen por allí, por esa parte del monte -señala una parte alta, escarpada-. Contaba mi papá, que vio el combate, que los guerrilleros se fueron por ahí enfrente, que las balas les pegaban en las mochilas y que ellos seguían caminando sin detenerse, a toda prisa, para escapar. Y escaparon… Mi papá vio todo eso. Por allí me dijo que se fueron los seis que sobrevivieron. Al Che lo agarran aquí y le amarran y le llevan a pie hasta La Higuera, herido como estaba, le obligan a caminar. El sendero de sus últimos pasos todavía existe. Es por allí, mire. Y señala hacia un bosque seco, entre montañas sinuosas. También hay un lugar en que parece comieron mucha lata de sardinas, porque todavía hay gran cantidad de latas… (12.10 Pombo me dice prepárate que a las 12 nos llega la hora. A las 12.5 comenzaron hacer señales y comenzó el grupo a descender nuevamente, ¿seguirían para el río o están avanzando el cerco? ¿Habían encontrado nuestras huellas? En la tarde llovió y llenamos nuestras cantimploras. En la noche Fernando autorizó a comernos una lata de sardinas por cabeza…)

-Cuando usted vuelva por aquí -dice Santos-, prometo que la llevaré a ese sitio. Yo lo descubrí. Nadie antes ni después ha estado allí*.

Miro los tres agujeros de bala en la piedra. Santos sigue explicando. Necesito alejarme. Sentir el sonido del agua caer entre las piedras. Internarme en la quebrada. Encontrar el sitio exacto en donde Pacho pasó las últimas horas de vida.

*En septiembre de 2011, luego de las presentaciones del libro Conversaciones con Pombo en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, volví a la zona guerrillera con Diana, mi hija. Santos nos llevó a los sitios prometidos. A la zona de Río Grande hacia donde huyeron los guerrilleros después de la emboscada de La Higuera; a la quebrada de San Antonio, de riachuelo y grandes lajas que saltó el Che, admirando a todos; al sendero por el que caminó el Che herido, el 8 de octubre; al bosque ralo en donde se escondieron los guerrilleros varios días.

Encontramos las latas de sardina enterradas. Las miramos y volvimos a enterrar y prometimos que el sitio se mantendría a salvo de mercaderes e iconólatras, tan profusos en nuestra tierra.

Es dramático pensar en lo que sintió Pacho durante esas horas antes de su último combate. Porque además Pacho tenía sensibilidad de poeta, diría yo a Pombo, esa noche, horas más tarde, en La Higuera.

Sigo el curso de la quebrada. Encuentro una pequeñísima cueva formada por la base del tronco de un enorme árbol y una laja de piedra, casi plana.

-Es aquí –pienso- es aquí.

El agua del arroyo sigue su curso hacia el Río Grande. Me interno en la quebrada hasta donde una enorme pared formada por rocas superpuestas impide el paso. Acaricio la piedra que forma la pequeña cueva.

Emprendemos el regreso. Mientras subimos, creo ver a alguien en el corral cerca del huerto de papas. Santos dice que no es nadie. Ahora sé que sí. Debe ser anciano Pedro Peña, quien informó al corregidor Aníbal Quiroga, de la presencia de los guerrilleros.

Me alejo del grupo. Necesito caminar sola. Subo a paso rápido, sin detenerme. Transcurren unos cuarenta minutos. Me encuentro con Félix que ha bajado a buscarnos preocupado por nuestra tardanza.

-Nos hemos quedado tratando de comprender mejor -le explico tímidamente a modo de disculpas-, como Santos y yo sabemos…

-Sabía que se iban a entender, pero han tardado más de tres horas -me dice a modo de leve reproche.

16.45

Miro hacia un costado, hacia las montañas que ya no están cubiertas de niebla. Eso debe ser el Abra del Picacho, pienso, al divisar a lo lejos una especie de abra entre picos altos.

Miro atrás, hacia del fondo de la quebrada, una vez más.

Llegamos a la casa de la madre de Felix. La señora está contenta de vernos, pues también ha estado preocupada. El viejito sigue obsesionado con la idea de nuestro rapto por Lucifer (el que lleva luz). Se acerca el momento de despedirnos. Busco los libros que he puesto en la mochila antes de partir del hotel de Valle Grande. Le propongo a Santos iniciar con esos dos libros la formación de una biblioteca en la Quebrada del Yuro. Se le vuelven a iluminar los ojos y sonríe sin ese aire de tristeza profunda que le caracteriza. Le digo que el mío, La guerrilla de Ernesto Che Guevara en Bolivia, se lo dejo en Valle Grande, en el hotel. Ofrecimiento que no podré cumplir por circunstancias que relataré más adelante.

Nos despedimos de Santos y su madre con besos, abrazos y la promesa de pronto retorno para hacer juntos los recorridos que han quedado pendientes.

Avanzamos unos pocos kilómetros. Curva. Tres retratos. Ya Félix ha detenido el coche sin que se lo pidamos. Descendemos en silencio. Miro el pueblo de La Higuera desde lo alto. Recorro con los ojos el trecho que caminaron los guerrilleros desde el pueblo hasta el sitio de la emboscada aquella tarde del 26 de septiembre. Me interno sola por el sendero. Imagino a los soldados siguiendo con mirada atenta y nerviosa el avance de la vanguardia del Che. Disparos. Sorpresa. Confusión. Repliegue. Miguel. Coco. Julio. Miguel, punta de vanguardia. Miguel, infatigable. Miguel, abriendo senderos a filo de machete, sin agua y sin comida.

Semanas más tarde, ya de vuelta en Quito, me daría cuenta de que fue allí el sitio desde donde Inti, Pombo, Ñato, Urbano, Benigno y Darío -los sobrevivientes bolivianos y cubanos del combate de la quebrada del Yuro- miraron los festejos del ejército después del asesinato de Ernesto Guevara de la Serna, el día 9 de octubre de 1967, sin poder imaginar el porqué de tanta algarabía.

17.30

Tranca de La Higuera. Un policía nos dice que no podemos pasar. Le pide a Félix parquear el auto y llevarnos a pie hasta el pueblo. Entonces el policía mira al interior y cambia de idea: sigue nomás; las dejas en la plaza y vuelves.

Nos miramos contentas pues ese día toda la gente que encontramos tiene buena actitud hacia nosotras, empezando por Félix.

17.40

Félix recorre lentamente el pueblo. Siento una extraña emoción. Es un pueblo de una sola calle, de tierra; las casas de adobe visto y el techo de paja o de teja antigua. Algunas casas tienen portal, como se ve en las fotografías de la época cuando apresaron a Camba, lo amarraron con una soga de yute y lo exhibieron ante los soldados bien vestidos, bien armados, bien alimentados, bien calzados por los norteamericanos, quienes, además les habían entrenado durante seis meses en la finca La Esperanza, en las técnicas de lucha contra guerrilla. Camba, flaco, semidesnudo, con unos trapos amarrando sus zapatos, mira de costado: un guerrillero desmoralizado es un posible desertor, afirma Fidel Castro.

Al acercarnos a la plaza, veo cada vez más fotografías del Che. En ventanas, portales, paredes, puertas de casi todas las casas. Algunas tienen flores. Otras, pequeños altares:

San Ernesto de La Higuera

Te llaman los campesinos

Selvas, pampas y montañas

Patria o Muerte su destino…

17.50

Félix detiene el auto en el centro de la plaza, que a diferencia de las restantes que he recorrido, es circular.

-Dejo el auto y les vengo a buscar para ir a la escuela. No tenemos mucho tiempo.

-Nos quedaremos solo una hora -contesto.

Descendemos. Sones de charango desde un portal. Miro hacia allí. Son tres muchachos que tocan y cantan canciones de Víctor Jara:

Vengo cantando una samba

De recorte libertario

Mataron al guerrillero

Che, comandante, Guevara…

18.00

Pasan grupos de jóvenes rumbo a la escuela, otros con mochilas y bolsas de dormir colgando, buscan un rincón en donde acampar. Enormes cámaras fotográficas recorren el pueblo de la mano de periodistas europeos. Un periodista, con acento norteamericano, hace entrevistas a los transeúntes. Un grupo de campesinos conversa en una esquina. Creo reconocer entre ellos a Eusebio, del grupo de Joaquín.

-Yo no puedo irme de aquí -digo a Carla Cecilia.

Ella me mira y sonríe.

-Compartiremos las bolsas de dormir -dice-, sabiendo que yo no he traído nada para el frío que se anuncia fuerte.

18.10

Vamos al portal, cerca de los músicos a preparar café. Llega Félix.

-Felixito, no se va a enojar con nosotras, pero tenemos que hacerle una propuesta…

-Una propuesta indecente -dice la hermanita de Carla Cecilia-. Y todas reímos.

Félix nos mira como si supiera.

-Mire Félix, pasa que simplemente no puedo irme de aquí. Tengo que quedarme, ¿comprende? Le proponemos que se quede con nosotras. Y que volvamos a Valle Grande a la madrugada, después del acto.

Félix reflexiona unos instantes. Nos mira, sonríe con esa sonrisa de resignación que le es ya característica durante este día y dice:

-Bueno. Bueno. Pero volvemos no más tarde de la una, ¿sí? Prométanme puesss…

-A las dos, Felixito, por favor -digo en tono de ruego-.

-Pero ni un minuto más tarde de las dos. Me vas a reconocer alguito más, ¿no?

-Claro que sí, de eso ni hablar.

18.30

Escuela de La Higuera.

Nos damos cuenta de que está a punto de anochecer.

-La escuela, tenemos que ir a la escuela -digo- y nos levantamos de la mesa.

Vamos hacia allí acompañadas de Félix. La puerta está cerrada. La hora de visitas ha pasado. Félix va en busca de quienes tienen las llaves. Llega después de unos minutos y abren. Todo está muy oscuro. Félix dice que hay que ir a buscar velas para que podamos visitar. Vuelve al cabo de un rato con velas. Las encendemos y ahora se puede ver las fotografías que forman el pequeño museo. Hay una silla en un rincón. Pienso que ese fue el último rincón del Che.

-Leamos el poema, propongo y lo busco dentro de la mochila y me doy cuenta de que he olvidado la hoja del poema sobre la mesa de la habitación del hotel de Valle Grande.

-No importa, lo puedo reconstruir -digo.

Nos sentamos en las bancas de la que fue escuela hace cuarenta años. Carla Cecilia saca una hoja de papel en donde está trazada La ruta del Che. Yo dicto mientras ella escribe lentamente en el reverso de la hoja histórica:

Junto a él

Caminaban

Por caminos tortuosos

Caminaban

Descalzos

Caminaban

Con la ropa hecha harapos

Con hambre

Con sed

Con frío

Agotados y enfermos

Y aún caminan

Aún sentimos sus pasos

Aún escuchamos sus voces

Aún percibimos su aliento

Es así como

Maricela

Me escribe una carta

Desde un pueblo del norte

De Alemania:

… es que ñañita

Nosotras no podemos

Detenernos

Hay que seguir

Seguir

-Y sonrientes

No lo olvides-

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE”

Leo el poema a la luz de la vela (como debe haber pasado el Che su última noche). Cuando termino de leer, Carla Cecilia empieza a llorar. Llora desconsoladamente. Su hermana la abraza. Yo no sé qué hacer ni qué decir.

19.00

Salimos de la escuela. Hay mucha más gente ahora. Conversamos con un grupo de uruguayos. Llegan Juan Pablo, Antonio y los dos vascos.

-El bulto largo junto a mí, era mi amigo que durmió a la intemperie -dice Urko-, contento de volvernos a encontrar.

Comento con Juan Pablo que no podía irme de allí.

-¿Viste? -me dice, también muy contento pues ha charlado todo el camino con Josu (que cubre sus espaldas con una bandera vasca) y el entendimiento es total.

Las horas pasan rápidamente. Invitamos a tomar un café a Félix y a Santos, que al llegar a la plaza y ver que no me he ido, también se pone muy contento. Entramos en la casa de adobe. Esa en cuya pared la gente cree ver la sombra del Che… En la mesa hay seis norteamericanas. Las únicas que han caminado desde Pucará. Parecen descontentas de que solo ellas, a pesar de ser norteamericanas y no estar muy identificadas con el Che, sí cumplieron esa parte del programa.

Discuto con un periodista peruano, que cubre el evento para la prensa de su país y que tiene una ignorancia profunda sobre el tema del Che en Bolivia, ignorancia que no le impide repetir con mucha firmeza varios de los rumores y de los erróneos lugares comunes sobre el tema -actitud que lamentablemente es una constante entre nuestros coterráneos.

Juan Pablo viene a buscarme. Me dice que debo participar con el poema cuando se abra la tribuna pública. Le contesto que no estoy muy segura de hacerlo. Él no hace caso de mis dudas y va y me inscribe.

21.00

Veo pasar varios autos de lujo. Recuerdo que está prohibido entrar a la plaza en auto y pregunto a un policía quién es la gente que llega allí.

-La delegación cubana -contesta.

Me quedo parada para mirarlos de cerca. Veo una persona que creo reconocer, pero no doy importancia a mis ideas pues su presencia allí es simplemente imposible.

Recorro el pueblo. Hay un ambiente hermoso a esa hora de la noche. Gente de todas partes de Latinoamérica, que en su mayoría ha llegado con pocos recursos, esperan charlando o cantando a que empiece el acto de homenaje a Ernesto Guevara en el cuarenta aniversario de su asesinato.

23.00

Empieza el acto. Me quedo junto a Antonio y Juan Pablo, de pie.

Interviene el alcalde de Pucará. Da la bienvenida. Hablan varias personas. Canta María Ríos, paraguaya. Habla el hijo de Coco Peredo. Urbano, uno de los guerrilleros sobrevivientes, también dice unas palabras. Anuncian el encendido del fuego.

24.00

Me dirijo hacia el sitio en donde han preparado madera para quemar. Al pasar cerca del escenario, me detengo a mirar a la misma persona que creí reconocer cuando la llegada de la delegación cubana, él también me mira.

Los latidos de mi corazón se aceleran. Me acerco sin reflexionar mucho en lo que hago o en qué diré;

-Disculpe -le digo-, voy a repetir una pregunta que hice hace veinte años en una librería de La Habana: ¿usted es Pombo?

Él me mira fijamente:

-No -me dice.

-Sabe; no quiero parecer inoportuna, pero estoy segura que usted es Pombo. ¿Podemos acercarnos hacia la luz? –insisto.

-Vamos -me dice.

Nos acercamos a la luz que alumbra el escenario. Toda la gente está pendiente del encendido del fuego, a un costado del mismo.

-Por favor, ¿puede girar el rostro?

Se pone de perfil. Al ver sus rasgos, la nariz y las cejas especialmente, no me quedan dudas.

-Usted es Pombo –afirmo con fuerza, y una leve sonrisa se dibuja en sus labios mientras niega su identidad por tercera vez:

-Tú estás confundida, no soy la persona que crees.

-He mirado fotos de usted, muchas fotos. De antes, cuando la guerrilla y posteriores, cuando la guerra de Angola, que son más recientes, ¿no? No tengo dudas. Usted es Pombo.

-Estás confundida…

-Sabe, vamos a hacer como si fuera usted y yo le haré algunas preguntas que necesito hacerle. Vengo tratando de hablar con usted desde hace veinte años. No importa si no me contesta, solo escúcheme…

Él me mira y sonríe. Insiste en que estoy confundida. Le digo que además, quiero entregarle los libros, dos que he guardado en el hotel de Valle Grande.

-Este es un poema mío, que me gustaría leerle. Permítame…

Leo el poema. Cuando termino de leer, él se toma la frente con la mano derecha, baja el rostro, pasa su mano sobre los ojos. Creo ver que sus ojos se han puesto rojos.

-Tú me recuerdas a alguien que conocí hace muchos años. Por eso te quedé mirando allí.

-¿A quién?

-A una persona que conocí en una librería de La Habana Vieja.

Y me mira fijamente a los ojos.

-Recuerdo que después de ese encuentro en La Habana, pedí a un amigo, Arnaldo, que le preguntara si era usted la persona que encontré en la librería. Y usted le dijo que sí. Si usted se hubiera animado a hablar conmigo aquella vez…. Hoy en la tarde, estuve en la quebrada. Buscando el sitio en donde pasó Pacho sus últimas horas. Porque se dice que Pacho muere al día siguiente, combatiendo, en la quebrada. Que el combate dura hasta el día siguiente. Él debe haber quedado herido, después que apresan al Che y matan a Antonio.

-¿Lo encontraste?

-Creo que sí. Hay un árbol muy alto y viejo. En la base del árbol hay una laja que forma con el tronco del árbol una pequeñísima cueva. Creo que fue allí. Resulta dramático pensar en lo que sintió Pacho las últimas horas de su vida, solo, herido. Porque además Pacho tenía sensibilidad de poeta. Habla de sus poemas en las primeras páginas de su diario; dice que Rolando le llevó sus poesías o algo así. Necesito que me ayude a ubicar sus poesías.

Él se toma nuevamente la frente con la mano derecha, se frota los ojos con sus dedos, y creo ver que se ponen rojos otra vez.

-Tú sabes mucho.

-Es que he estudiado… Cuando ustedes logran salir de la quebrada y miran los festejos de los guardias, ¿en dónde estaban ubicados?

-¿Dónde tú crees?

-Bueno. Puede ser allí, señalo un punto a sus espaldas en medio de la oscuridad. O, acá. Señaló otro sitio, esta vez a mis las espaldas.

Él me mira y sonríe.

-Sabes demasiado.

-¿Y eso es malo? Esta tarde, también creí encontrar el sitio por donde salieron ustedes desde el fondo de la quebrada, cuando los disparos se interrumpen y ustedes deciden salir. Tomaron por la parte más difícil, una pared escarpada, imposible hasta para las cabras, por donde el ejército no podía descender, ¿no?

-¿Por qué sabes tanto?

-He estudiado y me he esforzado por entender.

-Pero sabes mucho de táctica, de estrategia.

-No sé. Es una cuestión de lógica, ¿no? Yo hago montaña y quizás eso ayuda.

-¿Quién tú eres?

-Una persona interesada en el tema.

-Espera un rato. Espérame aquí. No te muevas. Voy a buscar a los compañeros que están conmigo.

Lo veo alejarse de espaldas. Al verlo caminar, un poco encorvado y con un ligera inclinación de una de sus piernas, la que hirieron en el combate del 30 de julio en el que murieron Ricardo y Raúl, recuerdo haberlo visto caminar de la misma manera en esa calle de La Habana Vieja, hace veinte años, cuando yo insistí tres veces en que él era Pombo y él tres veces lo negó.

Al escenario ha subido el trío de chileno:

Lo siguen veinte mas veinte

Porque regala su vida

Ellos le quieren dar muerte

Correlé, correlé, correlé…

Me uno al coro que ha formado el público.

-Bailas bonito -dice-. Te estuve observando desde allá.

-Eso que no me ha visto bailar San Juanito.

-¿Cuándo me enseñas?

-Se supone que usted debe saber… Fue como ecuatoriano que usted entró a Bolivia, ¿no?

Él sonríe.

Charlamos luego junto al fogón. Promete que va a contestar a todas las preguntas. Que en Valle Grande me va a buscar. En ese momento se acerca Juan Pablo a preguntarme si sé a qué hora leo, y se aleja mirando con curiosidad a Pombo.

-Voy a ver a qué hora me toca leer -digo-, y me alejo.

-Tú lee. No digas nada. Yo te voy a estar mirando -me dice Pombo.

Hablo con los organizadores. Me dicen que me quede cerca.

Leo el poema. Cuando llego al verso Hasta la victoria siempre, miro hacia él. Quería leer esa parte mirándole a los ojos, pero Pombo, se ha dado vuelta, intuyendo quizás lo que yo pretendía hacer.

Voy a buscar a Carla Cecilia para presentarle sin decirle de quién se trata. Las encuentro conversando y riendo con los mejicanos, del grupo de teatro que ha venido desde tan lejos para el encuentro.

-Mi amiga cochabambina -les digo a ellos-; pues él ahora está con dos cubanos más.

-Unos amigos -le digo a ella.

Charlamos sobre nuestro viaje, nuestro encuentro. Contamos del mercado, los médicos cubanos y la visita a Paco. Entrego a Carla Cecilia el poema que he ofrecido regalarle. La hoja histórica, insiste ella. Y ellos nos miran. Nos acordamos de Félix, de que le habíamos prometido salir a las dos, ni un minuto más...

-Pero si es un cuarto para las tres- dice Pombo.

Decidimos buscar a Félix para decirle que necesitamos quedarnos un ratito más. Ellos nos dicen que tienen que irse.

-Tú eres muy especial para mí, nos vemos mañana -dice-, y me da tres besitos seguidos en la mejilla.

Yo me siento extraña, muy extraña. Estoy temblando. Vuelvo con Carla Cecilia hasta donde hemos dejado a los mejicanos. Ella no hace preguntas. Yo necesito aterrizar de alguna manera. Me alejo de ellos y busco un lugar apartado. Me siento al final de un tronco de eucalipto. Más o menos cerca de los músicos chilenos.

-¿Por qué estás tan triste?, me pregunta Roberto, el guía de la delegación italiana, con quien hice el viaje desde Santa Cruz hasta Valle Grande.

-No estoy triste -le digo-, estoy pensando.

Al escucharme el acento, el cantor chileno pregunta:

-¿Tu eres ecuatoriana?

-Sí -le contesto.

Me cuenta entonces que ha vivido en Quito mucho tiempo, en Baños también. Me dedica una canción y empieza a tocar un San Juanito. Yo me paro y me pongo a danzar. Sé que solo la danza puede ayudarme a salir del estado de emoción en que me ha dejado el encuentro con Harry Villegas Tamayo, Pombo.

A las cuatro y media emprendemos el regreso. Trato de conversar con Félix para que no se duerma.

Carla Cecilia, Pamela y Carolina descansan en la asiento de atrás.

Volvemos a pasar por los sitios del día anterior:

Emboscada de La Higuera, Quebrada del Yuro, Casita del restaurante improvisado que ya no está, El Cruce con la carpa de médicos cubanos, Pucará…

Llegamos a la plaza central de Valle Grande. Despierto a las chicas que han dormido todo el camino. Pago a Félix. Él se ve muy cansado pero feliz.

-Hemos llegado bien, sin novedad, -dice contento.

Miro el reloj de la torre de la iglesia: 7.35am.

Es el 9 de octubre de 2007.

María del Carmen Garcés

Buenos Aires, 30 de octubre de 2007

Nota: Al día siguiente, nos encontramos con Pombo en Valle Grande, a la entrada del cementerio en donde está enterrada Tania. Le di mis libros: La guerrilla de Ernesto Che Guevara en Bolivia y Mírame a los ojos. Me dio un número de contacto en La Habana. Me dijo que fuera, que él contestaría a todas mis preguntas. Pude ir a La Habana en marzo de 2008. Trabajamos varios días en su oficina de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, de la que era vicepresidente. De allí surgió el libro Conversaciones con Pombo, publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Tungurahua, gracias al apoyo de Mary Pachano, libro que se publicó también en Argentina, Cuba y Venezuela. Luego, en 2010, Pombo vino a Ecuador para un recorrido de presentaciones y conferencias. Fue también con el apoyo de Mary Pachano que pude organizar ese viaje que nos llevó a Quito, Otavalo, Ambato, Cuenca y Loja. En Cuenca, mientras tomábamos un chocolate después de la conferencia en la universidad, me propuso que trabajáramos en su biografía. Me gusta como escribes tus cuentos, me dijo.

Le prometí viajar a La Habana lo antes posible para empezar con el trabajo. Fui en 2011 y 2012. También nos encontramos en Rosario y Buenos Aires y una vez más en Quito, en mi casita de la montaña.

De las entrevistas e investigaciones para la biografía, me quedó claro que no podría hacer ficción –una novela, como el deseo de Pombo- con hechos de una vida de trascendencia histórica. Le propuse entonces hacer un libro de su vida en forma de entrevista, como un testimonio directo de sus excepcionales experiencias. Surgió entonces Pombo, de Yara a Ñancahuazú, cuya primera presentación se hizo en Lima, gracias al apoyo de mi amigo holandés Jan Lust y de Ernesto Montero. Presentación histórica, diría Jan hace unos días al intercambiar correos ante la triste noticia de la muerte de Pombo.

He pensado que los libros Conversaciones con Pombo y Pombo, de Yara a Ñancahuazú son un homenaje a Harry Villegas Tamayo, Pombo.

Por mi hija Diana, Jan Lust, Carla Cecilia Valderrama; Antonio Peredo; los Ricardos (chileno y boliviano); María Torrellas, Viviana Caballero y, por supuesto, Carlos Aznares; Aleida March, Arnaldo, Iria -de la Asociación de Combatientes-, Ofelia, quien me alojó en La Habana y el inolvidable Fernando Martínez Heredia; Carolina, Mariana, Ana, Diana -mis amigas mendocinas-; y Karina Clavijo -que compuso la canción al Che-; Boris, Germán y las Tatianas, mis amigos chilenos; Lina, la colombiana y Zbigniew Kowalewski, comparto este relato que describe hora por hora ese día maravilloso de octubre de 2007, en el que se produjeron bellos e inesperados encuentros. Encuentros que nos ayudan a seguir, sonrientes…

MCG, El Auqui, 1 de enero de 2020

Por María del Carmen GarcésEscritora e investigadora ecuatoriana, autora de La guerrilla de Ernesto Che Guevara en Bolivia; Conversaciones con Pombo; Pombo, de Yara a Ñancahuazú.

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