Margaret Thatcher no provocó el Brexit, pero el Brexit volverá a traer el thatcherismo

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Como una manta familiar con la que abrigarse en una noche de tormenta, se ha formado rápidamente en la izquierda un juicio convencional desde el referéndum de la semana pasada según el cual el resultado fue en buena medida una protesta contra la polarización de Gran Bretaña iniciada por Margaret Thatcher. Es un argumento atractivo. Como si los “relegados” votantes del Brexit en el norte de Gran Bretaña fueran descendientes de los amotinadops solicitantes del paro del drama de 1982, Boys from the Blackstuff, de Alan Bleasdale [serie televisiva de la BBC que retrataba crudamente los infortunios de diversos desempleados y sus familias].

Como todos los juicios convencionales, vale la pena poner en cuestión éste. En primer lugar, porque el voto del Brexit en el norte de Inglaterra fue en realidad bastante irregular. En Liverpool  – la ciudad para la que Geoffrey Howe, el ministro de Economía de Thatcher de maneras suavemente engañosas propuso un “declive gestionado” en 1981 – el voto a favor de quedarse fue del 58%. En Escocia, conejillo de Indias del impuesto de capitación (“poll tax”) de Thatcher, el voto en contra obtuvo un 62%.

En segundo lugar, la desindustrialización británica y la dominación del sur de Inglaterra no empezaron simplemente con la elección de Thatcher en 1979. Los cambios globales en el comercio y la manufactura que continúan a día de hoy – la supremacía exportadora de Alemania, la deslocalización del trabajo industrial a Asia – llevaban vaciando el norte de Gran Bretañas ya varias años. Tom McNally, asesor clave del antecesor de Thatcher en el cargo de primer ministro, Jim Callaghan, me contó en 2006 que “A lo largo de la década de los 70, las fábricas de mi distrito electoral de Stockport se fueron, sin más, desmoronando”. Buena parte de Boys from the Blackstuff se escribió, y rara vez se advierte, en la época de  Callaghan.

Estas tendencias económicas y sociales comenzaron generando descontento mucho antes de que el gobierno de Thatcher las acelerase fríamente. En 1975, en el anterior referéndum sobre Europa celebrado en el Reino Unido,  el 47.5% de los partidarios del laborismo votaron por abandonar la CEE [la entonces Comunidad Económica Europea] – al menos un tercio más que la semana pasada – de acuerdo con un análisis de The Economist aprobatoriamente citado por David Butler y Uwe Kitzinger en su concluyente libro The 1975 Referendum.

Y al igual que la semana pasada, el voto a favor de irse fue particularmente fuerte en el sur de Yorkshire y en el noreste. En sus instintos políticos subyacentes, Inglaterra cambia a menudo menos rápidamente de lo que les gusta pensar a los comentaristas ansiosos de puntos históricos decisivos.

En tercer lugar, si es que se puede decir que una contienda tan variable y difícil de interpretar como un referéndum tiene votantes indecisos, los de la semana pasada no eran probablemente los “relegados” – por muy gráficas que sean las historias que les cuentan a los periodistas que vienen de Londres de visita – sino otro grupo más grande, más próspero y políticamente más poderoso, que ha ido aumentando durante tanto tiempo que ya lo damos por hecho.

En el referéndum de 1975, el 85% de los partidarios de los conservadores votaron por quedarse en la CEE. Toda la prensa de derechas, con la excepción del Spectator, abogó por continuar la pertenencia a la CEE. La entrada en la CEE la había negociado un “premier” tory, Edward Heath, solo dos años antes. A lo largo de los años 70, la apoyaron casi todos los conservadores destacados, incluyendo a Thatcher.

En las cuatro décadas desde entonces, la generalizada eurofilia tory se ha convertido tan concienzudamente en su opuesto que resulta hoy inimaginable. La CEE de la cooperación, el compromiso y la burocracia – un clásico producto de la Europa centrista de postguerra – ha sido una de las muchas víctimas del prolongado desplazamiento a la derecha de los conservadores.

Uno de los orígenes de este giro fue el laboratorio de ideas de libre mercado, el Centre for Policy Studies (CPS), fundado en el año anterior al referéndum de 1975 por Margaret Thatcher y dos de sus más fieros y tempranos aliados, Alfred Sherman y Keith Joseph. Como base organizativa y fuente de ideas, el CPS desempeñó un papel vital entre bastidores en su llegada al liderazgo de los conservadores, su elección como primera ministra y en la transformación de Gran Bretaña en el país profundamente desigual en el que hoy vivimos.

A las 4.59 del pasado viernes [24 de junio], a los pocos minutos de que la BBC declarase la victoria del Brexit, apareció en mi buzón un jubiloso correo electrónico del CPS.  Comenzaba así: “La debilidad del Partido Laborista y la resolución de la cuestión de la UE han creado una oportunidad política única para acometer una revolución de amplio espectro…a una escala similar a la de  los años 80”. “Esto ha de incluir la supresión de la carga reguladora innecesaria sobre las empresas, como lo que tiene que ver con las directivas sobre cambio climático y fondos de inversión”.

En la Gran Bretaña posterior a la UE que tenemos confusamente ante nosotros, la eliminación de esos controles del libre mercado   – por limitados que hayan terminado siendo, a medida que la CEE se ha ido moviendo hacia la derecha en décadas recientes – es poco probable que vaya a ser agradable para muchos británicos. Pero los “relegados” parecen absolutamente vulnerables, dada su falta de empleo seguro y poder económico, agravada por la austeridad, la recesión y el sesgo a favor del sur del actual gobierno conservador, que ha deshecho los modestos logros de Tony Blair y Gordon Brown en el norte del país.

Hace tres años, Michael Gove, diputado por el confortable escaño de Surrey Heath, en los Home Counties [condados alrededor de Londres tradicionalmente conservadores] y que puede pronto convertirse en nuestro primer ministro partidario del Brexit, fue invitado por el CPS a pronunciar una conferencia. La ocasión, empezó Gove, “me permite la oportunidad de afirmar mi admiración por los principios del CPS….Confío en que el CPS desempeñe un papel todavía mayor en la vida política del país en las próximas décadas”.

Lejos de hacerle un corte de mangas a la visión de Thatcher de la Gran Bretaña, puede que el Brexit vaya a acabar su trabajo.

articulista del diario The Guardian, estudió Historia moderna en Oxfordy periodismo en California (Berkeley). Entre sus libros se cuentan Pinochet in Piccadilly: Britain and Chile´s Hidden History (2002) y When the Lights Went Out: Britain in the Seventies (2009) y, el ultimo publicado, Promised You a Miracle.

Fuente:

The Guardian, 1 de julio de 2016

Traducción:Lucas Antón

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