Manteros, la génesis

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Desprovistos de trabajo, numerosos inmigrantes procedentes de otros puntos de España optaron por la venta ambulante como medio de subsistencia en la Barcelona de la II República. Los medios de comunicación los dibujaban como un peligro.

La lucha por Barcelona. Clase, Cultura y conflicto, 1898-1937 (Alianza Editorial, 2005) es un libro muy completito, en el que el autor, el historiador Chris Ealham, dibuja el conflicto político en una ciudad y una época. Por el mismo precio, ofrece el bonus-track que la sopa de ajo se reinventa periódicamente. En este caso, los problemas de orden protagonizados por desplazados.

El conflicto de los vendedores ambulantes, así, copó, como epicentro, un gran tramo de la Barcelona de la II República. Diversos inmigrantes, desprovistos de trabajo, optaban por la venta ambulante como medio de subsistencia precaria. Se trataba de puestos improvisados de, mayormente, frutas y verduras. Los tenderetes no eran superproducciones. Eran dos o tres piezas de fruta o verdura, expuestas sobre un trapo. La venta se realizaba en la calle y, obviamente, carecía de licencia, por lo que el vendedor no pagaba ningún tipo de tasas. El vendedor era “murciano”. Es decir, no era necesariamente de Murcia. Bajo ese nombre era conocida, desde los años 20, la emigración del Sur de la Península. Bajo el epígrafe “murciano”, se ubicaba una recepción negativa de la emigración. “Murciano” significaba no catalán, extranjero. Pero también, y gracias a los medios del momento, inculto, tosco, y anarquista –curiosamente la tradición política autóctona de Catalunya más longeva–. Ese modo de subsistencia por los pelos era, además, una suerte de fracaso social, pero también político. Esquerra Republicana había ganado las municipales de 1931 con un triple programa. Proclamación de la República, impago de la deuda de la Expo de 1929, y creación de un subsidio por desempleo. La venta ambulante, la visualización de la crisis en sus tramos más humanos, era, por tanto, un sello de que del triple programa sólo se había llevado a cabo un punto.

Quizás por todo ello, el colectivo de vendedores ambulantes fue duramente penalizado informativamente. Se creó una corriente de opinión robusta, que dibujaba que estos extranjeros, incultos y alejados de la sociedad, eran un peligro. Robaban la fruta que luego vendían. Con su actividad, además, empobrecían la ciudad, al no proveerla de impuestos. Su sola existencia, por otra parte, era una amenaza para el comercio estable y legal, que no podía subsistir con la competencia de la venta ambulante de –dos o tres piezas de– verdura. Se concibió la venta ambulante no como un problema social, sino como un problema de orden. Y sobre ese problema de orden se vertieron las energías de la política, prensa y policía, creándose el clima para la solución a la crisis económica que la política republicana improvisó: el fletado de trenes con inmigrantes recogidos de las calles y obligados a volver a su Murcia natal, o no natal.

Donde pone «murcianos», pongan negros, donde pone verduras, pongan Gucci, donde pone trenes, pongan CIE o expulsión, donde pone Barcelona, pongan cualquier otra ciudad, donde pone República pongan no-República. Pero, me parece, no es preciso cambiar nada más para leer, también, el presente.

 

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